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UN LUGAR DONDE ESCONDERSE

Nora Roberts  

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Fragmento

1

El viernes 22 de julio de 2005, Simone Knox pidió una Fanta de naranja grande para acompañar las palomitas de maíz y las gominolas. Aquella elección, la habitual las noches de cine, le cambió la vida, y muy probablemente se la salvó. Aun así, nunca volvería a beber Fanta.

Pero en ese momento lo único que quería era acomodarse en la butaca con sus dos amigas del alma y perderse en la oscuridad.

Porque su vida, entonces y sin duda el resto del verano y tal vez para siempre, era un asco total.

El chico al que quería, el chico con el que había salido de manera exclusiva durante siete meses, dos semanas y cuatro días, el chico con el que había imaginado que pasaría el último año de instituto —mano a mano, corazón con corazón—, la había dejado.

Con un mensaje de texto.

Harto de perder el tiempo pq tengo q estar con alguien q quiera llegar

Recibe antes que nadie historias como ésta

hasta el final conmigo y no eres tú, así q se acabó. chao

Segura de que no lo decía en serio, había intentado llamarlo, pero él no había cogido el teléfono y Simone se había humillado enviándole tres mensajes.

Luego había entrado en su página de Myspace. La palabra «Humillación» era demasiado suave para describir lo que había sufrido.

He cambiado el viejo modelo DEFECTUOSO por uno nuevo y cañón.

¡Sale Simone!

¡Entra Tiffany!

Me he deshecho de una FRACASADA y pasaré el verano y el último

año de instituto con la tía más cañón de la promoción de 2006.

Aquella publicación, con fotos, ya había generado comentarios. Puede que Simone fuera lo bastante lista para saber que Trent había pedido a sus amigos que dijeran cosas feas y crueles sobre ella, pero eso no aliviaba ni la punzada de dolor ni la vergüenza.

Pasó días dolida. Se regodeó en el consuelo y la rabia justificada de sus dos mejores amigas. Se puso furiosa con las pullas de su hermana menor, se arrastró hasta el trabajo de verano y hasta el club para las clases de tenis semanales que su madre se empeñaba en que recibiera.

Un mensaje de su abuela la hizo echarse a llorar. CiCi podía estar meditando con el dalái lama en el Tíbet, dándolo todo con los Stones en Londres o pintando en su estudio de Tranquility Island, pero siempre se las arreglaba para enterarse de todo.

Ahora duele, y el dolor es real, así que abrazos, tesoro. Pero dentro

de unas semanas te darás cuenta de que no es más que otro imbécil.

A por todas y namasté.

Simone no creía que Trent fuera un imbécil (aunque tanto Tish como Mi estaban de acuerdo con CiCi). Tal vez la había echado de su lado, y de una forma cruel, solo porque se negaba a hacerlo con él. Sencillamente no estaba preparada. Además, Tish lo había hecho con su exnovio después del baile de graduación (y dos veces más), y él la había dejado de todos modos.

Lo peor era que Simone todavía quería a Trent y que, en su corazón desesperado de dieciséis años, sabía que no volvería a amar a nadie jamás. A pesar de que había arrancado las páginas de su diario donde había anotado sus futuros nombres —señora de Trent Woolworth, Simone Knox-Woolworth, S. K. Woolworth—, y de que las había hecho pedazos y las había quemado, junto con todas las fotos que tenía de él, en la hoguera que había encendido en el patio durante una ceremonia de empoderamiento femenino con sus amigas, seguía queriéndolo.

Pero, como había señalado Mi, tenía que continuar viviendo aunque una parte de ella solo quisiera morir, de forma que había dejado que sus amigas la arrastraran al cine.

De todos modos, ya estaba cansada de quedarse enfurruñada en su habitación y no tenía ningunas ganas de dar vueltas por el centro comercial con su madre y su hermana pequeña, así que ganó la opción del cine. Su amiga Mi también ganó, pues le tocaba elegir, y Simone tendría que tragarse un rollo de ciencia ficción llamado La isla que Mi estaba deseando ver.

A Tish no le importaba qué escogiera. Como futura actriz, sentía que experimentar con todo tipo de películas y obras de teatro era tanto un deber como una formación previa necesaria para su carrera. Además, Ewan McGregor ocupaba uno de los cinco primeros puestos en la lista de novios de película de Tish.

—Vamos a coger sitio. Quiero un buen sitio.

Mi, pequeña, compacta, con los ojos oscuros e intensos y una espesa mata de pelo negro, recogió sus palomitas —sin mantequilla de mentira—, su bebida y unos M&M de cacahuete, sus favoritos.

Mi había cumplido los diecisiete en mayo, tenía citas esporádicas, ya que por el momento prefería la ciencia a los chicos, y solo se libraba de la etiqueta de empollona debido a su habilidad como gimnasta y a la sólida posición que ocupaba en el equipo de animadoras...

Un equipo capitaneado por desgracia por una tal Tiffany Bryce, ladrona de novios y zorrón.

—Tengo que ir al baño. —Tish, palomitas con doble de mantequilla de mentira, una Coca-Cola y bombones de menta, pasó sus aperitivos a sus amigas—. Os busco.

—No te entretengas arreglándote —le advirtió Mi—. Una vez que empiece la película tampoco va a verte nadie.

Y además ya estaba perfecta, pensó Simone mientras hacía malabares con las palomitas de Tish de camino a una de las tres salas del Cineplex del centro comercial DownEast.

Tish tenía el pelo largo, sedoso y castaño con reflejos dorados de peluquería, porque su madre, al contrario que la de Simone, no se había quedado estancada en los años cincuenta. Los hoyuelos añadían cierto encanto coqueto al óvalo clásico de su cara —a Simone le encantaba estudiar las caras—, y la verdad es que los hoyuelos salían a coquetear a menudo, ya que Tish siempre encontraba alguna razón por la que sonreír. Simone suponía que ella también sonreiría mucho si fuera alta y tuviera curvas y hoyuelos y los ojos de un azul brillante.

Por si fuera poco, los padres de Tish apoyaban incondicionalmente su ambición de dedicarse a la interpretación. En opinión de Simone, su amiga se había llevado el premio gordo: tenía una apariencia espectacular, personalidad, cerebro y unos padres con una idea clara de qué iba la cosa.

Pero Simone quería a Tish a pesar de todo.

Las tres ya habían hecho planes —de momento en secreto, porque los padres de Simone no tenían idea de qué iba la cosa en absoluto— para pasar en Nueva York el verano después de la graduación.

Tal vez incluso se mudaran allí; sin duda sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Simone imaginaba que una duna de arena en mitad del Sahara sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Pero ¿Nueva York? Luces brillantes, multitudes.

¡Libertad!

Mi podría hacer medicina en Columbia, Tish podría estudiar interpretación y presentarse a audiciones. Y ella... podría estudiar algo.

Algo que no fuera derecho, como querían aquellos padres suyos que no tenían ni idea. No era de extrañar, aunque sí bastante patético y tópico, pues su padre era un abogado importante.

Ward Knox se llevaría una decepción, pero no quedaba otra.

Quizá estudiara arte y se convirtiera en una artista famosa, como CiCi. Eso sí que desquiciaría a sus padres. Y, como CiCi, aceptaría y rechazaría amantes a su antojo (cuando estuviera lista para hacerlo).

Trent Woolworth se iba a enterar.

—Sal —ordenó Mi al tiempo que le propinaba un codazo.

—¿Qué? Si estoy aquí.

—No, estás en la Zona de Rumia de Simone. Sal, únete al mundo.

Tal vez le gustara estar en la ZRS, pero...

—Es que he de abrir la puerta con el poder de la mente porque tengo las manos ocupadas. Vale, hecho. Ya he vuelto.

—La mente de Simone Knox es algo increíble de contemplar.

