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TODXS TENEMOS UN AMOR PENDIENTE

Angie Sammartino  

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Fragmento

¡¡¡RRRiiinnng!!!

Ni bien sonó el timbre que anunciaba el primer recreo, salí del aula con la misma desesperación que los que tenían la pelota y corrían a reservar el arco para patear penales. Pero mis intenciones eran otras: unos días atrás, mientras paseaba por la Feria del Libro de Buenos Aires, encontré un libro que me llamó la atención y mi papá me lo compró. Desde ese entonces, había estado atrapada leyendo en cada segundo que podía, la historia de un chico casi de mi misma edad que descubría de un día para el otro que era mago.

—¡Azul! Chiquita, vení, ¿me hacés un favor, vos que sos responsable?

Marta, mi maestra de cuarto grado, me detuvo justo unos segundos antes de que pudiera desaparecer del aula y me hizo señas para que me acercara a su escritorio. No me quedó otra alternativa que volver a entrar. Marta era una señora grande, cansada de los chicos y con poco tacto para comunicarse. Nunca nadie le llevaba la contra porque todos, adultos y niños, le teníamos terror. Por suerte, como yo tenía el mejor promedio del aula, me encontraba entre sus alumnas favoritas y recibía mejor trato que los demás, aunque, por desgracia, eso también significaba estar siempre dispuesta a hacer los mandados que ella necesitaba.

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—Nena, acompañame a la secretaría —dijo Marta cerrando la puerta del aula muy despacio, mientras amenazaba con encerrar a los rezagados si no salían enseguida.

—Seño, ¿cómo te puedo ayudar? —pregunté intentando sacarme el favor de encima lo antes posible para ir a leer los pocos capítulos que me faltaban.

—Escuchame, Azul, hay un chico nuevo que se suma hoy al curso y quiero que le hagas un breve recorrido por el colegio. Viene de otra provincia, este colegio debe ser más grande que su ciudad, así que orientalo un poco, no quiero que se pierda cada vez que va al baño, ¿sí, chiquita?

—Sí, seño, ¿ahora?

—Sí, ahora. Está acá. —Entró a la secretaría y señaló a un chico flaco con anteojos y pelo oscuro, que estaba esperando pacientemente en un rincón. Tenía la remera del uniforme impecable y con todos los botones abrochados, parecía que en cualquier momento se podía ahorcar.

—Joaquín, ella es Azul —le dijo Marta con un tono exageradamente lento, como si su interlocutor fuera un extranjero que no conoce el idioma—. Te va a mostrar el colegio. Prestá mucha atención para no perderte, ¿sí, querido?

Joaquín asintió y se levantó de su asiento.

—Yo me voy a tomar un café y voy para el aula —le aclaró la maestra al secretario—. Si no llego cuando termina el recreo, cuidámelos un rato, que tengo que hacer una llamada. —Salió sin dar más indicaciones.

Miré a mi nuevo compañero y ambos nos encogimos de hombros.

Joaquín me siguió y comencé a mostrarle la sala de maestros, el aula de computación, el kiosco, los baños, la librería, las direcciones, los gimnasios… Era un colegio tan gran ...