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UNA DUDA RAZONABLE (DETECTIVE WILLIAM MONK 4)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Cuando la mujer entró en el despacho, Monk pensó que le plantearía un nuevo caso de robo de escasa importancia o la investigación de la personalidad y la posición económica de algún pretendiente. Aunque así fuera, tampoco podría permitirse el lujo de rechazar el trabajo. Lady Callandra Daviot, su benefactora, le proporcionaba los recursos suficientes para procurarse un techo y comida caliente dos veces al día, pero su honor y amor propio le exigían aprovechar todas las oportunidades posibles para salir adelante por sus propios medios.

La nueva clienta vestía con elegancia y llevaba una cofia pulcra y bonita. El miriñaque y los amplios faldones acentuaban su fino talle, además de otorgarle una apariencia frágil y juvenil, aunque rondaba la treintena. Cierto que la moda del momento intentaba causar ese efecto en todas las mujeres, y desde luego el resultado era impactante. De hecho, en muchos hombres despertaba el deseo de protegerlas y cierta sensación de gallardía presuntuosa.

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—¿Señor Monk? —preguntó ella con indecisión—. ¿Señor William Monk?

Estaba acostumbrado a que las personas lo abordaran con nerviosismo en su primera cita. Contratar a un detective no era tarea fácil. La mayor parte de los asuntos que los llevaban a solicitar sus servicios eran de carácter eminentemente privado.

Monk se puso en pie e intentó adoptar una expresión cordial sin demostrar una familiaridad excesiva. No le resultaba sencillo, pues ni sus rasgos ni su personalidad se prestaban a ello.

—Sí, señora. Tome asiento, por favor. —Señaló uno de los dos sillones, cuya compra para el despacho había sugerido Hester Latterly, su amiga en algunas ocasiones, antagonista en otras, y a menudo colaboradora, le gustara o no. Sin embargo, debía reconocer que esa idea en concreto había sido buena.

La mujer, sin quitarse el chal que le cubría los hombros, se sentó casi en el borde del asiento con la espalda muy erguida y la cara pálida y tensa por la preocupación. Sus bellos y rasgados ojos color avellana lo miraban con fijeza.

—¿En qué puedo servirla? —Monk se arrellanó en el otro sillón, frente a ella, con las piernas cruzadas. Había pertenecido al cuerpo de policía hasta que una fuerte disputa provocó su dimisión. Brillante, mordaz y despiadado a veces, Monk no estaba habituado a hacer que la gente se sintiera cómoda en su presencia ni a tratarla con excesiva cortesía. Era ése un arte que trataba de aprender, aunque le resultaba difícil, y que había decidido poner en práctica por mera necesidad.

Ella se mordió el labio inferior y respiró hondo antes de a hablar.

—Me llamo Julia Penrose o, para ser exactos, soy la señora de Audley Penrose. Vivo con mi esposo y mi hermana pequeña al sur de Euston Road... —Hizo una pausa, como si considerara que el dato era importante y quisiera asegurarse de que él conocía la zona.

—Un barrio muy agradable. —Monk asintió. Dedujo que vivía en una casa de tamaño mediano, con jardín, tenía dos o tres criados a su servicio. Con toda probabilidad le pediría que investigara un robo perpetrado en su hogar o a algún pretendiente de la hermana que no gozaba de su plena confianza.

La mujer bajó la mirada hacia sus manos, pequeñas pero fuertes bajo los delicados guantes. Vaciló por un instante.

Monk comenzaba a perder la paciencia.

—¿Qué la ha traído aquí, señora Penrose? Si no me lo explica, no podré ayudarla.

—Sí, sí, ya lo sé —repuso ella con voz queda—. No me resulta fácil, señor Monk. Soy consciente de que le hago perder el tiempo y le ruego que me disculpe...

—Descuide —dijo él a regañadientes.

La señora Penrose levantó la mirada. Estaba pálida pero sus ojos despedían un brillo intenso. Realizó un esfuerzo tremendo para hablar.

—Mi hermana ha sido... víctima de una agresión sexual, señor Monk. Deseo saber quién lo hizo.

Así pues, no se trataba de un asunto trivial.

—Lo siento —dijo Monk con delicadeza y sinceridad. No era necesario preguntar por qué no había avisado a la policía. A nadie se le ocurriría hacer público un hecho semejante. Una agresión sexual, del grado que fuera, suscitaba en la sociedad, cuando menos, una curiosidad lasciva y, en el peor de los casos, la convicción de que en cierto modo la mujer merecía correr tal suerte. Con frecuencia la víctima llegaba incluso a sentirse culpable, persuadida de que tales cosas no les ocurrían a las personas inocentes. Tal vez fuera el modo que la gente corriente tenía de enfrentarse al horror que tal acción engendraba, el temor a sufrir un acto similar. Si la mujer atacada tenía parte de culpa, las justas y prudentes evitarían ser víctimas de tales conductas. La solución era muy sencilla.

