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UNA DUDA RAZONABLE (DETECTIVE WILLIAM MONK 4)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Cuando la mujer entró en el despacho, Monk pensó que le plantearía un nuevo caso de robo de escasa importancia o la investigación de la personalidad y la posición económica de algún pretendiente. Aunque así fuera, tampoco podría permitirse el lujo de rechazar el trabajo. Lady Callandra Daviot, su benefactora, le proporcionaba los recursos suficientes para procurarse un techo y comida caliente dos veces al día, pero su honor y amor propio le exigían aprovechar todas las oportunidades posibles para salir adelante por sus propios medios.

La nueva clienta vestía con elegancia y llevaba una cofia pulcra y bonita. El miriñaque y los amplios faldones acentuaban su fino talle, además de otorgarle una apariencia frágil y juvenil, aunque rondaba la treintena. Cierto que la moda del momento intentaba causar ese efecto en todas las mujeres, y desde luego el resultado era impactante. De hecho, en muchos hombres despertaba el deseo de protegerlas y cierta sensación de gallardía presuntuosa.

—¿Señor Monk? —preguntó ella con indecisión—. ¿Señor William Monk?

Estaba acostumbrado a que las personas lo abordaran con nerviosismo en su primera cita. Contratar a un detective no era tarea fácil. La mayor parte de los asuntos que los llevaban a solicitar sus servicios eran de carácter eminentemente privado.

Monk se puso en pie e intentó adoptar una expresión cordial sin demostrar una familiaridad excesiva. No le resultaba sencillo, pues ni sus rasgos ni su personalidad se prestaban a ello.

—Sí, señora. Tome asiento, por favor. —Señaló uno de los dos sillones, cuya compra para el despacho había sugerido Hester Latterly, su amiga en algunas ocasiones, antagonista en otras, y a menudo colaboradora, le gustara o no. Sin embargo, debía reconocer que esa idea en concreto había sido buena.

La mujer, sin quitarse el chal que le cubría los hombros, se sentó casi en el borde del asiento con la espalda muy erguida y la cara pálida y tensa por la preocupación. Sus bellos y rasgados ojos color avellana lo miraban con fijeza.

—¿En qué puedo servirla? —Monk se arrellanó en el otro sillón, frente a ella, con las piernas cruzadas. Había pertenecido al cuerpo de policía hasta que una fuerte disputa provocó su dimisión. Brillante, mordaz y despiadado a veces, Monk no estaba habituado a hacer que la gente se sintiera cómoda en su presencia ni a tratarla con excesiva cortesía. Era ése un arte que trataba de aprender, aunque le resultaba difícil, y que había decidido poner en práctica por mera necesidad.

Ella se mordió el labio inferior y respiró hondo antes de a hablar.

—Me llamo Julia Penrose o, para ser exactos, soy la señora de Audley Penrose. Vivo con mi esposo y mi hermana pequeña al sur de Euston Road... —Hizo una pausa, como si considerara que el dato era importante y quisiera asegurarse de que él conocía la zona.

—Un barrio muy agradable. —Monk asintió. Dedujo que vivía en una casa de tamaño mediano, con jardín, tenía dos o tres criados a su servicio. Con toda probabilidad le pediría que investigara un robo perpetrado en su hogar o a algún pretendiente de la hermana que no gozaba de su plena confianza.

La mujer bajó la mirada hacia sus manos, pequeñas pero fuertes bajo los delicados guantes. Vaciló por un instante.

Monk comenzaba a perder la paciencia.

—¿Qué la ha traído aquí, señora Penrose? Si no me lo explica, no podré ayudarla.

—Sí, sí, ya lo sé —repuso ella con voz queda—. No me resulta fácil, señor Monk. Soy consciente de que le hago perder el tiempo y le ruego que me disculpe...

—Descuide —dijo él a regañadientes.

La señora Penrose levantó la mirada. Estaba pálida pero sus ojos despedían un brillo intenso. Realizó un esfuerzo tremendo para hablar.

—Mi hermana ha sido... víctima de una agresión sexual, señor Monk. Deseo saber quién lo hizo.

Así pues, no se trataba de un asunto trivial.

—Lo siento —dijo Monk con delicadeza y sinceridad. No era necesario preguntar por qué no había avisado a la policía. A nadie se le ocurriría hacer público un hecho semejante. Una agresión sexual, del grado que fuera, suscitaba en la sociedad, cuando menos, una curiosidad lasciva y, en el peor de los casos, la convicción de que en cierto modo la mujer merecía correr tal suerte. Con frecuencia la víctima llegaba incluso a sentirse culpable, persuadida de que tales cosas no les ocurrían a las personas inocentes. Tal vez fuera el modo que la gente corriente tenía de enfrentarse al horror que tal acción engendraba, el temor a sufrir un acto similar. Si la mujer atacada tenía parte de culpa, las justas y prudentes evitarían ser víctimas de tales conductas. La solución era muy sencilla.

