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TUYA A MEDIANOCHE

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Mine Till Midnight

Traducción: María José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos

1.ª edición: febrero 2009

© 2007 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2009

para el sello Javier Vergara Editor

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.8245-2012

ISBN EPUB:  978-84-15389-99-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Para Cindy Blewett,

una maravillosa diseñadora de páginas web;

inteligente, ocurrente,

y apreciada amiga

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Londres, 1840

Otoño

 

Encontrar a una persona en una ciudad de casi dos millones de habitantes era una tarea formidable. Si bien el comportamiento de esa persona era previsible, y normalmente podían encontrarla en una taberna o en un bar de mala muerte, seguían sin tenerlo fácil.

«¿Leo, dónde estás?», pensó con desesperación la señorita Amelia Hathaway mientras las ruedas del carruaje traqueteaban por la calle empedrada. Pobre, insensato y triste Leo. Algunas personas simplemente se venían abajo cuando se veían superadas por las circunstancias. Algo así le había sucedido a su hermano Leo, que una vez había sido tan elegante y formal. Era más que probable que en ese momento se encontrara más allá de toda esperanza de recuperación.

—Lo encontraremos —dijo Amelia con una seguridad que no sentía. Miró al gitano que se sentaba junto a ella. Como siempre, Merripen no mostró nada en su expresión.

No era de extrañar que la gente opinara que Merripen era un hombre de emociones limitadas. De hecho, era tan reservado que, incluso a pesar de llevar viviendo quince años con la familia Hathaway, seguía sin decirles su nombre de pila. Lo conocían sólo por Merripen desde que lo habían encontrado —maltratado e inconsciente— junto a un riachuelo que atravesaba la propiedad familiar. Cuando Merripen hubo recobrado el conocimiento rodeado de los curiosos Hathaway, había reaccionado con violencia. Fue necesario un esfuerzo conjunto para mantenerlo en la cama, y convencerlo de que, si no permanecía acostado y tranquilo, sus lesiones empeorarían. El padre de Amelia había deducido que el chico era el superviviente de una cacería gitana, una práctica brutal que los hacendados locales realizaban a lomos de un caballo y armados con pistolas para expulsar a los campamentos gitanos de sus propiedades.

—Lo más probable es que este muchacho haya sido dado por muerto —había comentado con seriedad el señor Hathaway. Como el caballero erudito y liberal que era, había desaprobado cualquier tipo de violencia—. Me temo que será difícil ponerse en contacto con su tribu. Seguro que ya se han marchado.

—¿Puede vivir aquí, papá? —suplicó Poppy, la hermana menor de Amelia, imaginando sin duda que el niño salvaje (que le había mostrado los dientes como una alimaña atrapada) era una nueva y entretenida mascota.

El señor Hathaway sonrió.

—Puede quedarse con nosotros todo el tiempo que desee. Pero dudo de que permanezca aquí más de una semana. Los gitanos, o romaníes como se llaman a sí mismos, son gente nómada. No les gusta vivir bajo techo durante demasiado tiempo. Les hace sentirse prisioneros.

Sin embargo, Merripen se había quedado. Al principio había sido un muchacho menudo. Pero gracias a buenos cuidados y a comidas regulares, había crecido hasta convertirse en un hombre corpulento y fuerte. Era difícil decir con exactitud qué era Merripen: no era realmente un miembro de la familia, pero tampoco era un criado. Aunque trabajaba realizando diversas tareas para los Hathaway, desde cochero a muchos otros oficios, también comía en la mesa familiar cada vez que quería, y ocupaba un dormitorio en la parte principal de la casa.

Ahora que Leo había desaparecido y que lo más seguro era que estuviera en peligro, no hacía falta decir que Merripen les ayudaría a encontrarlo.

No era del todo apropiado que Amelia viajara sola con un hombre como Merripen como única compañía. Pero a los veintiséis años, consideraba que no era necesario ir acompañada de una carabina.

