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TODAS MIS HERIDAS

Kathleen Glasgow  

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Fragmento

 

Hasta el último momento está planificado. Nos levantamos a las seis. A las siete menos cuarto ya estamos bebiendo café templado o zumo aguado. Tenemos treinta minutos para untar queso en unos bollos acartonados, o meternos unos huevos paliduchos en la boca, o engullir gachas de avena grumosas. A las siete y cuarto podemos ducharnos en la habitación. No hay puertas en las duchas y no sé de qué están hechos los espejos del cuarto de baño, pero no son de cristal; cuando te lavas los dientes o te peinas el pelo, la cara se te ve borrosa y perdida. Si quieres afeitarte las piernas, tiene que estar presente una enfermera o un celador, pero como a nadie le apetece hacer eso, nuestras piernas parecen las de unos chicos peludos. A las ocho y media ya estamos en la sesión de grupo y ahí es donde vomitamos historias, derramamos lágrimas y unas chicas gritan y otras gruñen, pero yo me limito a quedarme sentada, y esa horrible chica mayor, Blue, la que tiene los dientes fatal, me dice todos los días: «¿Vas a hablar hoy, Sue la Muda? Hoy me gustaría oír hablar a Sue la Muda. ¿A ti no, Casper?».

Casper le dice que se calle. Casper nos dice que respiremos, que formemos un acordeón estirando los brazos hacia atrás, muy hacia atrás, y luego volvamos a juntarlos, más, más, más, y luego los abramos, más, más, más. ¿Acaso no nos sentimos mejor cuando respiramos de verdad? Después de la sesión de grupo nos dan las medicinas, luego llega el descanso, luego la comida, luego el taller de manualidades, luego la sesión individual, que es cuando te sientas con tu médico y lloras un poco más, y luego, a las cinco, está la cena, que nunca es caliente, y Blue otra vez: «¿Te gustan los macarrones con queso, Sue la Muda? ¿Cuándo vas a quitarte esas vendas, Sue?». Luego llega el rato de ocio. Y después, la llamada de teléfono, y vuelta a llorar. A las nueve de la noche, más medicinas y a la cama. Las chicas hacen pis y critican entre susurros el horario, la comida, la sesión de grupo, las medicinas... todo, pero a mí me da igual. Hay comida, una cama, hace calor y yo estoy dentro y a salvo.

No me llamo Sue.

 

Jen S. se hace muescas: unas cicatrices cortas, como ramitas, le recorren los brazos y las piernas. Lleva unos lustrosos pantalones cortos deportivos; aparte del doctor Dooley, aquí no hay nadie más alto que ella. Va por el pasillo beis botando una pelota de baloncesto invisible y la lanza a una canasta también invisible. Francie es un alfiletero humano. Se clava en la piel agujas de hacer punto, palillos, alfileres, cualquier cosa que se encuentre. Mira con cara de enfado y escupe en el suelo. Sasha es una chica gorda que no para de llorar: llora en la sesión de grupo, llora en las comidas, llora en su habitación. Nunca se le agota el surtidor. Se limita a hacerse cortes: tiene los brazos llenos de unas líneas rojas apenas visibles. No se hace cortes profundos. Isis se hace quemaduras. Tiene los brazos salpicados de unos bultitos circulares con costra. En la sesión de grupo dijo algo sobre una cuerda y unos primos en un sótano, pero desconecté y subí el volumen de mi música interior. Blue es una tipa extravagante con sus traumas; tiene un poco de todo: un padre maltratador, los dientes fatal por culpa de la metanfetamina, quemaduras de cigarrillo, cortes de cuchilla. Linda/Katie/Cuddles lleva vestidos de abuela. Sus zapatillas apestan. Es demasiadas personas al mismo tiempo para seguirles la pista a todas; sus cicatrices las tiene todas por dentro, junto a las otras personas que hay en su cabeza. No sé por qué está aquí, pero el caso es que está. En la cena se embadurna la cara con puré de patata. A veces vomita sin motivo aparente. Aunque esté totalmente quieta, se nota que por dentro del cuerpo le están pasando muchas cosas, y eso no es bueno.

Fuera de aquí conocí a gente así; intento no acercarme a ella.

 

A veces me cuesta respirar en este dichoso lugar; tengo el pecho que parece arena. No entiendo lo que me pasa. Estuve demasiado tiempo fuera y pasé demasiado frío. No entiendo las sábanas limpias, el olor agradable de la colcha ni la comida, mágica y caliente, que me ponen delante en la cafetería. Empiezo a asustarme, tiemblo, me ahogo, y Louisa se me acerca mucho en nuestra habitación mientras yo me acurruco contra un rincón. Me echa el aliento a la cara y huele a menta. Ahueca la mano contra mi mejilla y hasta eso me hace estremecerme.

