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UNA LISTA PELIGROSA

Siobhan Vivian  

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Fragmento

ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Epígrafe

Prólogo

Lunes

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Martes

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Miércoles

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Capítulo veintiuno

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Jueves

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiséis

Capítulo veintisiete

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Viernes

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

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Capítulo treinta y tres

Capítulo treinta y cuatro

Capítulo treinta y cinco

Capítulo treinta y seis

Capítulo treinta y siete

Sábado

Capítulo treinta y ocho

Capítulo treinta y nueve

Capítulo cuarenta

Capítulo cuarenta y uno

Capítulo cuarenta y dos

Capítulo cuarenta y tres

Capítulo cuarenta y cuatro

Capítulo cuarenta y cinco

Capítulo cuarenta y seis

Agradecimientos

Acerca de la autora

Créditos

 

Para mamá, por un millón de razones.

 

“La percepción de la belleza es una prueba moral.”
 —HENRY DAVID THOREAU 

prologo

Desde tiempos inmemoriales, los estudiantes de la preparatoria Mount Washington llegan al colegio el último lunes de septiembre con la intención de encontrar una lista que proclama a la chica más bonita y a la más fea de cada grado. Este año no será diferente.

Unas cuatrocientas copias de la lista se pegaron en sitios con diferentes grados de visibilidad. Una está pegada sobre los mingitorios en el baño de hombres del primer piso; otra cubre el documento donde se anuncia al elenco recién elegido para la obra de teatro de otoño, Pennies from Heaven; otra está oculta en la oficina de la enfermera, entre los panfletos sobre violencia de género y depresión. También hay listas pegadas en las puertas de los casilleros, dentro de los pupitres y con tachuelas en los tableros de anuncios.

La esquina inferior derecha de cada copia está marcada con un sello en relieve que deja grabado el emblema de la preparatoria Mount Washington..., una impresión fantasmal que representa el edificio antes de que se construyera la piscina cubierta, el nuevo gimnasio y la torre de laboratorios científicos de alta tecnología. Este sello había certificado cada diploma de graduación antes de que fuera robado del despacho del director hace décadas. Ahora es una pieza mítica de contrabando utilizado para desalentar a los imitadores o competidores, pues corrobora la autenticidad de la lista.

Nadie sabe quién escribe la lista cada año, ni cómo se transfiere esa responsabilidad, pero el secreto no ha impedido la tradición. En todo caso, la garantía del anonimato hace que los dictámenes de la lista parezcan más certeros, imparciales, sin prejuicios.

Con la creación de la lista, se ha desvanecido la gran variedad de etiquetas complejas que calificaban a cada una de las chicas de Mount Washington en infinidad de categorías, por ejemplo: creídas, populares, trepadoras, deportistas, cabezas huecas, niñas buenas, niñas malas, eróticas, marimachas, golfas, golfas de clóset, monjas, mojigatas, vírgenes, perfeccionistas, haraganas, pachecas, parias, originales, ñoñas y frikis, por nombrar unas cuantas. En este sentido, la lista es refrescante. La totalidad de la población femenina queda reducida a tres grupos bien definidos.

La más bonita.

La más fea.

Y todas las demás.

Esta mañana, antes de que suene el primer timbre para entrar a clase, cada una de las chicas del Mount Washington sabrá si su nombre aparece en la lista o no.

Las que no aparezcan se preguntarán cómo habría sido la buena o mala experiencia de estar ahí.

Las ocho chicas que sí aparecen no tendrán elección.

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cap01

Abby Warner da vueltas alrededor del árbol de ginkgo, pasando la mano suavemente sobre la corteza áspera y rugosa. La brisa fresca recorre sus piernas desnudas desde la orilla de la falda de pana hasta las zapatillas de piso. El clima ya ameritaría que usara mallas, pero Abby evitará usarlas mientras pueda soportar el frío. O al menos hasta que se le empiece a desvanecer el bronceado del verano. Lo que suceda primero.

Este lugar se conoce como La Isla. En las mañanas y las tardes es el sitio de reunión de los más populares del noveno grado, que acaban de entrar al bachillerato. En primavera, casi nadie se acerca a La Isla por el olor a putrefacción que despiden los bulbos anaranjados del ginkgo cuando caen al suelo y revientan, lo cual resulta conveniente porque, para la primavera, buena parte de los novatos ya casi será de segundo año y evitará acercarse a cualquier cosa que los haga parecer más jóvenes.