—Empezaremos por descartar los lugares a los que Leo no iría —dijo ella—. Las iglesias, los museos, las escuelas y los barrios de clase alta quedan fuera de nuestras pesquisas.

—Aun así, quedan demasiados sitios en esta ciudad donde buscar —se quejó Merripen.

A Merripen no le gustaba Londres. Para él, las costumbres de la que se llamaba a sí misma sociedad civilizada eran infinitamente más bárbaras que cualquier cosa que pudiera encontrar en la naturaleza. Si le dieran a elegir entre pasar una hora con una manada de jabalíes o en una sala en compañía de gente elegante, habría escogido los jabalíes sin pensárselo dos veces.

—Lo mejor sería que comenzáramos por las tabernas —continuó Amelia.

Merripen le dirigió una mirada aviesa.

—¿Sabes cuántas tabernas hay en Londres?

—No, pero estoy segura que lo sabré cuando acabe la noche.

—Dejaremos las tabernas para después. Primero iremos a donde es más probable que Leo se encuentre con problemas.

—¿Y qué sitio es ése?

—Jenner’s.

Jenner’s era un club de juego de mala fama frecuentado por caballeros que hacían de todo menos comportarse de manera caballerosa. Fundado originalmente por un ex boxeador llamado Ivo Jenner, el club había cambiado de manos a su muerte, y ahora era propiedad de su yerno, lord St. Vincent. La pésima reputación de St. Vincent sólo había realzado el atractivo del club.

Ser socio de Jenner’s costaba una fortuna. Naturalmente, Leo había insistido en ser miembro del club en cuanto había heredado su título, tres meses antes.

—Si tienes intención de beber hasta morir —le había dicho Amelia a Leo con serenidad—, me gustaría que lo hicieras en un lugar más barato.

—Pero ahora soy vizconde —había contestado Leo con aire despreocupado—. Tengo que hacerlo con estilo ¿o qué crees que pensará la gente de mí?

—¿Que eres un derrochador y un tonto, y que el título ha re-caído en alguien que se comporta como un mono?

Su comentario había provocado una amplia sonrisa en el hermoso rostro de su hermano.

—Estoy seguro de que esa comparación es muy injusta para los monos.

Sintiéndose cada vez más preocupada, Amelia se presionó la dolorida frente con los dedos enguantados. Ésta no era la primera vez que Leo había desaparecido, pero sí era la de más larga duración.

—No he estado nunca en un club de juego. Será una experiencia nueva para mí.

—No te dejarán entrar. Eres una dama. Incluso aunque te lo permitieran, yo no te dejaría.

Bajando la mano, Amelia lo miró con sorpresa. Era raro que Merripen le prohibiera hacer algo. De hecho, estaba segura de que ésa era la primera vez que lo hacía. Lo encontró bastante molesto. Teniendo en cuenta que la vida de su hermano podía correr peligro, ella no pensaba andarse con trivialidades sociales. Además, sentía curiosidad por ver qué clase de privilegios existían en esos clubes masculinos. Ya que estaba condenada a quedarse para vestir santos, bien podía disfrutar de las pequeñas libertades que eso conllevaba.

—Tampoco te dejarán entrar a ti —apuntó ella—. Eres romaní.

—Da la casualidad de que el gerente del club también es romaní. —Eso era algo inusual. Incluso, asombroso. Los gitanos eran conocidos por su fama de ladrones y estafadores. Que un romaní fuera el encargado de la contabilidad de un club, además de arbitrar sobre la legalidad de una jugada, era poco menos que extraordinario.

—Debe de ser un individuo notable para haber alcanzado tal posición —dijo Amelia—. Muy bien, dejaré que me acompañes al interior del club. Es posible que tu presencia lo induzca a ser más colaborador.

—Gracias. —La voz de Merripen sonó tan seca que podría haber encendido un fósforo.

