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UN CABALLERO EN EL PURGATORIO

Alejandro Parisi  

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Fragmento

1

Frattini era un niño de cuatro años desnudo, parado sobre un sillón. Inexplicablemente, estaba desnudo: quizá acabaran de bañarlo y estuvieran por vestirlo... Lo cierto es que estaba desnudo junto a las dos mujeres que lo cuidaban desde que tenía memoria en aquella casa amplia y luminosa. Entonces alguien gritó afuera, y la puerta de calle comenzó a sacudirse con una lluvia de golpes.

Una de las mujeres preguntó quién llamaba. Del otro lado llegaron bufidos, insultos, y una sola frase que al pequeño Frattini lo llenó de asombro y confusión:

—Soy el padre. Vengo a llevármelo.

Las mujeres se miraron y se lanzaron sobre la puerta dispuestas a rechazar al visitante, que golpeaba y las insultaba a los gritos. Al fin, la puerta se abrió con la fuerza de una patada y el hombre entró a la casa. A Frattini la escena que veía lo paralizaba: una de las mujeres le mordía una pierna al hombre, mientras éste intentaba zafarse de la otra, que le rasguñaba el rostro y le impedía que alcanzara el sillón donde Frattini, el niño, estaba de pie, callado, asombrado y desnudo.

Al hombre le costaba hablar por la excitación de la lucha:

—Soy el padre. Es mío.

La pelea duró varios minutos, hasta que el hombre cerró los puños, golpeó a las mujeres y ellas cayeron al suelo más preocupadas por defenderse que por atacarlo. Entonces el hombre fue hasta el baño y regresó para envolver al pequeño Frattini con una enorme toalla de color rosa. Labios partidos, pintados de sangre, insultaron al hombre que se marchaba escaleras abajo con el niño en brazos.

Caminaron en silencio por calles heladas. Desde su aparición, el pequeño Frattini no había podido dejar de mirar a ese hombre de rubios cabellos y ojos claros que era, o decía ser, su padre. Se detuvieron en una plaza. Frattini quedó deslumbrado ante el enorme puente que cruzaba el río, y las calles de adoquines cargadas de camiones, autos y colectivos, bicicletas y tranvías.

En la plaza subieron a un colectivo. Los demás pasajeros miraban a la extraña pareja: un hombre que olía a alcohol con un niño en brazos, desnudo bajo una toalla. Sin embargo el pequeño Frattini no sentía frío, ni miedo, ni vergüenza, ni dolor. Con los ojos cerrados, abrazaba al hombre y en voz baja, muy baja, le decía: “Papá”.

Cuando despertó ya no estaban en el colectivo, ahora su padre lo cargaba por una ancha avenida; lejos, las grúas del puerto de La Boca y un triángulo plateado al final de la calle: el Río de la Plata. Se internaron por calles más angostas, salpicadas de niños que jugaban al fútbol y mujeres que gritaban en idiomas incomprensibles. De pronto su padre entró a un gran patio rodeado de casillas de madera y chapa, muy distintas a la casa confortable en la que el pequeño había vivido hasta entonces; cruzó el patio sin saludar a las mujeres que lavaban la ropa en una pileta y subió la escalera que conducía a una de las casas. Antes de que llamara, la puerta se abrió de par en par para mostrar un rostro pálido. Su padre entró a la casa y lo depositó sobre una cama. Entonces dijo:

—Ella es Mirtha, tu mamá.

Desconcertado, feliz, el pequeño sonrió mientras su madre comenzaba a vestirlo con ropas abrigadas y su padre se marchaba sin siquiera despedirse.

Frattini no sabía quiénes eran esas mujeres que lo habían cuidado hasta la aparición de su padre, pero tampoco las extrañó durante los primeros días que pasó en su nueva casa. Hasta para él, un niño de cuatro años, resultaba evidente que si su padre se había peleado de tal forma para recuperarlo era porque lo amaba y quería estar con él. Eso pensó Frattini.