Los padres de Abby la dejaron en la escuela hace siglos porque Fern, su hermana mayor, tiene algo que hacer en el club de debate. ¿O los lunes le toca el decatlón académico? Abby bosteza. No recuerda cuál es. Pero de todas maneras le fastidia, porque se ve obligada a levantarse extratemprano para que le dé tiempo de bañarse, peinarse y pensar en algo lindo para ponerse. Y lo hace todo con la luz apagada, para no despertar a Fern porque comparten la recámara más grande de la casa de los Warner. Además, Fern prefiere dormir hasta el último minuto posible porque no tiene ninguna rutina matutina, aparte de lavarse los dientes, y la única ropa que usa son jeans y playeras holgadas.

Esta mañana Fern se puso con orgullo la playera nueva que compró en línea. El escudo de armas muy ornamentado que tenía en la parte del pecho proclamaba su alianza con la secta rebelde de guerreros de The Blix Effect, una serie de novelas de fantasía que obsesionaba a todas las amigas de Fern. Y en el coche, Fern le pidió a Abby que la peinara de dos trenzas francesas, una a cada lado de la cabeza, como las usaba la protagonista de The Blix Effect cuando iba a entrar a la batalla.

Fern siempre le pide a Abby que le haga dos trenzas francesas, aunque Abby sabe hacer otros peinados recogidos y de distintos estilos. Además, siente que esos peinados serían más apropiados y sofisticados para su hermana de diecisiete años. Pero Abby nunca se niega a las peticiones de Fern porque, aunque le parece extraño que Fern quiera disfrazarse con sus trenzas, el peinado le sienta bien, o al menos da la impresión de que le importa un poco su aspecto.

Empiezan a aparecer los autobuses escolares y los autos. Una por una, las amigas de Abby van llegando y la abrazan. La noche anterior estuvieron enviándose fotografías de posibles vestidos para el baile de inicio de clases, buscando la aprobación de las demás. Abby se había enamorado de un vestido de fiesta de satín negro, con cuello halter y un moño ancho de satín blanco a la cintura. Lo único que la detenía para comprarlo era que ninguna de las amigas de su generación sabía qué tan elegantes eran estos bailes escolares cuando no se trataba del baile de graduación.

—¡Ah, Lisa! —dice Abby cuando su mejor amiga, Lisa Honeycutt, llega caminando del estacionamiento—. ¿Le mostraste mi vestido a Bridget? ¿Piensa que es demasiado formal?

Lisa pone el brazo sobre el hombro de Abby y la acerca para abrazarla.

—Dice mi hermana que está perfecto. Es lindo y divertido, pero no como si estuvieras esforzándote demasiado.

Abby suspira con gran alivio al escuchar la aprobación de Bridget. Abby y Lisa son las únicas dos chicas de su grupo que tienen hermanas mayores y que van a Mount Washington. Aunque la Fern de Abby no puede competir para nada con la Bridget de Lisa.

El verano pasado Lisa invitó a Abby a pasar un par de días en la casa de su familia en la playa. Gracias a Dios, porque de otra manera todas sus vacaciones de verano hubieran consistido exclusivamente en visitar universidades con Fern.

Esa semana, Abby y Lisa se metieron a husmear a escondidas en la habitación de Bridget en más de una ocasión. Se asomaron a su clóset. Escondidos en su joyero, encontraron algunos números telefónicos de chicos escondidos en su joyero y se probaron su pulsera de dijes. También probaron todo su maquillaje, que estaba perfectamente organizado sobre su tocador de mimbre blanco. Abby siempre quiso tener un tocador pero no tenía dónde ponerlo. El escritorio de Fern ocupaba demasiado espacio en su recámara.