—Debo usarla para hacer el bien, y no para derretir a Tiffany hasta reducirla a un charco de baba de zorrón.

—Tampoco es necesario. Su cerebro ya es un charco de baba de zorrón.

Las amigas, pensó Simone, siempre sabían qué decir. Se uniría de nuevo al mundo con Mi —y con Tish, cuando dejara de toquetearse la cara y el pelo, ya perfectos, y volviera— y dejaría atrás la ZRS.

Asistir a un estreno un viernes por la noche implicó que Simone entrara en una sala medio llena ya. Mi consiguió tres asientos justo en el centro; se quedó con el que estaba más alejado del pasillo para que Simone, aún sensible, ocupara el del medio, y dejó para Tish la butaca contigua al pasillo, pues sus piernas, más largas, lo agradecerían.

Mi se removió en su asiento. Ya había calculado que quedaban seis minutos para que se apagaran las luces.

—Tienes que venir a la fiesta de Allie mañana por la noche.

La ZRS empezó a llamarla.

—No estoy lista para una fiesta, y sabes que Trent estará allí con Tiffany, la del cerebro de baba de zorrón.

—Precisamente por eso, Sim. Si no vienes, todo el mundo pensará que te estás escondiendo, que no lo has superado.

—Es que me estoy escondiendo y no lo he superado.

—Pues por eso —insistió Mi—. No les des esa satisfacción. Tú te vienes con nosotras; Tish irá con Scott, pero es buen tío. Y ponte algo espectacular, deja que Tish te maquille, que se le da muy bien. Y te pones en plan: ¿quién?, ¿qué?, ¿ese? Ya sabes, como que lo tienes superadísimo. Dejas las cosas claras.

Simone sintió que la ZRS tiraba cada vez más de ella.

—No creo que pueda hacerle frente. La actriz es Tish, no yo.

—En el musical de primavera hiciste de Rizzo en Grease. Tish estuvo increíble de Sandy, pero tú fuiste una Rizzo igual de alucinante.

—Porque he ido a clases de baile y sé cantar un poco.

—Cantas muy bien y estuviste genial. Sé Rizzo en la fiesta de Allie; ya sabes, segura de ti misma, sexy y a la mierda con todo.

—No sé, Mi.

Aunque casi podía imaginárselo. Y también que Trent, al verla segura de sí misma, sexy y a la mierda con todo, querría volver con ella.

Entonces Tish entró corriendo, se agachó junto a Simone y le agarró la mano.

—No vas a perder los papeles.

—¿Por qué iba a...? ¡Ay, no, por favor!

—El zorrón se está retocando el brillo de labios, y el imbécil la espera a la puerta del baño como un perrito faldero.

—Mierda. —Mi agarró a Simone del brazo—. A lo mejor van a ver otra película.

—No, vendrán aquí, porque así es mi vida.

Mi le apretó aún más el brazo.

—Ni se te ocurra pensar en irte. Trent te vería y quedarías y te sentirías como una fracasada. No eres ninguna fracasada. Este es tu ensayo general para la fiesta de Allie.

—¿Va a ir? —Los hoyuelos de Tish aparecieron de inmediato, deslumbrantes—. ¿La has convencido?

—Estamos en ello. Tú siéntate. —Mi se volvió lo justo para ver la puerta—. Tienes razón, están entrando. No te muevas —susurró al sentir que el brazo de Simone temblaba bajo su mano—. No les prestes la menor atención. Estamos aquí contigo.

—Aquí mismo, ahora y siempre —recalcó Tish, que apretó la mano a Simone—. Somos... un muro de desdén. ¿Entendido?

Pasaron por su lado: la rubia de la cascada de rizos, que llevaba unos vaqueros cortos y ajustados, y el chico de oro, alto, guapísimo, quarterback de los Wildcats, el equipo de fútbol americano del instituto.

Trent dedicó a Simone esa sonrisa lenta que tiempo atrás le derretía el corazón y acto seguido, de forma deliberada, deslizó la mano por la espalda de Tiffany hasta el trasero y ahí la dejó.

Cuando Trent le susurró algo al oído, Tiffany volvió la cabeza. Esbozó una sonrisa burlona con sus labios perfectos de brillo recién aplicado.

Tenía el corazón roto y Trent había dejado un vacío en su vida, pero Simone seguía pareciéndose demasiado a su abuela para tolerar ese tipo de insulto.

Le devolvió la sonrisa desdeñosa y levantó el dedo corazón. Mi dejó escapar una risita ahogada.

—Bien hecho, Rizzo.

Pese a que se le aceleró el corazón, Simone se obligó a observar a Trent y a Tiffany mientras se sentaban tres filas más adelante y, sin perder un segundo, comenzaban a enrollarse.

—Todos los hombres quieren sexo —dijo Tish sabiamente—. Vale, ¿por qué no iban a querer sexo? Pero cuando es lo único que quieren, no merecen la pena.

—Somos mejores que ella. —Mi pasó a Tish sus bombones de menta y su Coca-Cola—. Porque Tiffany no tiene nada más.

—Tienes razón. —Quizá a Simone le escocieran un poco los ojos, pero el corazón le ardía, y aquella quemadura la estaba sanando. Dio a Tish sus palomitas—. Iré a la fiesta de Allie.

Tish soltó una carcajada deliberadamente socarrona y ruidosa. Lo bastante para que Tiffany diera un respingo. Luego sonrió de oreja a oreja a Simone.

—Seremos las reinas de la fiesta.

Simone se colocó las palomitas entre los muslos y cogió de la mano a sus amigas.

—Os quiero, chicas.

Para cuando terminaron los anuncios, Simone ya había dejado de prestar atención a las siluetas de tres filas más abajo. O casi. Esperaba ponerse a rumiar durante la película —de hecho, planeaba hacerlo—, pero la trama la enganchó. Ewan McGregor era maravilloso, y le gustaba lo fuerte y valiente que parecía Scarlett Johansson.

Sin embargo, quince minutos más tarde se dio cuenta de que debería haber acompañado a Tish al baño —aunque habría sido un desastre con Tiffany, la del brillo de labios, ahí dentro— o haberse tomado con mucha más calma la Fanta.

Al cabo de veinte minutos, se rindió.

—Tengo que hacer pis —susurró.

—¡Venga ya! —susurró Mi.

—No tardo.

—¿Quieres que te acompañe?

Negó con la cabeza mirando a Tish y le dio las palomitas y la Fanta que le quedaban.

Salió de la fila de butacas arrastrando los pies y remontó el pasillo a toda prisa. Después de girar a la derecha, corrió hacia el baño de mujeres y abrió la puerta de un empujón.

Vacío, sin cola. Aliviada, entró en uno de los cubículos y reflexionó mientras vaciaba la vejiga.

Había gestionado bien la situación. A lo mejor CiCi tenía razón. A lo mejor estaba a punto de darse cuenta de que Trent era un imbécil.

Pero era muy guapo, y tenía esa sonrisa y...

—Da igual —murmuró—. Los imbéciles también pueden ser guapos.

Aun así, pensó en ello mientras se lavaba las manos y se estudiaba en el espejo que había sobre el lavabo.

Ella no tenía los largos rizos rubios de Tiffany, ni sus intensos ojos azules ni su cuerpo de escándalo. Simone era del montón, lo tenía claro.

Una melena castaña del montón en la que su madre no le dejaba darse reflejos. Ya vería cuando cumpliera los dieciocho y pudiera hacer lo que le diese la gana con su pelo. Ojalá no se lo hubiera recogido en una coleta aquella noche, porque de repente eso hizo que se sintiera una cría. Quizá se lo cortara. De punta y con una cresta. Quizá.

La boca demasiado grande, aunque Tish dijera que era sexy, a lo Julia Roberts.

