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TUYA A MEDIANOCHE

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Mine Till Midnight

Traducción: María José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos

1.ª edición: febrero 2009

© 2007 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2009

para el sello Javier Vergara Editor

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.8245-2012

ISBN EPUB:  978-84-15389-99-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Para Cindy Blewett,

una maravillosa diseñadora de páginas web;

inteligente, ocurrente,

y apreciada amiga

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Londres, 1840

Otoño

 

Encontrar a una persona en una ciudad de casi dos millones de habitantes era una tarea formidable. Si bien el comportamiento de esa persona era previsible, y normalmente podían encontrarla en una taberna o en un bar de mala muerte, seguían sin tenerlo fácil.

«¿Leo, dónde estás?», pensó con desesperación la señorita Amelia Hathaway mientras las ruedas del carruaje traqueteaban por la calle empedrada. Pobre, insensato y triste Leo. Algunas personas simplemente se venían abajo cuando se veían superadas por las circunstancias. Algo así le había sucedido a su hermano Leo, que una vez había sido tan elegante y formal. Era más que probable que en ese momento se encontrara más allá de toda esperanza de recuperación.

—Lo encontraremos —dijo Amelia con una seguridad que no sentía. Miró al gitano que se sentaba junto a ella. Como siempre, Merripen no mostró nada en su expresión.

No era de extrañar que la gente opinara que Merripen era un hombre de emociones limitadas. De hecho, era tan reservado que, incluso a pesar de llevar viviendo quince años con la familia Hathaway, seguía sin decirles su nombre de pila. Lo conocían sólo por Merripen desde que lo habían encontrado —maltratado e inconsciente— junto a un riachuelo que atravesaba la propiedad familiar. Cuando Merripen hubo recobrado el conocimiento rodeado de los curiosos Hathaway, había reaccionado con violencia. Fue necesario un esfuerzo conjunto para mantenerlo en la cama, y convencerlo de que, si no permanecía acostado y tranquilo, sus lesiones empeorarían. El padre de Amelia había deducido que el chico era el superviviente de una cacería gitana, una práctica brutal que los hacendados locales realizaban a lomos de un caballo y armados con pistolas para expulsar a los campamentos gitanos de sus propiedades.

—Lo más probable es que este muchacho haya sido dado por muerto —había comentado con seriedad el señor Hathaway. Como el caballero erudito y liberal que era, había desaprobado cualquier tipo de violencia—. Me temo que será difícil ponerse en contacto con su tribu. Seguro que ya se han marchado.

—¿Puede vivir aquí, papá? —suplicó Poppy, la hermana menor de Amelia, imaginando sin duda que el niño salvaje (que le había mostrado los dientes como una alimaña atrapada) era una nueva y entretenida mascota.

El señor Hathaway sonrió.

—Puede quedarse con nosotros todo el tiempo que desee. Pero dudo de que permanezca aquí más de una semana. Los gitanos, o romaníes como se llaman a sí mismos, son gente nómada. No les gusta vivir bajo techo durante demasiado tiempo. Les hace sentirse prisioneros.

Sin embargo, Merripen se había quedado. Al principio había sido un muchacho menudo. Pero gracias a buenos cuidados y a comidas regulares, había crecido hasta convertirse en un hombre corpulento y fuerte. Era difícil decir con exactitud qué era Merripen: no era realmente un miembro de la familia, pero tampoco era un criado. Aunque trabajaba realizando diversas tareas para los Hathaway, desde cochero a muchos otros oficios, también comía en la mesa familiar cada vez que quería, y ocupaba un dormitorio en la parte principal de la casa.

Ahora que Leo había desaparecido y que lo más seguro era que estuviera en peligro, no hacía falta decir que Merripen les ayudaría a encontrarlo.

No era del todo apropiado que Amelia viajara sola con un hombre como Merripen como única compañía. Pero a los veintiséis años, consideraba que no era necesario ir acompañada de una carabina.

—Empezaremos por descartar los lugares a los que Leo no iría —dijo ella—. Las iglesias, los museos, las escuelas y los barrios de clase alta quedan fuera de nuestras pesquisas.

—Aun así, quedan demasiados sitios en esta ciudad donde buscar —se quejó Merripen.

A Merripen no le gustaba Londres. Para él, las costumbres de la que se llamaba a sí misma sociedad civilizada eran infinitamente más bárbaras que cualquier cosa que pudiera encontrar en la naturaleza. Si le dieran a elegir entre pasar una hora con una manada de jabalíes o en una sala en compañía de gente elegante, habría escogido los jabalíes sin pensárselo dos veces.

—Lo mejor sería que comenzáramos por las tabernas —continuó Amelia.

Merripen le dirigió una mirada aviesa.

—¿Sabes cuántas tabernas hay en Londres?

—No, pero estoy segura que lo sabré cuando acabe la noche.

—Dejaremos las tabernas para después. Primero iremos a donde es más probable que Leo se encuentre con problemas.

—¿Y qué sitio es ése?

—Jenner’s.

Jenner’s era un club de juego de mala fama frecuentado por caballeros que hacían de todo menos comportarse de manera caballerosa. Fundado originalmente por un ex boxeador llamado Ivo Jenner, el club había cambiado de manos a su muerte, y ahora era propiedad de su yerno, lord St. Vincent. La pésima reputación de St. Vincent sólo había realzado el atractivo del club.

Ser socio de Jenner’s costaba una fortuna. Naturalmente, Leo había insistido en ser miembro del club en cuanto había heredado su título, tres meses antes.

—Si tienes intención de beber hasta morir —le había dicho Amelia a Leo con serenidad—, me gustaría que lo hicieras en un lugar más barato.

—Pero ahora soy vizconde —había contestado Leo con aire despreocupado—. Tengo

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