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TU ROSTRO EN EL FUEGO

Camucha Escobar  

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Fragmento

Pago de los Arroyos
Estancia El Carmen
1854

Una nube de polvo se levantaba tras el paso de la volanta. El carruaje se detuvo en El Carmen y Piedad descendió sin prisas. El campo era quietud y silencio, solamente interrumpido por el trino de algún ave. A lo lejos se escuchaba el murmullo de las aguas del río. Aquel sonido que la había acunado toda su infancia hoy le producía un miedo intenso. Se arrebujó en el chal y siguió caminando. Su mirada se dirigió hacia los corrales vacíos. No estaba el ganado, ni los toros de lidia, ni aquellos caballos que tanto había amado. Solamente unas ovejas pastaban tranquilas en medio del potrero de palo a pique. Un chucho hambriento y pedigüeño se acercó a olisquearla. Piedad le acarició la cabeza sin miedo y el perro no se le despegó desde ese momento.

Todavía no había entrado en la casa, se entretuvo en los jardines. Los pastos estaban altos, los cercos de ñapindá sin cortar y las malezas habían ahogado a las plantas tan bien cuidadas en otros tiempos. Suspiró resignada y se dirigió hacia la puerta principal. No había sido una decisión fácil. No. Era consciente de que debía acallar los fantasmas del pasado y qué mejor idea que dirigirse al lugar de los hechos.

Desistió de ponerse uno de sus vestidos nuevos. Para viajar había escogido una falda sencilla y una blusa abotonada hasta la base del cuello. Sabiamente también llevó uno de sus chales de lana que le sirvió para protegerse de ese frío helado que le atravesaba las entrañas. Llevaba, como único adorno, un collar de piedras desiguales. Ya no era una jovencita incrédula, llena de ilusiones y miedos, sino una mujer segura de sí misma, dispuesta a terminar de una vez por todas con su pasado. Se corrió una guedeja que se había escapado de su rodete y sus ojos oscuros contemplaron la casa.

Aquel casco lo había mandado a construir su abuelo en las tierras que había comprado a un precio irrisorio. Nada quedaba de tanto esplendor. La casa se había venido a menos por falta de cuidados y por la devastadora inundación. Las paredes descascaradas necesitaban pintura, y las aberturas de roble clamaban por la presencia de un carpintero.

Sacó una llave de su bolso y, no sin cierta aprensión, abrió el candado y empujó la puerta suavemente. El olor a encierro la invadió por completo y no pudo evitar distinguir aquel que la había acompañado desde pequeña: un olor almizclado, denso, que habitaba en todos los espacios del lugar.

Los muebles se encontraban cubiertos por sábanas y los rincones estaban velados por telarañas. Una tenue claridad se filtraba a través de los postigos cerrados. Sacó la tulipa de cristal de una lámpara, sopló el polvo de la mecha no sin antes comprobar que había aceite de potro. La encendió y recorrió las habitaciones una por una: la de Honorio, con la austeridad de un soldado; la de Emilia, que no había sido ocupada desde su desaparición. Antes, ella siempre la había llenado de flores y la hacía ventilar al menos una vez por mes. Aún se respiraba el aire liviano de su presencia. Siguió avanzando por el pasillo hasta llegar a las habitaciones de los muchachos: la de Jerónimo y Nicolás donde aún se podía leer en un viejo escritorio los pensamientos del mayor: “Te odio, José Manuel, te odio”; la de Elena, con los edredones de flores y mariposas que su madre había hecho traer de Buenos Aires. Prefirió no abrir la de Francisco y Beatriz, menos aún la de Miguel, que se encontraba enfrente. Luego se dirigió a la habitación de su madre. Tragando su angustia abrió la puerta: todo estaba como la última vez, la amplia cama de bronce con su colcha nacarada ocupaba el centro del recinto, un ropero con el espejo en forma de luna se recostaba contra una de las paredes proyectando sombras inquietantes. El crucifijo con el reclinatorio, que siempre atendieron sus súplicas de ambición y vanidad. Y ese olor, ese olor que la había trastornado toda su vida se hacía más fuerte cerca del arcón, impregnando cada poro de su piel, sofocándola. Corrió hacia la puerta y la cerró de golpe. Se recostó contra la pared para recuperar el aliento. Luego, se dirigió a la sala y descorrió el paño del retrato.