—Quiero que descubra quién lo hizo, señor Monk —repitió ella, mirándolo con seriedad.

—¿Y si lo consigo, señora Penrose? —le preguntó Monk—. ¿Ha pensado qué acción emprenderá? Puesto que no ha avisado a la policía, deduzco que no desea presentar una denuncia...

El rostro de la señora Penrose, de tez clara, adoptó un tono aún más pálido.

—No, por supuesto que no —confirmó ella con voz ronca—. Ya sabe usted cómo sería un juicio de esa índole. Me temo que podría llegar a ser incluso peor que el... el acto en sí, y sin duda fue horroroso. —Meneó la cabeza—. ¡No, de ninguna manera! ¿Imagina la reacción de la gente ante una...?

—Sí. Es más, las posibilidades de que condenen al culpable son escasas, a menos que sufra graves lesiones. ¿Su hermana resultó herida, señora Penrose?

Ella bajó la mirada y un tímido rubor asomó a sus mejillas.

—No, no; no resultó herida de una forma que ahora pueda demostrarse —susurró—. ¿Entiende a qué me refiero? Preferiría no... hablar; sería poco discreto por mi parte...

—Comprendo —repuso Monk. Por supuesto que lo entendía.

No tenía la certeza de que la joven en cuestión hubiera sido violada; tal vez había contado esa mentira a su hermana mayor para dar cuenta de un desliz. En todo caso, sentía una profunda compasión por la mujer que había acudido en su ayuda. Fuera lo que fuese lo ocurrido, en aquellos momentos se enfrentaba a una tragedia en ciernes.

Ella lo observó con esperanza y cierta incertidumbre.

—¿Puede ayudarnos, señor Monk? Por lo menos... por lo menos hasta que se me acabe el dinero. He ahorrado un poco de mi asignación para vestuario y puedo pagarle hasta veinte libras. —No deseaba ofenderlo ni ponerse en evidencia, pero no sabía cómo evitar ni lo uno ni lo otro.

Monk sintió una punzada de piedad, lo que era poco habitual en él. Había sido testigo de tanto sufrimiento, casi siempre mayor que el de Julia Penrose, que hacía ya tiempo que su capacidad para conmoverse ante tales atrocidades se había agotado.

Así pues, se había protegido con una armadura de ira que le ayudaba a conservar la cordura. La ira era la fuerza motriz de sus actos; podía conjurarla, lo que lo dejaba tan exhausto al término de la jornada que no le costaba conciliar el sueño.

—Sí, esa cantidad será suficiente —afirmó—. Supongo que ha preguntado a su hermana por la identidad del agresor y ella no logró reconocerlo.

—Por supuesto. Como es natural, le cuesta acordarse de los detalles de lo sucedido; la naturaleza nos ayuda a alejar de la mente todo aquello cuyo recuerdo nos causa dolor.

—Lo sé —repuso Monk en tono severo y un tanto sarcástico que ella no acertó a comprender. Hacía poco menos de un año, en el verano de 1856, cuando la guerra de Crimea tocaba a su fin, el carruaje en que viajaba sufrió un accidente y él despertó en una estrecha y lúgubre cama de hospital, ante la posibilidad de que se tratara de un asilo de pobres y sin recordar nada de sí mismo, ni siquiera su nombre.

No había duda de que la amnesia se debía a la herida que tenía en la cabeza, pero cuando hubo recuperado algunos recuerdos siguió sintiendo un horror que le impedía rescatar otras facetas de su personalidad, porque le atemorizaba descubrir algo insoportable. Había reconstruido poco a poco su pasado. No obstante, quedaban muchas lagunas, intuía ciertas cosas pero no las recordaba con certeza. La mayor parte de lo que había averiguado le había apesadumbrado. El hombre que había trascendido no era demasiado agradable y temía lo que aún no había desvelado: muestras de crueldad, de ambición, de brillantez despiadada. Sí, conocía muy bien la necesidad de olvidar lo que la mente o el corazón se negaban a aceptar.

Ella lo miraba con sorpresa y preocupación creciente.

Monk se recompuso enseguida.

—Sí, por supuesto, señora Penrose. Es natural que su hermana haya borrado de su memoria un acontecimiento tan atroz. ¿Le ha comunicado que tenía intención de requerir mis servicios?

