Loading...

UN LUGAR DONDE ESCONDERSE

Nora Roberts  

0


Fragmento

1

El viernes 22 de julio de 2005, Simone Knox pidió una Fanta de naranja grande para acompañar las palomitas de maíz y las gominolas. Aquella elección, la habitual las noches de cine, le cambió la vida, y muy probablemente se la salvó. Aun así, nunca volvería a beber Fanta.

Pero en ese momento lo único que quería era acomodarse en la butaca con sus dos amigas del alma y perderse en la oscuridad.

Porque su vida, entonces y sin duda el resto del verano y tal vez para siempre, era un asco total.

El chico al que quería, el chico con el que había salido de manera exclusiva durante siete meses, dos semanas y cuatro días, el chico con el que había imaginado que pasaría el último año de instituto —mano a mano, corazón con corazón—, la había dejado.

Con un mensaje de texto.

Harto de perder el tiempo pq tengo q estar con alguien q quiera llegar

hasta el final conmigo y no eres tú, así q se acabó. chao

Segura de que no lo decía en serio, había intentado llamarlo, pero él no había cogido el teléfono y Simone se había humillado enviándole tres mensajes.

Luego había entrado en su página de Myspace. La palabra «Humillación» era demasiado suave para describir lo que había sufrido.

He cambiado el viejo modelo DEFECTUOSO por uno nuevo y cañón.

¡Sale Simone!

¡Entra Tiffany!

Me he deshecho de una FRACASADA y pasaré el verano y el último

año de instituto con la tía más cañón de la promoción de 2006.

Aquella publicación, con fotos, ya había generado comentarios. Puede que Simone fuera lo bastante lista para saber que Trent había pedido a sus amigos que dijeran cosas feas y crueles sobre ella, pero eso no aliviaba ni la punzada de dolor ni la vergüenza.

Pasó días dolida. Se regodeó en el consuelo y la rabia justificada de sus dos mejores amigas. Se puso furiosa con las pullas de su hermana menor, se arrastró hasta el trabajo de verano y hasta el club para las clases de tenis semanales que su madre se empeñaba en que recibiera.

Un mensaje de su abuela la hizo echarse a llorar. CiCi podía estar meditando con el dalái lama en el Tíbet, dándolo todo con los Stones en Londres o pintando en su estudio de Tranquility Island, pero siempre se las arreglaba para enterarse de todo.

Ahora duele, y el dolor es real, así que abrazos, tesoro. Pero dentro

de unas semanas te darás cuenta de que no es más que otro imbécil.

A por todas y namasté.

Simone no creía que Trent fuera un imbécil (aunque tanto Tish como Mi estaban de acuerdo con CiCi). Tal vez la había echado de su lado, y de una forma cruel, solo porque se negaba a hacerlo con él. Sencillamente no estaba preparada. Además, Tish lo había hecho con su exnovio después del baile de graduación (y dos veces más), y él la había dejado de todos modos.

Lo peor era que Simone todavía quería a Trent y que, en su corazón desesperado de dieciséis años, sabía que no volvería a amar a nadie jamás. A pesar de que había arrancado las páginas de su diario donde había anotado sus futuros nombres —señora de Trent Woolworth, Simone Knox-Woolworth, S. K. Woolworth—, y de que las había hecho pedazos y las había quemado, junto con todas las fotos que tenía de él, en la hoguera que había encendido en el patio durante una ceremonia de empoderamiento femenino con sus amigas, seguía queriéndolo.

Pero, como había señalado Mi, tenía que continuar viviendo aunque una parte de ella solo quisiera morir, de forma que había dejado que sus amigas la arrastraran al cine.

De todos modos, ya estaba cansada de quedarse enfurruñada en su habitación y no tenía ningunas ganas de dar vueltas por el centro comercial con su madre y su hermana pequeña, así que ganó la opción del cine. Su amiga Mi también ganó, pues le tocaba elegir, y Simone tendría que tragarse un rollo de ciencia ficción llamado La isla que Mi estaba deseando ver.