Esa semana, Bridget se quedó a solas la mayor parte del tiempo, mandando mensajes de texto a sus amigos y leyendo una pila de libros que se había llevado. Sólo un día fue a la playa un par de horas con ellas. Pero una de las noches lluviosas de esa semana, Bridget dejó que Abby y Lisa estuvieran con ella en su recámara. Les rizó el cabello con sus tenazas y dejó que vieran una vieja película cursi sentadas a los pies de su gran cama acojinada. Le hicieron preguntas a Bridget sobre cómo era Mount Washington en realidad y Bridget les dio muchos consejos útiles y francos, como que fueran cuidadosas al salir con chicos mayores, que sólo chismearan con amigas de su total confianza y cómo ocultar el aliento alcohólico a los padres.

Fern, por otro lado, sólo les podía ofrecer recomendaciones como cuál era el mejor maestro de Matemáticas de Mount Washington. A veces, Abby se preguntaba si Bridget siquiera sabría quién era Fern, a pesar de que ambas cursaban el mismo grado.

Lisa está a punto de irse a platicar con otras amigas cuando Abby la toma del brazo y le dice en secreto:

—¿Terminaste la hoja de trabajo de Ciencias de la Tierra?

Lisa pone cara triste.

—¡Abby, no puedes estarme copiando la tarea todo el tiempo! Nunca vas a aprender nada.

Abby se peina con los dedos el pelo rubio rojizo.

—¡Porfaaa! Me distraje mucho viendo vestidos anoche. Ya no lo vuelvo a hacer —respondió Abby con la mano sobre el corazón—. Te lo prometo.

Lisa suspira pero se encamina a la escuela para sacar el reporte de su casillero.

—Te quiero como a una hermana —alcanza a decirle Abby.

Unos minutos más tarde, Lisa sale corriendo, con su larga coleta negra volando tras de ella.

—¡Abby! —grita tan fuerte que todos los que están en La Isla voltean a verla. Lisa se tropieza en el último tramo y se sostiene de Abby para evitar caerse—. ¡Eres la más bonita de primer ingreso de Mount Washington!

Abby parpadea.

—¿Soy qué cosa?

—Estás en la lista, tontita. ¡La lista! Y mi hermana Bridget también —Lisa sonríe orgullosa mientras lee los demás nombres, y los alambres de sus dientes brillan—. ¡La nombraron la estudiante más bonita de tercero!

Abby se queda con la boca abierta a pesar de que no está exactamente segura de comprender lo que eso significa. A Lisa le queda claro que esta noticia es para emocionarse mucho. Por suerte, una de sus amigas pregunta:

—¿Cuál lista? —y todas voltean a ver a Lisa para que les dé una explicación.

Lisa les da los detalles y Abby asiente, fingiendo que no está igual de desinformada que las demás. Por supuesto, Fern nunca se había molestado en mencionarle este dato tan importante, al igual que Fern no tendría ni idea de qué vestidos serían adecuados para el baile. A veces, Abby deseaba que Bridget fuera su hermana. O más bien, muchas veces.

Las amigas de Abby se turnan para felicitarla y abrazarla, y cada apretón hace que su corazón lata más rápido. A pesar de que los chicos no parecen estar interesados en celebrar, Abby nota que el juego de pelota haki se va acercando a donde ella está parada.

Pero todavía no lo digiere. Hay muchas chicas bonitas de primer año en Mount Washington y Abby es amiga de la mayoría. ¿Realmente se merecía estar en la cima?

Para ella, es un sitio extraño y diferente.

—Siento que no las hayan elegido a ustedes —les dice Abby a todas y lo dice con algo de sinceridad.

—Por favor —dice Lisa apuntando a su boca—. ¿Quién va a votar por mí con estos rieles de ferrocarril que me atraviesan la cara?

—¡Cállate! —le responde Abby y le da un empujón—. ¡Eres muy bonita! Mucho más bonita que yo.

Abby honestamente piensa eso. De hecho, tiene suerte de haber quedado en la lista este año, porque cuando finalmente le quiten los frenos a Lisa, todo cambiará. Lisa mide, mínimo, diez centímetros más que Abby, tiene el cabello negro, largo y siempre muy brillante. Además, tiene un pequeño lunar en la parte superior de su mejilla izquierda. Tiene un cuerpo maravilloso, con curvas y bubis. En realidad, lo único que no es perfecto de Lisa son sus frenos. Y tal vez sus pies, que son algo grandes. Pero la gente no suele fijarse en ese tipo de defectos.

