Loading...

TODOS éRAMOS HIJOS

María Rosa Lojo  

0


Fragmento

I

Frik, peinada con trenzas, almidonada la blusa, planchadas las mil tablitas del uniforme, estaba en su primer día de clase.

Las puertas verdes, de pesado hierro, con el escudo del colegio rodeado de una orla florida, se habían cerrado a su espalda. El corredor que comunicaba con el mundo externo y con la mano familiar que la había conducido hasta ahí, se había vuelto oscuro como una calle nocturna y sin faroles. Imposible volver.

Y sin embargo su casa estaba apenas a dos cuadras.

Se resignó. Intentó concentrarse en la ceremonia inaugural, probando las primeras bocanadas de un aire que solo se respiraba en la escuela y que la acompañaría —enriqueciéndose con olores acres y con nuevas suciedades— durante los próximos once años. Un microclima hecho de polvo de tiza, cuero húmedo de zapatos, lana percudida por el sudor y salpicada por un vaho fugitivo de perfume empalagoso.

El charco empezó a generarse en los últimos compases del Himno Nacional. “¡O juremos con gloriaa morir! ¡Ooo jureemos con glooria morir! ¡Ooooo jureemos con gloo-ria mo-rir!!”. Entonces sintió deslizarse, muslos abajo, un chorro fino y cálido (que se parecería, años más tarde, a la rotura de bolsa previa al parto), empapando la ropa interior de algodón blanco, las medias tres cuartos, rigurosamente azules, y aun la suela de los mocasines Gomycuer que usaría hasta acabar sus días escolares, iguales a sí mismos como si se tratara siempre del mismo par, solo apenas más grande.

Recibe antes que nadie historias como ésta

El deseo irreprimible de orinar había aparecido en el momento más inconveniente, en la mitad de la canción patria. “Y los libres del mundo responden/ Al gran pueblo argentino, salud”. Pedir permiso para ir a los baños (cuya ubicación desconocía) y romper las filas cuando culminaba el canto (“¡¡argentii-no, salud!!”) era impensable. La distancia que la separaba de las monjas o de las maestras de los grados superiores que podían concederle ese permiso, le pareció desmesurada. No pudo soportar la idea de que todos los ojos iban a clavarse en ella no bien saliera de cuadro y se quedó quieta en su lugar, moviendo los labios como si supiese la letra.

Cuando el himno concluyó, empezó a tener frío en los muslos y sobre todo en las pantorrillas mojadas. Con el rabillo del ojo miró hacia el piso. Al lado de su pie derecho, bien visible para quien se fijara con atención, se había formado el charquito incoloro y, al menos desde arriba, inodoro, que nadie tendría por qué identificar como pis. Pero ¿cómo explicar el derrame de ese líquido dentro del compacto grupo de niñas con las manos sueltas, enguantadas y bajas, desprovistas de botellas, de vasos o de cantimploras desde donde pudiera verterse algo semejante al agua?

Nadie reparó en él, salvo la chica que formaba a su lado en la primera fila. Era rubia y sobre la nariz de botón tenía unos lentes de aumento inverosímil, gracias a los cuales los ojos casi ciegos habían encontrado el charquito al lado del pie derecho de Frik, que todavía era solo Rosa para sus escasas relaciones fuera de la familia.

La futura Lulú no se aprovechó para mal de su descubrimiento. Por el contrario, con un guiño cómplice y una mano amiga, la instó a moverse cuanto antes hacia el aula que les estaba reservada, dejando el charquito a merced de otros posibles interesados en un enigma que ya no podrían descifrar.

El aula del Primer Grado estaba en el segundo piso de la escuela. Los pizarrones eran verdes, como las puertas de hierro. La maestra era Sor Túnica, un nombre más parecido a un seudónimo o al mote de un sketch cómico, que a un verdadero apelativo de religiosa. Como si un militar se llamara Señor Kepí, o un juez Señor Toga. A los pocos días habrían olvidado toda alusión al vestuario y pronunciarían de corrido Sortúnica, como si a la monja (que quizás había sido antes Clarita, Carmen o Juana) le hubieran puesto ese nombre en la pila de bautismo.

Desde la ventana se veía un jardín con árboles viejos y frondosos, algunos de los cuales no iban a sobrevivir al crecimiento del colegio, cuando necesitaran más espacio para albergar las formaciones de alumnas frente a la puerta frontera, o las carreras gimnásticas o los juegos del recreo.