—Oh, claro —se apresuró a responder ella—. No tendría sentido hacerlo a sus espaldas. La idea no le agradó demasiado, pero es consciente de que constituye la mejor solución. —Se inclinó ligeramente—. Si quiere que le sea sincera, señor Monk, creo que se sintió tan aliviada porque no llamé a la policía que aceptó mi sugerencia sin el menor reparo.

Aunque no era un halago, Monk se sintió complacido porque durante algún tiempo no había podido permitirse alimentar su amor propio.

—En ese caso deduzco que no se negará a recibirme —dijo.

—Oh, no, aunque debo rogarle que sea lo más respetuoso posible. —La señora Penrose se ruborizó y miró fijamente al detective. Su fino mentón transmitía una firmeza curiosa. Su rostro era muy femenino y delicado, pero no denotaba debilidad alguna—. Mire, señor Monk, ésa es la gran diferencia que existe entre usted y la policía. Disculpe mi descortesía al decirlo, pero la policía es un servicio público, y la ley especifica cómo deben llevarse a cabo las investigaciones. A usted, en cambio, le pagaré, por lo que puedo exigirle que detenga las pesquisas en cuanto considere que es la mejor decisión desde el punto de vista moral, o la menos perjudicial. Espero que no le moleste que establezca esta distinción.

Ni mucho menos. Monk sonreía para sus adentros. Era la primera vez que sentía una chispa de verdadero respeto por Julia Penrose.

—Acepto su opinión de buen grado, señora —aseguró al tiempo que se ponía en pie—. Tengo la obligación moral y legal de denunciar un delito si poseo pruebas del mismo, pero en el caso de una violación... Siento utilizar una palabra tan horrible, pero deduzco que estamos hablando de una violación, ¿no?

—Sí —musitó la mujer sin disimular su desasosiego.

—En ese caso, es necesario que la víctima presente una demanda y testifique, por lo que el asunto dependerá exclusivamente de su hermana. Los hechos que consiga descubrir estarán a su entera disposición.

—Excelente. —La dama se levantó también y los aros de su amplia falda recuperaron su posición original, lo que le otorgó de nuevo un aspecto frágil—. Supongo que empezará de inmediato.

—Esta misma tarde, si se me permite visitar a su hermana. Todavía no me ha dicho su nombre.

—Marianne, Marianne Gillespie. Sí, esta tarde podrá recibirlo.

—Me ha comentado que había ahorrado una suma considerable de su asignación para vestuario. ¿Hace mucho tiempo que sucedió? —preguntó Monk.

—Diez días —respondió—. Recibo mi asignación cada tres meses. Da la casualidad de que he sido prudente y aún no había gastado la del trimestre anterior.

—Gracias, pero no es necesario que me dé tantas explicaciones, señora Penrose. Sólo quería conocer la fecha de la agresión.

—Por supuesto que no es necesario, pero quiero que sepa que soy sincera con usted, señor Monk. De lo contrario, no podría pretender que me ayudase. Confío en usted y espero merecer su confianza.

De pronto esbozó una sonrisa que iluminó su rostro de forma encantadora por su espontaneidad y franqueza. En ese momento Monk pensó que Julia Penrose le agradaba más de lo que había previsto por su aspecto, propio de una mujer remilgada y predecible en exceso: los faldones con gran miriñaque, que tanto dificultaban el movimiento y tan incómodos resultaban, la pulcra cofia que odiaba sobremanera, los guantes blancos y su actitud recatada. Había establecido un juicio precipitado, algo que desdeñaba en los demás y en él en mayor grado.

—¿Su dirección? —preguntó de inmediato.

—Hastings Street, número 14 —respondió ella.

—Una pregunta más. Dado que es usted quien ha requerido mis servicios, ¿debo suponer que su esposo no está al corriente de lo ocurrido?

La mujer se mordió el labio inferior y no pudo evitar ruborizarse.

—Está en lo cierto —respondió—. Debo rogarle que actúe con la mayor discreción posible.

—¿Cómo justificaré mi presencia en la casa, si me encuentro con él?

—Oh. —Ella quedó desconcertada por un instante—. ¿Por qué no viene cuando él no esté? Trabaja todos los días laborables desde las nueve de la mañana hasta, como mínimo, las cuatro y media de la tarde. Es arquitecto. A veces regresa muy tarde.

—Me parece lo más conveniente. No obstante preferiría tener algo preparado para decirle en el caso de que coincidamos. Por lo menos debemos ponernos de acuerdo en lo que decimos.

La señora Penrose cerró los ojos por un instante.

