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TRAICIONADA

Danielle Steel

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Fragmento

1

Los dos hombres que yacían bajo el sol abrasador del desierto estaban tan inmóviles que apenas parecían vivos. Acababan de oírse unas explosiones devastadoras a lo lejos, y uno de ellos estaba cubierto de sangre. Aunque habían sido enemigos, el que estaba ileso sostenía ahora la mano del que se desangraba. Se miraron por última vez. El hombre herido exhaló su último suspiro y murió justo cuando sonaba un disparo cercano. El superviviente, aterrado, abrió mucho los ojos mientras el hombre que había disparado aparecía a su espalda como surgido de la nada, igual que si hubiera caído del cielo cual ángel vengador.

—¡Corten... y a editar! —sonó una voz en mitad del silencio.

En cuestión de segundos todo fue acción. Entró en la escena un tropel de técnicos con cámaras y equipos, el muerto se levantó con el cuello ensangrentado y un ayudante de producción se le acercó corriendo con un refresco, que el otro bebió agradecido. El hombre que un instante antes sostenía su mano se alejó del set en busca de algo que comer en cuanto le dijeron que habían terminado de rodar hasta el día siguiente.

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Dos docenas de personas hablaban, gritaban y se reían, mientras una mujer rubia, alta y delgada, vestida con vaqueros cortados y deshilachados, zapatillas deportivas de caña alta y camiseta masculina con desgarrones, charlaba con los cámaras exhibiendo una enorme sonrisa. A pesar de ser de tez clara, lucía un bonito bronceado debido a las muchas horas pasadas al aire libre. La mujer llevaba la larga y revuelta cabellera rubia recogida en un moño. En ese momento se lo cambió por una trenza algo descuidada y se hizo con una de las botellas de agua helada que estaban repartiendo. Había una enorme camioneta de catering allí cerca, y un fotógrafo inmortalizaba a los actores a medida que salían del set de rodaje. Cuatro de las principales estrellas de Hollywood participaban en el filme, como siempre ocurría en las películas que dirigía.

—Va a ser la mejor escena de la película —le aseguró la rubia al director de fotografía.

La gente iba y venía a su alrededor, y muchos se paraban a hacerle preguntas a la directora. El técnico de sonido comentó que también estaba satisfecho con la escena. Todo había salido bien. El hombre de arena sería su mejor película hasta la fecha.

Estaban rodando su nueva cinta, destinada sin duda a ser un éxito instantáneo, como todas las anteriores que Tallie Jones había dirigido. Sus filmes siempre arrasaban en taquilla. Había sido nominada dos veces a los Oscar y seis a los Globos de Oro. Sobre su escritorio descansaban dos Globos de Oro, pero todavía ningún Oscar. El gran éxito de sus películas se debía a que ofrecían la acción intensa que tanto gustaba al público masculino, junto con la suficiente violencia para satisfacer sus ansias de sangre, así como la sensibilidad y la emotividad que las hacían atractivas para las mujeres. Ofrecía lo mejor de ambos mundos. Todo lo que Tallie tocaba se convertía en oro. A sus treinta y nueve años, llevaba diecisiete dirigiendo películas y su filmografía no incluía ni un solo fracaso.

En el set de rodaje se olía ya el triunfo, y Tallie parecía feliz mientras caminaba hacia la caravana que era su despacho durante el rodaje, con su manoseado ejemplar del guion bajo el brazo. Este incluía todos los cambios que habían realizado los guionistas la noche anterior. Tallie nunca perdía la concentración. Era una perfeccionista, y quienes trabajaban con ella la acusaban de controlarlo todo y a todos, pero valía la pena. Encendió su BlackBerry al entrar en la caravana climatizada y vio que tenía dos mensajes de su hija, que estudiaba el primer curso preparatorio para derecho en la Universidad de Nueva York. Maxine, o Max, como la llamaban, no sentía atracción alguna por el cine; solo le interesaba el derecho. Quería ser abogada como su abuelo, el padre de Tallie, Sam Jones. Sam era el héroe de Tallie y Max, y ellas eran las dos únicas mujeres de su vida. La madre de Tallie había fallecido de leucemia cuando su hija aún iba al instituto, y su padre la había apoyado siempre en todo. Ella le había llevado a la ceremonia de los Oscar como acompañante cuando fue nominada, y Sam, cuya actitud hacia su hija era muy protectora, se mostraba tremendamente orgulloso de ella.