Pero tampoco ellas, las alumnas, quedarían indemnes.

De las treinta caras que sobresalían de los pupitres, una se borraría antes de terminar el secundario, reclamada por la maternidad imprevista.

Otras dos se hundirían para siempre, dieciséis años más tarde, quizás en el fondo barroso del Río de la Plata, o en una fosa sin nombre ni número, de donde nadie podría rescatarlas.

La mayor parte llevaría, alguna vez, velo de novia, y una de ellas, velo de monja, aunque solo para quitárselo enseguida porque los velos monacales se habrían vuelto anacrónicos.

La mayoría, también, iba a quedarse en el país donde todas habían nacido, aunque algunos de sus padres hubieran nacido en otro.

Pero en aquel momento, ignorantes de sus destinos, eran iguales, salvo Frik, la peor de todas, que hubiera deseado poder bañarse en agua de colonia para tapar el olor a amoníaco, real o imaginario, que sentía desprenderse de sus ropas ya secas.

II

Frik terminó la secundaria en la misma escuela, a comienzos de la década del setenta. Poco antes, alguien la bautizaría con ese curioso sobrenombre que iba a tener un éxito inmediato y casi unánime entre sus compañeras de curso, si bien faltaba mucho para que el término freak se pusiera de moda en el país. Fue un préstamo, o en realidad una donación generosa de otra outsider, quizás aún más desubicada que ella misma. Jane, una chica de North Carolina, que había optado por una estadía de intercambio en un colegio católico de Sudamérica. La recordaba a veces, despotricando en un inglés fluido y un castellano primitivo, contra su maldita idea de haber imaginado la Argentina como un país interesante donde la aguardaban experiencias exóticas. Nada de eso parecía posible durante el período de su llegada. Aunque ya habían cruzado la barrera del Concilio Vaticano II, aunque las religiosas habían dejado sus cofias de canutos enrulados como golas del Siglo de Oro, aunque las reverencias ante la Superiora, las bandas rojas y los guantes blancos en los días de ceremonia eran vistos como rituales del Pleistoceno, todavía reinaba la Madre Trevi. Hierática en la puerta de entrada, no permitía el ingreso al Salón de Actos, donde se izaba la bandera y se cantaba el himno, hasta que el silencio fuese absoluto y la toma de distancia estrictamente simétrica. En la cumbre de su poder, una vista aérea del gran jardín hubiera mostrado un pequeño ejército de muchachas domesticadas, todas con el cabello recogido y en alineación perfecta. Si Jane hubiera esperado un año más, solo un año más, habría conocido el Sagrado Corazón casi hippie de Coliflor, la inexperta y joven sucesora de Trevi: un paraíso de la autodisciplina donde los zapatos habían llegado a volar por el aire de los recreos, y donde el absurdo mote de la directora (obra de Lulú), junto con la caricatura correspondiente, se exhibían en los pizarrones como muestras audaces del arte contemporáneo.

Pero Coliflor aún no había sucedido a Trevi, y Jane, frustrada y enfurecida, se acercaba a Rosa, que todavía no era Frik, porque podía hablarle directamente en inglés y porque ambas se interesaban en el dibujo y la pintura. Solían refugiarse en un rincón de la biblioteca durante las horas libres. A veces, si había suerte, las acompañaba, como un alumno en penitencia, el esqueleto oficial de la escuela, recién traído de alguna clase de anatomía, y en tránsito allí hasta que el personal de maestranza lo subiese al laboratorio. Jane lo llamaba, sin ninguna originalidad, Mr. Bones, aunque también (jamás lo averiguaron), hubiera podido ser una Miss o una Mrs.

Rosa, concentrada, preparaba ilustraciones a la carbonilla de cuentos de Borges sobre hojas de papel canson. Eran extraños dibujos, de estética expresionista y sombríos tonos góticos, donde hombres muy viejos, de barbas larguísimas, extremadamente flacos y casi desnudos, como dioses linyeras, escrutaban sus propias manos huesudas o los enigmáticos signos de un cielo nunca protector. Los personajes de “Las ruinas circulares” y “El inmortal” estaban entre los protagonistas preferidos. Oh, that’s freak —decía Jane— Oh, my God, very freak. I love it! It makes me shiver. La calificación, adaptada por Lulú al uso castellano y cotidiano, pasó a designar así tanto a la dibujante como a sus obras. Décadas más tarde, Frik opinaría que ni siquiera un psicólogo avezado hubiera podido aplicarle en esos días una descripción más exacta.

