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TORMENTAS DEL PASADO

Gabriela Exilart  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Victoria se despertó sudando en medio de la noche. La recurrente pesadilla no la dejaba dormir en paz. Intentó alejarse de los malos recuerdos y volver a conciliar el sueño, aunque fue inútil. Para peor afuera llovía y traumas añejos la rodearon, asfixiándola. Un miedo atroz se apoderó de ella y tuvo que taparse los oídos fuertemente y con ambas manos para no escuchar las gotas impactando contra los postigos cerrados. Los truenos y relámpagos aumentaban su fobia, escondió la cabeza debajo de la almohada y se tapó el cuerpo con las frazadas. ¿Nunca superaría ese temor?

Recordó cuando la hermana Consuelo la sentenció a perecer bajo el diluvio por no haber asistido a misa. Aún podía ver la mirada dura de ojos pequeños y perversos, las manos delgadas cuyos dedos, como garras, se cerraron sobre su brazo infantil haciéndole daño. Su propia voz salió débil e insegura cuando le dijo que había tenido que cuidar de su hermana bebé. Sin embargo, la monja no escuchó razones y la acusó de ser una pecadora por faltar a misa, condenándola a perecer bajo el agua que se descargaría sobre la ciudad.

Al salir de la iglesia la tormenta se desató y la lluvia anegó calles y plazas llevándose consigo todo lo que encontró a su paso. La niña que era entonces corrió a guarecerse del vendaval y pasó la tormenta abrazada a la rama de un roble que crecía a metros del conventillo y al que trepó gracias a la agilidad de sus piernas y la fuerza de sus brazos.

Las tres horas que duró el temporal las pasó aferrada al árbol. Cuando el agua bajó lo suficiente como para poder caminar, regresó a su casa, sucia y empapada, donde recibió la reprimenda y los golpes de su madre. Desde ese día a lo único que le temía era a la lluvia.

¿Cuántos años habían pasado? Casi diez. Dolía mirar hacia atrás. Su vida estaba marcada por la infelicidad y la desgracia, aunque al verla nadie dudaría de que fuera una joven dichosa y afortunada. Sólo un observador avezado descubriría detrás del gris de sus ojos el gris de su alma.

La tormenta escampó alrededor de las siete y recién a esa hora pudo dormir. Los demonios de la noche le habían dejado la cabeza dolorida, los ojos hinchados y las mandíbulas tensas. Tenía que descansar, la aguardaba un largo día de actuación, como todos sus predecesores, y su rostro tenía que lucir resplandeciente y su piel lozana.

A lo largo de sus veinte años había aprendido a fingir a la perfección, y cuando sus ojos sonreían su alma lloraba. Podría haber sido una excelente actriz.

CAPÍTULO 1

Buenos Aires, 1882

Doña Piedad Montes y Moro dio las últimas recomendaciones a su hija antes de salir para su trabajo:

—Cuida bien de tu hermana y no abras la puerta a nadie. Mira que estamos rodeadas de gente de malvivir. —Se envolvió en el chal raído y miró a su alrededor antes de partir.

La pequeña, de apenas doce años, asintió en silencio y corrió tras ella para poner la silla debajo del picaporte a modo de tranca. La beba dormitaba en un cajón de madera que había sido acondicionado a modo de moisés y Prudencia aprovechó para sacar las hojas lisas que había rescatado del puesto de verduras. Eran unos papeles finos con que se envolvían las manzanas, que alisando con cuidado servirían para escribir. Si su madre se enteraba de que los destinaba a tan inútil tarea la habría castigado duramente; a falta de otros lujos bien servirían para el retrete en vez de las hojas del periódico que traía su padre vaya uno a saber de dónde.

Pero para la niña era mucho más importante poder escribir y realizar las operaciones aritméticas que secretamente le enseñaba doña Marisa, la encargada del conventillo, que limpiarse el trasero con el envoltorio de las manzanas.

Se sentó sobre la butaca desvencijada y comenzó a practicar. Ella ya no tenía la gracia de ir a la escuela como otros niños de su edad; sus padres trabajaban todo el día y tenía que ocuparse de su hermanita de apenas diez meses.

Los minutos pasaron rápidamente y cuando quiso acordarse era la hora de darle el biberón a Purita, que berreaba en su cajoncito, blandiendo brazos y piernas.

Prudencia calentó en el hornillo la leche rebajada con agua y la vertió en el biberón de vidrio. Tomó a su hermana en brazos y se sentó para alimentarla. La pequeñita tenía poco pelo de color blancuzco, la piel blanca y translúcida, la naricita pequeña y la boquita redonda. Sus ojos se encontraron y se sonrieron con ternura a la vez que las manitos de la beba se cerraban en torno a la muñeca que sostenía el biberón.