Y los ojos castaños, pero no profundos e intensos como los de Mi, sino castaños sin más, como su asco de pelo. Por descontado, Tish, porque Tish era así, le decía que los tenía de color ámbar.

Pero ámbar no era más que un sinónimo elegante de marrón.

Eso también daba igual. Tal vez fuera una chica del montón, pero no era falsa, al contrario que Tiffany, cuyo pelo también era castaño debajo del tinte.

—Yo no soy falsa —dijo al espejo—. Y Trent Woolworth es un imbécil. Tiffany Bryce es una zorra. Que les den.

Asintió con determinación y salió del baño con la cabeza bien alta.

Pensó que los estallidos (¿petardos?) y los gritos procedían de la película. Se maldijo por haberse entretenido y estar perdiéndose una escena importante y aceleró el paso.

Ya estaba cerca de la puerta de la sala cuando esta se abrió de golpe. El hombre, con los ojos desorbitados, dio un paso tambaleante antes de caer de bruces.

Sangre... ¿aquello era sangre? El hombre arañó la moqueta verde, una moqueta por la que iba extendiéndose el rojo, y a continuación se quedó inmóvil.

Destellos, Simone veía destellos al otro lado de la puerta, que las piernas del hombre mantenían abierta apenas unos centímetros. Explosiones y más explosiones, gritos. Y personas, sombras y siluetas, que caían, corrían, volvían a caer.

Y una figura, oscura en la oscuridad, que ascendía metódicamente fila tras fila.

Simone miró petrificada a la sombra, que se dio la vuelta y disparó por la espalda a una mujer que corría.

Simone se quedó sin respiración. De haber sido capaz de coger aire, lo habría expulsado en forma de grito.

Parte de su cerebro no aceptaba lo que acababa de ver. No podía ser real, tenía que ser como en la película: una simulación. Pero su instinto se activó de golpe e hizo que volviera corriendo al baño y se agazapara detrás de la puerta.

Las manos se negaban a responderle, buscó con torpeza en su bolso, toqueteó con torpeza su teléfono.

Su padre había insistido en que asignara al 911, el teléfono de emergencias, el número uno en la marcación rápida del móvil.

Se le nubló la vista y recuperó el aliento, aunque en jadeos irregulares.

—Nueve uno uno. ¿Cuál es su emergencia?

—Los está matando. Los está matando. ¡Ayuda! Mis amigas. Dios, Dios, Dios. Está disparando a la gente.

Reed Quartermaine odiaba trabajar los fines de semana. Tampoco es que el resto de los días lo apasionara trabajar en el centro comercial, pero quería volver a la universidad en otoño. Y la universidad conllevaba ese pequeño detalle llamado matrícula. Si se le sumaban los libros, el alojamiento y la comida, no quedaba otra que trabajar los fines de semana en el centro comercial.

Sus padres cubrían la mayor parte de los gastos, pero no podían hacer frente a todo. Su hermana empezaría la carrera el año siguiente, y su hermano ya llevaba tres cursos en la American University de Washington D. C.

Reed tenía clarísimo que no quería pasarse la vida como camarero, así que debía ir a la universidad. Y puede que antes de que se pusiera otro birrete y la toga averiguara a qué demonios quería dedicar el resto de su vida.

Pero durante el verano servía mesas e intentaba verle el lado bueno. La ubicación del restaurante del centro comercial estaba bien, y las propinas no eran malas. Quizá trabajar de camarero en Mangia cinco noches a la semana con turno doble los sábados acabara con su vida social, pero comía bien.

Los cuencos de pasta, las pizzas bien cargadas y los trozos del famoso tiramisú de Mangia no habían añadido mucha carne a su larga y huesuda complexión, pero no porque no lo hubiera intentado.

Tiempo atrás, su padre albergaba la esperanza de que su hijo mediano siguiera sus pasos como estrella del fútbol americano, tal como había hecho el mayor, con gran éxito. Pero la completa falta de habilidad de Reed en el campo de juego y su delgadez frustraron esas esperanzas. Sin embargo, que a los dieciséis años las piernas le midieran ya un metro y que estuviera dispuesto a pasarse todo el maldito día corriendo lo habían convertido en una especie de estrella en el equipo de atletismo, y eso compensaba un poco.

Más tarde su hermana había aliviado la presión con su increíble talento en el campo de fútbol.

Sirvió los primeros de una mesa de cuatro: insalata mista para la madre, ñoquis para el padre, palitos de mozzarella para el chico y raviolis fritos para la chica. Coqueteó de manera inocente con la muchacha, que le dedicaba sonrisas largas y tímidas; de manera inocente porque calculaba que tendría unos catorce años y, por tanto, estaba fuera del radar de un universitario a punto de empezar segundo.

Reed sabía tontear de forma inofensiva con las chicas jóvenes, con las mujeres mayores y con casi todas las demás. Las propinas eran importantes y, después de cuatro veranos sirviendo mesas, había perfeccionado su encanto con los clientes.

Cubrió su sección: familias, varias parejas mayores, unas cuantas citas nocturnas de treintañeros. Lo más seguro era que fueran citas de cena y cine, lo que le recordó que podía preguntar a Chaz, el ayudante de encargado de la tienda de videojuegos GameStop, si quería ir a la última sesión de La isla cuando acabaran su turno.

Pasó tarjetas de crédito —hacer la pelota a los de la mesa tres le había granjeado nada más y nada menos que un veinte por ciento de propina—, recogió y puso mesas, entró y salió de aquella cocina de locos y, por fin, llegó la hora de su descanso.

—Dory, me cojo mis diez minutos.

La camarera jefa echó un rápido vistazo a su sección y asintió con la cabeza.

Reed salió por la puerta doble de cristal y se adentró en el caos del viernes por la noche. Se había planteado enviar un mensaje de texto a Chaz y tomarse los diez minutos de descanso en la cocina, pero le apetecía salir. Además, sabía que Angie trabajaba en el quiosco de ropa deportiva los viernes por la noche y que podía dedicar cuatro o cinco de los diez minutos a un coqueteo no tan inofensivo.

Angie tenía un novio intermitente, y lo último que sabía Reed era que habían vuelto a dejarlo. Podía probar suerte y, tal vez, conseguir una cita con alguien cuyo terrible horario coincidía con el suyo.

Gracias a sus largas piernas, avanzaba deprisa entre los compradores, entre los grupitos de chicas adolescentes y los chicos adolescentes que las seguían, en torno a las mamás que empujaban cochecitos o perseguían a niños pequeños, en medio de la incesante música que adormecía el cerebro y que él ya no escuchaba.

Reed tenía una gran mata de pelo negro (cosa de la ascendencia italiana de su madre). Dory no lo pinchaba diciéndole que se cortara el pelo, y su padre por fin se había dado por vencido. Los ojos del chico, de mirada profunda y color verde pálido sobre una piel de tono aceitunado, se iluminaron cuando vio a Angie en el quiosco. Aminoró, se metió las manos en los bolsillos del pantalón, con aire informal, y se acercó a ella.

—Hola. ¿Qué tal?

Ella le sonrió y puso en blanco sus bonitos ojos marrones.

—Liada. Todo el mundo se va a la playa menos yo.

—Y yo.

Reed se apoyó en el mostrador bajo el cual se exponían las gafas de sol; esperaba tener buen aspecto con aquel uniforme compuesto de camisa blanca, chaleco y pantalones negros.

—Estoy pensando en ir a ver La isla, hay una última sesión a las once menos cuarto. Es casi como ir a la playa, ¿no? ¿Te apuntas?

—Uy... No sé. —Angie se toqueteó el pelo, una melena de color rubio playero a juego con el tono dorado de su piel, que, según las sospechas de Reed, obtenía del autobronceador de otro expositor—. La verdad es que me apetece verla.