—Eres pésima para aceptar cumplidos, Abby —le dice Lisa riendo—. Pero ya en serio, esto es algo muy importante.

Abby sonríe. En este momento se siente más emocionada que nunca por los siguientes cuatro años.

—Me gustaría saber quién me eligió, para agradecerle.

La idea de que una chica, o incluso una delegación de chicas, le concediera ese honor es extremadamente emocionante. Por lo visto, tiene amigas mayores que ni siquiera conoce.

—Entonces, ¿dónde encontraste esa lista?

—Encontré una copia en el tablero cerca del gimnasio —responde Lisa—. Pero están por todas partes.

—¿Crees que me pueda llevar una? —pregunta Abby. Quiere conservarla en algún sitio especial. Tal vez en un libro de recuerdos o en una cajita.

—¡Por supuesto! Vamos por una.

Se toman de la mano y entran corriendo a la escuela.

—¿Quién más estaba en la lista? —pregunta Abby—. ¿Además de mí y de tu hermana?

—Bueno, pues la más fea de nuestro grado fue Danielle DeMarco.

Abby frena un poco.

—Espera. ¿La lista también nombra a las más feas? —en su emoción no se había percatado de esto. Le restaba felicidad a su momento.

—Sí —responde Lisa jalándola para que camine—. Espera a leerla. Quien sea que la haya escrito este año puso cosas graciosas junto a cada nombre. Como a Danielle, que le puso El Gran Dan.

Abby no es amiga de Danielle DeMarco, pero están en la misma clase de Educación Física. Abby había visto a Danielle ganar por mucho la carrera de una milla de la semana anterior. Fue algo admirable. Abby probablemente podría haber corrido más rápido y hacer un tiempo por debajo de los dieciséis minutos que se tardó, pero no quería quedar sudada el resto del día. Por supuesto, se sintió mal de que hubieran nombrado a Danielle la más fea de su generación, pero parecía ser una chica fuerte y lo podría soportar. Y, con suerte, Danielle comprendería que otras chicas podrían haber terminado como la más fea. Igual que Abby. Era cosa de suerte.

—¿Qué decía de mí?

Lisa agacha la cabeza y le dice en voz baja:

—Te felicitaba por superar la genética familiar —respondió dejando escapar una risita de arrepentimiento.

“Fern.”

Abby se muerde el interior de la mejilla y luego pregunta:

—¿Fern fue la más fea de su grado?

—No —responde Lisa rápidamente—. Fue esa chica rara, Sarah Singer, que les hace gestos desagradables a todos desde su banca cerca de La Isla.

Abby baja la mirada y asiente lentamente. Adivina que Lisa alcanza a detectar su sentimiento de culpa, porque su amiga le da unas palmadas en la espalda.

—Mira, Abby. No te preocupes por eso de la genética. No menciona a Fern por nombre. Apuesto a que mucha gente ni siquiera sabe que son hermanas.

—Tal vez —dice Abby, esperando que Lisa tenga razón. Pero incluso si la mayoría de los chicos de la escuela no supiera que son parientes, las maestras seguramente sí lo sabían. Ésa era una de las peores cosas de asistir a Mount Washington, ver cómo sus maestros se daban cuenta, más o menos después de la primera semana, de que Abby no era ni remotamente tan inteligente como Fern.

Lisa continúa:

—Además, Fern siempre se lleva los reconocimientos. Y cada vez que gana algo, tú te alegras por ella. ¿Recuerdas cuando me obligaste a ir al concurso de lectura de poesía en latín en el que compitió Fern en esa universidad? Duró como tres o cuatro horas.

—Ese concurso era importante. Eligieron a Fern como representante de toda la escuela para que recitara y ganó mucho dinero para su beca.

Lisa hace un gesto de fastidio.

—Sí, sí me acuerdo, pero ahora es tu turno de ser el centro de atención.

Abby aprieta la mano de su amiga. Es cierto, el comentario de la genética era un poco cruel. Pero Lisa tenía razón. No lo había dicho Abby. Y ella siempre está animando a Fern con sus asuntos académicos. Nunca se queja de las veces que tiene que madrugar ni de todas las visitas a universidades que hicieron ese verano.

Al menos no en voz alta.