A Tish no le importaba qué escogiera. Como futura actriz, sentía que experimentar con todo tipo de películas y obras de teatro era tanto un deber como una formación previa necesaria para su carrera. Además, Ewan McGregor ocupaba uno de los cinco primeros puestos en la lista de novios de película de Tish.

—Vamos a coger sitio. Quiero un buen sitio.

Mi, pequeña, compacta, con los ojos oscuros e intensos y una espesa mata de pelo negro, recogió sus palomitas —sin mantequilla de mentira—, su bebida y unos M&M de cacahuete, sus favoritos.

Mi había cumplido los diecisiete en mayo, tenía citas esporádicas, ya que por el momento prefería la ciencia a los chicos, y solo se libraba de la etiqueta de empollona debido a su habilidad como gimnasta y a la sólida posición que ocupaba en el equipo de animadoras...

Un equipo capitaneado por desgracia por una tal Tiffany Bryce, ladrona de novios y zorrón.

—Tengo que ir al baño. —Tish, palomitas con doble de mantequilla de mentira, una Coca-Cola y bombones de menta, pasó sus aperitivos a sus amigas—. Os busco.

—No te entretengas arreglándote —le advirtió Mi—. Una vez que empiece la película tampoco va a verte nadie.

Y además ya estaba perfecta, pensó Simone mientras hacía malabares con las palomitas de Tish de camino a una de las tres salas del Cineplex del centro comercial DownEast.

Tish tenía el pelo largo, sedoso y castaño con reflejos dorados de peluquería, porque su madre, al contrario que la de Simone, no se había quedado estancada en los años cincuenta. Los hoyuelos añadían cierto encanto coqueto al óvalo clásico de su cara —a Simone le encantaba estudiar las caras—, y la verdad es que los hoyuelos salían a coquetear a menudo, ya que Tish siempre encontraba alguna razón por la que sonreír. Simone suponía que ella también sonreiría mucho si fuera alta y tuviera curvas y hoyuelos y los ojos de un azul brillante.

Por si fuera poco, los padres de Tish apoyaban incondicionalmente su ambición de dedicarse a la interpretación. En opinión de Simone, su amiga se había llevado el premio gordo: tenía una apariencia espectacular, personalidad, cerebro y unos padres con una idea clara de qué iba la cosa.

Pero Simone quería a Tish a pesar de todo.

Las tres ya habían hecho planes —de momento en secreto, porque los padres de Simone no tenían idea de qué iba la cosa en absoluto— para pasar en Nueva York el verano después de la graduación.

Tal vez incluso se mudaran allí; sin duda sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Simone imaginaba que una duna de arena en mitad del Sahara sería más emocionante que Rockpoint, Maine.

Pero ¿Nueva York? Luces brillantes, multitudes.

¡Libertad!

Mi podría hacer medicina en Columbia, Tish podría estudiar interpretación y presentarse a audiciones. Y ella... podría estudiar algo.

Algo que no fuera derecho, como querían aquellos padres suyos que no tenían ni idea. No era de extrañar, aunque sí bastante patético y tópico, pues su padre era un abogado importante.

Ward Knox se llevaría una decepción, pero no quedaba otra.

Quizá estudiara arte y se convirtiera en una artista famosa, como CiCi. Eso sí que desquiciaría a sus padres. Y, como CiCi, aceptaría y rechazaría amantes a su antojo (cuando estuviera lista para hacerlo).

Trent Woolworth se iba a enterar.

—Sal —ordenó Mi al tiempo que le propinaba un codazo.

—¿Qué? Si estoy aquí.

—No, estás en la Zona de Rumia de Simone. Sal, únete al mundo.

Tal vez le gustara estar en la ZRS, pero...

—Es que he de abrir la puerta con el poder de la mente porque tengo las manos ocupadas. Vale, hecho. Ya he vuelto.

—La mente de Simone Knox es algo increíble de contemplar.