—Hace que parezca... un engaño, señor Monk. No tengo ninguna intención de mentir al señor Penrose, pero este asunto es tan angustioso que Marianne preferiría que no llegara a sus oídos. Seguirá viviendo en nuestra casa, ¿entiende? —De repente lo miró con una intensidad inesperada—. Después de la agresión que ha sufrido, la única posibilidad de que recupere la seguridad en sí misma, la tranquilidad y una mínima sensación de felicidad es el olvido. ¿Cómo lo conseguirá si cada vez que se sienta a la mesa sabe que el hombre que tiene delante está al corriente de su vergüenza? ¡Resultaría insoportable!

—Sin embargo, usted lo sabe, señora Penrose —señaló él, aun cuando era consciente de que el caso era distinto.

Ella esbozó una débil sonrisa.

—Soy una mujer, señor Monk. Creo que no es necesario que le explique que eso establece unos lazos muy especiales entre nosotras. A Marianne no le importa que yo lo sepa. Con Audley sería muy diferente, por muy discreto que sea, estamos hablando de un hombre, y eso no se puede cambiar.

Monk no tenía nada que responder a propósito de ese comentario.

—¿Qué quiere que le diga para explicar mi presencia? —preguntó.

—No... no estoy segura. —La mujer se mostró inquieta, enseguida recuperó la calma. Miró a Monk de arriba abajo: su rostro enjuto y de piel tersa, sus ojos penetrantes y su boca grande, su atuendo elegante y caro. Todavía conservaba los trajes de calidad que había adquirido cuando era inspector en jefe del cuerpo de policía londinense y sólo debía preocuparse de su manutención, antes de su última y virulenta pelea con Runcorn.

Él esperó con cierta actitud mordaz.

Resultó evidente que ella le dio el visto bueno.

—Puede decir que tenemos un amigo en común y desea presentarnos sus respetos —sugirió con decisión.

—¿Qué amigo? —Monk enarcó las cejas—. Deberíamos ponernos de acuerdo al respecto.

—Mi primo Albert Finnister. Es bajo y rollizo, vive en Halifax y es propietario de una fábrica de tejidos de lana. Mi esposo no lo conoce ni es probable que llegue a conocerlo. El que quizás usted nunca haya estado en Yorkshire no reviste mayor importancia. Pueden haber trabado amistad en cualquier otro sitio, excepto en Londres, porque a Audley le extrañaría que no nos hubiera visitado.

—Conozco Yorkshire —declaró Monk mientras disimulaba una sonrisa—. Halifax servirá. La visitaré esta tarde, señora Penrose.

—Muchas gracias. Que tenga usted un buen día, señor Monk.

Tras inclinar la cabeza, la señora Penrose esperó a que le abriera la puerta y salió de la casa con la espalda recta y la cabeza alta. Echó a andar por Fitzroy Street hacia el norte, en dirección a Euston Road, que se encontraba a unos cien metros de distancia.

Monk cerró la puerta y regresó al despacho. Se había trasladado allí hacía poco tiempo, tras dejar la pensión donde vivía antes, situada en la esquina de Grafton Street. Le había molestado la intromisión de Hester, que con su característica actitud prepotente le había sugerido que se mudara, pero cuando ella le explicó los motivos, él no tuvo más remedio que darle la razón. En Grafton Street, sus aposentos se encontraban al final de un tramo de escaleras, en la parte posterior del edificio. La casera era una mujer muy maternal, pero no estaba habituada a que Monk ejerciera su profesión con carácter privado y se mostraba un tanto reacia a acompañar a los posibles clientes a sus habitaciones. Es más, éstos tenían que pasar por delante de las puertas de los dormitorios de otros inquilinos, con quienes a veces se encontraban en las escaleras, el vestíbulo o el rellano. Su situación actual era mucho mejor. Una doncella recibía a los visitantes sin interesarse por el motivo que los había llevado allí y se limitaba a conducirlos a la agradable sala de estar de la planta baja. Aunque al comienzo aceptó el consejo a regañadientes, Monk reconocía que la mejora era considerable.

Ahora debía investigar la violación de que había sido víctima la señorita Marianne Gillespie, un asunto delicado y que suponía todo un reto para él y era mucho más digno de su categoría que un robo de poca monta o la reputación de un trabajador o pretendiente.

Era un día espléndido. Los rayos de sol de pleno estío calentaban las aceras y hacían de las plazas arboladas placenteros refugios contra la luz deslumbradora pero brumosa a causa del humo de las chimeneas que se alzaban en la distancia. Los carruajes pasaban traqueteando junto a Monk, animados por el tintineo de los arneses, ocupados por personas que habían salido a pasear o a hacer visitas por la tarde, los cocheros y los lacayos de librea, con el latón reluciente. El calor acentuaba el hedor de los excrementos de los caballos, y un barrendero de unos doce años que cruzaba la calle se secó la frente bajo la gorra caída.

