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UNA OLA DE TERROR (VAMPIRATAS 2)

Justin Somper  

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Fragmento

—Muy original —suspiró Cate.

Sus payasadas habían dado resultado. Connor volvía a son—Muy bien, chicos —dijo Cate—. Voy a ultimar los preparativos para el ataque.

—¡Sí, señor! —dijo Bart saludándola.

Cate intentó fruncir el entrecejo, pero no pudo contener la risa.

—Ya basta de tanto descaro, señor Pearce. Una palabra más y esta noche va a tener usted que limpiar las letrinas, mientras los demás nos vamos a la taberna de Ma Kettle. —Se dio media vuelta y se marchó, antes de que se le escapara otra carcajada.

—Oh, me encanta cuando se da esos aires de importancia —comentó Bart a sus compañeros.

Connor guiñó un ojo a Jez.
—Venga, Connor —dijo Jez—, dejaremos al señor Pearce con sus fantasías amorosas mientras practicamos unos cuantos movimientos con el estoque.

—Hecho —dijo Connor.

Después de pasarse toda la mañana limpiando espadas, Grace mpest también necesitaba un lavado a fondo. Se frotó bien las manos y los brazos, pero, aunque consiguió quitarse casi toda la mugre, no pudo librarse del olor a aceite y metal. Oh, ueno, iba a tener que dejar que se le fuera pasando poco a poco, decidió. Tras despedirse de sus compañeros, se dirigió su camarote para darse un merecido descanso. En el pasillo oyó nor estaría entre ellos. Le invadió un temor instintivo por él. Después de tres meses, todavía le resultaba extraño pensar que su hermano gemelo se había convertido en un pirata prodigio.

A veces se asombraba de cómo se habían desarrollado las cosas. Tras la muerte de su padre, en Crescent Moon Bay ya no quedaba nada para ellos, nada salvo una vida de duro trabajo en el orfanato o ser adoptados por el chiflado director del banco, Lachlan Busby, y la loca de su esposa, Loretta. Así que se habían hecho a la mar en su viejo balandro, el Dama de

, sin saber exactamente qué rumbo tomar, pero seguros de que cualquier destino sería mejor que lo que habían

No obstante, ninguno de los dos podría haber imaginado lo que les esperaba, pensó Grace al abrir la puerta de su pequeño camarote. Su hermano había sido rescatado por aquel barco pirata, y ella había terminado con los vampiratas, criaturas de las que solo había oído hablar en la extraña canción marinera que su padre les cantaba a ella y a su hermano.

Esta es la historia de los vampiratas,
así que estate atento.

Esta es la canción de un barco muy viejo y sus temibles marineros.

Esta es la canción de un barco muy viejo, que surca el mar entero,
que ronda el mar entero.

ese a haber oído la canción numerosas veces, jamás habían creído que el barco pudiera existir realmente. ¡Pero existía!

máscara, con su enigmático capitán.

Sé que el capitán lleva siempre velo para no dar mucho miedo
cuando ves su piel de muerto
y sus ojos, ya que es tuerto,
y sus dientes, ¡qué mugrientos!

Oh, sé que el capitán lleva siempre velo y sus ojos nunca ven el cielo.

El capitán no llevaba velo, sino una máscara. Aquel era solo uno de los aspectos en que la realidad del barco vampirata contrastaba con la letra de la canción. El buque era tan misteioso como ella habría imaginado, pero, desde luego, no era el lugar de terror que todo el mundo se esperaba. O al menos, no lo había sido para ella.

«¿No era un sitio horrible?», le preguntaba algún que otro pirata todos los días sin excepción. «¿Qué fue lo peor que te pasó?», era otra pregunta frecuente. «¿Qué aspecto tenían esos demonios?»

Ante tales preguntas, Grace decidió que la mejor estrategia era decir: «Preferiría no hablar de ello, si no te importa», lo cual solía dar resultado. «Pobre Grace —pensaban los demás—. Es lógico que no quiera evocar recuerdos de un lugar tan horrible.»

Resultaba mucho más fácil decir eso que intentar persuadirlos de que, en realidad, la habían tratado bien. El capitán enmascarado le había parecido una criatura benévola, preocupada por su bienestar. Y aunque, por supuesto, los vampiratas estín semanal. Y la sangre provenía de donantes, que recibían un trato de favor a cambio de su donativo. Se lo había contado a Connor, pero incluso él había tenido dificultades para comprender que a ella le pareciera tan aceptable. La sola idea de alimentarse de sangre, o «acto de entrega», como lo llamaban los vampiratas, la horrorizaba. Grace sonrió. Por muy duro que Connor pudiera parecer a sus camaradas piratas, solo de pensar en sangre le entraban náuseas. Era una suerte, ref xionó Grace, que fuera ella quien hubiera ido a parar al barco vampirata y él al buque pirata, ¡y no al revés!
or extraño que pareciera, Grace había hecho buenos amigos en el barco de los vampiratas. De hecho, la ropa que lleaba se la había regalado Darcy Pecios, que, según sus propias palabras, era «mascarón de día, animadora de noche».

