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TU ROSTRO EN EL FUEGO

Camucha Escobar  

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Fragmento

Pago de los Arroyos
Estancia El Carmen
1854

Una nube de polvo se levantaba tras el paso de la volanta. El carruaje se detuvo en El Carmen y Piedad descendió sin prisas. El campo era quietud y silencio, solamente interrumpido por el trino de algún ave. A lo lejos se escuchaba el murmullo de las aguas del río. Aquel sonido que la había acunado toda su infancia hoy le producía un miedo intenso. Se arrebujó en el chal y siguió caminando. Su mirada se dirigió hacia los corrales vacíos. No estaba el ganado, ni los toros de lidia, ni aquellos caballos que tanto había amado. Solamente unas ovejas pastaban tranquilas en medio del potrero de palo a pique. Un chucho hambriento y pedigüeño se acercó a olisquearla. Piedad le acarició la cabeza sin miedo y el perro no se le despegó desde ese momento.

Todavía no había entrado en la casa, se entretuvo en los jardines. Los pastos estaban altos, los cercos de ñapindá sin cortar y las malezas habían ahogado a las plantas tan bien cuidadas en otros tiempos. Suspiró resignada y se dirigió hacia la puerta principal. No había sido una decisión fácil. No. Era consciente de que debía acallar los fantasmas del pasado y qué mejor idea que dirigirse al lugar de los hechos.

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Desistió de ponerse uno de sus vestidos nuevos. Para viajar había escogido una falda sencilla y una blusa abotonada hasta la base del cuello. Sabiamente también llevó uno de sus chales de lana que le sirvió para protegerse de ese frío helado que le atravesaba las entrañas. Llevaba, como único adorno, un collar de piedras desiguales. Ya no era una jovencita incrédula, llena de ilusiones y miedos, sino una mujer segura de sí misma, dispuesta a terminar de una vez por todas con su pasado. Se corrió una guedeja que se había escapado de su rodete y sus ojos oscuros contemplaron la casa.

Aquel casco lo había mandado a construir su abuelo en las tierras que había comprado a un precio irrisorio. Nada quedaba de tanto esplendor. La casa se había venido a menos por falta de cuidados y por la devastadora inundación. Las paredes descascaradas necesitaban pintura, y las aberturas de roble clamaban por la presencia de un carpintero.

Sacó una llave de su bolso y, no sin cierta aprensión, abrió el candado y empujó la puerta suavemente. El olor a encierro la invadió por completo y no pudo evitar distinguir aquel que la había acompañado desde pequeña: un olor almizclado, denso, que habitaba en todos los espacios del lugar.

Los muebles se encontraban cubiertos por sábanas y los rincones estaban velados por telarañas. Una tenue claridad se filtraba a través de los postigos cerrados. Sacó la tulipa de cristal de una lámpara, sopló el polvo de la mecha no sin antes comprobar que había aceite de potro. La encendió y recorrió las habitaciones una por una: la de Honorio, con la austeridad de un soldado; la de Emilia, que no había sido ocupada desde su desaparición. Antes, ella siempre la había llenado de flores y la hacía ventilar al menos una vez por mes. Aún se respiraba el aire liviano de su presencia. Siguió avanzando por el pasillo hasta llegar a las habitaciones de los muchachos: la de Jerónimo y Nicolás donde aún se podía leer en un viejo escritorio los pensamientos del mayor: “Te odio, José Manuel, te odio”; la de Elena, con los edredones de flores y mariposas que su madre había hecho traer de Buenos Aires. Prefirió no abrir la de Francisco y Beatriz, menos aún la de Miguel, que se encontraba enfrente. Luego se dirigió a la habitación de su madre. Tragando su angustia abrió la puerta: todo estaba como la última vez, la amplia cama de bronce con su colcha nacarada ocupaba el centro del recinto, un ropero con el espejo en forma de luna se recostaba contra una de las paredes proyectando sombras inquietantes. El crucifijo con el reclinatorio, que siempre atendieron sus súplicas de ambición y vanidad. Y ese olor, ese olor que la había trastornado toda su vida se hacía más fuerte cerca del arcón, impregnando cada poro de su piel, sofocándola. Corrió hacia la puerta y la cerró de golpe. Se recostó contra la pared para recuperar el aliento. Luego, se dirigió a la sala y descorrió el paño del retrato.