Monk se dirigió hacia Hastings Street. Estaba a poco más de un kilómetro y medio de distancia y aprovecharía el paseo para reflexionar. Se alegraba de enfrentarse a un caso más complicado, que le permitiría poner a prueba su talento. Desde el juicio de Alexandra Carlyon no se había ocupado más que de asuntos triviales, que como inspector de policía habría asignado a cualquier agente novato.

Sin embargo, el caso Carlyon había sido distinto. Lo había puesto a prueba hasta límites insospechados. Lo recordaba con un cúmulo de sentimientos encontrados, triunfantes y dolorosos a la vez. Cuando lo rememoraba era inevitable pensar en Hermione y, de forma inconsciente, aligeró el paso, tensó los músculos del cuerpo y apretó los labios hasta formar una delgada línea. La primera vez que tuvo una breve visión de su rostro se asustó; un fragmento de su pasado incierto había vuelto, lo acechaba con ecos de amor, ternura y una angustia terrible. Sabía que la había amado, pero ignoraba cuándo, cómo y si ella le había correspondido, así como qué había sucedido entre ambos para que no quedara ningún rastro de su relación, cartas, ni fotografías.

A pesar de la falta de memoria, no había perdido su talento, firme e implacable. Así pues, consiguió localizarla. Encajó una pieza tras otra hasta encontrarse en la puerta de su domicilio y por fin la vio en carne y hueso: su rostro amable y casi infantil, sus ojos pardos, el halo de su cabellera. Entonces los recuerdos lo invadieron.

Se preguntó por qué se hacía daño deliberadamente. La desilusión se convirtió en ira, como si hubiera ocurrido hacía unos instantes, el lacerante conocimiento de que ella prefería la existencia cómoda de un amor a medias; las emociones que no suponían un desafío; el compromiso del cuerpo y la mente, pero no del corazón; siempre una especie de reserva para evitar la posibilidad de sentir verdadero dolor.

La ternura de Hermione no era compasiva sino acomodaticia. Carecía del valor suficiente para atreverse a tomar algo más que un sorbo de la vida; nunca experimentaría el deseo de vaciar la taza.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que chocó contra un anciano vestido con levita. Se disculpó con el mínimo de cortesía. El hombre se lo quedó mirando con furia, con el bigote erizado. Un landó abierto pasó junto a ellos con un grupo de muchachas apiñadas que prorrumpieron en risitas cuando una saludó con la mano a algún conocido. Los lazos de sus capotas ondeaban en el aire y sus enormes faldones hacían que pareciera que estaban sentadas sobre un montículo de cojines floreados.

Monk había resuelto no dedicar más tiempo a analizar las emociones de su pasado. Sabía más de lo que deseaba sobre Hermione y había descubierto o deducido lo suficiente sobre el hombre que había sido su benefactor y mentor, quien le habría introducido con éxito en el mundo del comercio de no haber sido víctima de una estafa, algo que Monk había intentado evitar con todas sus fuerzas sin el menor éxito. Fue entonces cuando, indignado ante tanta injusticia, había resuelto abandonar el comercio y entrar en el cuerpo de policía con el propósito de combatir esa clase de delitos; sin embargo, si no recordaba mal, no había descubierto a los autores de ese fraude. Confiaba en que por lo menos lo había intentado. No recordaba nada y se sentía mal sólo de pensar en la posibilidad de reanudar las pesquisas por temor a que ese descubrimiento le proporcionara más información indeseable sobre el hombre que había sido en el pasado.

Lo cierto era que había ejercido su profesión con brillantez; de eso no cabía duda. Desde el accidente había resuelto los casos Grey y Moidore y, más tarde Carlyon. Ni siquiera su peor enemigo —y hasta el momento todo apuntaba a que era Runcorn, aunque no sabía si existía otro— se había atrevido a acusarlo de falta de valentía, honestidad o voluntad para dedicarse por completo a la búsqueda de la verdad, para trabajar sin escatimar esfuerzos, sin pensar en el coste que ello le supondría. Sin embargo, parecía que tampoco pensaba en lo que podía costar a los demás.

Por lo menos a John Evan le resultaba simpático, aunque, por supuesto, éste lo había conocido después del accidente. En todo caso siempre se mostraba amable con él. Además, había decidido seguir en contacto con Monk aun después de que dejara el cuerpo. Era una de las mejores cosas que le habían ocurrido, y Monk se congratulaba de ello, pues consideraba su amistad tan valiosa y reconfortante que se había propuesto cultivarla y evitar destruirla con su temperamento implacable y lengua mordaz.