Sintió un rayo de esperanza y tachó a Chaz de su lista.

—Hay que divertirse un poco, ¿no?

—Sí, pero... es que le he dicho a Misty que quedábamos después de cerrar.

Chaz entró de nuevo en la lista.

—No pasa nada. Iba a ver si Chaz quería venir. Podríamos ir los cuatro.

—A lo mejor. —De nuevo aquella sonrisa—. Sí, tal vez. Le pregunto a Misty.

—Genial. Me voy a ver a Chaz. —Se apartó para dejar más espacio a la mujer que esperaba pacientemente mientras su hija, que también rondaba los catorce años, se probaba medio millón de gafas de sol—. Mándame un mensaje con lo que sea.

—Si pudiera llevarme dos pares —comentó la niña, que miraba cómo le quedaban unas gafas espejadas con los cristales de color azul—, tendría uno de repuesto.

—Solo unas, Natalie. Estas son las de repuesto.

—Luego te escribo —murmuró Angie, y acto seguido activó el modo trabajo—. Esas te quedan muy bien.

—¿En serio?

—Sí, de verdad —oyó Reed que respondía mientras se alejaba.

Aceleró el paso, tenía que recuperar el tiempo.

GameStop estaba llena del montón de frikis y flipados habitual y, acompañando a los frikis y flipados más jóvenes, de padres de ojos vidriosos que trataban de sacarlos de allí.

Los monitores permitían probar distintos videojuegos: los que eran para todos los públicos en las pantallas de la pared y los menos amables en portátiles individuales. Estos últimos solo podían probarlos los mayores de dieciocho años o los menores bajo la supervisión parental.

Localizó a Chaz, rey de los frikis; estaba explicando un juego a una mujer de expresión confundida.

—Si a su hijo le van los juegos de estilo militar, estrategia y aventuras, este le encantará. —Chaz se subió las gafas de culo de vaso por el puente de la nariz—. Salió hace solo un par de semanas.

—Parece tan... violento. ¿Es apropiado?

—Ha dicho que cumple dieciséis años. —Le hizo un gesto con la cabeza a Reed—. Y que le gusta la serie Splinter Cell. Si esos se le dan bien, este también.

La mujer suspiró.

—Supongo que a los chicos siempre les gustará jugar a la guerra. Me lo llevo, gracias.

—La llamarán de la caja registradora cuando llegue su turno. Gracias por comprar en GameStop. No puedo hablar, tío —dijo a Reed cuando la clienta se marchó—. Estoy hasta arriba.

—Treinta segundos. Última sesión, La isla.

—Me apetece un montón. Somos clones, chaval.

—Genial. Tengo a Angie casi en el bote, pero quiere traerse a Misty.

—Vaya, bueno, yo...

—No me falles, tío. Es lo más cerca que he estado de sacarle una cita.

—Sí, pero Misty da un poco de miedo. Y... ¿tengo que pagarle la entrada?

—No es una cita. Estoy intentando convertirlo en una cita, pero para mí, no para ti. Tú eres mi compinche, y Misty, la de Angie. Clones —le recordó.

—Vale. Supongo. Madre mía. No tenía pensado...

—Estupendo —dijo Reed antes de que Chaz cambiara de opinión—. Tengo que largarme. Nos vemos allí.

Salió corriendo. ¡Iba a ocurrir! Una salida en grupo podía allanarle el camino para pasar un rato a solas con ella, y eso abría la puerta a la posibilidad de algo de roce.

No le iría mal algo de roce. Pero le quedaban tres minutos para volver a Mangia o Dory lo mataría.

Había echado a correr cuando oyó lo que parecían petardos o una serie de explosiones de tubo de escape. Le recordaron a los juegos de disparar de GameStop. Más sorprendido que alarmado, miró hacia atrás.

Entonces comenzaron los gritos. Y el estruendo.

Y se dio cuenta de que no procedían de detrás de él, sino de más adelante. El estruendo eran docenas de personas que corrían. Saltó a un lado para esquivar a una mujer que corría hacia él a toda velocidad empujando un cochecito con un crío que lloraba a pleno pulmón.

¿Era sangre lo que tenía en la cara?

—¿Qué...?

La madre siguió corriendo, con la boca abierta en un grito silencioso.

Tras ella se acercaba una avalancha. Una estampida de gente que pisoteaba bolsas de compras abandonadas, que tropezaba con ellas y con los que se caían.

Un hombre resbaló, las gafas le salieron disparadas y acabaron aplastadas bajo el pie de alguien. Reed lo agarró del brazo.

—¿Qué está pasando?

—Tiene un arma. Ha disparado, ha disparado...

El hombre se puso de pie y corrió todo lo que le permitía la cojera. Un par de chicas adolescentes entraron a toda prisa, llorando y gritando, en una tienda que había a su izquierda.

Y entonces Reed se dio cuenta de que el ruido —disparos— no procedía solo de delante de él, sino también de detrás. Pensó en Chaz, a un esprint de treinta segundos a su espalda, y en la familia del restaurante, al doble de tiempo en sentido contrario.

—Escóndete, tío —murmuró a Chaz—. Busca un lugar donde esconderte.

Y echó a correr hacia el restaurante.

Los estallidos y las explosiones no cesaban, y para entonces parecían llegar desde todas partes. Los cristales se resquebrajaban y se hacían añicos, una mujer con una pierna ensangrentada se acurrucó debajo de un banco; gemía. Reed oyó más alaridos y, lo que era peor, cómo se interrumpían de golpe, como cuando una grabación se corta.

Entonces vio que el niño de los pantalones cortos de color rojo y la camiseta de Barrio Sésamo se tambaleaba como un borracho ante la puerta de Abercrombie & Fitch.

El escaparate explotó. La gente se dispersó, se lanzó en busca de cobijo y el niño cayó al suelo llamando a su madre a gritos.

Al otro lado del centro comercial, Reed vio a un tirador —¿un chico?— que se reía mientras disparaba, disparaba, disparaba. En el suelo, el cuerpo de un hombre se sacudía cada vez que recibía un impacto de bala.

Reed cogió al niño de la camiseta de Barrio Sésamo al pasar corriendo y se lo metió debajo del brazo como si fuera el balón de fútbol que nunca había sido capaz de manejar.

Los disparos —y nunca, jamás, olvidaría cómo sonaban— se acercaban. Por delante y por detrás. Por todas partes.

No conseguiría llegar a Mangia con el niño a cuestas. De forma instintiva, cambió de dirección y se lanzó de cabeza hacia el quiosco.

Angie, la chica con la que había tonteado cinco minutos antes, hacía una vida entera, yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. Sus bonitos ojos castaños lo miraban fijamente mientras el niño que llevaba bajo el brazo berreaba.

—Ay, Dios, madre mía. Ay, Dios, ay, Dios.

Los disparos no cesaban, no cesaban.

—Vale, vale, estás bien. ¿Cómo te llamas? Yo soy Reed, ¿tú cómo te llamas?

—Brady. ¡Quiero a mi mamá!

—Vale, Brady, la encontraremos dentro de un minuto, pero ahora tenemos que estar muy callados. ¡Brady! ¿Cuántos años tienes?

—Estos. —El niño levantó cuatro dedos mientras unas lágrimas como puños le resbalaban por las mejillas.

—Ya eres un chico grande, ¿eh? Tenemos que estar callados. Hay unos tipos malos. ¿Sabes que existen los malos?

Con el rostro anegado de lágrimas y mocos, y los ojos como platos a causa del miedo, Brady asintió.

—Vamos a estar callados para que los malos no nos encuentren. Y voy a llamar a los buenos. A la policía.

Hizo todo lo que pudo para evitar que el niño viera a Angie y para impedir que su propio cerebro se centrara en ella; en ella y en su muerte.