Su hermano Honorio dirigía sus ojos turquesas hacia un punto lejano. El pintor había sabido captar esa mirada triste que lo acompañó hasta su muerte. La piel curtida por el aire del campo y del fuerte le daba un aspecto duro y contrastaba con sus cabellos rubios y su fino bigote. Llevaba con garbo el uniforme de gala. “Querido hermano, ¡cuánto dolor reflejan tus ojos! Si yo hubiera sido capaz de entender lo que sucedía, tal vez otro hubiera sido tu destino.” Sus lágrimas recorrían su rostro y, aun así, sonrió: ella acusaba a su madre de vanidosa y ambiciosa, y ahora, ella tenía esos mismos sentimientos. No, probablemente no hubiera podido cambiar su destino. Se emocionó cuando se vio retratada de pequeña, tres o cuatro años, ajena a las maldades, con la inocencia intacta. ¡Qué lejano todo!, suspiró. De inmediato su mirada se endureció frente a la figura de su madre: una mujer de belleza subyugante. Los ojos oscuros surcados por unas pestañas renegridas y densas; la piel mate, lustrosa y la nariz aguileña, indicaban cierta ascendencia morisca. Los labios rojos, pulposos, invitaban a besarlos.

Un odio repentino se apoderó de ella, deslizándose por su interior, mientras le oscurecía el corazón, le nublaba los pensamientos, le agriaba el alma. Haciendo un gran esfuerzo se recompuso. Dentro de su mente la idea había ido tomando forma. Piedad supo lo que debía hacer. Se dirigió a la cocina y buscó entre los tachos y las botellas de loza. Cuando encontró lo que necesitaba, volvió presurosa a la sala. Parecía estar poseída por una fuerza sobrenatural que nacía del collar de piedras que llevaba en su pecho. Sin embargo, se paró en seco y se dirigió a la que había sido su habitación. Con algo de trabajo corrió la cama y levantó varias tablas del piso. De allí quitó una bolsa de cuero. La abrazó como si se tratara de una vieja amiga. Luego, miró dentro: el contenido estaba intacto.

Regresó a la sala y comenzó a verter el aguardiente por todos los muebles; con sumo cuidado dejó la bolsa en el jardín y, sin pensarlo dos veces, tiró la lámpara hacia el interior. Enseguida las llamas comenzaron a extenderse por todo el lugar, alcanzando dimensiones desproporcionadas. Las lenguas de fuego abrazaban los techos y consumían todo a su paso.

Bajo el sol del mediodía

Pago de los Arroyos
Estancia El Carmen
1836

—Asegúrate de que se beba hasta la última gota —le dijo doña Augusta Iriarte a Eloísa, su sirvienta, a la vez que revolvía con mucho esmero la taza del té bien cargado—. Que no quede nada, ¿me oíste? Y después vas por Rufino. Le dices que venga antes de que caiga la noche —mientras le dictaba las órdenes, se arregló el moño que estaba flojo. “Voy a tener que decirle a esta tilinga que se fije si tengo alguna cana. Ya es tiempo de preparar el tinte.” A pesar de su gesto severo, a la mujer le gustaba estar arreglada. De joven había sido muy bonita y conservaba perfectamente su antigua belleza: los ojos oscuros brillaban en su piel mate. Siempre se había jactado de su suavidad. Jamás había usado afeites o polvos para mejorar su aspecto; cuando estaba demasiado pálida, unos cuantos pellizcos en las mejillas solucionaban el problema. Doña Augusta no hacía caso a las modas, no por modestia sino por todo lo contrario, odiaba obedecer leyes impuestas, detestaba esa clase de esclavitud. Augusta, a través de cada partícula de su ser, parecía declarar que no se doblegaría ante nada ni nadie. El negro era el color que predominaba en sus vestidos, algunas veces un morado o un verde oscuro, sin más detalles que los puños y el cuello de encaje chantilly. Le parecía encomiable no ostentar ningún adorno, suficientes eran su piel, sus ojos, su porte y su cabello. El blanco lo usó solamente para su boda, a regañadientes. De todos modos, obtuvo lo que quería: no se pareció a ninguna novia que se hubiera visto en sus pagos. Consiguió que la vieran como una virgen despojada de abalorios. Su imagen misteriosamente ascética perduró en la memoria de todos los invitados.

