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UN MILLóN DE PENSAMIENTOS

Om Swami  

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Fragmento

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

¿Alguna vez has abierto la puerta de la calle y entrado en tu casa después de unas vacaciones de dos o cuatro semanas? Te sale al encuentro el olor de una vivienda cerrada, un dulce aroma a polvo. Te tumbas en el sofá y dejas escapar un gran suspiro. Dices: «Hogar, dulce hogar.»

Por maravillosas que sean las vacaciones, a partir de cierto momento empiezas a echar de menos tu hogar. Quieres volver a un entorno conocido. Es posible que tu vivienda no sea la más suntuosa, que no tenga el lujo del servicio de habitaciones y la limpieza, y sin embargo, donde más cómodo estás es en tu propia casa. Hay una comodidad natural, una sensación de pertenencia, una suerte de libertad distinta. Está por encima de los lujos de los hoteles de cinco estrellas.

Lo mismo se puede decir de nuestra alma. Nuestro cuerpo no es su hogar permanente. Nuestra conciencia individual está tratando eternamente de fusionarse con la conciencia suprema. Quiere volver a casa. Quizá no sea una oradora lo bastante elocuente para decírtelo con tanta claridad, pero es lo que quiere hacer. Porque somos seres con una inmensa libertad y un potencial infinito, y aquí estamos atrapados en las mezquinas tendencias y deseos de nuestra mente y nuestro cuerpo.

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El alma quiere remontarse a su origen. Es la ley más fundamental de la naturaleza, de la creación y la destrucción: todo debe volver a su origen. Es posible que nuestro cuerpo sea temporal, nuestras mentes estén condicionadas, nuestra conciencia sea un viajero receloso, pero nuestra alma sabe el sitio que le corresponde.

Por eso todo el mundo en algún momento de su vida, se ve obligado a pensar en el sentido de esa vida. Todo aquel que haya experimentado al menos un instante de plenitud emprende un viaje más grande que su existencia individual. Ese viaje puede ser la evolución de Einstein o la pasión de Jesucristo; puede ser el camino de Buda o el moksha de los Vedas.

Es posible que hayamos olvidado nuestra auténtica naturaleza, pero nuestra alma —eterna y sin tacha— quiere volver a casa. Hasta que le muestres el camino, no desaparecerá la inquietud de tu vida. No hay placer ni relación que pueda ofrecerte la plenitud permanente porque todos estamos de vacaciones, y echamos de menos nuestro hogar.

Meditar es volver a casa. Es volver al origen, al lugar que te corresponde, de manera que ya no eres lo que la gente te dice que eres, ni lo que el mundo te ha hecho creer, ni siquiera lo que piensas de ti mismo. En cambio, es descubrirte a ti mismo, acceder a tu fuente primaria de la que manan sin cesar dicha, alegría y regocijo. También es descubrir tu hogar original, sin el mobiliario de los celos, la codicia, la envidia, el odio. Un hogar sin las paredes del ego y la ira. Un lugar donde el alma descansa en paz, donde la conciencia fluye sin trabas igual que el manso Ganges murmura un día soleado.

Déjame que te lleve a casa. Es un largo viaje, el camino es arduo, pero merece la pena hasta el último paso. Descubrirás que la felicidad no es un objetivo a conseguir, es una sensación. De camino a tu hogar, verás que la libertad no es una búsqueda, es un estado. Entenderás que ni el mejor complejo turístico puede ser tu hogar. Pues, como dijo Shiva, el yogui más destacado: «Las cosas no son lo que parecen, oh, Diosa, pues este mundo es como un sueño.»[2]

Cuando llegues a casa, te darás cuenta de que tu aposento de dicha siempre ha estado allí. Después de todo, es tu hogar.

Prólogo

Prólogo

Igual que una polilla se precipita al fuego sin importarle lo que ocurra, todos y cada uno de nosotros nos vemos atraídos por una luz. Es una atracción innata. Nos impulsa a aspirar constantemente a una sensación de mayor plenitud. Al margen de cómo la desees y de si te gusta o no, lo cierto es que no se puede huir de los dos elementos más fundamentales de la vida humana. La búsqueda de la felicidad y el afán de libertad. Desde el pecador al santo, desde el mendigo al multimillonario, todos y cada uno nos esforzamos por alcanzar la felicidad y la libertad. ¿Y por qué no? Después de todo, ser feliz y libre produce una inmensa sensación de poder.