Abrió una de las puertas correderas del armario de almacenaje y sacó la mercancía.

—Métete aquí, ¿vale? Es como si estuviéramos jugando al escondite. Yo no me muevo de aquí, pero tú métete ahí mientras llamo a los buenos.

Ayudó al niño a esconderse, sacó el teléfono y entonces se dio cuenta de lo mucho que le temblaban las manos.

—Nueve uno uno, ¿cuál es su emergencia?

—Centro comercial DownEast —comenzó.

—La policía está en ello. ¿Estás en el centro comercial?

—Sí. Tengo a un niño conmigo. Lo he metido en el armario del quiosco de ropa deportiva. Angie, la chica que trabajaba aquí... está muerta. Está muerta. Dios. Hay al menos dos tiradores.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Reed Quartermaine.

—Bien, Reed, ¿crees que estás a salvo donde estás?

—Joder, ¿está de coña?

—Lo siento. Estás en un quiosco, así que al menos estás algo cubierto. Te aconsejo que te quedes donde estás, que busques refugio en el interior en lugar de intentar salir del edificio. ¿Hay un niño contigo?

—Me ha dicho que se llama Brady y que tiene cuatro años. Se había separado de su madre. No sé si ella... —Miró a su alrededor, vio que Brady se había hecho un ovillo, que tenía los ojos vidriosos y se chupaba el dedo—. Creo que está, ya sabe, en estado de shock o algo así.

—Trata de mantener la calma, Reed, y no hagas ruido. La policía ya está en el lugar de los hechos.

—Siguen disparando. No paran de disparar. Y se ríe. Lo he oído reírse.

—¿Quién se reía, Reed?

—Estaba disparando, el cristal ha estallado, había un hombre en el suelo, y él no paraba de dispararle y de reírse. Dios mío.

Oyó gritos, no los chillidos de antes, sino una especie de grito de guerra. Algo tribal y triunfante. Y más disparos, pero entonces...

—Ha parado. El tiroteo ha parado.

—Quédate donde estás, Reed. Irán a ayudarte. Quédate donde estás.

Reed se volvió hacia Brady. La mirada de ojos vidriosos del niño se cruzó con la suya.

—Mami —dijo el crío.

—Iremos a buscarla enseguida. Ya vienen los buenos. Ya vienen.

Aquella fue la peor parte, pensaría después. La espera... con el olor de la pólvora que abrasaba el aire, los gritos de ayuda, los gemidos y los sollozos. Y ver en sus propios zapatos la sangre de la chica a la que ya nunca llevaría al cine.

2

A las 19.25 del 22 de julio, la agente Essie McVee terminó el informe in situ sobre un topetazo sin importancia en el aparcamiento del centro comercial DownEast.

No había habido lesiones y los daños eran mínimos, pero el conductor del Lexus se había puesto bastante agresivo con el trío de universitarias del Mustang descapotable.

Aunque estaba claro que la culpa era del Mustang —la sollozante conductora de veinte años lo había reconocido— por salir de la plaza de aparcamiento marcha atrás y sin mirar, el pez gordo del Lexus y su abochornada cita habían bebido —también estaba claro— unas cuantas copas de más.

Essie dejó que su compañero se encargara del Lexus, pues sabía que Barry recurriría al viejo tópico de las mujeres al volante. No se lo tendría en cuenta, pues también sabía que Barry denunciaría a aquel tipo por conducir bajo los efectos del alcohol.

Ella calmó a las chicas, tomó declaraciones y datos, y puso la multa. Al del Lexus no le sentó bien la denuncia —ni que Barry le pidiera un taxi—, pero su compañero lo gestionó con su habitual «Ya vale».

Cuando la radio crepitó, Essie aguzó el oído. Los cuatro años que llevaba en el puesto no impedían que se le saltara el corazón cada vez que ocurría eso.

Se acercó a Barry y, por la expresión de su cara, advirtió que él también había aguzado el oído. Volvió la cabeza hacia su micro.

—Unidad cuatro-cinco en el lugar de los hechos. Estamos justo en la puerta del cine.

Barry abrió el maletero y le arrojó un chaleco.

Con la boca más seca que el desierto, Essie se lo puso y revisó su arma; nunca la había disparado fuera del campo de tiro.

—Vienen refuerzos, están a tres minutos. Los de operaciones especiales se están movilizando. Madre mía, Barry.

—No podemos esperar.

Essie sabía lo que tenían que hacer, estaba entrenada para aquellos casos, aunque en realidad siempre había pensado que no lo necesitaría. «Tirador activo» quería decir que hasta el último segundo contaba.

Corrió junto a Barry hacia las amplias puertas de cristal.

Essie conocía el centro comercial y se preguntó qué giro del destino los había puesto a ella y a su compañero a segundos de distancia de la entrada del cine.

No se preguntó si volvería a casa para alimentar a su viejo gato o para terminar el libro que había empezado. No podía preguntarse eso.

Localizar, detener, distraer, neutralizar.

Reprodujo la escena mentalmente antes de llegar a las puertas.

El vestíbulo del cine se abre a la zona de tiendas, hay que girar a la derecha hacia la taquilla, avanzar en dirección al puesto de palomitas, doblar a la izquierda hacia el pasillo de las tres salas. El nueve uno uno ha informado de un tirador en la sala uno, la mayor de las tres.

Essie miró por el cristal, entró y giró a la izquierda mientras Barry viraba a la derecha. Oyó la música ambiental del centro comercial, el ruido sordo de los compradores.

Los dos tipos del puesto de palomitas miraron boquiabiertos al par de policías con las armas desenfundadas. Ambos levantaron las manos de inmediato. El refresco gigante que sujetaba el de la de la izquierda chocó contra el mostrador y salpicó.

—¿Hay alguien más aquí? —preguntó Barry.

—Solo Julie, en el guardarropa.

—Id a por ella y salid. ¡Ya! ¡Vamos, vamos!

Uno de los chicos se precipitó hacia una puerta situada detrás del mostrador. El otro se puso de pie, con las manos en alto, tartamudeando aún:

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

—¡Largo!

Se largó.

Essie giró a la izquierda, comprobó que la esquina estuviera despejada, vio el cuerpo que yacía boca abajo ante la puerta de la sala uno y el rastro de sangre detrás.

—Tenemos un cuerpo —comunicó a la central, y siguió avanzando.

Despacio, con cuidado. Dejó atrás las risas de la sala a su derecha y se dirigió a los sonidos que presionaban la puerta de la sala uno.

Disparos, gritos.

Intercambió una mirada con Barry y pasó por encima del cuerpo. Su compañero hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y Essie pensó: Allá vamos.

Cuando abrieron las puertas de la sala, los ruidos de la violencia y el miedo inundaron el exterior, y la tenue luz del pasillo se filtró en la oscuridad.

Essie vio al tirador: varón, chaleco antibalas, casco, gafas de visión nocturna, un rifle de asalto en una mano y una pistola en la otra.

Durante el breve instante que la agente tardó en captar esos detalles, él disparó por la espalda a un hombre que corría hacia la salida lateral.

Luego apuntó con el rifle a las puertas de la sala y abrió fuego.

Essie se lanzó a cubierto tras la pared del fondo y vio que el impacto que recibía Barry en el chaleco lo arrojaba de espaldas al suelo.

Al pecho no, se dijo a sí misma cuando la invadió la adrenalina, al pecho no, porque, como Barry, el tirador llevaba chaleco.

Inspiró tres veces, rápidamente, salió de su escondite y, asustada, vio que el hombre enfilaba el pasillo en dirección a ella.

Essie disparó bajo (caderas, entrepierna, piernas y tobillos) y siguió disparando aun cuando el hombre ya estaba en el suelo.

Tuvo que reprimir el impulso de ir a atender a su compañero, se obligó a acercarse al tirador.