Amelia guardó un estratégico silencio mientras él conducía la calesa por la zona con mayor concentración de atracciones, tiendas y teatros de la ciudad. El desvencijado vehículo traqueteaba por las anchas calles, atravesando barrios de clase alta donde se alineaban casas con columnas y pulcros jardines verdes delante de edificios de estilo georgiano. A medida que las calles se iban volviendo cada vez más lujosas, los muros de ladrillo daban paso al estuco, y éste, a la piedra.

A Amelia, la zona del West End le resultaba poco menos que desconocida. A pesar de la proximidad de su pueblo, los Hathaway no eran proclives a aventurarse en la ciudad, y mucho menos en esa zona en particular. Incluso ahora con su reciente herencia, no podían permitirse la mayoría de las cosas que había allí.

Mientras miraba a Merripen, Amelia se preguntó cómo sabía exactamente qué camino tomar si no conocía la ciudad mejor que ella. Pero Merripen siempre había poseído un instinto nato para poder localizar aquellos lugares que fueran de su interés.

Tomaron por King Street, que estaba iluminada con farolas de gas. Era una calle ruidosa y abarrotada, llena de vehículos y personas que iban en busca de entretenimiento vespertino. El cielo resplandecía con un tono rojo desvaído y los últimos rayos del sol apenas atravesaban la neblina provocada por el humo de las chimeneas. Los tejados de los edificios se recortaban contra el horizonte y sus formas oscuras se proyectaban como los dientes de una bruja.

Merripen guio al caballo a un callejón estrecho tras un edificio de piedra. Jenner’s. Amelia sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Sería mucho pedir que su hermano estuviera allí, en el primer lugar donde buscaban.

—¿Merripen? —dijo con voz tensa.

—¿Sí?

—Deberías saber que si por casualidad encuentro a mi hermano con vida, pienso dispararle en cuanto lo vea.

—Yo te daré la pistola.

Amelia sonrió y se enderezó el sombrero.

—Vayamos dentro. Y recuerda... deja que hable yo primero.

Un olor nauseabundo llenaba el callejón. El típico olor a estiércol, a basura y a humo de carbón. A falta de una buena lluvia, la porquería se acumulaba con rapidez en las calles y alrededores. Al apearse del carruaje, Amelia procuró mantenerse apartada del camino de las ratas que corrían junto a la pared del edificio.

Mientras Merripen le entregaba las riendas a un mozo de cuadra, Amelia dirigió la mirada al final del callejón.

Había un par de jóvenes mendigos acuclillados cerca de un pequeño fuego, asando algo en unos palitos. Amelia no quería ni pensar en lo que podían estar cocinando. Centró la atención en otro grupo —tres hombres y una mujer— iluminado por las llamas danzantes. Dos de los hombres parecían estar enzarzados en una pelea. Sin embargo, estaban tan borrachos que más que una pelea parecía el número de unos osos de circo.

El vestido de la mujer estaba hecho con una tela de colores llamativos, y el corpiño abierto revelaba las rollizas cimas de sus pechos.

Parecía estar divirtiéndose con el espectáculo que ofrecían los dos hombres que luchaban para ver quién la conseguía primero, mientras un tercero trataba de mediar en la gresca.

—¡Eh, hermosos muchachos! —gritó la mujer con acento del East End—. ¡Os he dicho que os acepto a los dos... no hay necesidad de que os peleéis!

—Mantente apartada —murmuró Merripen.

Fingiendo no haberlo escuchado, Amelia avanzó un paso para verlos más de cerca. No era la imagen de la pelea lo que le resultaba tan atrayente; incluso en su muy apacible y pequeño pueblo, Primrose Place, no faltaban las peleas a puñetazos. Todos los hombres, no importaba a qué clase pertenecieran, habían sucumbido en alguna ocasión a sus más bajos instintos. Lo que en realidad atraía la atención de Amelia era el tercer hombre, el presunto pacificador, que se interponía entre ambos hombres y trataba de razonar con ellos.