Si Tallie se enamoró del cine fue gracias a su madre, que de niña la llevó a ver todas las películas imaginables. Habían visto todos los clásicos juntas, lo que hizo que quedara fascinada por los filmes y los actores. La había llamado Tallulah por Tallulah Bankhead, que era en su opinión la mujer más glamurosa que había existido nunca. Tallie siempre había detestado su propio nombre y lo abrevió para poder soportarlo, pero le encantaban todas y cada una de las películas que había visto con su madre, quien siempre ansió ser actriz y quiso que su hija hiciera realidad sus sueños. No había vivido el tiempo suficiente para presenciar la carrera profesional y las maravillosas películas de Tallie. A esta le gustaba pensar que a su madre le habrían encantado y que se habría sentido orgullosa de ella. La madre de Tallie se había casado con Sam a los veintiún años, cuando él ya era un abogado de éxito de cuarenta y cinco. Fue el segundo matrimonio para él, pero Tallie era su única hija. Sam contaba ahora ochenta y cinco años, estaba jubilado y su salud era bastante delicada. Se llamaban por teléfono a diario, y al hombre le encantaba saber cómo había ido todo en el rodaje. Ella era ahora su enlace con el mundo exterior, ya que Sam casi no salía de casa. Le costaba demasiado moverse por culpa de la artritis.

La trayectoria matrimonial de Tallie había estado llena de altibajos, algo nada extraño en el mundo en que vivía, donde las relaciones inestables y los cambios de pareja eran la norma. Ella siempre decía que resultaba imposible conocer a tipos normales y decentes en la industria cinematográfica. El padre de Max había sido una historia completamente distinta. Era un vaquero de Montana al que conoció en la Universidad del Sur de California y del que se quedó embarazada a los veinte años. Tallie dejó los estudios durante un año para tener el bebé, y Sam insistió en que se casaran. Eran casi unos críos, y cuando Max tenía seis meses su padre se volvió a Montana y la pareja se divorció. Tallie había ido a visitarle en varias ocasiones para ver si podían seguir con la relación, pero sus vidas eran totalmente distintas. Desde entonces, él llevaba veinte años en el circuito de rodeos, se había casado con una chica de Wyoming y había tenido otros tres hijos. Le enviaba a Max una tarjeta de felicitación en cada cumpleaños y un souvenir de los rodeos por Navidad, y ella le había visto cuatro veces en toda su vida. No era mal tipo; simplemente procedía de otro mundo y no conectaba con Max. A los veinte años había sido un chico guapísimo, y Max, una rubia de metro ochenta, de cuerpo esbelto y ojos azules, era aún más hermosa que su madre. Tallie tenía los ojos verdes y era un poco más baja que su hija. Cuando salían juntas llamaban poderosamente la atención. Más que madre e hija, parecían hermanas.

Tallie solo se había casado otra vez, a los treinta años, con un actor de una de sus películas. Nunca mantenía relaciones con ningún intérprete durante los rodajes, pero en aquel caso había hecho una excepción. Él era un auténtico rompecorazones, un famoso actor británico de veintiocho años, y Tallie se había vuelto loca por él. Seis meses después él le había sido infiel públicamente cuando estaba rodando otra película. El matrimonio duró once meses, de los que solo pasaron tres juntos, y el divorcio le costó a Tallie un millón de dólares. El actor negoció con dureza y ella accedió a sus exigencias.

Cinco años después de aquello, Tallie seguía sola y muy centrada en su trabajo y en su hija. No deseaba volver a probar suerte con el matrimonio. Por eso la pilló por sorpresa cuando conoció a Hunter Lloyd, un productor de éxito, y empezó a salir con él. Hunt no tenía grandes defectos: no era infiel, ni mentiroso ni bebedor. Había sufrido sus propias malas experiencias: dos matrimonios fracasados que también le habían costado una fortuna. Habían empezado a salir cuatro años atrás y vivían juntos desde hacía tres. El productor se había mudado a casa de Tallie al cabo de un año, tras haber cedido su propia casa, una mansión en Bel Air, a su última esposa. Aquel arreglo les había ido muy bien a ambos. Tallie y Hunt se amaban, Max quería mucho a la pareja de su madre, y él se portaba muy bien con la chica.