Para el año 1971, el último de su bachillerato, Jane ya se había ido y ninguna otra estudiante extranjera volvió a ocupar su sitio. Frik había superado el período de desencarnación que los médicos diagnosticaron como anorexia nerviosa y se comunicaba relativamente bien con el mundo externo. Nadie tenía mucha noción de lo que significaba o había significado su apodo pero ella se sentía tan anormal como un vampiro en sus transformaciones crepusculares. Por las noches, bajo las calificaciones y los lápices, asomaban en los bolsillos del uniforme las escamas de un dragón sumergido que asustaba sobre todo, a la niña que ella no se decidía a dejar de ser.

Se veía de pie, indecisa, en el umbral hacia otro mundo, fuera de los muros verdes y también de la ciudad de los suburbios y del barrio de casas bajas, tranquilo, donde los estruendos llegaban asordinados, como si los demorasen y los aminorasen la distancia y el espesor del agua en el fondo de un pozo. Allí, casi intocables, estaban ellas y ellos: los alumnos del colegio de curas de enfrente, con quienes libraban batallas de insultos sexistas y compartían ceremonias religiosas, profesores y profesoras, sacerdotes y seminaristas consejeros.

Pronto, desde muy cerca, empezarían a caer las piedras en el pozo cristalino. Y los hechizados en una perpetua infancia por sobreprotectoras hadas madrinas, saldrían a la superficie del mundo en llamas, cortándose con los filos helados de ese espejo, empujados, no tanto o no solo, por los peligros del exterior, sino por los que algunos padres dieron en llamar “el enemigo interno”. Si el padre Juan y si Elena Santos no hubiesen existido, dijeron algunos, tal vez Francisco y Esteban no hubieran muerto. Tampoco Silvia o Andrea.

La señorita Elena había ingresado al colegio dos años atrás, y había traído consigo, como quien abre de golpe una puerta largo tiempo cerrada, un aire brusco de belleza y de cambio entre monjas jóvenes pero condenadas a no parecer mujeres, y profesoras próximas a jubilarse. Todo les resultaba en ella encantador y digno de imitación, hasta el punto de que ni siquiera Lulú se atrevió a profanar ese consenso unánime con uno de sus motes. El pañuelo de seda estampada con el que echaba hacia atrás la cabellera crespa, a modo de vincha, las uñas apenas cubiertas de rosa, en el mismo tono de los labios, los ojos verdes que parecían capaces de brillar en la oscuridad, se combinaban en una estricta estética femenina que no dejaba escapar un punto de media, pero se permitía, de cuando en cuando, un vuelo perfumado de rulos cobrizos. Similar, aunque más púdico, al “shock” que la joven modelo Susana Giménez acababa de hacer famoso en una propaganda de jabón.

Pero Elena Santos no era modelo ni se proponía serlo. Su belleza admirada y chic no anulaba las aspiraciones intelectuales. Recién egresada del profesorado de Literatura y apasionada por el cine y el teatro, se había propuesto renovar los métodos de enseñanza. Con ella fueron al Colón y asistieron al estreno de Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli. Por primera vez, veían en el cine (y con anuencia de las autoridades escolares) dos amantes adolescentes y desnudos. Claro que Olivia Hussey, a pesar de su exhibición de pechos todavía naturales, no les pareció digna de la hermosura de Romeo.

En nueve años, pensaba Frik, el colegio se había vuelto del revés. Aún recordaba la vergüenza de sus primeros dibujos sobre motivos bíblicos, en primer grado, cuando —a pedido de Sor Túnica— tuvo que colocar discretos matorrales que llegaban casi al cuello de Eva y su manzana, aunque ya había tomado la precaución de cubrirla previamente con una especie de malla de piel de fiera, al mejor estilo cavernícola.