Cuando llegan cerca del gimnasio, Lisa se adelanta un poco.

—Aquí está —anuncia dando golpecitos al papel con el dedo— el veredicto por escrito.

Abby encuentra su nombre en la parte superior de la lista. ¡Su nombre! Verlo hace que todo se torne más real, más patente. Oficialmente, Abby es la chica más bonita de la generación de primero.

No está segura de cuánto tiempo se queda viéndola. Pero en cierto momento nota que Lisa le pellizca el brazo. Con fuerza.

Abby se obliga a apartar la mirada del tablero. Fern va caminando por el pasillo con decisión, con los tirantes de su mochila ajustados a los hombros, las trenzas francesas meciéndose de lado a lado.

Abby no puede distinguir si Fern sabe que ella está en la lista. Camina como siempre lo hace en la escuela, como si Abby no existiera.

Abby espera a que Fern dé la vuelta en la esquina. Después quita la lista del tablero usando la uña del meñique, teniendo cuidado de no romper las esquinas del papel al sacar las grapas.

cap02

Una cuadra antes de llegar a la parada, Danielle DeMarco se da cuenta de que ya perdió el autobús de la escuela. Todo está demasiado tranquilo, en especial para ser lunes. No se escucha nada salvo los típicos sonidos matinales: los pájaros que cantan, el clic, clic, clic de las puertas automáticas de las cocheras, el sonido metálico de los cubos de basura vacíos cuando los arrastran de regreso a las casas.

Se le hizo tarde para ir a la escuela, muere de hambre, quiere desayunar y está completamente exhausta. No es buena forma de empezar la semana.

Pero de todas maneras Danielle considera que la noche anterior valió la pena.

Llevaba dos horas dormida cuando sonó el teléfono.

—¿Hola? —preguntó en medio de un bostezo.

—¿Cómo puedes estar dormida? Apenas es medianoche.

Danielle verificó que la puerta de su recámara estuviera cerrada. A sus padres no les gustaría que Andrew llamara tan tarde. Seguían refiriéndose a él como su “amigo del campamento”, a pesar de que les había aclarado la situación millones de veces. Como si fuera un trabalenguas decir “novio”. O tal vez eso era lo que les preocupaba, porque Andrew era un año mayor. Pero para tratarse de alguien a quien sus padres agrupaban dentro de la misma categoría que su mejor amiga, Hope, ya le habían puesto muchas reglas sobre cuándo, dónde y cómo podía pasar tiempo con Andrew.

Hasta el momento, eso había sido lo más difícil de regresar del campamento Clover Lake, donde ambos trabajaron como consejeros ese verano. Habían perdido la libertad de estar juntos cuando querían, de hablar cuando quisieran. Ya no había más noches en las que Andrew se escabullía en la oscuridad y rascaba el mosquitero de la ventana sobre su cama. No más salidas a remar al centro del lago y esperar a que la brisa los llevara de regreso al muelle.

Sentía como si el verano hubiera pasado hace millones de años.

Danielle jaló el cobertor para cubrirse la cabeza y mantuvo su voz baja.

—Campistas, es hora de apagar la luz —dijo en broma.

Andrew suspiró.

—Perdón por despertarte. Estoy demasiado agitado para dormir. Tengo toneladas de adrenalina almacenadas por el juego y no encuentro la manera de deshacerme de ellas.

Danielle y Hope vieron a Andrew desde las gradas esa tarde, en su perpetua rutina de calentamiento en las laterales mientras los zapatos de otros jugadores destrozaban el campo de futbol. Rebotaba sobre las puntas de sus pies, brincaba haciendo tijeras, corría levantando las rodillas para permanecer caliente. Después de cada jugada, Andrew volteaba a ver al entrenador del equipo de la escuela apretando con los dedos la barra de su casco blanco y brillante. Esperanzado.

Danielle se sentía muy mal por él. Era el cuarto juego de la temporada y no había entrado a jugar ni un minuto. ¿Hubiera sido tan difícil darles la oportunidad a los chicos de segundo año como Andrew? Mount Washington iba perdiendo por tres touchdowns al medio tiempo. Los Fighting Mountaineers no habían ganado un solo partido.