Hunt era un hombretón bonachón y agradable, y la película que estaba rodando Tallie era la segunda que producía con él. La primera había sido un taquillazo sin precedentes. Juntos tenían aún más éxito del que habían logrado por separado. Además, hacía años que Tallie no se sentía tan feliz. No quería nada más. Hunt Lloyd y la relación sólida, tranquila y estable que compartían resultaban perfectos para ella. Y, a pesar de su gran éxito, era una mujer sencilla a la que le gustaba llevar una vida tranquila. De todos modos, con los rodajes, los preparativos de las películas y las posproducciones, apenas tenía tiempo para salir. Rara vez disfrutaba de un momento en el que no estuviera trabajando.

A los veintiún años, después de que naciera Max, Tallie había sido «descubierta» en un supermercado por un agente de Hollywood que le consiguió una prueba de pantalla y un papel en un filme. Tallie accedió porque sabía lo que aquello habría significado para su madre. Lo hizo muy bien y la película tuvo bastante éxito, pero ni la profesión de actriz ni cuanto la rodeaba eran lo suyo. Para disgusto de su agente, rechazó todas las ofertas que recibió a continuación, y fueron unas cuantas. La cámara la adoraba, y gracias a un buen asesoramiento interpretativo hizo una actuación decente, pero se había enamorado del mundo de la dirección. Era lo que quería aprender, y cuando volvió a la universidad se matriculó en la facultad de cinematografía y trabajó duro. Su tesis consistió en una película de bajo presupuesto, financiada con la ayuda de su padre, que se convirtió en una cinta de culto: La verdad sobre hombres y mujeres. Fue el comienzo de su carrera como directora. Desde entonces nunca se había parado a mirar atrás.

Sus primeros filmes tuvieron bastante éxito y recibieron críticas entusiastas, y antes de cumplir los treinta Tallie ya empezó a ganar mucho dinero. En sus diecisiete años como directora se había convertido en una leyenda de Hollywood que no paraba de cosechar éxitos. Le encantaba su trabajo. Lo que no le gustaba, ni lo haría nunca, eran todos los extras que venían con él: la fama, la atención pública, la prensa, los estrenos, todas aquellas oportunidades de alardear y estar en el candelero. En su opinión, eso era para los actores, no para ella. Esa era la razón por la que no había querido ser actriz y le encantaba ser directora, contribuyendo a la actuación e interpretación del guion por parte de cada actor. Después de su única película como actriz, vio lo que le sucedería si seguía por ese camino y no lo quiso. Tallie era una trabajadora, una creadora, una artista. Estaba dispuesta a esforzarse sin descanso en todo lo que hacía, pero no a ser una estrella. Era lo único que no quería, y se mostraba muy clara al respecto.

Cuando la nominaron por primera vez a los Globos de Oro, tuvo que ir a comprarse un vestido; no tenía ninguno. Solo tenía la ropa con la que trabajaba, y que por lo general le daba el aspecto de una indigente. A Tallie no le importaba. Era feliz, y Hunt la amaba tal como era. El productor tenía una carácter más sociable y mundano y se relacionaba más con la gente y el ambiente de Hollywood, pero nunca se le había subido a la cabeza. Le encantaba volver a casa y encontrarse a Tallie tumbada en el suelo o en el sofá, leyendo guiones. Cuando estaba rodando exteriores, Hunt se reunía con ella siempre que le era posible. Era más un hombre de negocios que una figura de Hollywood. Las películas eran un gran negocio para él, y no había nada más grande que un filme dirigido por Tallie Jones. Y no le importaba lo más mínimo si ella se molestaba en ir bien peinada o no.

Estaban filmando cerca de Palm Springs. Tallie tenía reservada una habitación de hotel por si quería quedarse a pasar la noche, aunque generalmente, si no tenía que trabajar hasta muy tarde, intentaba volver a su casa de Los Ángeles para estar con Hunt, a no ser que él viniera a hacerle compañía.

Tallie quería examinar algunas de las tomas de la jornada, sobre todo la última, antes de irse del set de rodaje. Con tres lápices y un bolígrafo metidos entre el pelo revuelto, tomaba notas y contestaba correos electrónicos. Salía de su caravana para ir a mirar las primeras pruebas cuando a lo lejos vio aparecer un torbellino de polvo provocado por un reluciente Aston Martin plateado.

Entornó los párpados para proteger sus ojos de la luz del atardecer mientras se acercaba el coche deportivo, envuelto en una nube de polvo. El vehículo se detuvo bruscamente cerca de Tallie, quien sonrió al ver apearse a la conductora, una mujer espectacular con una minúscula minifalda, unas piernas sexis e interminables, una figura deslumbrante y una larga melena rubia. Se bajó del coche con aire presuroso y arrebatado, como salida de una película. Llevaba una enorme pulsera de turquesas, pendientes cortos de diamantes y unos tacones de vértigo.