Hasta que un día su padre alzó un puño y le dio un golpe en medio de la boca. Su madre presenció la escena en silencio, ni siquiera protestó; se limitó a tomar un pañuelo y limpiarle la sangre de la herida. Al verla llorar, Frattini sintió miedo, y lamentó que Mirtha no lo defendiera como lo habían hecho aquellas dos mujeres de las que ni siquiera recordaba los nombres.

Cada mañana, su padre se marchaba a trabajar a la fábrica Alpargatas completamente borracho de cerveza. En su ausencia la casa se volvía más cómoda, su madre sonreía, le enseñaba cosas e incluso se animaba a cantar tangos mientras limpiaba o planchaba la ropa. Pero por la tarde, cuando la puerta volvía a abrirse y su padre regresaba tan borracho como se había marchado, todo volvía a empezar. Si Frattini hacía alguna pregunta, su padre le daba un puñetazo. Si rompía algo, lo azotaba con el cinturón. A veces se refugiaba debajo de la cama para protegerse, otras veces se escapaba de la casa, pero siempre acababa cubriéndose el rostro con los brazos, llorando.

De noche permanecía quieto, midiendo hasta el menor sonido de su respiración por miedo a que sus bostezos o sus accesos de tos despertaran a su padre.

El 20 de julio de 1936 Frattini cumplió cinco años. Ese día su madre le había regalado un banderín de Boca Juniors. Frattini estaba feliz. Su padre llegó más tarde que de costumbre. Al entrar a la casa y ver sonreír al niño, le dedicó la mirada más furiosa que pudo permitirle el alcohol.

—Andate —le dijo.

Frattini miró a su madre, asustado. Como siempre, ella se restregó las manos en el delantal y se volvió para ocultar su impotencia. Su padre volvió a gritar:

—Andate, hijo de puta.

—Mamá… —gimió Frattini, esperando que esa palabra rompiera el hechizo que lo había atrapado en aquella pesadilla.

Pero el hechizo no se rompió, y la pesadilla aún estaba por comenzar.

Su padre dio dos pasos, lo sujetó del pulóver y lo alzó del suelo hasta que quedaron frente a frente. Las piernas del pequeño Frattini colgaban en el aire, sobre el banderín tirado en el suelo. Cerró los ojos temiendo una nueva paliza, pero en lugar de golpearlo, su padre le dijo:

—Ella no es tu mamá. Tu mamá se murió cuando vos naciste. Vos la mataste.

Y lo dejó caer al suelo. Frattini estaba tan aturdido por la noticia que ni siquiera sintió la caída. Su padre abrió la puerta y lo empujó.

—Andate.

Afuera hacía un frío insoportable. La luz que iluminaba el patio estaba envuelta en una aureola de humedad que impregnaba la baranda de la escalera, el suelo y todo el conventillo. Los vecinos dormían en sus casas. No se escuchaba otro ruido que el de su propio llanto. Temblando, se acostó entre los pilares de madera que sostenían la casa. No durmió, ni siquiera pudo cerrar los ojos. Sólo miraba la puerta, esperando que se abriera y su padre lo invitara a entrar.

Cuando se quiso dar cuenta, las primeras luces del conventillo se habían encendido. En las casas, los hombres estarían tomando un desayuno caliente y pronto saldrían a trabajar. El pequeño Frattini se incorporó. No quería que nadie lo viera allí, solo, temblando de frío. Se acercó a una de las piletas y abrió el grifo. Se lavó el rostro y el agua helada lo hizo entrar en razón: debía marcharse, desaparecer antes de que alguien lo viera o, lo que sería peor, antes de que su padre bajara las escaleras y lo encontrara allí.

Miró en dirección a la salida del conventillo. Dio un paso, otro, y poco a poco fue alejándose. Con los brazos cruzados, en un vano intento por calentarse el cuerpo, el pequeño Frattini caminó por calles distintas, al azar. Los tranvías y los colectivos pasaban cargados de trabajadores. Los pájaros cruzaban el cielo en dirección al río. Los porteros barrían las veredas. Entonces vio la puerta abierta de un edificio. Si se escondía en la terraza

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