Hester Latterly era distinta. Había sido enfermera durante la guerra de Crimea y en esos momentos se encontraba de vuelta en Inglaterra, país en el que no había cabida para mujeres jóvenes (aunque ya no lo era tanto), inteligentes y con las ideas muy claras. Debía de tener unos treinta años, una edad poco propicia para encontrar un marido, por lo que estaba condenada a seguir trabajando para mantenerse o a depender económicamente de algún familiar; algo que Hester detestaba.

Al llegar a Londres había encontrado empleo en un hospital, pero al poco tiempo sus recomendaciones directas a los médicos y su insubordinación al tratar a un paciente por su cuenta provocaron su despido. El hecho de que, además, hubiera salvado la vida del paciente no había hecho más que empeorar la situación. La misión de las enfermeras era limpiar las salas, vaciar orinales, colocar vendajes y, por regla general, obedecer órdenes. La práctica de la medicina estaba reservada a los médicos.

Después de esa amarga experiencia se había dedicado a cuidar de enfermos en domicilios particulares. Quién sabía dónde estaría ahora. Monk lo desconocía.

Llegó a Hastings Street. El número 14 estaba situado a pocos metros de allí, en el extremo opuesto. Cruzó la calle y se acercó a la casa, subió por las escaleras y pulsó el timbre. Era un edificio elegante, de estilo neogeorgiano, que transmitía respetabilidad.

Al cabo de unos segundos una doncella con un uniforme azul y una cofia y un delantal blancos abrió la puerta.

—¿Qué desea, caballero? —preguntó con tono inquisitivo.

—Buenas tardes. —Monk sostenía el sombrero entre las manos con educación. Confiaba plenamente en que le permitieran la entrada—. Me llamo William Monk. —Sacó una tarjeta en la que figuraban su nombre y dirección, pero no su profesión—. Soy un conocido del señor Albert Finnister, de Halifax, quien si no me equivoco es primo de la señora Penrose y de la señorita Gillespie. Como pasaba por aquí, he pensado en presentarles mis respetos.

—¿El señor Finnister?

—Eso es, de Halifax, Yorkshire.

—Tenga la amabilidad de esperar en la salita, señor Monk. Iré a ver si la señora Penrose se encuentra en la casa.

La salita en cuestión estaba amueblada de forma confortable, pero con un esmero que dejaba entrever una economía bien administrada. No se habían realizado gastos innecesarios. La decoración se limitaba a un dechado bordado con un marco modesto, un grabado que representaba un paisaje romántico y un magnífico espejo. Los respaldos de las sillas estaban protegidos con antimacasares bien lavados y planchados, pero los reposabrazos estaban un tanto gastados en la zona donde se habían posado innumerables manos. Por otro lado, en la alfombra se distinguía el camino que se pisaba para ir de la puerta a la chimenea. En la mesa baja que dominaba el centro había un jarrón de margaritas blancas dispuestas con buen gusto que otorgaban a la estancia un agradable toque femenino. La librería tenía un tirador de latón que era distinto de los demás. En conjunto, era una pieza acogedora, sin nada extraordinario, en la que primaba la comodidad sobre las apariencias.

La puerta se abrió y la doncella le informó de que la señora Penrose y la señorita Gillespie lo recibirían en la sala de estar.

La siguió por el vestíbulo en dirección a una estancia más grande, pero en esta ocasión no tuvo tiempo de detenerse a observarla. Julia Penrose se hallaba de pie junto a la ventana, ataviada con un vestido de tarde de tonos rosados; una joven de unos dieciocho o diecinueve años, que supuso sería Marianne, estaba sentada en el sofá pequeño. A pesar de que su piel era atezada, estaba muy pálida. Tenía el cabello oscuro que llevaba recogido en un moño, y un pequeño lunar en la parte superior del pómulo izquierdo. Sus ojos eran de un azul intenso.

Julia se acercó a él con una sonrisa.

—Encantada de conocerlo, señor Monk. Qué detalle por su parte venir a visitarnos —exclamó para que lo oyera la criada—. ¿Desea tomar algo? Janet, por favor, tráiganos un poco de té y pasteles. ¿Le apetece un trozo de tarta, señor Monk?

Él aceptó educadamente pero la farsa terminó en cuanto se hubo ido la sirvienta. Julia le presentó a Marianne y le invitó a cumplir con su misión. Se colocó detrás de la silla de su hermana pequeña y le puso la mano en el hombro como si deseara transmitirle parte de su fortaleza y determinación.

Hasta el momento Monk sólo se había ocupado de un caso de agresión sexual. Las violaciones apenas se denunciaban debido a la vergüenza y el escándalo que comportaban. Había meditado para encontrar la mejor manera de abordar el tema, pero todavía se sentía un tanto inseguro.

