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TRES INVIERNOS EN PARíS

Marta Minujín

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Fragmento

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Prólogo

Tenía doce años cuando decidí dedicarme al arte. Hasta ese momento yo era una chica retraída y tímida. Mis padres querían que hiciera la secundaria en un colegio del barrio de San Cristóbal, donde vivíamos, pero yo me escapé y fui a la escuela de Bellas Artes a rendir el examen de ingreso. Nunca había pintado ni producido nada, pero ya sentía que era artista.

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Cuando empecé a estudiar arte comenzó mi liberación. Salía de mi casa, me tomaba el colectivo sola y llegaba a la escuela, donde enseñaban todo lo que a mí me fascinaba. Crecí de golpe. Estaba rodeada de gente de distintas edades. Me anoté en escultura, pintura, dibujo, grabado, historia de la cultura, del arte, geometría del espacio. Por esa época me iba siempre de casa. Desaparecía. Mi hermano estaba enfermo de leucemia y mis padres estaban completamente dedicados a él. No sabían lo que yo hacía ni les importaba. Todos en mi familia decían que estaba loca. Y yo me vestía de negro, veía todo mal, me angustiaba. Solía irme al puerto a dibujar los barcos rodeada por los marineros. Otras veces traía vagabundos de la calle a casa para dibujarlos. Mi padre era médico y yo dibujaba a los enfermos de diabetes que atendía. Me fascinaba mirarlos de cerca, con sus cuerpos gordos, sin importarme que se sintieran incómodos ni que pareciera atrevida.

Cursé cuatro años en la escuela Manuel Belgrano de Bellas Artes. Simultáneamente, hice tres años en la Prilidiano Pueyrredón y en la Cárcova. Mientras estudiaba, iba como oyente a Filosofía y Arquitectura. Leía mucho, me rodeaba de gente inteligente de la que aprendía cada día. Después de cuatro años obtuve el título de maestra de arte. Ejercí un tiempo en una escuela secundaria pero no me gustó.

A fines de los años cincuenta abandoné la carrera de Bellas Artes. La causa de mi abandono tiene nombre y apellido: Alberto Greco. Greco era un mago maravilloso. Era quince años mayor que yo y me fascinaba todo lo que decía, lo que inventaba, lo bohemio que era. Con él comencé a ir al Bar Moderno y a tratar a los informalistas. Me abrió los ojos. Vivía en el Hotel Lepanto y todo el piso de su habitación estaba manchado con la pintura y la orina que vertía sobre sus cuadros. Era muy especial. Seducía a todo el mundo. Vivía sin un peso, y cuando ganaba plata por la venta de alguna obra la gastaba inmediatamente. Yo era chica, pero me dejaba arrastrar por Greco. Me iba a la Costanera a buscar gays y los llevaba al Hotel Lepanto para que se relacionaran con él. Era una especie de Celestina. Tenía dieciséis años y ya era completamente under.

Fue gracias a Greco que me di cuenta de que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber y que tenía que desaprenderlo. Debía olvidar el conocimiento técnico que había adquirido y descubrir qué tenía para aportarle al arte. Tenía que romper con todo para sacar mi propio yo. Empecé a pintar surrealismo metafísico, muchos cuadros fantásticos. Agarraba una tela, ponía música de Bach o de Beethoven, o Las cuatro estaciones de Vivaldi, y pintaba cuadros que me llevaban un mes de trabajo. Cuando junté varios hice mi primera exposición. Así empecé a ganar premios y a tener mi propia plata. No dejaba de formarme ni de producir en ningún momento. Mi abuelo tenía un palco en el Teatro Colón y yo iba muy seguido al paraíso a dibujar a los músicos. Vivía trabajando y perfeccionándome. Nunca fui a una fiesta ni a un cóctel, como las chicas de mi edad: yo sólo quería producir arte, era como una religión.

Un verano me fui de viaje con mi familia a Mar del Plata. Mi padre era médico de a bordo en un barco y yo me enamoré del hijo del capitán. Con Bebe ya nos conocíamos de vista, de años anteriores. Él dice que me conoce desde que yo tenía cinco años. Pero cuando nos encontramos en Mar del Plata, yo con dieciséis años y él con veintiuno, pasó algo especial. Empezamos a salir y no nos separamos nunca más.

Mientras tanto presenté mis cuadros a una beca para irme a París y al jurado les resultaron tan insólitos que la gané. Como era menor de edad no podía viajar sola. Entonces con Bebe decidimos casarnos para que tuviera la emancipación de mis padres y pudiera viajar. Nos casamos en secreto, y yo falsifiqué mis documentos y puse que tenía dieciocho años. Fue un secreto guardado por años. Nadie, salvo Greco, lo sabía. Cuando volví de París, le dije a mi padre: “Acá tenés un regalo”, y le di la libreta de casamiento.

Cuando me fui a París, la relación con mis padres cambió por completo. Hasta ese momento yo no quería a nadie, menos a mi familia. Pero de pronto, con la muerte de mi hermano, empecé a sentir una culpa brutal. Mis padres estaban destruidos. Se fueron a vivir a Villarino, a 50 kilómetros de San Martín de los Andes, donde la familia tenía una hostería. Al verlos tan desamparados, yo sentía que todo lo que había hecho en mi infancia, cada travesura, los había reventado. Y entonces los adopté como hijos y entablamos una relación de amor.

La beca era para estudiar, pero no lo hice. Me dediqué enteramente a producir. No fui a un solo seminario. Bebe era estudiante y no tenía plata para venir conmigo, así que durante un tiempo lo veía una vez por año: cuando yo viajaba a Buenos Aires a exponer o cuando él cruzaba el océano para visitarme.

Cuando llegué a Francia y vi a la gente con barba y pelo largo se me abrió la cabeza. Fue impresionante. Me instalé en un hotel en el que estaba alojado Alberto Greco. La primera exposición de la que participé se llamó Pablo Manes y treinta argentinos de la nueva generación. Ahí conocí a Le Corbusier, que al ver la muestra dijo que las mejores obras eran la mía, hecha con cajas de cartón, y la de Greco, que era una caja de acrílico con ratas vivas que comían pan.

En ese viaje descubrí el color. Fue cuando volvía de la Bienal de Venecia, en 1962. De casualidad, pasé por una vidriera y quedé encandilada por una pollera rosa y turque ...