—Tirador abatido. —Sin dejar de apuntar al atacante con el arma, Essie le quitó la pistola de la mano y plantó un pie sobre el rifle, que se le había escapado—. Agente abatido. Mi compañero ha recibido un disparo. Necesitamos un médico. Dios, hay múltiples víctimas por arma de fuego. Necesitamos ayuda ya. Necesitamos ayuda.

—Tenemos informes de que hay otro tirador activo, tal vez dos o más, en el área del centro comercial. ¿Confirma la caída de un tirador?

—Ha caído. —Essie escudriñó la parte inferior del cuerpo del hombre, aquella masa de sangre—. No va a levantarse.

No había terminado de decirlo cuando la respiración áspera y rápida del tirador se detuvo.

Tenía un grano en la barbilla. Essie se quedó mirándolo hasta que logró levantar la cabeza, hasta que fue capaz de enfrentarse a lo que había hecho el tirador.

Cuerpos desperdigados por el pasillo, desplomados en los asientos, acurrucados en los estrechos huecos entre las filas, donde habían caído o intentado esconderse.

Essie no olvidaría aquello nunca.

Cuando una brigada irrumpió por las puertas de la sala, ella alzó la mano.

—Agente McVee. El tirador ha sido neutralizado. Mi compañero.

Mientras hablaba, Barry tosió, gimió. Essie hizo ademán de enderezarse desde su posición, acuclillada, pero se mareó un poco y estuvo a punto de caerse.

—¿Estás herida, McVee?

—No. No, solo... No. —Se recompuso y se acercó a Barry.

—La próxima vez que me queje del calor que dan y de lo que pesan estos chalecos, dame una colleja —susurró él, jadeante—. Joder, cómo duele.

Essie tragó bilis y agarró a Barry de la mano.

—Te habría dolido más sin él.

—Lo has abatido, Essie. Has abatido a ese cabrón.

—Sí. —Tuvo que tragar de nuevo, con esfuerzo, pero asintió—. Creo que es un crío. Y, Barry, no está solo.

Entraron más policías y los servicios de emergencias médicas. Mientras nuevas unidades policiales irrumpían a toda prisa por las demás puertas del centro comercial en busca del otro tirador (o tiradores), Essie y Barry fueron a comprobar que los baños, el almacén y el guardarropa del cine estuvieran despejados.

—Necesitas atención médica —dijo Essie a su compañero cuando se acercaban al baño de señoras.

—Iré más tarde. La que llamó al nueve uno uno. —Señaló la puerta del baño con la cabeza.

Essie la abrió de golpe, barrió la estancia con el arma y atisbó su propia cara en los espejos de encima del lavabo. Su palidez era enfermiza, pero ese tono era mejor que el gris que asomaba a la piel marrón oscuro de Barry.

—Somos de la policía —gritó Essie—. ¿Simone Knox? Somos policías.

La única respuesta fue el silencio.

—Tal vez haya salido.

Todas las puertas de los cubículos se hallaban abiertas, aunque una de ellas apenas una rendija.

—Simone —repitió Essie mientras caminaba hacia ella—, soy la agente McVee de la policía de Rockpoint. Ya estás a salvo.

Abrió la puerta y vio a la muchacha en cuclillas encima del inodoro y con las manos apretadas contra los oídos.

—Simone. —Essie se agachó y le puso una mano en la rodilla—. Ya pasó todo, estás bien.

—Están gritando. Los está matando. A Tish, a Mi, a mi madre, a mi hermana.

—Ya ha llegado ayuda. Las encontraremos. Vamos a sacarte de aquí, ¿vale? Has sido muy inteligente. Esta noche, al pedir ayuda, has salvado vidas, Simone.

La chica levantó la vista; sus enormes ojos castaños llenos de lágrimas y miedo.

—Me he quedado sin batería. Se me olvidó cargar el móvil y se ha quedado sin batería. Así que me he escondido aquí.

—Está bien, no pasa nada. Ahora ven conmigo. Soy la agente McVee. Este es el agente Simpson.

—El hombre, el hombre ha salido corriendo y se ha caído. La sangre. He visto... He... Tish y Mi están en la sala. Mi madre y mi hermana están de compras.

—Las encontraremos. —Le pasó un brazo por los hombros y la ayudó a bajar del inodoro y a salir del cubículo—. Tú te irás con el agente Simpson, y yo iré a buscar a tu madre, a tu hermana y a tus amigas.

—Essie.

—Estás herido, Barry. Llévate a la niña. Haz que la vea un médico.

Essie acompañó a la chica por el pasillo hasta dejar atrás las salas de cine. El informe de la situación transmitido por radio indicaba que habían caído otros dos tiradores. La agente esperaba que no hubiera más, pero tenía que asegurarse.

No obstante, cuando Barry se hizo cargo de Simone y la guio hacia las puertas de cristal y las luces destellantes de los coches de policía y las ambulancias, la chica se detuvo y miró a Essie directamente a los ojos.

—Tulip y Natalie Knox. Mi-Hi Jung y Tish Olsen. Tiene que encontrarlas. Por favor. Por favor, encuéntrelas.

—Entendido. Me ocuparé de ello.

Essie echó a andar en sentido contrario. Ya no oía disparos y, gracias a Dios, habían apagado el hilo musical. Su radio crujía informando de zonas despejadas y de peticiones de ayuda médica.

Dejó de caminar y contempló aquel centro comercial al que había ido de compras, a pasear y a comer desde que tenía memoria.

Conmocionada, pensó que tardarían en recoger los cadáveres, en atender y trasladar a los heridos y en tomar declaración a los que habían salido ilesos... ilesos físicamente, se corrigió. Dudaba que nadie que sobreviviera a aquella noche fuera a salir indemne.

Para entonces los paramédicos entraban en tropel, pero había muchísimas personas a las que ya no podían ayudar.

Una mujer con el brazo ensangrentado mecía en su regazo a un hombre al que ya era imposible ayudar. Había un chico con una camiseta de los Red Sox tumbado boca abajo, y Essie atisbó materia gris en la herida que presentaba en la cabeza. Una chica de poco más de veinte años se hallaba sentada en el suelo delante de Starbucks, llorando y con el delantal salpicado de sangre.

Vio una zapatilla pequeña, rosa, y aunque rezó por que la niña que la había perdido estuviera a salvo, se le encogió el corazón.

También vio a un joven —no debía de tener mucho más de veinte años— que salía tambaleándose de GameStop. Llevaba las gruesas gafas torcidas sobre unos ojos de mirada tan aturdida como la de un sonámbulo.

—¿Se ha acabado? —le preguntó el chico—. ¿Se ha acabado?

—¿Estás herido?

—No. Me he dado un golpe en el codo. Yo... —Aquella mirada revoloteó sobre ella y después sobre los que sangraban, sobre los muertos—. Dios mío, Dios mío. En la... en la trastienda. Tengo gente en la trastienda. Como nos dijeron que hiciéramos si... Están en la trastienda.

—Espera un minuto. —Essie se dio la vuelta para usar la radio, para preguntar si podía guiar a un grupo hasta el exterior y hasta qué punto de control—. ¿Cómo te llamas? —preguntó al chico.

—Chaz Bergman. Soy más o menos el encargado del turno esta noche.

—Bien, Chaz, lo has hecho bien. Ahora vamos a sacar a esa gente. Fuera hay policías que os tomarán declaración, pero antes hay que sacaros a todos de aquí.

—Tengo un amigo. Reed, Reed Quartermaine. Trabaja en el restaurante Mangia. ¿Puede encontrarlo?

—Lo encontraré.

Essie lo añadió a su lista.

—¿Se ha acabado? —preguntó Chaz de nuevo.

—Sí —contestó ella, aun a sabiendas de que era mentira.