La razón de su estilo no era modestia, ni desprecio por las riquezas ni la ostentación; era una extrema vanidad que fue acrecentándose a lo largo de los años. Su larga cabellera —que hacía cepillar todas las noches a Eloísa y lavar con agua de romero para que creciera fuerte y sana— era su bien más preciado. Había enviudado hacía un año y poco más, y disfrutaba, desde entonces, de su libertad e independencia. Se consideraba una mujer afortunada y todo gracias a su manera de ser.

Su mirada se perdió en el paisaje. Ese año el otoño se presentaba muy duro y los animales iban a tener poco pasto. A lo lejos, en los corrales de palo a pique, se encontraban sus toros de lidia: “Taomar”, el gran campeón; “Resuello”, su hijo; amaba a esas bestias. Amaba esos músculos tersos, amaba observar el pelo que parecía mojado de tan brillante. Amaba esa fuerza compacta. Los toros eran soberbios. Amaba esa furia.

Esbozó una leve sonrisa y se quedó contemplando los corrales en el espectáculo otoñal, adivinaba cómo la tierra era arañada por las patas taurinas que hacían levantar oscuras polvaredas, mientras el pelo se opacaba y los músculos se tensaban mostrando su majestuosa determinación.

Entonces recordó el día en que había visto su primera corrida. Aquel domingo de mayo la plaza estaba colmada. A pesar de la leve llovizna, brillaban las banderas. Los criados, que acarreaban las sillas, se abalanzaban unos sobre otros, tratando de obtener los mejores lugares para sus patrones.

Las señoras se habían vestido con sus mejores galas: el tafetán italiano y el terciopelo francés se salpicaban por todas partes.

Augusta recordó con satisfacción su vestido morado, su cintura esbelta, su profusa cabellera amarrada con una tenue cinta que apenas sostenía los rizos.

El torero, con su traje de luces, se paseó orgulloso por la arena. Vestía de taleguilla, la almidonada camisa blanca estaba adornada con chorreras. El capote de paseo era una obra de arte: labrada en hilos de seda se destacaba la figura de San Judas Tadeo. Desplegaba su capa roja bordada en oro: era un matador. Sobre su cabeza llevaba una montera de terciopelo negro. El hombre saludó a la multitud enardecida que lo ovacionaba. El toro, un ejemplar magnífico, entró al ruedo y dio varias vueltas. Augusta lo recordaba perfectamente. De su hocico salía un vapor denso y restregaba sus pezuñas contra el suelo, levantando polvo. El torero agitó la capa frente al animal que no dudó en embestirla y entonces recibió una banderilla coronada de cintas de colores. Enfurecido, volvió a arremeter contra la capa roja que ahora el torero hacía oscilar mientras le clavaba otra banderilla.

Y entonces fue cuando Augusta lo supo, recordó su sonrisa de satisfacción oculta tras su abanico. Mientras el torero saludaba a la multitud, el toro arremetió contra su costado. Su cuerno se incrustó en las pequeñas y juveniles caderas. El animal levantó su cornamenta ensangrentada; mientras sangraban sus heridas había salido el sol por un momento. Brillaba la sangre, brillaba la piel. Augusta lo miró a los ojos y entendió su mirada de justicia. A sus pies, yacía el hombre muerto.

Cumpliendo con el recado de su patrona, Eloísa se dirigió al primer patio donde Emilia descansaba a los pies de un fresno. El lugar se hallaba poblado de macetas con hierbas aromáticas, de las cuales emanaban olores placenteros. Emilia aspiraba el aroma tratando de darse ánimos. Ese olor le traía recuerdos de su infancia. ¡Su infancia! ¡Dios mío, tan lejana! Recordaba a sus primos, tan “chulos” como decía la abuela, jugando al escondite en Oporto durante los veranos, a orillas del Duero. Se recordó asistiendo a las funciones de teatro durante los crudos inviernos en Lisboa, cuando los actores llegaban de España para dar sus funciones. ¡Qué feliz había sido! Y luego las imágenes se le tornaban confusas: su madre postrada en una cama, víctima de unas fiebres desconocidas; su padre desaparecido, las amenazas, el viaje a América. El pasado se presentaba lejano. Emilia suspiró y apoyó una mano sobre su vientre. Una acentuada palidez cubría su rostro de facciones suaves y unos círculos violáceos contorneaban los ojos oscuros. La noche anterior había dormido muy poco. Cuando despertó, con las primeras luces del día, tenía una profunda sensación de mal presagio.

—Aquí tiene una infusión calentita, señito —le dijo la criada mientras le acercaba la taza humeante—.Va a ver cómo prontito se pone requete güena.

