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UN ABOGADO REBELDE

John Grisham  

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Fragmento

1

Me llamo Sebastian Rudd. Soy un abogado de oficio reputado, pero no de esos que se ven en las vallas publicitarias, en las marquesinas de los autobuses o en algunos llamativos anuncios de las páginas amarillas. No pago para salir por televisión, pero aparezco a menudo. No consto en el listín telefónico, ni trabajo en un despacho al uso. Tengo licencia de armas y llevo una pistola, porque mi nombre y mi cara suelen llamar la atención de gente que también las lleva y las usa sin dudarlo. Vivo solo, normalmente duermo solo, y no tengo la paciencia ni la empatía necesarias para conservar grandes amistades. Mi vida se centra en el derecho, un oficio siempre absorbente que me reporta satisfacciones ocasionales. Tampoco afirmaría que la abogacía es una amante celosa, como dijo aquel célebre jurista ahora olvidado. Más bien es como una esposa controladora que custodia tu talonario de cheques. Es imposible escapar de ella.

Últimamente paso las noches en la habitación de algún motel barato, cada semana en uno diferente. No lo hago por ahorrar dinero. Tan solo intento sobrevivir. Hay muchas personas que preferirían verme muerto en este momento y algunas de ellas se han mostrado bastante elocuentes al respecto. En la facultad de Derecho no te explican que algún día quizá te encuentres defendiendo a alguien a quien se le imputan unos delitos tan atroces que incluso los ciudadanos más pacíficos en cualquier otra circunstancia sentirán ganas de alzarse en armas y amenazar con matar al inculpado, a su representante legal e incluso al juez.

Pero no es la primera vez que me amenazan. Es algo inherente a ejercer como abogado de canallas, una subespecialidad de la profesión en la que de algún modo acabé metido hace unos diez años. Cuando salí de la universidad el trabajo escaseaba y acepté a regañadientes inscribirme en el turno de oficio. De allí pasé a un pequeño bufete improductivo que solo se dedicaba a defender casos de derecho penal. Al cabo de unos años la firma se fue al garete y me encontré en la calle luchando por salir adelante junto a muchos otros.

Hubo un caso que me situó en el mapa. No es que me hiciera famoso, porque en una ciudad de un millón de habitantes nadie puede afirmar eso en realidad. Muchos de los picapleitos locales se creen celebridades. Sonríen desde sus carteles publicitarios rezando por tu ruina y se pavonean en los anuncios de televisión fingiendo preocuparse por los daños y lesiones a tu persona. Pero ellos tienen que pagar por su propia publicidad y en cambio yo no lo hago.

Cada semana me traslado a un nuevo motel de mala muerte. Ejerzo en un juicio que se celebra en un funesto pueblo de provincias dejado de la mano de Dios llamado Milo, a dos horas de mi domicilio habitual en la ciudad. Mi defendido es un insensato fracasado de dieciocho años acusado de asesinar a dos niñas en uno de los crímenes más pérfidos del que jamás haya sabido, y no son pocos. Mis clientes casi siempre son culpables, así que no pierdo mucho tiempo devanándome los sesos acerca de si merecen su castigo. Sin embargo, en el caso que me ocupa, Gardy es inocente. Aunque importe bien poco. Da igual. Lo único que preocupa actualmente a la gente de Milo es que Gardy sea declarado culpable, se le sentencie a pena de muerte y se le ejecute lo antes posible para que el pueblo pueda sentirse mejor consigo mismo y seguir adelante. «¿Para llegar a dónde?», se preguntaría cualquiera. Ni lo sé, ni me importa. Este lugar lleva cincuenta años en perfecto retroceso, y un veredicto de mierda no cambiará las cosas. Según he leído en la prensa y he oído comentar a la gente, Milo necesita «pasar página», si es que eso significa algo. Habría que ser idiota para creer que este pueblo conseguirá crecer, prosperar y ser más tolerante por el simple hecho de ejecutar a Gardy.

Mi trabajo es minucioso y complicado, aunque al mismo tiempo bastante sencillo. Nuestro estado me paga para proporcionar una defensa de primera clase a una persona acusada de asesinato, lo cual requiere luchar con uñas y dientes y montar el cirio en un juzgado en el que nadie escucha. Gardy está prácticamente condenado desde el día que lo detuvieron y su juicio es una mera formalidad. Esos necios y desesperados policías inventaron las acusaciones y falsearon las pruebas. El fiscal lo sabe, pero no tiene agallas y quiere mantenerse en el cargo el próximo año. El juez está en la inopia. Al jurado, compuesto en esencia por personas tan amables como simples, este proceso lo supera, y sus miembros están locos por creer las mentiras que sus orgullosas autoridades se sacan de la manga en el estrado.