El sexo (siempre dentro de ciertos límites y protegido por el arte) había dejado de ser motivo de escándalo en el Sagrado Corazón post-conciliar. Elena también las llevó a ver la trágica y erótica Bodas de sangre, de Federico García Lorca. Algunas (con Lulú a la cabeza) comentaron que Leonardo, el hombre fatal, no justificaba en modo alguno el delirio amoroso de la casada infiel. El actor era bajo, ligeramente obeso, y al inclinarse, las luces del escenario delataban los espacios baldíos de una cabellera en franca retirada. Frik no compartía del todo ese realismo crítico con parámetros esteticistas. Después de todo, el amor era o solía ser una maldición arbitraria para el amante y un don inmerecido para el amado: “Tú eres aquel mal gitano/ que una gitana quería/ el amor que ella te daba/ tú no te lo merecías”. Así decían los versos de El amor brujo, de Manuel de Falla, que su padre ponía a girar, en vinilo, algunas tardes de domingo. “Lo mismo que el fuego fatuo/ lo mismito es el querer/ le huyes y te persigue/ le llamas y echa a correr.” La voz espesa y española de la mezzosoprano se empastaba por momentos en esas declaraciones desdichadas que alguna vez —sospechaba y temía Frik— le serían reveladas en la vida real.

Las románticas del curso ganaron la partida. El consenso general decretó que la obra era maravillosa. Con los ojos entrecerrados, en la sala en penumbras, todo se volvía creíble y admirable. “Clavos de luna nos funden/ mi cintura y tus caderas”, sentenciaba el raptor discretamente calvo y excedido de peso (pero qué importaba ya), fundiendo las imágenes sacras de la crucifixión con el erotismo profano. Lo mismo habían hecho, después de todo, aunque en sentido inverso, los más famosos poetas de la mística.

Esa representación de Bodas de sangre (pensó tantas veces) había sido la semilla de otra fatalidad, que incluía el amor, aunque no se agotaba en él. En esa tarde se despertó la escondida y tal vez inexistente vocación escénica de las alumnas más entusiastas, y acaso germinó, en la señorita Elena, la idea de formar un grupo de teatro mixto con los alumnos del colegio de enfrente, donde también daba clases. Allí comenzaron las conversaciones con el padre Juan, su director de estudios, que colaboraría como consejero dramático.

Nunca se supo quién de los dos había decidido que esa y no otra fuese la obra a representarse. Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, resultó la elegida. En varios sentidos, era irreprochable: su autor era un intelectual prestigioso, que no podrían sino aprobar los padres del alumnado, sobre todo aquellos que componían la elite profesional; la obra exaltaba el compromiso ético y ciudadano, pero en el escenario distante de una guerra pasada. Sin desbordes sexuales (ni siquiera metafóricos), no sería ofensiva para la sensibilidad de los más conservadores.

El elenco se elegiría entre los alumnos de quinto de las dos escuelas. Y los cursos completos conformarían el cuerpo de apoyo logístico del evento. Dos tardes por semana, después de las clases, el padre Juan y la señorita Elena se abocaron a la selección de actrices y actores. Todos leyeron parlamentos, si bien algunos hubieran querido desistir de entrada. El proceso duró casi un mes. En la última jornada, ante la expectativa de unos y la indiferencia de otros, Elena anunció los nombres de los seleccionados. Frik supo así, asombrada e inevitablemente conmovida, que le habían asignado el papel de Kate Keller, la madre que seguiría esperando, verano tras verano, el retorno del hijo muerto.

III

Orgullo y terror se habían cruzado en ella cuando Elena Santos leyó frente a todos los nombres del elenco. Frik, siempre escasa de palabras propias, hablaría con las palabras de otro. Sería madre, aunque ni siquiera se sentía plenamente hija y menos aún, afincada en la tierra donde había caído. En algo, no obstante, se sabía parecida a Kate Keller: ambas estaban desubicadas en el tiempo y en el espacio. Ambas eran tercas y no renunciarían a cierto territorio de alucinación o sueño. Las dos, también, habían ingresado en esa zona intermedia por fidelidad a la Historia que habían hecho otros: el marido de Kate, los padres de Frik. Tanto su madre como su padre eran españoles, aunque en eso radicaba quizá lo único que tenían en común. Antes de que Frik supiese lo que era la lucha de clases, la lucha de culturas y la lucha de géneros, la había experimentado en su propia casa, en la guerra cotidiana que ellos reproducían. Ana, la madrileña, criatura de ciudad, hija verdadera o supuesta de hidalgos venidos a menos, y Antonio, campesino de alma vegetal, criatura del bosque, árbol que había echado a andar, desenraizado por los vientos del progreso y el destierro, ahuecado como la madera de una dorna, esa barca legada por los vikingos, que cada gallego llevaba dentro de su cuerpo para cruzar el océano.