Su hermano Honorio dirigía sus ojos turquesas hacia un punto lejano. El pintor había sabido captar esa mirada triste que lo acompañó hasta su muerte. La piel curtida por el aire del campo y del fuerte le daba un aspecto duro y contrastaba con sus cabellos rubios y su fino bigote. Llevaba con garbo el uniforme de gala. “Querido hermano, ¡cuánto dolor reflejan tus ojos! Si yo hubiera sido capaz de entender lo que sucedía, tal vez otro hubiera sido tu destino.” Sus lágrimas recorrían su rostro y, aun así, sonrió: ella acusaba a su madre de vanidosa y ambiciosa, y ahora, ella tenía esos mismos sentimientos. No, probablemente no hubiera podido cambiar su destino. Se emocionó cuando se vio retratada de pequeña, tres o cuatro años, ajena a las maldades, con la inocencia intacta. ¡Qué lejano todo!, suspiró. De inmediato su mirada se endureció frente a la figura de su madre: una mujer de belleza subyugante. Los ojos oscuros surcados por unas pestañas renegridas y densas; la piel mate, lustrosa y la nariz aguileña, indicaban cierta ascendencia morisca. Los labios rojos, pulposos, invitaban a besarlos.

Un odio repentino se apoderó de ella, deslizándose por su interior, mientras le oscurecía el corazón, le nublaba los pensamientos, le agriaba el alma. Haciendo un gran esfuerzo se recompuso. Dentro de su mente la idea había ido tomando forma. Piedad supo lo que debía hacer. Se dirigió a la cocina y buscó entre los tachos y las botellas de loza. Cuando encontró lo que necesitaba, volvió presurosa a la sala. Parecía estar poseída por una fuerza sobrenatural que nacía del collar de piedras que llevaba en su pecho. Sin embargo, se paró en seco y se dirigió a la que había sido su habitación. Con algo de trabajo corrió la cama y levantó varias tablas del piso. De allí quitó una bolsa de cuero. La abrazó como si se tratara de una vieja amiga. Luego, miró dentro: el contenido estaba intacto.

Regresó a la sala y comenzó a verter el aguardiente por todos los muebles; con sumo cuidado dejó la bolsa en el jardín y, sin pensarlo dos veces, tiró la lámpara hacia el interior. Enseguida las llamas comenzaron a extenderse por todo el lugar, alcanzando dimensiones desproporcionadas. Las lenguas de fuego abrazaban los techos y consumían todo a su paso.

Bajo el sol del mediodía

Pago de los Arroyos
Estancia El Carmen
1836

—Asegúrate de que se beba hasta la última gota —le dijo doña Augusta Iriarte a Eloísa, su sirvienta, a la vez que revolvía con mucho esmero la taza del té bien cargado—. Que no quede nada, ¿me oíste? Y después vas por Rufino. Le dices que venga antes de que caiga la noche —mientras le dictaba las órdenes, se arregló el moño que estaba flojo. “Voy a tener que decirle a esta tilinga que se fije si tengo alguna cana. Ya es tiempo de preparar el tinte.” A pesar de su gesto severo, a la mujer le gustaba estar arreglada. De joven había sido muy bonita y conservaba perfectamente su antigua belleza: los ojos oscuros brillaban en su piel mate. Siempre se había jactado de su suavidad. Jamás había usado afeites o polvos para mejorar su aspecto; cuando estaba demasiado pálida, unos cuantos pellizcos en las mejillas solucionaban el problema. Doña Augusta no hacía

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