En Milo hay una amplia gama de moteles baratos, pero no puedo permanecer en el pueblo. Lo más probable es que me lincharan, me despellejasen o me quemaran atado a un poste, o, con suerte, que un francotirador me disparase entre ceja y ceja y todo acabara en un segundo. La policía proporciona protección durante el juicio, pero tengo claro que esos chicos no están muy por la labor. No me ven diferente a como lo hace el resto de la gente. Para ellos solo soy un canalla fanático de pelo largo tan depravado que lucha por los derechos de asesinos de niños y tipos parecidos.

Mi actual motel es un Hampton Inn que se encuentra a veinticinco minutos de Milo. Cuesta sesenta dólares por noche y el estado me los reembolsará. En la habitación contigua está Partner, un tipo enorme armado hasta los dientes que viste con traje negro y me lleva a todas partes. Partner es mi chófer, mi guardaespaldas, mi confidente, mi ayudante legal, mi caddie y mi único amigo. Me gané su lealtad cuando un juzgado lo absolvió de matar a un agente de narcóticos infiltrado. Salimos del juzgado cogidos del brazo y no nos hemos separado desde entonces. Policías fuera de servicio han intentado matarlo al menos en dos ocasiones. Una vez vinieron a por mí.

Seguimos en pie, o tal vez debiera decir: seguimos a cubierto.

2

Partner llama a mi puerta a las ocho de la mañana. Es hora de irse. Nos damos los buenos días y entramos en el vehículo, una furgoneta Ford negra personalizada al detalle según mis necesidades. Hace las veces de despacho, de modo que los asientos de atrás están redistribuidos alrededor de una mesita que se recoge en un costado. También hay un sofá en el que a menudo paso la noche. Todos los cristales de las ventanillas están tintados y son a prueba de balas. Aquí tengo una pantalla de televisión, un equipo de sonido, conexión a internet, una nevera, un minibar, un par de pistolas y una muda de ropa. Me siento junto a Partner y despachamos unos bollitos con salchicha mientras salimos del aparcamiento. Por delante de nosotros marcha un coche de la policía del estado sin distintivos que nos escoltará hasta Milo. A la cola llevamos otro. La última amenaza de muerte la recibí hace dos días a través del correo electrónico.

Partner no habla a menos que se le dirija la palabra directamente. Jamás se lo impuse como regla, pero me encanta. No le incomoda en absoluto que haya largas pausas en la conversación, y a mí tampoco. Tras años sin apenas decirnos nada, hemos aprendido a comunicarnos mediante movimientos de la cabeza, guiños y silencios. Una vez que estamos a medio camino, abro una de las carpetas y comienzo a tomar notas.

El asesinato de aquellas dos niñas fue tan repulsivo que ningún abogado local quiso meterle mano. Y cuando arrestaron a Gardy les bastó una mirada para declararlo culpable. Un melenudo teñido de negro intenso con una impresionante colección de tatuajes asomando por su cuello para conectar con un rostro lleno de perforaciones, pendientes de acero en ambas orejas, ojos fríos e impasibles y una estúpida sonrisa que dice: «Sí, fui yo. ¿Qué pasa?». El diario de Milo dio la primicia describiéndolo como «un miembro de una secta satánica con antecedentes por acoso infantil».

A eso llamo yo una prensa imparcial y honesta. Gardy jamás ha pertenecido a ninguna secta satánica y lo del acoso infantil es engañoso. Pero desde ese momento se le declaró culpable, y todavía me asombra que hayamos llegado tan lejos. Si fuera por ellos lo habrían colgado hace meses.

Ni que decir tiene que todos los abogados de Milo cerraron sus puertas y desconectaron los teléfonos. Es un pueblo demasiado pequeño para tener un turno de oficio, de modo que los casos contra personas sin recursos los asigna el juez. Hay una regla tácita según la cual los letrados más jóvenes aceptan estos casos mal pagados, en primer lugar porque alguien tiene que hacerlo, y en segundo porque los veteranos también tuvieron que pasar por ello. No obstante, a Gardy nadie quiso representarlo

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