Hablar, ese era el problema. Hablar extramuros, en el ágora, no leer, técnica que había aprendido gracias a doña Julia, su abuela materna y antes de ir a la escuela, donde fue recibida como una extranjera, aunque no lo era, ya que había visto la luz sobre el suelo argentino, porque Ana y Antonio, cuyas familias hubiesen sido enemigas en tierra peninsular, se habían encontrado, atraído y casado en el territorio neutral de Buenos Aires. Adolfo, el hermano de su madre, había conocido primero a Antonio, en uno de los tantos bares de la Avenida de Mayo donde se reunían exiliados y emigrantes.

Frik pronunciaba como sus padres, su abuela Julia y el tío Adolfo (cuando volvía a verlo en los intervalos sedentarios de su vida de artista nómade). Marcaba las “ces” y las “zetas”, decía “tú” y decía “vosotros”, sabía algunos términos en gallego, que era otro idioma, no un castellano erróneo, como pensaban muchos, y también vocablos que el argentino rioplatense desconocía o desdeñaba, como “acera”, “cerillas”, “colillas”, “falda”, y —aunque no las dijera en público, por ser consciente de su escasa elegancia— “tetas” y “culo”, ya que “cola” servía para designar los rabos de los animales, que nada tenían que ver con glúteos más o menos protuberantes. Sí pronunció, en cambio, varias veces, puertas afuera, la palabra “coger”, hasta que las burlas la acallaron, y su madre, confusa y reticente, como siempre que se trataban temas similares, optó por advertirle que no la empleara más allá de su casa porque los nativos le daban a ese verbo tan natural y cotidiano, que indicaba todo gesto de tomar, asir o prender, una interpretación irreproducible.

Frik tuvo que averiguar más adelante, por sí misma, cuál era esa interpretación de la que no todas sus condiscípulas estaban bien informadas. Las madres con mentalidad victoriana predominaban en una época de eufemismos. Y a los padres, naturalmente, las niñas no les preguntaban esas cosas.

En la escuela comenzó a regir la Ley de Extranjería a la que Frik viviría sometida, si bien los indicios materiales y aparentes de su extranjeridad desparecieron pronto. Entre sus compañeras utilizaba, como una más, el “vos” y el “ustedes”, y había desterrado las “ces” y las “zetas”. Su madre la avergonzaba a veces ante los otros: hablaba fuerte y rápido, tanto en casa como en la calle. Su pudor era aplicable solo a asuntos relacionados con el sexo, pero no con el lenguaje. La lengua materna, con patente castellana, era invasiva, victoriosa, triunfante como un auto blindado. Llevaba siglos resonando en el mundo, tanto más allá de las mesetas áridas y las ciudades amuralladas donde gentes duras y algo broncas la habían engendrado. Resistía y a veces ofendía; brillaba, retumbante, cristalina, imponiéndose a todo, aplastando, acaso, otras lenguas, bajo su orgullosa armadura de acero y plata.

En algún momento Frik descubriría que dentro de su misma casa vivía en secreto una de ellas, sumisa y arrinconada, en minoría absoluta, desvanecida, acaso, por la autocensura y la falta de eco. Era la lengua de su padre, secretamente agazapada en algunos libros y que en contadas ocasiones oiría sonar. Acaso, aunque esto no lo decía, porque no llevaba armadura militar sino zuecos de campesina, porque era blanda como un regazo y cantaba, siempre, una canción para acunar al niño que su padre había sido. Porque olía a leche y a miel, a vino con azúcar, a heno y a toxo, y a estrellas derramadas en el agua de lluvia, y era tan íntima, tan frágil, que no se podía compartir sin llorar de pura pena y desamparada nostalgia, como se supone que no deben llorar los hombres nunca.

Frik iba a notar pronto, con todo, que la extranjería (o por lo menos, la suya) no se eliminaba por la lucha de las lenguas, ni se reducía con la posesión de los idiomas. Hablase donde hablase y lo que hablase, siempre sería extranjera. Inadecuada en todas partes, perdida en la tierra madre como una huérfana. De tal manera exótica y marciana que a veces, cuando demoraba en dormirse, pensaba que sus padres, ya maduros para la fecha de su nacimiento, la habían sacado de entre las ruinas de un plato volador, y que entonces, ante la duda de quedársela o entregarla a la Policía y a la Ciencia para que practicasen sobre ella feroces experimentos, habían decidido adoptarla, ya que hasta el momento no habían logrado tener hijos.