—Cuénteme lo que recuerde, por favor, señorita Gillespie —pidió con voz queda. Dudaba de si debía sonreír. La muchacha tal vez lo interpretaría como una falta de seriedad por su parte, como si no fuera consciente de su dolor. Sin embargo, si no lo hacía, sabía que su expresión sería demasiado adusta.

Marianne tragó saliva y carraspeó dos veces. Julia le apretó el hombro.

—La verdad es que no recuerdo gran cosa, señor Monk —dijo Marianne con tono de disculpa—. Fue muy... desagradable. Al principio intenté olvidarlo. Tal vez le resulte difícil entender mi postura, y debo reconocer que la culpa es mía, pero no me di cuenta... —Se interrumpió.

—Es natural —le aseguró Monk con mayor sinceridad de la que ella imaginaba—. Todos procuramos olvidar lo que nos causa dolor. A veces es la única forma de seguir adelante.

La joven abrió los ojos en una expresión de sorpresa y se sonrojó.

—Demuestra usted una gran sensibilidad. —Su rostro denotaba una profunda gratitud, además de la tensión que la atenazaba.

—¿Qué puede contarme de lo ocurrido, señorita Gillespie? —inquirió de nuevo él.

Julia pareció a punto de intervenir, pero hizo un gran esfuerzo y permaneció en silencio. Monk se percató de que era unos diez o doce años mayor que su hermana y que deseaba protegerla a toda costa.

Marianne bajó la mirada hacia sus pequeñas manos cerradas en un puño sobre el regazo de sus enormes faldones.

—No sé quién fue —reconoció con voz queda.

—Ya lo sabemos, querida —se apresuró a decir Julia al tiempo que se inclinaba un poco—. Por eso ha venido el señor Monk. Explícale lo que recuerdes, lo que me contaste a mí.

—No conseguirá descubrir quién fue —objetó Marianne—. ¿Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera lo sé yo? De todos modos, aunque el señor Monk lo averigüe, eso no cambiará lo ocurrido. ¿Qué sentido tiene? —Su rostro reflejaba una determinación absoluta—. No acusaré a nadie.

—¡Por supuesto que no! —convino Julia—. Eso sería terrible para ti. Impensable. Sin embargo, existen otras soluciones. Me ocuparé de que no vuelva a acercarse a ti ni a ninguna otra joven decente. Limítate a responder a las preguntas del señor Monk, querida. Es un delito y no podemos permitir que se repita. No estaría bien por nuestra parte seguir actuando como si nada hubiera sucedido.

—¿Dónde estaba cuando ocurrió, señorita Gillespie? —intervino Monk. No deseaba participar en la discusión de qué acción podría emprenderse en caso de que se identificara al culpable. Era esa una decisión que les correspondía a ellas. Conocían las consecuencias mucho mejor que él.

—En el cenador —respondió Marianne.

De manera instintiva, Monk miró por las ventanas, pero sólo vio la luz del sol reflejada en las hojas de un olmo, que caían en forma de cascada, y el suntuoso color de una rosa que se alzaba detrás.

—¿Aquí? —preguntó—. ¿En su propio jardín?

—Sí. Voy allí a menudo para pintar.

—¿A menudo? Así pues, cualquier persona que conozca sus costumbres sabía que podría encontrarla allí.

La mujer se sonrojó.

—Su... supongo que sí, pero estoy convencida de que eso carece de importancia.

Monk no hizo ningún comentario a tal afirmación y se limitó a preguntar:

—¿Qué hora era?

—No estoy segura. Debían de ser las tres y media. O quizás un poco después, tal vez fueran las cuatro. —Marianne se encogió de hombros—. O incluso las cuatro y media. No estaba pendiente de la hora.

—¿Fue antes o después de tomar el té?

—Oh, sí, claro. Después del té. Supongo que en ese caso debían de ser las cuatro y media.

—¿Tiene un jardinero a su servicio?

—¡No fue él! —exclamó ella mientras se inclinaba con expresión alarmada.

—Por supuesto que no —repuso Monk para tranquilizarla—. De ser así, lo habría reconocido. Lo preguntaba porque quizás él viera a alguien. Si estaba en el jardín podría ayudarnos a determinar de dónde salió el hombre, en qué dirección o de qué forma se marchó, incluso la hora exacta.

—Oh, claro, ya lo entiendo.

—Tenemos jardinero —intervino Julia con creciente entusiasmo y una mirada que reflejaba la admiración que le inspiraba Monk—. Se llama Rodwell. Viene tres días a la semana, por las tardes. Aquel día le tocaba trabajar. Mañana estará aquí, de modo que si lo desea podrá interrogarlo.