Luego de la bebida, la mayor le hizo el provechito y espió a través de la tela que servía de pañal para verificar que estuviera limpia. Purita dio unos grititos de alegría al sentir la panza llena y Prudencia la depositó en el suelo, sobre una mantilla, para que jugara.

Con un ojo observaba a su hermana y con el otro escribía. Su propio estómago reclamó alimento y buscó en la mesada algo para ingerir. Sólo había pan duro y se conformó con él. Ya vendría mamá con algunas monedas para hacer la compra.

Doña Piedad hizo aparición cuando la tarde moría, cansada y con la nariz roja a causa del frío invernal. Traía bajo sus brazos unos paquetes con algunos comestibles que desparramó sobre la mesa antes de quitarse la mantilla.

—¿Y tu padre? —inquirió a Prudencia.

—No vino, madre —respondió la pequeña con ansiedad.

—De seguro andará de juerga por ahí —se quejó la mujer mientras ordenaba las cosas que había traído y preparaba algo para la cena.

Pura dormía en su cajita y Prudencia intentó mantener una conversación con su madre, la cual le fue negada con un gesto de la mano.

Los golpecitos en la puerta anunciaron la llegada del padre, don Miguel Fierro Rodríguez. Prudencia quitó la silla y se arrojó a los brazos del hombre flaco y alto que ingresó.

—¡Papá! —El padre la alzó y la besó con cariño para depositarla luego en el suelo e ir en busca de la beba, que con el ruido se había despertado.

Con delicadeza la sacó del cajoncito y la meció y besó con ternura.

—¿Has traído algo para llenar la olla? —inquirió de mal modo su mujer mientras lo taladraba con sus ojos azules fríos.

—Aquí tienes —extendió un paquete en el cual venía envuelto un pescado—. Me lo dio don Ángel. —Don Ángel era pescador y a menudo les enviaba lo que podía rescatar de los muelles.

—Límpialo —ordenó.

El hombre se quitó el abrigo y lo colgó en el clavo que servía de perchero. Luego salió con el recipiente metálico para cargar agua. Al cabo de unos minutos regresó y se dispuso a limpiar el pescado que impregnó de olor la pequeña habitación que conformaba la vivienda.

Hacía apenas unos meses que la familia había llegado a la ciudad, proveniente de Gijón, España. Miguel había arribado primero, para instalarse antes de mandar por las mujeres. Doña Piedad aún no le perdonaba que la hubiera sometido a semejante viaje con una criaturita tan pequeña.

La década de 1880 fue un período de gran inmigración, logrando rehacer y moldear al país como ningún otro de América. Los españoles llegaron rezagados y en su mayoría venían con la familia a cuestas, lo cual, comparado con los italianos que vinieron antes y solos, les generó una desventaja que se evidenció en su progreso.

La mayoría de los inmigrantes se instalaba en los centros urbanos, donde proliferaban las obras públicas: aguas corrientes, ferrocarriles, edificios públicos, viviendas privadas y la enorme obra del puerto.

Por lo general los extranjeros no encontraban ningún tipo de hostilidad o discriminación, aunque paulatinamente irían apareciendo manifestaciones aisladas de antipatía de la población local contra los gringos, cuya condición los eximía de las temidas levas militares.

Gran parte de los inmigrantes ingresaba por el puerto de Buenos Aires, trasportada en navíos de toda clase cuyos pasajes se habían abaratado notablemente a partir de 1870. Debían desembarcar en botes y descender sobre un endeble muelle de pasajeros. La silueta redonda de la Aduana se presentaba a los recién llegados dominando la chatura del paisaje urbano. Tras un breve trámite el inmigrante ya pisaba suelo argentino.

“Cuando desembarcan en América —escribía Sarmiento en aquellos tiempos— sus ojos quedan alucinados como si miraran el sol”.

Algunos ya venían con la dirección de algún paisano que había venido antes y se encaminaban con rumbo preciso. Otros vagaban al azar hasta dar con el alojamiento que pudieran pagar. Muchos se perdían y no hallaban nunca al amigo o familiar que venían buscando, generándose situaciones de angustias y desencuentros.

Los que no se encaminaban hacia el campo se establecían en distintos puntos de la ciudad, pasando generalmente una o dos noches en el Hotel de los Inmigrantes que se erguía sobre el puerto de Buenos Aires.

Cuando Miguel llegó a Buenos Aires pasó unos días de jornalero en el puerto mientras se hospedaba en la posada que había al lado del Mercado Modelo. Más tarde se instaló en el conventillo de Mariano Unzué, propietario de varios inquilinatos en La Boca.

Cuando el hombre terminó de limpiar el pescado sólo quedaron pequeños restos para cocinar, dado que era puro espinazo.