Y sin embargo, Frik, niña, era flaca y pálida como una rata blanca y casi tan pequeña como ella. Aun así, con sus escasas dimensiones, no encajaba en el rompecabezas del mundo conocido.

Quizás antes, recién llegada en el fallido plato volador, tenía un rabo como el de las lauchas, y sus padres terrícolas habían logrado extirpárselo, tal vez con la ayuda clandestina del mismo médico que controlaba los caprichosos vaivenes de su apetito y que le había recetado una cucharada diaria de aceite de bacalao.

Ese pez cuyo hígado destilaba un producto supuestamente saludable, aunque repulsivo, era una de las tantas añoranzas de Antonio, su padre. Su tío Benito le había traído de regalo varias planchas de bacalao disecado, cuidadosamente envueltas, entre las ropas de la valija. La carne blanca y salada era apenas algo mejor que el aceite. Sin embargo, Antonio lo masticaba despacio, saboreando bocado tras bocado. No se trataba, claro, del bacalao, comprendería Frik, mucho tiempo más tarde. Su padre tragaba el olor del yodo y el salitre junto a la lonxa donde se ofrecía el pescado, respiraba la luz reverberante en los balcones vidriados de La Coruña, que devolvían el resplandor del mar.

Ni aquí, ni allí, descolocada, desajustada, incómoda, Frik se entendería siempre a medias con los habitantes de un planeta ruidoso. En el suyo —presentido, soñado, recordado— todos los ojos eran transparentes y todas las voces formas disueltas de un silencio perfecto. Bastaba tocar la mano de otro ser para adivinar, como en una radiografía incandescente, el preciso esqueleto de los sentimientos. Pero en este otro planeta, de ojos velados y contactos torpes, nada de eso era posible, y había que conformarse con juntar palabras como quien pega ladrillos y argamasa, atolondradamente, para construir a duras penas una semblanza grosera de espacios interiores tan finos y complejos como telas de araña.

Sus palabras, temía, nunca serían éxitos. Solo el último (o el único) recurso de una soledad y una pobreza extremas. Con ellas, encerrada en ellas, Frik se defendía del mundo llamado real. Pronto las palabras pasaron a convertirse en una casa relativamente cómoda que ella transportaba a cuestas, como lleva el caracol su cubierta móvil. Bajo el calcio esmaltado y resistente se escondía una pulpa: un ser blando, sensible, vivo y secreto.

Durante años, Frik se acostumbró a asomarse al exterior hostil desde su casa de palabras, con los ojos en la punta de los tentáculos retráctiles que podían esconderse con facilidad cuando el más leve roce ofensivo los amenazara.

IV

El encuentro general de directores y elenco fue al aire libre, en el gran jardín trasero del Sagrado Corazón. Esa vez no lo inició la señorita Elena sino el padre Aguirre, aunque era, después de todo, un invitado en otro territorio.

—Chicas y chicos, o mejor dicho, actrices y actores: esta es nuestra primera reunión de trabajo. También será la última en este predio, porque tanto los ensayos como la obra que vamos a representar se harán en el nuevo salón de actos del colegio Inmaculada. Así lo hemos convenido con la señorita Elena y con las autoridades de las dos escuelas. Hay un buen motivo, de orden práctico, para dar por inaugurado ese auditorio en las fiestas de fin de curso con una obra de teatro que muestre el trabajo conjunto de ambas instituciones.

El padre Aguirre se detuvo (estaba caminando), cortó una rama baja del ombú, y empezó a partirla en pedacitos, bajando la voz como si confesara un secreto.

—Pero hay otra razón, de un orden diferente, para que no solo la inauguración, sino todos los ensayos, se hagan en ese lugar. Habrán observado que ese auditorio es subterráneo. No tiene ventanas laterales, como las del salón de actos del Sagrado Corazón, que ocupan casi toda la superficie de la pared y dejan pasar la luz, aunque el vidrio sea esmerilado. El nuestro no mira a ningún jardín, no se asoman las copas de los árboles, ni siquiera una hoja de santa rita. Apenas hay unas claraboyas que dan al patio junto a la entrada, al lado de la escalera. Pies, dentro de zapatos por lo general deslustrados. Eso es lo más inspirador del mundo externo que el pú ...