Todo lo que hacemos y la mayor parte de las cosas que pensamos tienen como objetivo sentirnos más felices y libres. Todos y cada uno de nuestros actos van dirigidos a evitar el sufrimiento. Y aun así, cuanto más nos esforzamos por alcanzar la plenitud, más esclavizados nos sentimos. El punto de vista védico y mi observación personal reflejan que el sufrimiento es el resultado de la ausencia de armonía en nuestra vida. Lo que queremos de la vida o de otros no está sincronizado con nuestros actos, palabras y pensamientos; nos sentimos sumamente inquietos e insatisfechos. En este sentido, me viene a la memoria una hermosa leyenda tántrica que oí a un maestro durante uno de mis viajes. Era un buen relato y me ha acompañado. Lo parafraseo aquí con mis propias palabras.

Según la leyenda, hubo un tiempo en que Shiva —el primer meditador— vagaba por la tierra con su consorte, Devi. Del mismo modo que una preciosa luna disipa suavemente la oscuridad de la noche, Shiva el de piel clara caminaba por las calles dejando tras de sí las huellas de su divinidad. El gran yogui se fijó en la decadencia y la pobreza en que estaba sumido el pueblo.

Se detuvieron en la casa de un campesino pobre. Le dolía el cuerpo de trabajar duro todo el día. No había cosechado prácticamente nada en las últimas dos estaciones y estaba enfadado con su mujer porque no le había preparado nada de comer. Ella decía que no había nada que cocinar y se peleaban como si se odiasen. El hombre perdió los estribos y le pegó a su mujer.

Devi se estremeció de dolor e incredulidad. Estaba a punto de manifestarse y matar al hombre, pero Shiva la detuvo.

«Las cosas no son lo que parecen, Uma —dijo—. La naturaleza debe seguir su curso.»

Justo entonces la mujer, en un acceso de ira, cogió la hoz que usaba a diario para segar la hierba y le cortó la mano al marido que, incapaz de soportar el dolor, lanzó un aullido y se derrumbó inconsciente.

«Este hombre había usurpado las tierras de su hermano —explicó Shiva—: Su propio karma le está dando alcance. Y la mujer también había ganado hoy algo de dinero vendiendo heno. Pero, llevada por el cariño, se lo ha dado al inútil de su hijo, que ahora se está acostando con una prostituta.»

Devi estaba al tanto de que a Shiva no se le ocultaba nada. Guardó silencio y se limitó a seguirle.

Unas manzanas más allá, vieron a un contable que no hacía más que dar vueltas en la cama. Aquejado de un grave insomnio, era incapaz de conciliar el sueño. Furioso e impotente, se levantó y se tomó media botella de una bebida alcohólica para poder dormir. En su casa había una energía depresiva. Estaba su esposa, tenían hijos, poseían recursos, y aun así el tejido esencial de la felicidad —la sensación de pertenencia— estaba ausente por completo.

—Seguro que este hombre no merece pasar las noches en vela —señaló Devi—. Dona al templo todos los meses y te invoca todas las mañanas.

—Las cosas no son lo que parecen —dijo Shiva con benevolencia—. Falsea la contabilidad de sus clientes para que evadan impuestos. A cambio, ellos le pagan más.

A instancias de Devi, visitaron numerosos hogares, incluso el palacio del rey. Unos eran solitarios, otros tristes, en unos discutían y en otros conspiraban. Muy pocos dormían en paz, y menos aún permanecían despiertos en paz. Todo el mundo sufría de algún modo.

Afligida por la triste condición humana, Devi preguntó:

—¿Por qué es el hombre tan desdichado, Señor? ¿Es porque siempre quiere más de lo que tiene?

—La evolución es el dharma de la Naturaleza —dijo Shiva, que adoptó su postura de meditación—. El deseo de crecer está arraigado en todos los seres vivos, desde la hormiga al elefante, desde una diminuta semilla al inmenso baniano.

—¿De qué les sirve su deseo si pasan la mayor parte de su vida sumidos en la desdicha?