Iba bastante mejor vestido que los otros dos caballeros, pero era obvio que no era un caballero. La piel morena y el largo cabello negro le daban cierto aire exótico. Se movía con la gracia felina de un gato, evitando con facilidad los golpes y embestidas de los adversarios.

—Señores —decía en un tono razonable, sonando relajado a pesar de que acababa de bloquear un fuerte puñetazo con el antebrazo—, si no se detienen ahora mismo, me veré forzado a... —Se apartó a un lado, esquivando justo a tiempo al hombre que en ese momento se abalanzaba por detrás de él.

La prostituta se carcajeó al verlo.

—Te lo están poniendo difícil, Rohan —exclamó ella.

Rohan volvió a la reyerta, tratando de convencerlos otra vez.

—Señores, sin duda alguna saben que... —se agachó ante un veloz puñetazo— la violencia —bloqueó un gancho de derecha— nunca soluciona nada.

—¡Que te den! —dijo uno de los hombres, y se inclinó hacia delante como una cabra enloquecida a punto de cornear.

Rohan se movió a un lado y dejó que el hombre arremetiera directamente contra un lado del edificio. El asaltante se desplomó con un gemido y yació sobre el suelo sin aliento.

La reacción de su adversario no fue muy grata. En lugar de darle las gracias al hombre de pelo oscuro por detener la pelea, gruñó:

—¡Maldito seas por intervenir, Rohan! ¡Le estaba dando una buena! —Y cargó hacia delante moviendo los puños como si fueran aspas de molino.

Rohan evadió el gancho izquierdo y lo lanzó con destreza al suelo. Luego se cernió sobre el cuerpo desplomado, enjugándose la frente con la manga.

—¿Ha tenido bastante? —le preguntó en tono amable—. ¿Sí? Bien. Por favor, deje que le ayude a levantarse, milord. —Cuando Rohan izó al hombre, dirigió la mirada hacia el umbral de la puerta trasera que conducía al club, donde esperaba un empleado del club—. Dawson, escolta a lord Latimer a su carruaje. Yo acompañaré a lord Selway.

—No es necesario —dijo el aristócrata que acababa de levantarse con dificultad y parecía estar sin resuello—. Puedo ir yo solo hasta mi carruaje. —Alisándose las ropas sobre su oronda figura, le dirigió al hombre de pelo oscuro una mirada ansiosa—. Rohan, quiero que me des tu palabra...

—¿Sí, señoría?

—Si llega a saberse algo de esto... si lady Selway descubre que me he peleado por los favores de una perdida, mi vida no valdrá ni un cuarto de penique.

Rohan le respondió en un tono tranquilizador:

—Jamás lo sabrá, milord.

—Ella lo sabe todo —dijo Selway—. Tiene un pacto con el diablo. Si te preguntan en algún momento sobre este pequeño altercado...

—Fue debido a una partida particularmente violenta de whist —fue la suave respuesta.

—Sí, exacto. Eres un buen hombre —Selway palmeó al joven en el hombro—, y como recompensa a tu silencio... —Metió una mano fornida dentro del chaleco y extrajo una bolsita.

—No, milord. —Rohan dio un paso atrás con una firme sacudida de cabeza, el brillante pelo negro se agitó con el movimiento y luego volvió a ocupar su lugar—. Mi silencio no tiene precio.

—Tómala —insistió el aristócrata.

—No puedo, milord...

—Es tuya. —Lanzó la bolsa con monedas al suelo, que aterrizó a los pies de Rohan con un sordo ruido metálico—. Ahí tienes. Si la coges o no, depende de ti.

Mientras el caballero se alejaba, Rohan clavó los ojos en la bolsa como si fuera un roedor muerto.

—No la quiero —masculló para nadie en particular.

