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UNA LISTA PELIGROSA

Siobhan Vivian  

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Fragmento

ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Epígrafe

Prólogo

Lunes

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Martes

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Miércoles

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Capítulo veintiuno

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Jueves

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiséis

Capítulo veintisiete

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Viernes

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

Capítulo treinta y tres

Capítulo treinta y cuatro

Capítulo treinta y cinco

Capítulo treinta y seis

Capítulo treinta y siete

Sábado

Capítulo treinta y ocho

Capítulo treinta y nueve

Capítulo cuarenta

Capítulo cuarenta y uno

Capítulo cuarenta y dos

Capítulo cuarenta y tres

Capítulo cuarenta y cuatro

Capítulo cuarenta y cinco

Capítulo cuarenta y seis

Agradecimientos

Acerca de la autora

Créditos

 

Para mamá, por un millón de razones.

 

“La percepción de la belleza es una prueba moral.”
 —HENRY DAVID THOREAU 

prologo

Desde tiempos inmemoriales, los estudiantes de la preparatoria Mount Washington llegan al colegio el último lunes de septiembre con la intención de encontrar una lista que proclama a la chica más bonita y a la más fea de cada grado. Este año no será diferente.

Unas cuatrocientas copias de la lista se pegaron en sitios con diferentes grados de visibilidad. Una está pegada sobre los mingitorios en el baño de hombres del primer piso; otra cubre el documento donde se anuncia al elenco recién elegido para la obra de teatro de otoño, Pennies from Heaven; otra está oculta en la oficina de la enfermera, entre los panfletos sobre violencia de género y depresión. También hay listas pegadas en las puertas de los casilleros, dentro de los pupitres y con tachuelas en los tableros de anuncios.

La esquina inferior derecha de cada copia está marcada con un sello en relieve que deja grabado el emblema de la preparatoria Mount Washington..., una impresión fantasmal que representa el edificio antes de que se construyera la piscina cubierta, el nuevo gimnasio y la torre de laboratorios científicos de alta tecnología. Este sello había certificado cada diploma de graduación antes de que fuera robado del despacho del director hace décadas. Ahora es una pieza mítica de contrabando utilizado para desalentar a los imitadores o competidores, pues corrobora la autenticidad de la lista.

Nadie sabe quién escribe la lista cada año, ni cómo se transfiere esa responsabilidad, pero el secreto no ha impedido la tradición. En todo caso, la garantía del anonimato hace que los dictámenes de la lista parezcan más certeros, imparciales, sin prejuicios.

Con la creación de la lista, se ha desvanecido la gran variedad de etiquetas complejas que calificaban a cada una de las chicas de Mount Washington en infinidad de categorías, por ejemplo: creídas, populares, trepadoras, deportistas, cabezas huecas, niñas buenas, niñas malas, eróticas, marimachas, golfas, golfas de clóset, monjas, mojigatas, vírgenes, perfeccionistas, haraganas, pachecas, parias, originales, ñoñas y frikis, por nombrar unas cuantas. En este sentido, la lista es refrescante. La totalidad de la población femenina queda reducida a tres grupos bien definidos.

La más bonita.

La más fea.

Y todas las demás.

Esta mañana, antes de que suene el primer timbre para entrar a clase, cada una de las chicas del Mount Washington sabrá si su nombre aparece en la lista o no.

Las que no aparezcan se preguntarán cómo habría sido la buena o mala experiencia de estar ahí.

Las ocho chicas que sí aparecen no tendrán elección.

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cap01

Abby Warner da vueltas alrededor del árbol de ginkgo, pasando la mano suavemente sobre la corteza áspera y rugosa. La brisa fresca recorre sus piernas desnudas desde la orilla de la falda de pana hasta las zapatillas de piso. El clima ya ameritaría que usara mallas, pero Abby evitará usarlas mientras pueda soportar el frío. O al menos hasta que se le empiece a desvanecer el bronceado del verano. Lo que suceda primero.

Este lugar se conoce como La Isla. En las mañanas y las tardes es el sitio de reunión de los más populares del noveno grado, que acaban de entrar al bachillerato. En primavera, casi nadie se acerca a La Isla por el olor a putrefacción que despiden los bulbos anaranjados del ginkgo cuando caen al suelo y revientan, lo cual resulta conveniente porque, para la primavera, buena parte de los novatos ya casi será de segundo año y evitará acercarse a cualquier cosa que los haga parecer más jóvenes.

Los padres de Abby la dejaron en la escuela hace siglos porque Fern, su hermana mayor, tiene algo que hacer en el club de debate. ¿O los lunes le toca el decatlón académico? Abby bosteza. No recuerda cuál es. Pero de todas maneras le fastidia, porque se ve obligada a levantarse extratemprano para que le dé tiempo de bañarse, peinarse y pensar en algo lindo para ponerse. Y lo hace todo con la luz apagada, para no despertar a Fern porque comparten la recámara más grande de la casa de los Warner. Además, Fern prefiere dormir hasta el último minuto posible porque no tiene ninguna rutina matutina, aparte de lavarse los dientes, y la única ropa que usa son jeans y playeras holgadas.

Esta mañana Fern se puso con orgullo la playera nueva que compró en línea. El escudo de armas muy ornamentado que tenía en la parte del pecho proclamaba su alianza con la secta rebelde de guerreros de The Blix Effect, una serie de novelas de fantasía que obsesionaba a todas las amigas de Fern. Y en el coche, Fern le pidió a Abby que la peinara de dos trenzas francesas, una a cada lado de la cabeza, como las usaba la protagonista de The Blix Effect cuando iba a entrar a la batalla.

Fern siempre le pide a Abby que le haga dos trenzas francesas, aunque Abby sabe hacer otros peinados recogidos y de distintos estilos. Además, siente que esos peinados serían más apropiados y sofisticados para su hermana de diecisiete años. Pero Abby nunca se niega a las peticiones de Fern porque, aunque le parece extraño que Fern quiera disfrazarse con sus trenzas, el peinado le sienta bien, o al menos da la impresión de que le importa un poco su aspecto.

Empiezan a aparecer los autobuses escolares y los autos. Una por una, las amigas de Abby van llegando y la abrazan. La noche anterior estuvieron enviándose fotogr

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