Sentada en su estrecha cama, Grace retiró la delgada cortina que cubría el ojo de buey. Fuera, el océano tenía un color azul deslumbrante. Aquello la hizo pensar, como tantas otras eces, en Lorcan Furey, el «joven» vampirata que la había salado de morir ahogada. Él había velado por ella a bordo del barco y, cuando los piratas vinieron en su busca, la había protegido una última vez. Grace había abandonado el barco con ucha más premura de la que habría querido. Ni tan siquiera había tenido ocasión de decirle adiós como era debido. Lo había perdido de vista después de que apareció Connor. ¡La llegada de su hermano había sido una sorpresa tan grande!

Naturalmente, Lorcan debía de haber abandonado la cubierta al hacerse de día. Pero, cuando ella fue a su camarote para decirle adiós, él no estaba. Había hecho esperar a Connor mientras lo buscaba por todo el barco, pero no lo había enpodía estar. Finalmente, no pudo hacer esperar más a Connor. Se despidió del capitán vampirata y regresó a su camarote por última vez. Recogió sus escasas pertenencias, incluyendo los cuadernos de su camarote y algunas de las prendas que Darcy no usaba, y salió de nuevo a cubierta para marcharse. Cuando más tarde deshizo la maleta en su camarote del Diablo, encontró un pequeño cofre de madera que no recordaba haber metido en ella. Dentro había un envoltorio de paño. Al abrirlo, cayó al suelo una tarjeta. En una letra de patas de araña que le resultaba familiar, el trazo más brusco aún de lo habitual, habían garabateado:

Querida Grace:
Algo para que no te olvides de mí. ¡Que tengas buen viaje!

Tu fiel amigo,
Lorcan Furey

El corazón le latía con fuerza cuando recogió la tarjeta del suelo. La sola visión de la rúbrica de Lorcan bastaba para conmoverla. Pero, envuelta en el paño, había una sorpresa incluso mayor. El anillo de la Amistad de Lorcan. Grace recordó la primera vez que lo había visto, cuando él le había apartado un mechón de pelo de la cara empapada, tras salvarla de morir ahogada.

Miró el anillo, el extraño icono con una calavera acunada por dos manos, con una pequeña corona encima. Lo cogió entre los dedos. Era un regalo demasiado importante, pensó. rmaba parte de Lorcan. Se emocionó al pensar que a lo que formara parte de él. Decidió devolvérselo algún día. Entretanto, sería su talismán, un recuerdo del tiempo que había pasado en el barco de los vampiratas y un presagio de que un día, en el futuro, iba a regresar.

Así que desabrochó la cadena que Connor le había regalado y ensartó el anillo en ella junto al guardapelo de su hermano. Aquellas eran sus posesiones más preciadas.

Grace alzó la mano para tocar el anillo. A veces, cuando lo hacía, cerraba los ojos y veía una imagen tan diáfana del barco vampirata que era como si lo estuviera viendo de verdad. ¡Ojalá fuera así!

¿Cómo estarían todos?, ¿el capitán, Darcy y Lorcan?, se preguntó. ¿Dónde se encontrarían ahora? Una vez más, se lamentó de no haber dispuesto de más tiempo para despedirse. Había sido imposible discutir con Connor cuando él le dijo que debía irse a vivir al Diablo con él. Jamás habría podido convencerlo de quedarse en el barco vampirata. ¿Acaso no habría sido una locura? ¿Optar por vivir entre una tripulación de vampiros? Recordó algo que su padre le había dicho en una ocasión: «A veces, cometer locuras es de sabios, Gracie». Tenía la sensación de que su padre lo habría comprendido.

Soltó el anillo. Ella habría elegido quedarse con ellos si ealmente hubiera tenido posibilidad de elección. Solo un miembro de la tripulación la había amenazado. Como siempre le ocurría, se estremeció al imaginar al teniente Sidorio, cuyos ojos eran llameantes pozos de fuego, y cuyos colmillos de oro estaban tan afilados como dagas.

Sidorio, que había matado a su donante y secuestrado a Grace en su camarote hasta que el capitán la rescató.

el mismísimo Julio César antes de cruzar al otro lado.

Sidorio, que había sido expulsado del barco y enviado al exilio.

Él era el único vampiro realmente peligroso de a bordo, pensó Grace mientras contemplaba el océano translúcido. Pero Sidorio se había marchado. El peligro había pasado. Seguro que ahora no sería arriesgado regresar, si pudiera hallar la forma de hacerlo.

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2

Una presa fácil —¡Disparad una salva de cañón! —gritó Cate.

El abordaje había comenzado.

Ahora el Diablo estaba junto al barco enemigo. La salva de cañón señaló que el abordaje había comenzado y el chirrido de metal indicó que las rejas que los piratas llamaban los «Tres Deseos» habían comenzado a descender para hacer de puente entre el barco pirata y el carguer

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