—¡Mierda! ¿Me he perdido la última toma del día?

Brigitte, la belleza a la que pertenecía el Aston Martin, parecía molesta, y Tallie sonrió de oreja a oreja.

—Ha salido genial. Podemos ver juntas todo lo que hemos filmado hoy. Precisamente iba a hacerlo ahora.

Brigitte se mostró aliviada.

—El tráfico era algo increíble. Me he encontrado en mitad de dos atascos de media hora.

Brigitte era la viva imagen de una estrella. Con sus sandalias de tacón y plataforma era más alta que Tallie. Nunca salía de casa sin un maquillaje perfecto, y su ropa, que le sentaba de maravilla, realzaba un cuerpo de escándalo y le daba un aspecto sexy e irresistible. Era lo contrario de Tallie en todos los sentidos. Todo en ella estaba estudiado para atraer las miradas, mientras que Tallie prefería pasar desapercibida. Su trabajo consistía en mostrar a otros, no en mostrarse a sí misma. A Brigitte Parker le encantaba que la miraran, y carecía por completo de la sutileza y la timidez de Tallie. Las dos mujeres, altas, delgadas y rubias, poseían una belleza similar. Sin embargo, hacían un uso totalmente distinto de los atributos que la naturaleza les había dado: Tallie los ocultaba, mientras que Brigitte los enfocaba con un reflector. A la directora no le importaba nada su aspecto y nunca pensaba en él. Brigitte, por su parte, dedicaba mucha reflexión y esfuerzo a su radiante apariencia.

Ambas contaban la misma edad. Brigitte se había quitado diez años de encima, aunque Tallie también lo había hecho sin apenas darse cuenta. Con sus Converse de caña alta, sus vaqueros rotos y unas camisetas que parecían trapos, daba la sensación de ser una cría. Brigitte se había operado los ojos, estaba orgullosa de sus implantes mamarios, se aplicaba inyecciones de bótox y colágeno en los labios, y acudía a diario al gimnasio más exclusivo de Hollywood. Se esforzaba mucho por cuidar su aspecto, y los resultados eran fantásticos. Era tan hermosa como la más rutilante estrella.

Se habían conocido diecisiete años atrás en la facultad de cinematografía de la Universidad del Sur de California. Brigitte ansiaba desesperadamente convertirse en actriz y estaba decidida a aprender cuanto fuera posible sobre cine. Todo el mundo sabía que era una muchacha de clase alta de San Francisco y que no tenía necesidad de trabajar, pero ella anhelaba ser actriz. Al igual que Tallie, había perdido a su madre siendo casi una niña. Su padre se había casado poco después con una mujer mucho más joven, y la perspectiva de tener que tratar con su «malvada madrastra» había llevado a Brigitte a Los Ángeles. Tallie la contrató para que la ayudase en su primer filme independiente, cuando todavía estaba estudiando, y Brigitte se mostró tan eficiente, organizada y servicial que su amiga le pidió que colaborase también en su siguiente película. Brigitte se encargaba de facilitarle la vida a Tallie en todos los aspectos, y era algo que le encantaba hacer. Con tal de trabajar como su ayudante, había acabado renunciando incluso a su sueño de ser actriz. Se ocupaba de todas las tareas que ella no quería hacer. Brigitte la protegía ferozmente de la prensa y le evitaba tantas molestias como podía. Solía decir que sería capaz de recibir una bala por ella. Tallie era tan ingenua y sencilla que necesitaba a alguien dispuesto a interponerse entre ella y todo lo demás. Brigitte se encargaba de representarla ante el mundo, y lo hacía muy bien. Liberaba a Tallie de tantas obligaciones como le era posible, y así esta disponía de más tiempo para trabajar o para estar con su hija. La directora agradecía enormemente todo lo que Brigitte había hecho por ella en los últimos diecisiete años. El arreglo les convenía a ambas y satisfacía sus respectivas necesidades. Además, el tiempo que pasaban juntas las había convertido en las mejores amigas del mundo. Con tanto trabajo, Tallie no tenía tiempo de hacer amistades. Sin embargo, Brigitte estaba siempre a su lado, protegiéndola y mimándola, y se sentía muy orgullosa de lo que hacía. Para ella no había labor demasiado difícil, demasiado compleja, demasiado pesada ni demasiado servil.