Para los afectados por la violencia de ese día, aquello no acabaría nunca.

Reed llevaba a Brady en la cadera cuando vio a algunos compañeros del Mangia. Varios estaban sentados en la acera, abrazados unos a otros. Rosie, todavía ataviada con el delantal de cocinera, se tapaba la cara con las manos.

«Cómete esa pasta —le decía siempre—. Engorda un poco, flacucho.»

—Estás bien, estás bien. —Reed cerró los ojos al tiempo que se agachaba hacia ella.

La mujer se levantó de un salto y lo abrazó.

—No estás herido.

Rosie le sujetó la cara entre las manos y el chico negó con la cabeza.

—¿Están todos bien?

Rosie dejó escapar un sonido como algo que se desgarra.

—Ha entrado y... —se interrumpió al fijarse en el niño que sostenía Reed—. Luego lo hablamos. ¿Quién es este chico tan guapo?

—Este es Brady. —No todos estaban bien, se dijo Reed—. Hemos... Bueno, hemos pasado un rato juntos. Tengo que ayudarlo a encontrar a su madre.

Y llamar a la suya, pensó Reed. Le había enviado un mensaje desde dentro para decirle que estaba bien, que no se preocupara. Pero tenía que llamar a casa.

—Han venido los buenos. Me lo ha dicho Reed.

—Sí, están aquí.

Rosie forzó una sonrisa empapada de lágrimas.

—Quiero a mi mamá.

—Voy a pedir ayuda a uno de los policías. —Reed se irguió de nuevo y se acercó a una policía, pensó que Brady quizá aceptara ir con una mujer—. ¿Agente? ¿Puede ayudarme? Este es Brady, y no encuentra a su madre.

—Hola, Brady. ¿Cómo se llama tu madre?

—Mami.

—¿Cómo la llama tu papá?

—Cariño.

Essie sonrió.

—Seguro que tiene otro nombre.

—Lisa Cariño.

—Vale, ¿y cuál es tu nombre completo?

—Soy Brady Michael Foster. Tengo cuatro años. Mi papá es bombero y tengo un perro que se llama Mac.

—Bombero, ¿y cómo se llama él?

—Michael Cariño.

—Vale. Espera un segundo.

Los bomberos habían sido de los primeros en llegar a la zona, así que Essie localizó a uno.

—Necesito a un tal Michael Foster. Tengo a su hijo.

—Foster es uno de los míos. ¿Tienes a Brady? ¿Está herido?

—No.

—Su madre va de camino al hospital. Dos disparos en la espalda, ¡no me jodas! Foster está buscando al crío. No sabía que estaban aquí hasta que nuestros paramédicos han encontrado a Lisa. —Se pasó las manos por la cara—. No sé si sobrevivirá. Aquí viene Foster.

Essie vio al hombre, que se abrió paso a toda velocidad por la multitud conmocionada. Era de constitución compacta y tenía el cabello castaño y muy corto. Su cuerpo subió, bajó y finalmente cambió de dirección para correr hacia su hijo.

En los brazos de Reed, Brady soltó un chillido.

—¡Papá!

Michael cogió a su hijo, lo abrazó, lo llenó de besos, en la cabeza, en la cara.

—Brady, gracias a Dios, gracias a Dios. ¿Estás herido? ¿Te han hecho daño?

—Mamá se ha caído y no la encontraba. Reed me ha encontrado y me ha dicho que teníamos que estar muy callados y esperar a los buenos. Me he quedado muy callado, como me ha dicho, incluso cuando me ha metido en el armario.

A Michael se le llenaron los ojos de lágrimas cuando miró a Reed.

—¿Tú eres Reed?

—Sí, señor.

Michael alargó una mano de inmediato y tomó la de Reed.

—Nunca podré agradecértelo lo suficiente. Tengo cosas que decirte, pero... —Se interrumpió cuando la cabeza se le despejó lo suficiente para fijarse en la sangre de los pantalones y los zapatos de Reed—. Estás herido.

—No. No creo... No es mía. No es... —Se quedó sin palabras.

—Vale. Está bien, Reed. Escucha, tengo que sacar a Brady de aquí. ¿Necesitas ayuda?

—Tengo que encontrar a Chaz. No sé si está bien. Tengo que encontrarlo.

—Espera.

Michael se colocó a Brady en la cadera y sacó su radio.

—Quiero a mamá.

—Claro, campeón, pero vamos a ayudar a Reed.

Mientras Michael hablaba por la radio, Reed miró alrededor. Había muchísimas luces, todo era brillante y borroso. Demasiado ruido. Palabras, gritos, lloros. Vio a un hombre que gemía, que sangraba, tumbado en una camilla que cargaban en una ambulancia. Una mujer con un solo zapato y un lento reguero de sangre que se deslizaba por su mejilla caminaba en círculos cojeando y llamando a Judy, hasta que alguien de uniforme se la llevó.

Había una chica con una larga coleta castaña sentada en la acera hablando con un agente de policía. La muchacha no paraba de negar con la cabeza, y sus ojos —del color de un tigre— brillaban bajo las luces, que giraban como remolinos.

Reed vio furgonetas de la televisión y más luces brillantes detrás de la cinta policial amarilla. La gente se agolpaba detrás del precinto; algunos repetían nombres a gritos.

Y de pronto, como un mazazo, cayó en la cuenta: algunos de los nombres que gritaban nunca responderían.

Comenzó a temblar de dentro hacia fuera. Tripas, entrañas, corazón. Empezaron a zumbarle los oídos y se le nubló la vista.

—Eh, Reed, ¿por qué no te sientas un minuto? Voy a preguntar por tu amigo.

—No, tengo que... —Vio que Chaz salía con un grupo de gente, escoltado por policías—. Dios. Dios. ¡Chaz!

Gritó su nombre, igual que una de las personas situadas detrás del precinto policial, y echó a correr.

En la acera, Simone esperaba a sentir las piernas de nuevo. A volver a sentirlo todo. Se le había adormecido el organismo, como si le hubieran inyectado una dosis de cuerpo entero de novocaína.

—Tu madre y tu hermana están bien.

Oyó las palabras de la agente McVee, intentó sentirlas.

—¿Dónde están? ¿Dónde están?

—Van a sacarlas pronto. Tu madre tiene unas cuantas heridas leves. Leves, Simone. Está bien. Se han metido en una tienda, se han puesto a salvo. Tu madre presenta algunos cortes por los cristales que han volado por los aires y se ha dado un golpe en la cabeza. Pero está bien, ¿de acuerdo?

Simone solo podía negar con la cabeza.

—Mamá se ha dado un golpe en la cabeza.

—Pero se pondrá bien. Se han puesto a salvo y saldrán pronto.

—Mi, Tish.

Lo supo, lo supo por la forma en que la agente McVee le rodeó los hombros con un brazo. En realidad no sintió el brazo, solo su peso.

El peso.

—Mi está de camino al hospital. Van a cuidar muy bien de ella, harán todo lo que puedan.

—Mi. ¿Él le ha disparado? —Su voz se agudizó, le hirió sus propios oídos—. ¿Le ha disparado?

—Va al hospital, allí la están esperando para cuidar de ella.

—Tenía que hacer pis. Yo no estaba. Tenía que hacer pis. Tish sí estaba. ¿Dónde está Tish?

—Tenemos que esperar hasta que salgan todos, hasta que identifiquen a todo el mundo.

Simone seguía negando con la cabeza.

—No, no, no. Estaban sentadas juntas. Yo tenía que hacer pis. Ha disparado a Mi. Él le ha disparado. Tish. Estaban juntas.

Miró a Essie y lo supo. Y saberlo hizo que sintiera de nuevo. Que lo sintiera todo.