—Quiero que descubra quién lo hizo, señor Monk —repitió ella, mirándolo con seriedad.

—¿Y si lo consigo, señora Penrose? —le preguntó Monk—. ¿Ha pensado qué acción emprenderá? Puesto que no ha avisado a la policía, deduzco que no desea presentar una denuncia...

El rostro de la señora Penrose, de tez clara, adoptó un tono aún más pálido.

—No, por supuesto que no —confirmó ella con voz ronca—. Ya sabe usted cómo sería un juicio de esa índole. Me temo que podría llegar a ser incluso peor que el... el acto en sí, y sin duda fue horroroso. —Meneó la cabeza—. ¡No, de ninguna manera! ¿Imagina la reacción de la gente ante una...?

—Sí. Es más, las posibilidades de que condenen al culpable son escasas, a menos que sufra graves lesiones. ¿Su hermana resultó herida, señora Penrose?

Ella bajó la mirada y un tímido rubor asomó a sus mejillas.

—No, no; no resultó herida de una forma que ahora pueda demostrarse —susurró—. ¿Entiende a qué me refiero? Preferiría no... hablar; sería poco discreto por mi parte...

—Comprendo —repuso Monk. Por supuesto que lo entendía.

No tenía la certeza de que la joven en cuestión hubiera sido violada; tal vez había contado esa mentira a su hermana mayor para dar cuenta de un desliz. En todo caso, sentía una profunda compasión por la mujer que había acudido en su ayuda. Fuera lo que fuese lo ocurrido, en aquellos momentos se enfrentaba a una tragedia en ciernes.

Ella lo observó con esperanza y cierta incertidumbre.

—¿Puede ayudarnos, señor Monk? Por lo menos... por lo menos hasta que se me acabe el dinero. He ahorrado un poco de mi asignación para vestuario y puedo pagarle hasta veinte libras. —No deseaba ofenderlo ni ponerse en evidencia, pero no sabía cómo evitar ni lo uno ni lo otro.

Monk sintió una punzada de piedad, lo que era poco habitual en él. Había sido testigo de tanto sufrimiento, casi siempre mayor que el de Julia Penrose, que hacía ya tiempo que su capacidad para conmoverse ante tales atrocidades se había agotado.

Así pues, se había protegido con una armadura de ira que le ayudaba a conservar la cordura. La ira era la fuerza motriz de sus actos; podía conjurarla, lo que lo dejaba tan exhausto al término de la jornada que no le costaba conciliar el sueño.

—Sí, esa cantidad será suficiente —afirmó—. Supongo que ha preguntado a su hermana por la identidad del agresor y ella no logró reconocerlo.

—Por supuesto. Como es natural, le cuesta acordarse de los detalles de lo sucedido; la naturaleza nos ayuda a alejar de la mente todo aquello cuyo recuerdo nos causa dolor.

—Lo sé —repuso Monk en tono severo y un tanto sarcástico que ella no acertó a comprender. Hacía poco menos de un año, en el verano de 1856, cuando la guerra de Crimea tocaba a su fin, el carruaje en que viajaba sufrió un accidente y él despertó en una estrecha y lúgubre cama de hospital, ante la posibilidad de que se tratara de un asilo de pobres y sin recordar nada de sí mismo, ni siquiera su nombre.

No había duda de que la amnesia se debía a la herida que tenía en la cabeza, pero cuando hubo recuperado algunos recuerdos siguió sintiendo un horror que le impedía rescatar otras facetas de su personalidad, porque le atemorizaba descubrir algo insoportable. Había reconstruido poco a poco su pasado. No obstante, quedaban muchas lagunas, intuía ciertas cosas pero no las recordaba con certeza. La mayor parte de lo que había averiguado le había apesadumbrado. El hombre que había trascendido no era demasiado agradable y temía lo que aún no había desvelado: muestras de crueldad, de ambición, de brillantez despiadada. Sí, conocía muy bien la necesidad de olvidar lo que la mente o el corazón se negaban a aceptar.

Ella lo miraba con sorpresa y preocupación creciente.

Monk se recompuso enseguida.

—Sí, por supuesto, señora Penrose. Es natural que su hermana haya borrado de su memoria un acontecimiento tan atroz. ¿Le ha comunicado que tenía intención de requerir mis servicios?

—Oh, claro —se apresuró a responder ella—. No tendría sentido hacerlo a sus espaldas. La idea no le agradó demasiado, pero es consciente de que constituye la mejor solución. —Se inclinó ligeramente—. Si quiere que le sea sincera, señor Monk, creo que se sintió tan aliviad

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