Se dirigieron juntas hacia la caravana en la que Tallie veía lo que habían filmado. Mientras charlaban animadamente acerca de las tomas del día, Brigitte caminaba con aire afectado por el pedregoso camino sobre sus altísimos tacones de aguja.

—Tienes que hacerte con unos zapatos decentes —bromeó Tallie con una sonrisa.

Era un comentario que hacía con frecuencia. Brigitte siempre llevaba tacones de aguja, tan sexis como pudiera encontrarlos, y le quedaban de fábula. Se desenvolvía con ellos como si fuesen zapatillas de correr.

—¿Por ejemplo unas Converse? —preguntó Brigitte con una risita.

Tallie nunca llevaba las más nuevas que tenía, sino las que estaban más gastadas, manchadas y llenas de agujeros. De haberlo querido, podría haber tenido un aspecto tan sexy y fabuloso como Brigitte, pero no le interesaba en absoluto, y a Hunt también le daba igual. La amaba tal como era. Aquella imagen desaliñada formaba parte de su encanto, y él la admiraba sobre todo por su mente brillante y creativa. También Brigitte la apreciaba por eso. Ambos sabían que algún día Tallie sería reconocida como una de las mejores cineastas de su época.

Llegaron a la caravana y vieron juntas lo que habían filmado ese día. Tallie, seria y silenciosa, observaba todos los detalles. En varias ocasiones pidió que detuvieran las imágenes e hizo algunos comentarios a los técnicos que se ocuparían de la posproducción. Tenía buen ojo y era capaz de ver matices que nadie más detectaba. Antes de marcharse habló con el ayudante de dirección y con los montadores. Eran más de las siete cuando volvieron juntas a su caravana. Tallie parecía cansada pero satisfecha.

—¿Te vas a casa esta noche? —le preguntó Brigitte.

En el maletero de su coche llevaba una bolsa de viaje por si tenía que quedarse. Siempre anteponía las necesidades y los planes de Tallie a los suyos, que adaptaba según conviniera. No le molestaba ocupar un lugar secundario en la vida de Tallie, y esa era una de las cosas que la hacían tan valiosa para esta. Era la ayudante personal perfecta en todos los sentidos.

—No lo sé —contestó Tallie—. ¿Has visto a Hunt antes de salir?

Quería estar en casa con él, aunque sabía que no llegarían a la ciudad hasta las nueve o las diez.

—Ha dicho que te prepararía la cena si volvías, o que si lo preferías vendría. Hemos quedado en que le avisaría.

Tallie se lo pensó unos instantes y comprendió que tenía ganas de volver a casa. Aunque solo pudieran pasar juntos un par de horas antes de acostarse y tuviera que levantarse a las cuatro de la mañana, le gustaba estar en su propia casa con él. Además, Hunt era un excelente cocinero.

—Creo que voy a volver.

—Yo te llevo. Puedes dormir por el camino.

Tallie había tenido un día muy largo, como siempre que rodaban exteriores, aunque estaba acostumbrada a ello y disfrutaba con su trabajo.

—Gracias —dijo Tallie.

Acto seguido cogió una bolsa de lona que utilizaba como bolso desde hacía meses. La había comprado en un mercadillo callejero. Estaba pensada para transportar herramientas de fontanería y resultaba perfecta para los guiones y cuadernos de notas que llevaba consigo a todas partes para estudiarlos cuando tenía tiempo y ocasión de hacerlo. Siempre estaba trabajando y tomando notas de ideas nuevas para las escenas que estaba filmando o para su siguiente película. Su mente iba constantemente a cien por hora.