Reed envolvió a Chaz en un abrazo de oso y sintió que al menos parte del mundo volvía a estar bien. Se aferraron el uno al otro delante de la chica de la larga coleta castaña y los ojos de tigre.

Cuando la muchacha dejó escapar un gemido lastimero y sin palabras, Reed apoyó la cabeza en el hombro de Chaz.

Sabía que dentro de aquel lamento había un nombre que nunca volvería a responder.

No consiguieron convencerla de que se fuera a casa. A su alrededor todo estaba confuso y revuelto, pero sabía que se encontraba sentada en una silla de plástico duro de la sala de espera de un hospital. Tenía una Coca-Cola en la mano.

Su hermana y su padre estaban sentados con ella. Natalie se había acurrucado junto a su padre, pero Simone no quería que la abrazaran ni que la tocaran.

No sabía cuánto tiempo llevaban esperando. ¿Mucho? ¿Cinco minutos?

Había más personas esperando.

Oía números, números distintos.

Tres tiradores. Ochenta y seis heridos. A veces el número de heridos subía, a veces bajaba.

Treinta y seis muertos. Cincuenta y ocho.

Números cambiantes, siempre cambiantes.

Tish estaba muerta. Eso no cambiaría.

Tenían que esperar en esas sillas duras mientras alguien extraía cristales de la cabeza a su madre y le curaba los cortes de la cara.

Simone tenía grabada una imagen de ese rostro, de todas aquellas pequeñas muescas y de la cara pálida, palidísima, bajo el maquillaje. Del pelo rubio de su madre, siempre perfecto, ensangrentado y enredado.

La habían sacado en una de esas camillas con ruedas, con Natalie agarrada a su mano y llorando.

Natalie no estaba herida porque su madre la había empujado hacia la tienda antes de caerse. Después Natalie había tirado de ella para arrastrarla hacia el interior, hasta meterla detrás de un mostrador en el que se exponían camisetas de verano.

Natalie era valiente. Simone le diría que era valiente cuando pudiera volver a hablar.

Pero en ese momento debían sacarle los cristales a su madre, y examinarla, porque se había dado un golpe en la cabeza y había perdido el conocimiento durante un par de minutos.

Conmoción cerebral.

Sabía que Natalie quería irse a casa porque su padre no paraba de decirle que su madre iba a ponerse bien y que saldría pronto y se irían a casa.

Pero Simone no pensaba marcharse, y no podrían obligarla.

Tish estaba muerta, Mi estaba en el quirófano, y a ella no podrían obligarla.

Sujetaba la lata de Coca-Cola con ambas manos para que su padre no volviera a agarrárselas. No quería que nadie la cogiera de la mano ni la abrazara. Todavía no. Tal vez nunca más.

Solo necesitaba esperar en la silla de plástico duro.

El médico salió primero, y su padre se puso de pie enseguida.

Papá es muy alto, pensó Simone con aire distraído, muy alto y muy guapo. Seguía llevando el traje y la corbata del trabajo, porque acababa de volver a casa tras una cena de negocios cuando puso las noticias.

Entonces cogió el coche y se fue directo al centro comercial.

El médico dio instrucciones a su padre. Conmoción leve, algunos puntos.

Cuando salió su madre, Simone se levantó tambaleante. Hasta entonces no había entendido que la asustaba que en realidad su madre no estuviera bien.

Su madre estaría como Mi, o peor, como Tish.

Pero su madre entró en la sala de espera. Llevaba aquellas vendas raras en un par de sitios de la cara, pero ya no tenía el aspecto pálido, palidísimo, de antes. El aspecto que Simone imaginaba que tenían los muertos.

Natalie se levantó de un salto y rodeó a su madre con los brazos.

—Aquí está mi niña valiente —murmuró Tulip—. Mis niñas valientes —dijo al tiempo que tendía una mano a Simone.

Y por fin Simone quiso que la tocaran, abrazar y que la abrazaran.

Con Natalie en medio, Simone estrechó a su madre entre sus brazos.

—Estoy bien, es solo un golpe en la cabeza. Llevémonos a las niñas a casa, Ward.

Simone oyó las lágrimas en la voz de su madre y se aferró a ella con más fuerza durante un instante más. Y cerró los ojos cuando su padre las abrazó a las tres.

—Iré por el coche.

Simone se apartó.

—Yo no me voy. No voy a irme a casa ahora.

—Cariño...

Pero Simone negó con la cabeza de forma implacable y se alejó un paso más del rostro agotado de su madre, con sus cortes y sus vendas.

—No me voy. Mi... Están operando a Mi. No me voy.

—Cariño —volvió a intentar Tulip—, aquí no puedes hacer nada, y...

—Puedo estar aquí.

—Nat, ¿recuerdas dónde hemos aparcado el coche?

—Sí, papá, pero...

—Acompaña a mamá. —Pasó la llave a Natalie—. Id las dos al coche y dadnos un minuto a Simone y a mí.

—Ward, las niñas necesitan estar en casa. Tienen que salir de aquí.

—Id al coche —repitió él mientras Simone volvía a sentarse con los brazos cruzados, una imagen de tristeza desafiante.

Dio un beso en la mejilla a su esposa, murmuró algo y luego fue a sentarse junto a Simone.

—Sé que tienes miedo. Todos lo tenemos.

—Tú no estabas allí.

—Ya, lo sé. —La joven captó la tristeza de la voz de su padre pero hizo caso omiso. La rechazó—. Simone, siento muchísimo lo de Tish. Siento muchísimo lo de Mi. Te prometo que pediremos información sobre Mi desde casa y que mañana te traeré a verla. Pero tu madre necesita irse a casa, y Natalie también.

—Llévalas.

—No puedo dejarte aquí.

—Tengo que quedarme. Las he dejado solas. Las he dejado solas.

Ward la atrajo hacia sí. Simone se resistió, trató de zafarse, pero su padre era más fuerte y la abrazó hasta que se derrumbó.

—Siento muchísimo lo de Tish y Mi —repitió—. Y estaré agradecido durante el resto de mi vida por que tú no estuvieras en la sala en ese momento. Ahora tengo que cuidar de tu madre y de tu hermana. Tengo que cuidar de ti.

—No puedo dejar sola a Mi. No puedo, no puedo. Por favor, no intentes obligarme.

Ward podría haberla obligado, y a Simone le preocupaba que lo hiciera, pero justo cuando se apartaba de su padre, entró CiCi a toda prisa.

La larga melena roja al viento, media docena de collares de cuentas y cristales alrededor del cuello, una falda azul con vuelo y sandalias Doc Martens.

Cogió a Simone y la envolvió en sus brazos forjados a base de yoga y en una nube de perfume amelocotonado con un levísimo toque de marihuana.

—¡Gracias a Dios! ¡Ay, mi niña! Gracias a todos los dioses y diosas. ¿Y Tulip? —le preguntó a Ward en tono apremiante—. ¿Y Natalie?

—Acaban de salir hacia el coche. Tulip tiene un par de golpes y rasguños, nada más. Nat está bien.

—CiCi se quedará conmigo. —Simone acercó los labios al oído de su abuela—. Por favor, por favor.

—Claro que sí. ¿Estás herida? ¿Estás...?

—Ha matado a Tish. A Mi... la están operando.

—Oh, no. —CiCi la meció, la acarició y lloró con ella—. Pobres chicas..., pobrecitas.

—Papá tiene que llevar a mamá y a Natalie a casa. Yo tengo que esperar aquí. Tengo que esperar a Mi. Por favor.

—Claro que sí. Yo me encargo de ella, Ward. Me quedaré con ella. La llevaré a casa cuando Mi salga del quirófano. Yo me encargo.

Simone percibió el tono acerado de las palabras de CiCi y supo que su padre había estado a punto de oponerse.

—Muy bien, Simone. —Le ...