—Pequeña, estás con gente que te entiende —me dice.

 

En la habitación hay demasiado silencio, así que por las noches doy vueltas por los pasillos. Me duelen los pulmones. Me muevo muy despacio.

Hay demasiado silencio por todas partes. Paso un dedo por las paredes. Lo hago durante horas. Sé que están pensando darme pastillas para dormir cuando se me curen las heridas y puedan quitarme el antibiótico, pero yo no quiero. Necesito estar despierta y alerta.

Él podría estar en cualquier parte. Podría estar aquí.

 

Louisa es como la reina. Esta vez lleva aquí desde no se sabe cuándo.

—Pero ¡si yo fui la primera chica que entró aquí cuando abrieron, joder! —me dice.

Siempre está escribiendo en un cuaderno con la tapa blanca y negra; nunca acude a la sesión de grupo. Casi todas las chicas llevan mallas deportivas y camiseta, en plan descuidado, pero Louisa se arregla todos los días: se pone leotardos negros, zapatos relucientes de tacón bajo y vestidos glamurosos de los años cuarenta comprados de segunda mano; además, siempre se hace algún peinado espectacular. Tiene maletas llenas de pañuelos, camisones vaporosos, base de maquillaje y pintalabios rojo sangre. Louisa es como una visita que no tiene previsto marcharse.

Me cuenta que canta en un grupo de música.

—Pero los nervios... —dice en voz baja—. Mi problema no me deja.

En la barriga, Louisa tiene quemaduras que forman círculos concéntricos. En la parte de dentro de los brazos tiene como unos hilos en forma de raíces. En las piernas tiene quemaduras y cicatrices que forman dibujos muy bien hechos. Tiene la espalda llena de tatuajes.

Louisa se está quedando sin sitio.

 

Casper empieza todas las sesiones de grupo del mismo modo. El ejercicio del acordeón, respirar, estirar el cuello, intentar tocarte los dedos de los pies. Casper es menuda y blanda. Lleva zuecos con unos tacones como de elfo que no hacen ruido. Los otros médicos llevan zapatos acabados en punta que hacen mucho ruido hasta sobre la moqueta. Es muy blanca de piel. Tiene unos ojos enormes, redondos y muy azules. Casper es una persona de trato fácil.

Nos mira a todas y en su cara se dibuja una sonrisa afable.

—Tenéis que cuidaros —dice—. Aquí estamos todas para ponernos bien, ¿verdad?

O dicho de otro modo: ahora mismo todas estamos hechas una mierda.

Pero eso ya lo sabíamos.

 

En realidad no se llama Casper. La llaman así por sus ojazos azules y por el poco ruido que hace. Igual que un fantasma, algunas mañanas aparece junto a nuestra cama para hacernos el seguimiento médico y desliza sus dedos calientes unos centímetros por debajo de las vendas para tomarme el pulso. Se le forma una papada adorable cuando mira hacia abajo para verme en la cama. Igual que un fantasma, se me aparece por la espalda en el pasillo y sonríe cuando me vuelvo sorprendida.

—¿Cómo te encuentras?

En su despacho tiene un acuario enorme con una tortuga gorda y lenta que mueve las aletas sin parar y apenas logra avanzar. Me paso el rato viendo a esa pobre desgraciada; podría pasarme horas, días enteros mirándola. Me parece que tiene una paciencia increíble para una tarea que, a fin de cuentas, no tiene ningún sentido, porque tampoco es que vaya a conseguir salir del puto acuario, ¿no?

Casper se limita a mirarme mientras yo miro a la tortuga.

 

Casper huele bien. Siempre va limpia y su ropa susurra suavemente. Nunca levanta la voz. Cuando Sasha se pone a sollozar con tanta fuerza que le dan hipidos, Casper le frota la espalda. Rodea a Linda/Katie/Cuddles con los brazos como un portero, o qué sé yo, cuando se escapa una de sus personas malas. La he visto incluso en la habitación de Blue, esos días que Blue recibe una caja enorme de libros de su madre, manoseándolos y sonriéndole. He visto a Blue derretirse un poco, solo un poco, con la sonrisa de Casper.

Casper debería ser la madre de alguien. Debería ser mi madre.

 

Nunca estamos a oscuras. Todas las habitaciones tienen luces en las paredes que se encienden con un pitido a las cuatro de la tarde y se apagan con otro pitido a las seis de la mañana. Son pequeñas, pero dan mucha luz. A Louisa no le gusta la luz. Las ventanas están cubiertas por unas cortinas de una tela que pica; todas las noches, antes de acostarnos, Louisa se asegura de cerrarlas para que no se vean los recuadros amarillos del edificio de oficinas que hay enfrente. También se tapa la cabez

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