—Debo usarla para hacer el bien, y no para derretir a Tiffany hasta reducirla a un charco de baba de zorrón.

—Tampoco es necesario. Su cerebro ya es un charco de baba de zorrón.

Las amigas, pensó Simone, siempre sabían qué decir. Se uniría de nuevo al mundo con Mi —y con Tish, cuando dejara de toquetearse la cara y el pelo, ya perfectos, y volviera— y dejaría atrás la ZRS.

Asistir a un estreno un viernes por la noche implicó que Simone entrara en una sala medio llena ya. Mi consiguió tres asientos justo en el centro; se quedó con el que estaba más alejado del pasillo para que Simone, aún sensible, ocupara el del medio, y dejó para Tish la butaca contigua al pasillo, pues sus piernas, más largas, lo agradecerían.

Mi se removió en su asiento. Ya había calculado que quedaban seis minutos para que se apagaran las luces.

—Tienes que venir a la fiesta de Allie mañana por la noche.

La ZRS empezó a llamarla.

—No estoy lista para una fiesta, y sabes que Trent estará allí con Tiffany, la del cerebro de baba de zorrón.

—Precisamente por eso, Sim. Si no vienes, todo el mundo pensará que te estás escondiendo, que no lo has superado.

—Es que me estoy escondiendo y no lo he superado.

—Pues por eso —insistió Mi—. No les des esa satisfacción. Tú te vienes con nosotras; Tish irá con Scott, pero es buen tío. Y ponte algo espectacular, deja que Tish te maquille, que se le da muy bien. Y te pones en plan: ¿quién?, ¿qué?, ¿ese? Ya sabes, como que lo tienes superadísimo. Dejas las cosas claras.

Simone sintió que la ZRS tiraba cada vez más de ella.

—No creo que pueda hacerle frente. La actriz es Tish, no yo.

—En el musical de primavera hiciste de Rizzo en Grease. Tish estuvo increíble de Sandy, pero tú fuiste una Rizzo igual de alucinante.

—Porque he ido a clases de baile y sé cantar un poco.

—Cantas muy bien y estuviste genial. Sé Rizzo en la fiesta de Allie; ya sabes, segura de ti misma, sexy y a la mierda con todo.

—No sé, Mi.

Aunque casi podía imaginárselo. Y también que Trent, al verla segura de sí misma, sexy y a la mierda con todo, querría volver con ella.

Entonces Tish entró corriendo, se agachó junto a Simone y le agarró la mano.

—No vas a perder los papeles.

—¿Por qué iba a...? ¡Ay, no, por favor!

—El zorrón se está retocando el brillo de labios, y el imbécil la espera a la puerta del baño como un perrito faldero.

—Mierda. —Mi agarró a Simone del brazo—. A lo mejor van a ver otra película.

—No, vendrán aquí, porque así es mi vida.

Mi le apretó aún más el brazo.

—Ni se te ocurra pensar en irte. Trent te vería y quedarías y te sentirías como una fracasada. No eres ninguna fracasada. Este es tu ensayo general para la fiesta de Allie.

—¿Va a ir? —Los hoyuelos de Tish aparecieron de inmediato, deslumbrantes—. ¿La has convencido?

—Estamos en ello. Tú siéntate. —Mi se volvió lo justo para ver la puerta—. Tienes razón, están entrando. No te muevas —susurró al sentir que el brazo de Simone temblaba bajo su mano—. No les prestes la menor atención. Estamos aquí contigo.

—Aquí mismo, ahora y siempre —recalcó Tish, que apretó la mano a Simone—. Somos... un muro de desdén. ¿Entendido?

Pasaron por su lado: la rubia de la cascada de rizos, que llevaba unos vaqueros cortos y ajustados, y el chico de oro, alto, guapísimo, quarterback de los Wildcats, el equipo de fútbol americano del instituto.

Trent dedicó a Simone esa sonrisa lenta que tiempo atrás le derretía el corazón y acto seguido, de forma deliberada, deslizó la mano por la espalda de Tiffany hasta el trasero y ahí la dejó.