—Yo la cogeré —dijo la prostituta, acercándose lentamente. Recogió la bolsita y la sopesó en la palma de la mano. Una mueca burlona surcó su rostro—. Por Dios, jamás había visto que un gitano le tuviera tanto miedo a la pasta.

—No me da miedo —dijo Rohan con acritud—. Pero no la necesito. —Suspirando, se frotó la nuca con una mano.

Ella se rio de él y deslizó una apreciativa mirada por su delgada figura.

—No es mi costumbre ganar dinero por no hacer nada. ¿Quieres un pequeño revolcón en el callejón antes de que vuelva a Bradshaw’s?

—Agradezco la oferta —dijo él con cortesía—, pero no.

Ella se encogió de hombros con despreocupación.

—Entonces, menos trabajo para mí. Buenas noches.

Rohan respondió con una breve inclinación de cabeza, mientras observaba el lugar con una inusual concentración. Se había quedado inmóvil y parecía estar escuchando algún sonido que sólo él podía oír. Se frotó la nuca de nuevo, como si hubiera algo que lo molestara. Lentamente se giró y miró directamente a Amelia.

Un escalofrío la atravesó cuando sus miradas se cruzaron. Aunque estaban separados por varios metros, Amelia sintió toda la fuerza de esa mirada. Su expresión no estaba atemperada por la calidez o la bondad. Por el contrario, parecía despiadado, como si hubiera descubierto hacía mucho tiempo que el mundo era un lugar poco solidario y que era mejor encarar la vida bajo sus propios términos.

Cuando su mirada cayó sobre ella, Amelia supo qué estaba viendo con exactitud: una mujer vestida de manera práctica y con zapatos cómodos. Amelia tenía el pelo oscuro, era de mediana estatura y poseía las mejillas sonrosadas comunes en los Hathaway. Tenía una figura voluptuosa y firme, muy contraria a la moda que dictaba estar muy delgada, pálida y parecer muy frágil.

Amelia sabía —sin ser vanidosa— que aunque no era una gran belleza, era lo suficientemente atractiva para haber pescado un marido. Pero una vez había expuesto su corazón con consecuencias tan desastrosas que no le había quedado ningún deseo de volver a intentarlo de nuevo. Y Dios sabía que ya tenía suficiente con lidiar con el resto de los Hathaway.

Rohan apartó la mirada de ella. Sin una palabra o un gesto de cortesía, se dirigió hacia la entrada trasera del club. Caminaba de forma pausada, como si se diera tiempo a sí mismo para pensar algo. Había una gracia natural en sus movimientos. Sus zancadas recorrían la distancia como si surcara el agua.

Amelia alcanzó el umbral de la puerta al mismo tiempo que él.

—Señor... señor Rohan... supongo que usted es el gerente del club.

Rohan se detuvo y se giró hacia ella. Estaba lo suficientemente cerca para que Amelia detectara el característico olor masculino a sudor y a piel caliente. Tenía el chaleco —de un lujoso brocado gris— abierto y revelaba una delgada camisa blanca de lino debajo. Cuando Rohan levantó las manos para abotonarse el chaleco, Amelia observó un sello de oro en sus dedos. Una oleada de nerviosismo la atravesó, dejando una calidez poco familiar a su paso. Sintió el corsé apretado y el cuello del vestido empezó a agobiarla.

Sonrojándose, se obligó a sí misma a mirarle a los ojos. Era un hombre joven, aún no había llegado a los treinta, y tenía los rasgos de un ángel exótico. En definitiva, esa cara había sido creada para el pecado... la boca hosca, la mandíbula angulosa, los ojos dorados sombreados por largas pestañas oscuras. Necesitaba con urgencia un corte de pelo; los rizos negros se le curvaban ligeramente en la nuca. Amelia casi contuvo el aliento cuando vislumbró el brillo de un diamante en la oreja.

Él le ofreció una educada reverencia.

—A sus órdenes, señorita...