—Bueno, pues yo creo que te veías muy bien con tu jersey del equipo —dijo ella.

Andrew rio, pero Danielle podía notar por la sequedad de su expresión que seguía molesto.

—Preferiría que no me llamaran si no voy a jugar. Que me permitan ser parte del equipo de suplentes. Es humillante estar en las laterales sin hacer absolutamente nada mientras nos hacen pedazos juego tras juego. Para el caso, podría estar comiendo nachos contigo y Hope en las gradas.

—Vamos, Andrew. Sigue siendo un honor. Apuesto a que hay muchísimos otros estudiantes de tu grado que matarían por estar en el equipo.

—Supongo que es cierto —respondió—. ¿Sabes? Chuck jugó toda la segunda mitad. Me gustaría tener su talla. Debería trabajar más en las pesas y tal vez probar esas asquerosas bebidas de proteína. Estoy demasiado delgado. Soy el más pequeño del equipo.

—No es cierto. Y, de todas maneras, ¿por qué querrías ser como Chuck? Es grande, cierto, pero no está en forma. Apuesto a que podrías vencerlo en velocidad fácilmente.

Danielle estaba segura de que Andrew sabía que no estaba loca por Chuck. Cierta ocasión, Andrew le contó que Chuck tenía una repisa especial para sus botellas de colonia, que exhibía con orgullo, y no salía de casa sin rociarse un poco. Incluso se ponía antes de irse a levantar pesas en su garaje. Según Andrew, a Chuck de verdad le asqueaba el olor a sudor, incluso el suyo.

Andrew consideró eso.

—Es verdad. Chuck come puras porquerías. Creo que ni siquiera sabe lo que es una verdura a menos de que venga en su Big Mac. No me sorprende que no pueda conseguir novia.

Ambos rieron.

A Danielle le tomó unas cuantas semanas comprender la manera en que Andrew y sus amigos se comportaban. Los chicos eran súper competitivos, pero en especial Chuck y Andrew. Todo entre esos dos era rivalidad: calificaciones, zapatos nuevos, quién llegaría al bebedero primero. A Danielle le parecían cosas normales de chicos en su mayoría, pero, de vez en cuando, Andrew tomaba una “derrota” como si fuera el fin del mundo. Danielle también era competitiva, y aunque podía entender el dolor de la derrota que sentía Andrew, ella nunca se comparaba con sus amigas. Ni siquiera quería pensar lo mal que se habría sentido si ella y Hope no hubieran logrado entrar al equipo de natación.

Dicho esto, Danielle sintió un especial orgullo de saber que, cuando se trataba de chicos que tienen novias, ella inclinaba la balanza a favor de Andrew.

—Oye —dijo Andrew—, adivina qué averigüé hoy. Aunque no juegue ni un minuto esta temporada, de todas maneras me darán una chamarra por ponerme el uniforme y practicar con el equipo.

—Te vas a ver muy guapo —dijo Danielle. Era un poco tonto decirlo, pero sabía que eso haría sentir mejor a Andrew.

—No me importa la chamarra. Pero me gustará verte con ella puesta este invierno.

—Qué lindo —respondió Danielle sonrojándose en la oscuridad. Sí, sería genial usar la chamarra de Andrew, al menos hasta que ella consiguiera la suya.

—¿Te quedas en el teléfono conmigo? —preguntó silenciosamente—. ¿Un ratito?

Danielle acomodó su almohada y se pusieron a cambiar los canales de televisión juntos, como si sus controles remotos estuvieran sincronizados. Se burlaron de los infomerciales extrañísimos de medianoche que abundaban en los canales de cable. Cabello en aerosol. Aparatos de ejercicio para la casa que bien podrían ser instrumentos de tortura medievales. Remedios dermatológicos para caras llenas de acné. Píldoras de dieta con base en antiguos secretos chinos.

Danielle se quedó dormida con el celular presionado contra la oreja, con imágenes de antes y después centelleando en la oscuridad. La batería se terminó cerca de las cuatro y media de la mañana. Su alarma murió con ella.

Por amor, o algo similar, perdió el autobús.