Emilia le dirigió una sonrisa de agradecimiento y bebió todo el contenido. La criada se retiró con la taza vacía.

El otoño había teñido de dorado las hojas y se respiraba el aire frío. Emilia se arrebujó en el chal de lana que le había tejido doña Socorro, una parienta que vivía “de prestado” en la estancia, y decidió dar una caminata para desentumecer el cuerpo y la mente. Adoraba caminar por el parque bien cuidado y llegar hasta el aljibe, entre la casona principal y la destinada al servicio, donde el azul dominaba los diseños geométricos de las mayólicas.

El casco de la estancia se encontraba en la parte más alta del campo y era una construcción sólida que se erguía como una amenaza. Las paredes gruesas y las ventanas enrejadas protegían a los moradores de malones y montoneras. Separada del bloque principal, se encontraba la casa del personal y, muy junto a esta, el galpón de herramientas y aperos, la cocina de peones con su matera, cochera y montureros.

Emilia había estado ayudando a doña Augusta en los preparativos de las fiestas patronales que se celebrarían en dos semanas y estaba muy cansada. Además, ¡tenía tanto miedo! Miedo a que Honorio no regresara de su misión, a que no pudieran casarse como lo habían planeado, a que doña Augusta los descubriera. La mujer la asustaba. ¡Y eso que ella era de las valientes o al menos así lo creía! ¡Había cruzado el océano sola su alma! Pero sabía perfectamente que Augusta no la quería. Lo supo desde el día en que llegó, vio el desprecio en sus ojos. Luego, todo empeoró. Cuando llegó a la estancia, traía una carta escrita de puño y letra de su madre, quien, consumida por la enfermedad, apenas había podido sostener la pluma. La quería a salvo, lejos de su familia, lejos de Portugal.

—Vas a ser muy feliz en América, mi niña —le decía, mientras le acariciaba su cabellera—. Verás cómo mi prima Augusta velará por ti. No quiero que te preocupes. Todo lo que hago, lo hago por tu bien, aunque ahora no lo sepas ver —mientras hablaba, sacó de un cofre que tenía al lado de su almohada, una bolsa de terciopelo azul—. En esta bolsa, que llevarás cosida en la enagua, hay suficientes monedas de oro para que puedas vivir holgadamente. Sé, cariño, que te mereces mucho más, pero… sin la firma de tu padre, no pude vender ninguno de los campos o propiedades… —su voz vaciló y los ojos se le llenaron de lágrimas—: Nada sé sobre tu padre, pero algo dentro de mí me dice que está con vida.

—Y entonces, ¿por qué no regresa, madre? ¿Qué es tan importante como para dejarnos así porque sí? —Emilia estaba muy sorprendida. Su padre siempre había velado por ellas. Era impensable que las hubiese abandonado.

—A tu padre lo persiguen por problemas políticos, su vida está amenazada y necesito que tú estés a salvo de toda esta locura… —un espasmo le impidió seguir hablando.

—No se aflija, madre, estoy segura de que su prima me protegerá y que padre pronto irá a buscarme.

No quería angustiarla en su estado, pero la mera idea de viajar a un mundo desconocido la aterrorizaba y, alejarse de ella, más aún. Hubiera dado cualquier cosa por evitar esa separación.

Sus tías habían ultimado los detalles y viajó en compañía de un matrimonio rioplatense y su prole, unos niños simpáticos y revoltosos. Gracias a ellos, los días no le parecieron una eternidad.

En la carta, su madre le pedía a doña Augusta asilo para su única hija. ¡Y vaya si se lo había procurado! Maltratos desde el principio, comidas con los criados, uno que otro tirón de cabello. Sin embargo, nada de eso tuvo importancia porque allí fue donde conoció al hombre de sus sueños, a Honorio, el hijo de doña Augusta, quien también se había enamorado de ella. Ahora no faltaba nada para que se fugasen. Decidió regresar a la casa, se sentía somnolienta. Tal vez lo mejor sería recostarse un rato, antes de la cena. Al menos el sueño la protegería de sus pensamientos agoreros.