Cuando Trent le susurró algo al oído, Tiffany volvió la cabeza. Esbozó una sonrisa burlona con sus labios perfectos de brillo recién aplicado.

Tenía el corazón roto y Trent había dejado un vacío en su vida, pero Simone seguía pareciéndose demasiado a su abuela para tolerar ese tipo de insulto.

Le devolvió la sonrisa desdeñosa y levantó el dedo corazón. Mi dejó escapar una risita ahogada.

—Bien hecho, Rizzo.

Pese a que se le aceleró el corazón, Simone se obligó a observar a Trent y a Tiffany mientras se sentaban tres filas más adelante y, sin perder un segundo, comenzaban a enrollarse.

—Todos los hombres quieren sexo —dijo Tish sabiamente—. Vale, ¿por qué no iban a querer sexo? Pero cuando es lo único que quieren, no merecen la pena.

—Somos mejores que ella. —Mi pasó a Tish sus bombones de menta y su Coca-Cola—. Porque Tiffany no tiene nada más.

—Tienes razón. —Quizá a Simone le escocieran un poco los ojos, pero el corazón le ardía, y aquella quemadura la estaba sanando. Dio a Tish sus palomitas—. Iré a la fiesta de Allie.

Tish soltó una carcajada deliberadamente socarrona y ruidosa. Lo bastante para que Tiffany diera un respingo. Luego sonrió de oreja a oreja a Simone.

—Seremos las reinas de la fiesta.

Simone se colocó las palomitas entre los muslos y cogió de la mano a sus amigas.

—Os quiero, chicas.

Para cuando terminaron los anuncios, Simone ya había dejado de prestar atención a las siluetas de tres filas más abajo. O casi. Esperaba ponerse a rumiar durante la película —de hecho, planeaba hacerlo—, pero la trama la enganchó. Ewan McGregor era maravilloso, y le gustaba lo fuerte y valiente que parecía Scarlett Johansson.

Sin embargo, quince minutos más tarde se dio cuenta de que debería haber acompañado a Tish al baño —aunque habría sido un desastre con Tiffany, la del brillo de labios, ahí dentro— o haberse tomado con mucha más calma la Fanta.

Al cabo de veinte minutos, se rindió.

—Tengo que hacer pis —susurró.

—¡Venga ya! —susurró Mi.

—No tardo.

—¿Quieres que te acompañe?

Negó con la cabeza mirando a Tish y le dio las palomitas y la Fanta que le quedaban.

Salió de la fila de butacas arrastrando los pies y remontó el pasillo a toda prisa. Después de girar a la derecha, corrió hacia el baño de mujeres y abrió la puerta de un empujón.

Vacío, sin cola. Aliviada, entró en uno de los cubículos y reflexionó mientras vaciaba la vejiga.

Había gestionado bien la situación. A lo mejor CiCi tenía razón. A lo mejor estaba a punto de darse cuenta de que Trent era un imbécil.

Pero era muy guapo, y tenía esa sonrisa y...

—Da igual —murmuró—. Los imbéciles también pueden ser guapos.

Aun así, pensó en ello mientras se lavaba las manos y se estudiaba en el espejo que había sobre el lavabo.

Ella no tenía los largos rizos rubios de Tiffany, ni sus intensos ojos azules ni su cuerpo de escándalo. Simone era del montón, lo tenía claro.

Una melena castaña del montón en la que su madre no le dejaba darse reflejos. Ya vería cuando cumpliera los dieciocho y pudiera hacer lo que le diese la gana con su pelo. Ojalá no se lo hubiera recogido en una coleta aquella noche, porque de repente eso hizo que se sintiera una cría. Quizá se lo cortara. De punta y con una cresta. Quizá.

La boca demasiado grande, aunque Tish dijera que era sexy, a lo Julia Roberts.

Y los ojos

Recibe antes que nadie historias como ésta