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UN CRIMEN ARGENTINO

Reynaldo Sietecase  

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Fragmento

Era medianoche, el único momento del día que puede describirse como un lugar. Esas horas del 16 de diciembre de 1980 vuelven a pasar por la mente de Mariano Márquez con contornos definidos. Cruzan el reverso de sus ojos, apenas entornados, como las personas desconocidas que pasan caminando detrás de la ventana del bar que eligió para beber en esta tarde de fin de año.

Su propia imagen le arrebata la calma aunque no sienta culpa ni abrigue rencor contra nadie.

Mariano Márquez mató por dinero. Se podría decir que lo hizo por necesidad aunque no faltará quien rechace este argumento. Fue también una causa privada. Un asunto personal.

Hay decisiones que llevan mucho tiempo, que requieren de maduración como los vinos. Después sólo hay que reconocer el momento exacto para que el vino no envejezca. Igual con el odio. Lo demás es azar. Destino y azar.

Luego de vaciar la primera damajuana, el ácido comenzó su tarea por la parte del cuerpo que había quedado sumergida. La ropa no fue impedimento para la acción del líquido, que no hizo diferencias entre la tela y la piel.

Samid estaba acurrucado dentro del tanque, con medio cuerpo pegado al fondo. Le recordaba a esos indios que descansan su eternidad en las ánforas de barro que abundan en los museos de la Quebrada de Humahuaca.

Márquez, el doctor Márquez, gracias al título obtenido con buenas notas en la Facultad Católica de Derecho de Rosario, fue en busca del otro bidón para terminar de cubrirlo.

Minutos antes le había servido a su amigo una mezcla de narcóticos y whisky que le provocó un coma irreversible.

Secuestro extorsivo con desaparición del secuestrado: ejecutaba una lección que había aprendido en la cárcel, cuando estuvo detenido por estafas reiteradas. Sin cuerpo no hay crimen, se decía en el penal, como si se tratara del guión de una película de cine negro. El chapuzón encajaba en su hipótesis de crimen perfecto.

Se sorprendió: estaba tranquilo. Cuando volvió de la cocina, el ácido ya había liberado sus demonios sobre el desvalido territorio del cuerpo. El proceso era indetenible. Víctima y victimario emprendían un viaje a un sitio al que nadie podría acceder. Le gustó la idea y pensó en escribirla en su libreta, pero la prudencia lo contuvo.

Guardó en el placard el impermeable que había utilizado para no salpicarse la ropa con el ácido. Tapó el tanque y se fue a dormir.

Tras las persianas del departamento crecía la luz de la mañana.

Tres meses antes de ese día, que ahora recuerda con nitidez, el abogado Mariano Márquez abandonaba la Unidad de Detención Nº 3. Había pasado cinco años y seis meses encerrado en el viejo edificio carcelario de Ricchieri y Zeballos.

No había imaginado un final como ése para sus operaciones inmobiliarias pero, como decía su madre, al mejor cazador se le escapa la liebre. Vendió varias veces y a distintas personas un mismo terreno. No pagó una indemnización. Engañó a varios clientes. Lo que en principio se presentó como una sucesión de operaciones destinadas a obtener dinero fácil terminó por llevarlo al otro lado del mostrador en los Tribunales.

En una carta se lo explicó a sus padres:

“Estoy tan desconcertado como ustedes. Soy víctima de un sistema judicial perverso. Qué abogado no hubiera actuado como yo lo hice. Me limité a defender los intereses de mis clientes y los míos, de eso vivo. Con la venta de terrenos hubo una que otra irregularidad, pero ningún delito”.

Sus operaciones eran negocios como los que hacían su

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