Doña Augusta contemplaba cómo la joven se iba alejando. “¿Ya tienes sueño? Qué bien”, se decía, satisfecha con sus planes. “Jamás mi sangre se va a mezclar con la tuya mientras yo viva. ¡Cuánto atrevimiento! Lástima que tu madre no esté presente para apreciar que felizmente pude hacer justicia”, pensaba, mientras un rictus amargo se dibujaba en su boca. Recordó a la madre de Emilia. La despreciaba tanto como a la hija. Su “dulce” prima se había casado con el portugués que la había desvelado más de una noche en sus años de juventud. Él la había preferido y, ella, Augusta, por más que utilizó cuanto ardid conocía, no había podido separarlos. Para ahuyentar esos recuerdos decidió recorrer los corrales y controlar a sus amados toros. Recientemente habían adquirido unos ejemplares de alta calidad y los estaban preparando para la festividad del Santo Patrono.

Como había previsto, Emilia no se presentó a cenar. Después del postre, Augusta salió con un pretexto a la galería donde se encontró con Rufino. El hombre se había hecho rogar, como era su costumbre. Venía caminando con ese andar que le era tan característico: altanero y seguro.

—¡Por fin llegas! —le dijo, furiosa—. Algún día de estos me vas a cansar y…

—¿Y qué? —la interrumpió con esa media sonrisa provocadora, mientras se echaba para atrás el sombrero—. Me parece que a la señora no le conviene cansarse de este humilde servidor —hablaba y liaba al mismo tiempo un cigarrillo de chala.

Rufino era un hombre oscuro. Oscuro de piel y de alma; hijo de Simona, la curandera, no había heredado los dones de su madre, pero sí era profundamente supersticioso. Hacía años que no veía a la vieja, prefería ignorar que era su hijo. Vestía unas bombachas negras desteñidas por el uso; calzaba botas de potro con los dedos descubiertos, regalo de un indio amigo; y sus infaltables nazarenas. Se lo veía armado con un facón que llevaba sostenido en la rastra. Un pañuelo batarás anudado al cuello y un sombrero de ala ancha completaban su atuendo diario. Hacía mucho tiempo que trabajaba en la estancia. Cuchillero empedernido, hombre de avería, gustaba de impartir órdenes y hacerlas cumplir a cualquier precio.

A doña Augusta le hacía hervir la sangre su actitud soberbia, pero entendía que con Rufino debía andarse con cuidado. Él sabía que para Augusta era imprescindible.

—Antes de que amanezca tienes que llevar a cabo el plan. Ya está todo preparado. Falta tu parte.

Rufino la notó nerviosa.

—¿Qué pasa, doña? ¿Acaso alguna vez no le he cumplido?

Sus palabras tenían un doble sentido, por lo que la mujer no pudo evitar ruborizarse. Sin embargo, las ignoró y continuó hablando:

—No te cuelgues la medalla antes de tiempo —le dijo socarrona—. Con esto de las fiestas patronales es muy probable que la Compañía de mi hijo adelante su llegada. Y mejor dejemos la conversación, que toca la obligación, ¿no te parece?

Rufino permaneció un largo rato en silencio y luego habló:

—No se preocupe, doña. Se hará como usted manda —y se marchó despacio, pitando su cigarrillo.

Doña Augusta quedó nuevamente presa de sus recuerdos, “recuerdos desagradables”, que trataba de olvidar, pero que invariablemente asaltaban sus pensamientos una y otra vez: un mal día Honorio le había confesado que estaba enamorado de Emilia, que la quería hacer su esposa. Recordaba con detalle la rabia que había sentido con esa confesión.

—¿Casarte con esa? ¡Nunca! No tiene ni dónde caerse muerta y por más parienta que su madre sea, no está a nuestra altura. Cuando te cases, quiero que lo hagas como Dios manda. La puedes hacer tu querida, que yo no me opongo —le soltó con cinismo.

Honorio, furioso, no se molestó en contestarle y abandonó la sala dando un fuerte portazo. Las razones de su madre eran inentendibles. Ellos tenían fortuna para abastecer a varias generaciones y Emilia era un encanto de persona. ¿Qué más podía pedirle a una nuera? A partir de ese momento decidió dirigirle la palabra sólo lo estrictamente necesario.

Con el paso de los meses se hizo evidente que Emilia esperaba un hijo. La rabia de Augusta iba creciendo a la par del vientre de la joven. Emilia había hecho lo imposible por disimularlo usando vestidos holgados y enaguas anchas, pero Eloísa la había descubierto. Como era su costumbre y, por orden de su patrona, la sirvienta se había escondido para escuchar las conversaciones entre el coronel y la joven. Así, la mujer se enteró de que tenían pensado casarse a escondidas. Entonces no dudó ni un momento en poner fin a tanta estupidez.