—Hathaway —completó ella. Se giró para señalar a su acompañante, que se había detenido a su izquierda—. Y éste es mi compañero, Merripen.

Rohan lo miró con cautela.

—El nombre gitano para «la vida» y también para «la muerte».

¿Era eso lo que significaba Merripen? Sorprendida, Amelia lo miró. Merripen se encogió de hombros para indicar que no tenía importancia. Ella se volvió hacia Rohan.

—Señor, hemos venido para hacerle unas preguntas sobre...

—No me gustan las preguntas.

—Estoy buscando a mi hermano, lord Ramsay —continuó ella con tenacidad—, y necesito con desesperación cualquier información que pueda poseer con respecto a su paradero.

—No se lo diría aunque lo supiera. —El acento de Rohan era una sutil mezcla de un nativo del East End y un extranjero, incluso tenía un cierto deje de alguien perteneciente a la clase alta. Era la voz de un hombre que frecuentaba la compañía de toda clase de personas.

—Le puedo asegurar, señor, que no estaría aquí si no fuera absolutamente necesario. Pero ya han pasado tres días desde que mi hermano...

—Ése no es mi problema. —Rohan se volvió hacia la puerta.

—Tiene tendencia a caer en malas compañías...

—Una desgracia.

—Incluso podría estar muerto a estas alturas.

—No puedo ayudarla. Le deseo suerte en su búsqueda. —Rohan abrió la puerta de un empujón para entrar en el club.

Se detuvo cuando Merripen le habló en romaní.

Desde que Merripen estaba con los Hathaway, sólo había habido un par de ocasiones en las cuales Amelia lo había oído hablar en la lengua secreta de los romaníes. Las palabras tenían un sonido pagano, con muchas consonantes y vocales arrastradas, y cierto tono primitivo y musical en la manera en que conjugaba las palabras.

Mirando fijamente a los ojos de Merripen, Rohan apoyó el hombro en el marco de la puerta.

—La antigua lengua —dijo—. Han pasado muchos años desde la última vez que la oí. ¿Quién es el patriarca de tu tribu?

—No tengo tribu.

Pasó un largo momento. Mientras, Merripen permaneció imperturbable bajo el escrutinio de Rohan.

Los ojos dorados se entrecerraron.

—Entrad. Veré qué puedo averiguar.

Entraron en el club sin más dilación. Rohan llamó a un empleado para que les condujera a una sala privada del piso de arriba. Amelia oyó el zumbido de voces, una música proveniente de algún sitio, y el ruido de pasos que iban de un lado a otro. Era una ajetreada colmena de hombres prohibida para alguien como ella.

El empleado, un joven con marcado acento londinense y modales impecables, los hizo pasar a una sala bien equipada y los instó a esperar allí el regreso de Rohan. Merripen se acercó a la ventana que daba a King Street.

Amelia se quedó sorprendida por el lujo que los rodeaba: la lujosa alfombra en tonos azules y crema, los paneles de madera y los muebles tapizados en terciopelo.

—Esto es de muy buen gusto —comentó ella, quitándose el sombrero y colocándolo sobre una pequeña mesa de caoba—. Por alguna razón había esperado que fuera algo un poco más... vulgar.

—Jenner’s está muy por encima de los típicos establecimientos. No sólo es un club de caballeros, sino que dispone de la banca de juego más grande de Londres.

Amelia se acercó a un estante empotrado y examinó varios libros mientras preguntaba distraída:

—¿Por qué crees que el señor Rohan no cogió el dinero de lord Selway?

Merripen la miró burlonamente por encima del hombro.

—Ya sabes lo que piensan los gitanos sobre las posesiones materiales.

—Sí, sé que a tu gente no le gusta deberle nada a nadie. Pero también sé que los romaníes no son reacios a aceptar algunas monedas a cambio de un servicio prestado.

—No se trata sólo de deberle nada a nadie. El hecho de que un chal disfrute de esta posición...