Danielle está buscando su teléfono para llamar a casa cuando ve un cuaderno en la calle, abierto, con las páginas revoloteando. Lo recoge y lo usa para protegerse los ojos de la luz del sol y ve, a una distancia de unas tres cuadras, que el autobús está llegando a la siguiente parada designada. Lo perdió, pero no por mucho.

Pega la barbilla al pecho y mira hacia delante.

Un segundo después, está corriendo.

Su cuerpo no está caliente y le preocupa lastimarse algún músculo. Definitivamente, no vale la pena lastimarse por correr tras el autobús escolar y arriesgarse a una lesión que la mantenga fuera del agua. Pero después de unas cuantas zancadas, Danielle encuentra un ritmo cómodo. Siente una agradable calidez en sus brazos y piernas mientras corre a gran velocidad.

El autobús continúa su recorrido antes de detenerse para dejar pasar un auto que sale de su cochera. Danielle acorta rápidamente la distancia.

—¡Hey! —grita cuando llega suficientemente cerca para reconocer a los estudiantes en las ventanas traseras—. ¡Hey!

Pero los chicos están muy ocupados socializando unos con otros para darse cuenta de la presencia de Danielle. El autobús acelera y la nube de humo que sale del escape le lastima los ojos. Se desvía hacia la izquierda y se coloca al centro del espejo retrovisor del conductor. Vuelve a gritar para intentar que la oigan a pesar del sonido del motor. Golpea el lateral del autobús lo más fuerte que puede.

El autobús se detiene súbitamente. Los chicos se le quedan viendo sorprendidos. Danielle se aparta unos cuantos mechones de cabello castaño de la cara mientras las puertas del autobús se abren.

—Podrías haberte matado —le ladra el chofer.

Danielle se disculpa mientras recupera el aliento. Sube por los escalones, sostiene el cuaderno sobre la cabeza como trofeo y espera que alguien lo reconozca.

Después de guardar la chamarra en su casillero, Danielle se dirige directamente a la cafetería con su mejor amiga, Hope. Se había despertado demasiado tarde para desayunar y no hay manera de que aguante hasta la hora del almuerzo sin comer algo. Pasa de largo el puesto de bagels del consejo estudiantil porque los carbohidratos le dan sueño y ya está muy cansada de por sí. Con un poco de suerte encontrará algo en las máquinas expendedoras que no sean papas fritas o chocolates. Danielle ha estado comiendo más desde que entró al equipo de natación de primer año; su cuerpo siempre está ávido de combustible. Quiere ser cuidadosa y alimentarlo bien.

Un chico mayor pasa al lado de las chicas camino a la cafetería.

—¡Hey, El Gran Dan! —dice dándole una palmada en la espalda a Danielle.

—¿Te hablaba a ti? —pregunta Hope.

Danielle está demasiado sorprendida para reaccionar. Intenta ver el rostro del chico, por si lo reconoce, pero desaparece tan pronto como llegó.

—Eh... No tengo idea.

Entonces las chicas notan que todo el vidrio delantero de la máquina expendedora de alimentos está cubierto de papeles. Danielle supone que son de algún club desesperado por conseguir más miembros hasta que toma uno y lo lee.

“¿El Gran Dan?”

“¿La más fea?”

Siente un dolor que se extiende en su interior, contrayendo todos y cada uno de sus músculos.

Que te llamen fea es una cosa. Por supuesto que Danielle ya ha oído este insulto. ¿Hay alguna chica en el mundo que no lo haya escuchado? Y aunque no es algo que le encante, fea es una palabra que la gente dice sobre los demás, y de ellos mismos, sin siquiera pensarlo. Es una palabra muy genérica, casi sin significado.

Casi.

Pero eso de El Gran Dan es distinto, como de hombre. Eso es hiriente, aunque Danielle sabe que no es una chica muy femenina. Se siente rara con vestido, como si estuviera disfrazada fingiendo ser alguien que no es. Solamente usa maquillaje los fines de semana, e incluso en esas ocasiones sólo un poco de brillo labial y rímel. Nunca se ha hecho perforaciones en las orejas porque les tiene un miedo mortal a las agujas.

A pesar de eso, Danielle tiene todas las partes esenciales de las chicas. Bubis. Cabello largo. Un novio.

Hope arranca otra lista e inhala con ímpetu, como hace normalmente antes de zambullirse bajo el a ...