—¿Y crees que con eso llenaremos la panza? ¿No pudiste traer algo más sustancioso? —increpó la mujer con ojos furiosos.

—No —respondió Miguel con su parsimonia habitual mientras alzaba a la beba que lloraba—. No me pagaron.

Miguel era sastre y trabajaba en una sastrería de la calle Alvear. El dueño le pagaba por semana aunque a veces le daba un adelanto. Ese día no había podido darle ni siquiera unas monedas para comprar el pan.

—Es que tú eres un holgazán —bramó doña Piedad—. Nos has traído aquí para matarnos de hambre.

—Calma, mujer, que están las niñas. —Prudencia había tomado de brazos de su padre a Purita, que no cesaba de llorar.

—¡Las niñas y un rábano! —gritó enceguecida—. ¡Lo hubieras pensado antes!

La historia se repetía cada noche, cada vez con más violencia y sin motivos. Pese a sus doce años Prudencia podía distinguir cuándo un reproche era justificado y cuándo no. Y últimamente su madre se encarnizaba en contra de su padre, que recibía sus embates verbales con pasividad.

Miguel era un hombre delicado, su oficio mismo hacía que sus movimientos fueran medidos, sus manos lentas y su mirada atenta. Trabajaba igual de horas que su madre y el dinero que traía se iba en pagar la piecita que le alquilaban a doña Marisa. Era su madre la que paraba la olla, como se decía por allí, limpiando el Teatro de la Ópera, edificado en 1871. Allí se ofrecían interpretaciones líricas de Regina Pacini y presentaciones de los tenores Stagno y Tamango, aunque debido a las desfavorables condiciones acústicas prefirieran luego el Politeama.

El conventillo de La Boca era uno de los tantos de la zona. Allí se mezclaban obreros con meretrices, borrachos con intelectuales, jóvenes con viejos, argentinos con inmigrantes.

La fachada del edificio era igual al resto de las demás casas, pero por dentro la situación cambiaba. Las habitaciones eran pequeñas y mal ventiladas en su mayoría, a todas se accedía por un pequeño pasillo en cuyo final estaba el retrete. Un patio cuadrado y de escasas dimensiones servía para oxigenar los pulmones de sus habitantes, que durante la noche salían a fumar o a beber.

Los inquilinatos no eran refugio de gente de malvivir, sino de trabajadores cuyos bajos salarios no les permitían afrontar el alquiler de una vivienda mejor. Aunque a menudo se mezclaban en ellos meretrices y malevos.

Piedad había prohibido a Prudencia salir sola dado que el ambiente no era bueno. Prostitutas y borrachos se mezclaban con inmigrantes que, como ellos, intentaban levantar cabeza.

Prudencia era una niña camino a la adolescencia, la blusa ya comenzaba a levantársele y las caderas se le redondeaban sin que ella se diera cuenta. Más de uno le había echado el ojo y Piedad temía una desgracia. No fuera a ser que terminara embarazada y tuviera otra boca que alimentar.

La monotonía de los días sólo era interrumpida los sábados, cuando la madre permitía a Prudencia concurrir a la iglesia cercana y las monjas la recibían en su taller de costura y bordado. Allí la niña alternaba con otras muchachitas de su edad y aprendía un oficio.

Las hermanas las trataban con paciencia, aunque el silencio era primordial. Sólo cuando les concedían salir al patio de pisos embaldosados con cuadros negros y blancos, les estaba permitido jugar y hablar en voz alta. La hora de la misa era sagrada y la formación era minuciosa.

Para Prudencia ése era un recreo, aunque íntimamente le dolía dejar a Purita al cuidado de doña Encarna, una viejita vecina del conventillo en quien su madre confiaba ciegamente. La anciana recibía a su hermanita de buen grado y la mimaba y cuidaba como si fuera oro.

Los domingos toda la familia concurría a misa, aunque su padre fuera obligado porque no era afecto a las ceremonias. Pese a ello, Miguel agachaba la cabeza y seguía a su mujer, que vistiendo su único vestido decente, iniciaba la marcha hacia la iglesia.

Una noche su padre llegó más tarde de lo habitual. Traía la cara gris y el gesto agobiado, sin embargo nada le impidió abrazar a sus hijas con el amor tranquilo y sincero que lo invadía. Piedad se le abalanzó echa una fiera, reclamándole dinero para la olla, pero el hombre nada tenía. No le había dicho a su esposa para no alterarla más, que la encargada del conventillo les había aumentado el alquiler. Si no podían pagarlo, tendrían que irse dado que la pieza sería ocupada inmediatamente, había mucha demanda de locaciones como ésa. Miguel había pagado los aumentos pero su jornal seguía siendo el mismo, de modo que no tenía ni una moneda

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