—El problema no estriba en el deseo en sí. El hombre sufre porque está muy disperso.

Devi guardó silencio, pues no acababa de entender a qué se refería Shiva con la palabra «disperso».

—Su conciencia está dirigida hacia un lugar y el prana, la fuerza vital, está dirigida hacia otra parte. Sus pensamientos van en dirección opuesta a sus actos. Su mente quiere una cosa mientras que su corazón aspira a algo totalmente distinto. Dedica su energía a esfuerzos que están reñidos con sus emociones.

»La razón por la que es desdichado el hombre es que sus pensamientos, palabras y actos no están en armonía —continuó Shiva—. Todo lo que no está en armonía en el devenir de la naturaleza o bien es eliminado por completo o bien se ve obligado a integrarse. El sufrimiento es integración.

—Perdona que insista, Nath —dijo Devi—, pero creo que es esencial para el bienestar humano. ¿Quieres decir que aquel cuyos pensamientos, palabras y actos están en armonía no sufre?

—Para una persona así, sufrir no tiene mayor impacto que el de un paño de seda contra la piel de un elefante.

—Entonces, ¿cómo se puede alcanzar la armonía?

—¡La meditación, la compasión y el desapego conducen a la liberación, oh, Devi! —Shiva la miró cariñosamente con sus ojos delicados, tranquilos y compasivos—. Nada es imposible para quien recorre el sendero de la meditación.

Lo que comparto aquí contigo es la meditación que se ha transmitido desde el primer meditador, Shiva, a un linaje ininterrumpido de siddhas a lo largo de incontables años. Según la tradición yóguica, Shiva no es un mito sino el primer gurú.

El camino de la meditación al que me refiero no es un ejercicio de cinco minutos para sentirse bien. Es un enfoque sistemático para eliminar las tendencias que has estado arrastrando durante infinidad de vidas. Nos enfadamos cuando no queremos, nos extraviamos incluso cuando nuestras intenciones son las más acertadas. Engañamos, mentimos, hacemos trampas, nos ponemos una máscara de falsedad. Salimos luciendo una sonrisa para impresionar al prójimo, conscientes pero al mismo tiempo ignorantes de que los demás van en el mismo barco. Aun así, decimos cosas que preferiríamos no decir, hacemos cosas que preferiríamos no hacer. ¿Por qué? Nuestras tendencias alimentan, si no crean, nuestras costumbres, deseos y temperamento. Alguien con tendencia a dominar tiene la necesidad de acaparar más poder. Una persona que tiende a buscar atención siente el deseo de ser más famosa. Alguien con tendencia natural a la posesividad tiene más celos. Un hombre nacido con tendencia a padecer carencias siente más envidia que los demás.

Nuestras propensiones, impresiones de conciencia o, digámoslo así, tendencias, están en la raíz de nuestros deseos. Nos impulsan a pasar a los actos. El resultado de nuestros actos determina que alcancemos o no nuestros deseos, que a su vez impulsan nuestras emociones. Y nuestro estado emocional nos hace sentir lo que sentimos hacia nosotros mismos, los demás y el mundo que nos rodea.

Un día nos sentimos llenos de energía y al siguiente nos sentimos decrépitos. Un momento nos sentimos felices a más no poder y al siguiente estamos apesadumbrados. Nos ocurre aunque nuestras circunstancias no cambien en absoluto. Con la misma vida, la misma pareja, el mismo trabajo y demás, unos días te sientes contento y satisfecho y otro día, en las mismas circunstancias, te sientes inútil por completo, quizás incluso tienes pensamientos suicidas. Este vaivén de emociones le arrebata la vida a cualquiera, dejándole a merced de sus pensamientos y reacciones. Atrapado entre las cuatro paredes de la mente, el inmenso potencial que todos tenemos se marchita con el tiempo. Muy pocos son capaces de tomar las riendas del poder de la mente, desencadenar sus secretos y llevar una vida de plenitud y realización. Nosotros, que somos criaturas de inmensos océanos, nos resignamos a nuestra suerte en el pozo.

La meditación tiene que ver con salir del charco de la negatividad y alcanzar el lago de la dicha. La auténtica meditación no consiste solo en dejar la mente en blanco. Hasta una buena película de suspense pued ...