Esperó a que su hijo se ausentara para cumplir una de sus misiones de reconocimiento y, con la complicidad de Rufino, planearon la mejor manera para deshacerse de ella.

La porción generosa de láudano que había echado en el té de Emilia no había tardado en hacer efecto.

Rufino había conseguido una yunta de caballos muy veloces a los que les había envuelto los cascos con trapos para no causar el menor ruido. Esa noche, mientras se preparaba para obedecer las órdenes de Augusta, una lechuza se había posado en su ventana y, no contento con ello, había chistado hasta que a Rufino se le heló la sangre. Trató de no pensar más en su significado y fue en busca de Emilia. Entró sigilosamente en la casa y se dirigió a su habitación. La cargó sin dificultad alguna; era pequeña y liviana a pesar de su embarazo avanzado, y emanaba un perfume suave y dulce. Lo embargó una súbita y violenta excitación y se atrevió —o tal vez fue para él inevitable— a deslizar su curtida y áspera mano debajo de su escote. Acarició uno de sus senos colmados de leche, pero rápidamente la quitó. Temía que Augusta lo estuviera vigilando desde alguna ventana y jamás le perdonaría desear a otra mujer que no fuera ella. Se sonrió pensando en esa posibilidad, seguramente lo caparía sin miramientos.

En el interior de la casona, Piedad, la benjamina de la familia, se despertó sobresaltada. Seguro que había tenido alguna pesadilla horrible. Se levantó despacio, tratando de no molestar a doña Socorro que dormía a pata y ronquidos sueltos, como sucede cuando se trata de bajar el locro con reiterados vasos de vino carlón. No podía ir con su madre porque, sin duda, la castigaría. Tampoco veía objeto en ello, jamás doña Augusta había sido fuente de consuelo sino todo lo contrario. Acercó una silla a la ventana, se subió a ella y abrió despacio el postigo. A pesar de que era una noche en la que la luna se veía menguada por las nubes, a unos cuantos metros alcanzó a distinguir una sombra que se alejaba. Afiló su vista para ver si descubría quién estaba allí.

Sin querer, y no sabiendo cómo, sintió que su cuerpecito estaba afuera, en el camino, cerca de la sombra que no era otra más que Rufino. Cargaba a una persona. ¿A quién? No pudo verlo porque en un abrir y cerrar de ojos, se encontró nuevamente en su dormitorio.

Cuando Rufino la vio, se santiguó. “Y me dicen que no hay fantasmas en estas tierras, ángel del demonio, igualita a la Piedad.”

Cómo le gustaba a la pequeña “volar”, como ella nombraba a aquello que todavía no comprendía. Rápidamente observó a la tía Socorro, quien por fortuna no se había despertado. ¿Qué estaría haciendo Rufino tan tarde? ¿Y a quién llevaba? No supo por qué, pero sintió una angustia que le cerró la garganta. Volvió a su cama presurosa, asustada por la situación que no entendía. Para huir del temor cerró sus ojos imaginando lo feliz que sería con una casa de muñecas, como la que había visto en uno de los figurines que tenía su madre. Una casa de muñecas con un hermoso mobiliario y pequeñas y primorosas cortinas. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando pudo completar la imagen con el flamante juego de té en miniatura que le había regalado su hermano Honorio el día de su cumpleaños. Había cumplido cuatro años un mes atrás, en marzo. Piedad se quedó dormida. Afuera, el sol se levantaba silenciosamente sobre el horizonte.

Los Iriarte contaban en su haber con tres estancias ubicadas en la zona: El Carmen, situada en San Nicolás de los Arroyos y que era habitada por la familia; El Retiro, en las tierras del Pergamino y Santa Francisca, en el paraje denominado Cañada de la Paja a ocho leguas al norte de El Retiro.

Doña Augusta le ordenó a Rufino que llevara a Emilia para el lado de El Retiro, donde sólo estaban los Méndez, los puesteros, y no había otros vecinos. Un lugar tranquilo y solitario para poder darle muerte, y así se acabarían sus problemas. Santo remedio. La podría sepultar sin sobresaltos y volver a tiempo para que nadie notara su ausencia.