—Descuide. —A continuación Monk se dirigió a Marianne—. Señorita Gillespie, ¿recuerda algo de aquel hombre? Por ejemplo —se apresuró a añadir al percatarse de que la joven se disponía a contestarle con una negativa—, ¿cómo iba vestido?

—No... no sé a qué se refiere. —Marianne apretó los puños en su regazo al tiempo que observaba a Monk con evidente nerviosismo.

—¿Llevaba una americana oscura, como las que usan los hombres de negocios? —preguntó él—. ¿O un guardapolvo, como un jardinero? ¿O quizás una camisa blanca, como un hombre ocioso?

—Oh. —Marianne se mostró aliviada—. Sí, ya lo entiendo. Creo recordar que llevaba una prenda clara. —Asintió para ratificarse—. Sí, una americana de color claro, como la que lucen algunos caballeros en verano.

—¿Llevaba barba o iba bien afeitado?

La joven vaciló unos segundos.

—Bien afeitado.

—¿Recuerda algo más de su aspecto? ¿Era rubio o moreno, alto o bajo?

—No... no lo sé. Yo... —Marianne respiró hondo—. Supongo que debía de tener los ojos cerrados. Fue...

—Calla, querida —le pidió Julia al tiempo que le apretaba el hombro—. Me temo, señor Monk, que no puede contarle nada más sobre él. Fue una experiencia terrible. No sabe cuánto me alegro de que no haya perturbado su mente; en ocasiones ocurre.

Monk optó por no insistir más, pues no sabía hasta qué punto debía presionar. Se trataba de un terror y una repugnancia que sólo acertaba a imaginar. No existía nada comparable al atropello que había sufrido aquella joven.

—¿Está segura de que desea continuar con esto? —preguntó con la mayor gentileza posible mirando a Marianne, no a Julia.

Sin embargo, fue ésta quien respondió.

—Es nuestra obligación —dijo con resolución—. No sólo pretendemos que se haga justicia, sino también evitar que vuelva a encontrarse con ese hombre. ¿Qué otra información podemos ofrecerle que le sirva de ayuda?

—Quizá podrían enseñarme el cenador —propuso el detective antes de ponerse en pie.

—Por supuesto —convino Julia—. Tiene que verlo para juzgar por sí mismo. —Miró a Marianne—. ¿Quieres acompañarnos, querida, o prefieres quedarte aquí? —Se volvió hacia Monk—. No ha vuelto allí desde que ocurrió.

Monk se disponía a decir que estaría a su lado para protegerla de todo peligro pero, justo a tiempo, comprendió que estar a solas con un hombre que acababa de conocer podría ser suficiente para alarmarla. Sintió una zozobra en su interior. El caso iba a resultar más difícil de lo que había previsto.

Sin embargo Marianne lo sorprendió.

—No; no te preocupes, Julia —aseguró con firmeza—. Iré con el señor Monk al cenador. Si sirven el té durante nuestra ausencia, lo tomaremos después. —Sin esperar ningún comentario por parte de su hermana, salió al vestíbulo en dirección a la puerta lateral, que conducía al jardín.

Tras dedicar una mirada a Julia, Monk la siguió y se encontró en un pequeño patio empedrado y muy agradable, que quedaba resguardado del sol por un laburno y una especie de abedul. Delante se extendía una parcela de césped larga y estrecha y, a poco menos de quince metros de distancia, se alzaba una glorieta de madera.

Caminó detrás de Marianne por la hierba bajo los árboles. El cenador era una pequeña construcción con ventanas acristaladas y un asiento en el interior. No había ningún caballete, pero sí espacio más que suficiente para albergarlo.

Marianne se volvió al llegar al escalón.

—Fue aquí —se limitó a decir.

Monk observó los alrededores con sumo detenimiento para reparar en todos los detalles. La zona ajardinada se extendía a unos seis metros en todas las direcciones, hacia el arriate y los muros del jardín en tres de los lados, y entre el cenador y la casa en el cuarto. Debía de estar profundamente concentrada en la pintura para no percatarse de la cercanía de un hombre, y el jardinero quizá se encontrara en la parte delantera de la vivienda o en el pequeño huerto lateral.

—¿Gritó? —preguntó después de volverse hacia ella.

Marianne se puso tensa.

—Creo... creo que no. No lo recuerdo. —Se estremeció y observó a Monk en silencio—. Quizá sí. Es todo tan... —se interrumpió y volvió a mirarlo.

—No importa —dijo él. Carecía de sentido angustiarla hasta el punto de que dejara de recordar los hechos con claridad—. ¿Dónde lo vio por primera vez?

—No le entiendo.

—¿Lo ...