—¿Qué es un chal?

—Es el hijo de un gitano. Que un chal vista esas ropas tan finas, permanezca bajo techo tanto tiempo, y disfrute de tal bienestar financiero es... vergonzoso, muy vergonzoso. Va en contra de su naturaleza.

Estaba tan serio y seguro de sí mismo que Amelia no pudo resistir bromear un poco con él.

—¿Y cuál es tu excusa, Merripen? Llevas mucho tiempo bajo el techo de los Hathaway.

—Eso es diferente. En primer lugar, no gano nada viviendo con vosotros.

Amelia se rio.

—Por otro lado... —la voz de Merripen se suavizó—, le debo la vida a tu familia.

Amelia sintió una oleada de afecto mientras clavaba la vista en ese perfil inquebrantable.

—Qué aguafiestas —dijo en voz baja—. Intento burlarme de ti, y arruinas el momento con un ataque de sinceridad. Ya sabes que no estás obligado a quedarte, querido amigo. Nos has pagado cualquier deuda que pudieras tener hacia nosotros de mil maneras diferentes.

Merripen negó rápidamente con la cabeza.

—Sería como dejar abandonado a su suerte un nido de polluelos con un zorro cerca.

—No estamos tan indefensos como crees —protestó ella—. Soy perfectamente capaz de encargarme de la familia... y de Leo. Cuando está sobrio, claro.

—¿Y cuándo es eso? —El tono suave de su voz hizo que la pregunta sonara más sarcástica todavía.

Amelia abrió la boca para defenderlo, pero se vio forzada a cerrarla. Merripen tenía razón... Leo se había pasado los últimos seis meses en un estado de perpetua ebriedad. Se llevó una mano al estómago, donde toda la preocupación se le había acumulado como un saco de plomo. Pobre Leo... se sentía aterrorizada por lo que podía haberle pasado. No podía hacer nada por él. Era imposible salvar a un hombre que no quería salvarse.

Pero al menos debía intentarlo.

Se paseó de arriba abajo por la habitación, demasiado nerviosa para sentarse y esperar. Leo estaba fuera, en alguna parte, y necesitaba que lo rescataran. No sabía por qué Rohan los hacía aguardar allí tanto tiempo.

—Voy a echar un vistazo por los alrededores —dijo ella, encaminándose hacia la puerta—. No iré lejos. Quédate aquí, Merripen, por si aparece el señor Rohan.

Lo oyó mascullar algo por lo bajo. Ignorando su petición, la siguió cuando ella salió al pasillo.

—Esto no es lo más apropiado —dijo él a sus espaldas.

Amelia no se detuvo. Lo que era más apropiado no era algo a lo que ella soliera hacer caso.

—Es una oportunidad única para ver por dentro un club de juego... y no voy a desperdiciarla. —Siguiendo el sonido de voces, se aventuró hacia la galería que rodeaba el primer piso y desde la cual se podía observar toda la planta baja, donde un gran número de caballeros, vestidos de gala, estaba reunido alrededor de tres grandes mesas ovales, observando el juego, mientras los crupieres utilizaban las raquetas para recoger los dados y el dinero de las apuestas. El sonido de las conversaciones y las exclamaciones de los jugadores llenaba el ambiente. Los empleados se movían por la estancia con algunas bandejas de comida y bebida. Otros portaban bandejas con barajas nuevas.

Ocultándose tras una columna, Amelia observó a la gente desde la galería superior. Su mirada cayó sobre el señor Rohan, que se había puesto una corbata y un abrigo negro. Aunque estaba vestido de manera parecida a los miembros del club, se distinguía de los demás como un zorro entre palomas.

Rohan estaba medio sentado, medio apoyado contra el magnífico escritorio de caoba que había en un rincón de la estancia, desde donde dirigía todos los asuntos de la banca. Parecía darle instrucciones a un empleado. Usaba pocos gestos, p ...