Emilia despertó a media mañana. Olía raro. Sus ojos le pesaban y no lograba abrirlos. Su cabeza le zumbaba, impidiéndole pensar con claridad. Escuchaba murmullos que venían de algún lugar de la habitación donde se encontraba. Pero eso era imposible. ¿Alguien en su habitación? ¿Estaba allí, en su dormitorio o habían vuelto sus paseos nocturnos que la hacían caminar dormida por todos lados? ¿Acaso habían regresado? Desde su embarazo había notado con mucha alegría que se habían interrumpido. Pero sentía náuseas, estaba mareada y se le había llenado la garganta de polvo. Pronto lo que creyó al principio que eran murmullos se hizo evidente: iba sobre algo que se movía, sí, estaba en movimiento. Con una indecible confusión y aterrorizada, consiguió abrir los ojos. Ahogando un grito desesperado, pudo distinguir el tapizado negro, las borlas color vino de la volanta de doña Augusta. Haciendo acopio de fuerzas que parecía que la habían abandonado por completo, logró incorporarse y mirar por la ventanilla. Iban a gran velocidad y quien conducía el coche era Rufino, un iracundo Rufino.

—¿A dónde me lleva? ¡Detenga el carruaje! —gritó con las escasas fuerzas que le quedaban. A pesar de su debilidad, la voz le salió portentosa, animal, aterradora. La aguda voz atravesó el silencio de la mañana, un grito de horror breve, pero que a Rufino logró congelarle la sangre.

Rufino había aprendido a disimular el miedo y, como tantas veces, se envaró, mordió sus carrillos y apretó bien fuerte. Tomó un chifle de asta de buey que guardaba en su morral y bajó del coche. En silencio tomó a Emilia de la nuca y le hizo tragar el láudano que contenía.

Emilia bebió todo lo que pudo; el polvo del camino y el grito le habían arañado la garganta. Mientras tomaba el agua a borbotones, notaba la violenta mano de Rufino apretada en su cuello. Un momento después la soltó para volver a subir al coche. Emilia, de inmediato, comenzó a sentir el zarandeo que la mareaba. Fijó la vista lejos para evitar las náuseas. Lo último que alcanzó a ver antes de caer en un sueño profundo fue una manada de avestruces corriendo por el llano.

El sol ya casi estaba en su cénit y él tendría que deshacerse de la muchacha de un momento a otro. No encontraba un paraje lo suficientemente propicio para esconder el cuerpo. Rufino masticaba su impaciencia. Recordó la lechuza en su ventana. Pájaro de mal agüero. ¿Qué hacer, carajo? Siguió masticando sus dudas, la posibilidad de usar el cuchillo para provocar su muerte tampoco lo convencía, siempre algo salía mal, la mujer gritaba como una cochina. Lo mejor sería retorcerle el pescuezo y santas pascuas. Pero cuando sus manos se posaron en el cuello de Emilia, se paralizó: la mujer tenía unos lunares en forma de tridente. ¡Cruz Diablo! Los pelos de la nuca se le erizaron y comenzó a temblar. No, no podía matarla y que le cayera una maldición. Que se muriera sola. Sí, la dejaría en medio del campo, al sol. Si no la mataba su estado, la mataría una insolación. Sonrió. Un plan perfecto. La doña no tendría por qué enterarse. Se detuvo a la vera de un descampado guadaloso. Bajó del coche y abrió la portezuela. Emilia dormía profundamente. La levantó y la sacó. Con ella en brazos, entró en la ciénaga que no tenía más de veinte centímetros, pero debajo de sus pies el barro se rendía. La llevó unos treinta metros, a pleno sol. La observó un momento. Su vestido se tiñó rápidamente de negro; el agua la cubría por completo. Allí nadie la encontraría. Sólo su rostro y su vientre, asomaban blanquísimos. Mojó sus manos y embadurnó su cara y su cuerpo hasta lograr que su silueta se confundiera con el paisaje. Silbando se acercó al coche, subió y pegó la vuelta.

Pagos del Pergamino
Estancia El Retiro
Otoño de 1836

El ladrido de los perros interrumpió las tareas de la familia Méndez. José se hallaba carneando un borrego y Justina hirviendo una gallina en un caldero de tres patas. Con una familia numerosa, la paga no alcanzaba. Era día de “amasijo”, por eso, había masa estirada sobre la única mesa con el fin de preparar tortas fritas y pasteles que sus hijos mayores venderían en el pueblo. Risas de niños provenían del corral donde pastaba la vaca flaca que se ordeñ ...