Tal como le había prometido, Brigitte le envió un mensaje de texto a Hunt diciéndole que Tallie volvía a casa. Ese día había hecho una docena de llamadas de su parte, se había ocupado de varios recados, había encargado algunas cosas para Max en Nueva York y había pagado las facturas. Brigitte era la persona más eficiente que Tallie había conocido en su vida, y Hunt estaba de acuerdo con ella. Siempre le decía que tenía suerte de que Brigitte poseyera la clase de carácter necesario para ese trabajo. Estaba plenamente satisfecha de vivir a la sombra de Tallie y de ser su emisaria ante el mundo. Y la situación también tenía ventajas para ella. Cada vez que Brigitte admiraba una prenda nueva, un chaquetón de pieles o una joya, las tiendas se la regalaban y ella presumía de su victoria. Era uno de los principales beneficios de su trabajo. Joyeros y diseñadores le enviaban obsequios para Tallie, o para que intentara convencerla de que luciera sus creaciones. No obstante, esta no sentía el menor interés por los regalos, así que no dudaba en dejar que Brigitte se quedase con ellos. Esta, por su parte, los aceptaba con mucho gusto, y todo lo que se ponía le sentaba de fábula. Incluso le habían hecho un buen descuento al comprar su Aston Martin. Poseía una casa preciosa con piscina en las colinas de Hollywood. Vivía bien y se lo pasaba en grande trabajando como ayudante de Tallie. Durante diecisiete años su empleo había supuesto una gran bendición para ella. Aunque procedía de una familia acaudalada y no necesitaba las ventajas que le ofrecía Tallie, las apreciaba de todos modos y se evitaba así tener que tratar con su padre y su madrastra. Prefería no depender de la fortuna familiar, aunque reconocía haber pagado su casa con el dinero de la herencia de su madre. Sin embargo, había sido una gran inversión y ahora valía dos o tres veces el importe que pagó por ella. Entre lo que ya tenía y el generoso sueldo que le pagaba su jefa, además de los constantes obsequios y beneficios, Brigitte llevaba una vida de ensueño, mejor que la de Tallie en muchos aspectos, o al menos eso parecía.

Tallie era de naturaleza más sencilla y discreta. También había crecido en un hogar acomodado, aunque no al nivel con que Brigitte describía su infancia. Aunque esta iba a visitar a su familia de vez en cuando, siempre se quejaba a su regreso. Pensaba que San Francisco resultaba deprimente, continuaba odiando a su madrastra y no se llevaba bien con su padre desde que se había casado con ella. Durante diecisiete años Tallie había sido su familia, la única que le importaba de verdad, y el sentimiento era mutuo. Brigitte había llegado a ser la hermana que nunca tuvo, así como una cariñosa tía adoptiva para Max, que la adoraba y le contaba todo cuanto ocurría en su vida conforme iba creciendo. A veces, incluso más que a su madre, sobre todo cuando Tallie estaba muy ocupada o rodando los exteriores de alguna película.

Tallie ocupó el asiento del copiloto del ostentoso Aston Martin, se abrochó el cinturón de seguridad y se arrellanó contra el respaldo. Había llegado al plató a las cinco de la mañana, y de pronto se dio cuenta de lo cansada que estaba. Le habían entregado los nuevos cambios de guion justo antes de marcharse y, concienzuda como siempre, los sacó para leerlos durante el trayecto, pero estaba agotada.

—¿Por qué no te acuestas cuando llegues? —le sugirió Brigitte cuando se iban del set de rodaje—. Puedes leer los cambios mañana por la mañana. Yo misma te traeré de vuelta. No hace falta que los leas esta noche.

—Gracias —dijo Tallie agradecida.

No podía imaginarse cómo sería su vida sin que Brigitte lo hiciera todo por ella, y confiaba en no tener que averiguarlo nunca. Esperaba que llegaran a convertirse juntas en dos ancianitas, y Brigitte siempre le decía en broma que así sería, y le aseguraba que nunca la abandonaría. Jamás había tenido la tentación de cambiar y aceptar alguna de las ofertas que recibía a menudo de la competencia. Se apresuraba a confirmar que le encantaban su empleo y su jefa, y que, después de pasar tantos años juntas, esta era también su mejor amiga.

De repente, Tallie soltó una risita al mirarse en el espejito de la visera.

—Parece que hayas recogido a una mochilera. Voy hecha un desastre.

—Pues sí —dijo Brigitte, riéndose y echándole un vistazo—. Quizá deberías probar a peinarte de vez en cuando.

Como Brigitte llevaba extensiones, el parecido entre las dos resultaba todavía mayor. La larga melena de Tallie era natural, pero la principal diferencia entre ambas era que su ayudante siempre iba bien peinada. No habría podido desempeñar sus funciones con la pinta que llevaba Tallie, pero tampoco habría querido hacerlo. Por otra parte, el trabajo de la directora era más exigente desde el punto de vista físico. Tenía que subirse a escaleras o montar en grúas para obtener una mejor perspectiva de las tomas. Se pasaba horas al sol sin molestarse en aplicarse protector solar, a pesar de las funestas predicciones de Brigitte sobre las arrugas que le s ...