Loading...

UNA PáLIDA HISTORIA DE AMOR

Rodolfo Fogwill  

0


Fragmento

Ocho

Con las cosas traídas de Brasil había armado vitrinas e invitaba a los amigos del Excelsior —había dejado su trabajo como bailarina— a mirarlas, por la tarde. Ella explicaba qué era cada pieza, para qué ceremonia servía y quiénes eran los personajes que representaban los pequeños fantoches de lana y los cuadritos de cerámica pintarrajeados por los campesinos del nordeste. Los jueves, al oscurecer, iba a las misas de muertos. Sarmiento la presentaba a los sacristanes y fieles más devotos. Después de tratarlos un tiempo los invitaban a la casa de él, cerca del puerto, para explicarles las ventajas del culto.

En esas reuniones y en los preparativos de la construcción del templo se le pasaba el día; y llegaba al departamento siempre después de las diez. Pragma ya vivía con ella, y la esperaba mirando televisión. Bebía. La saludaba desde el sillón con un ademán que indicaba que no podía levantarse y señalaba con un dedo la botella, para indicar cuánto había bebido aquella tarde. Entonces Equis se sentaba a sus pies. La muchacha le acariciaba la cabeza, le servía una copa de gin con hielo y bebían juntas y fumaban cigarrillos ingleses. Más tarde, cuando terminaban las transmisiones de televisión, llevaban comida al dormitorio y al mediodía despertaban abrazadas, entre las sábanas revueltas, con los dedos pringados por la comida de la medianoche.

Don Pablo las visitaba poco. Una vez por semana hacía anunciar por una secretaria que quería ver a Equis en la finca. Esa noche ella no bebía: despedía a Pragma con un beso, la encomendaba a las sirvientas y se marchaba al bar del Hilton a esperar que los choferes del viejo pasasen a buscarla.

—Pronto me moriré —insistía él. Tenía frecuentes accesos de tos que duraban varios minutos, al cabo de los cuales su piel se amorataba y sus ojos enrojecían, fijos en algún punto inexistente—. ¿Lo ves? —le reprochaba, en esos momentos—. ¡Tus ídolos brasileros no me ayudan!

Equis había hecho un trabajo para la salud del hombre, siguiendo las indicaciones de Sarmiento y del Padre de Santo, que colaboraba con ellos en la construcción del templo. Había lavado una muda de ropa de Don Pablo con sangre de cordero, había esperado que coagulase y después la había blanqueado con hipoclorito, exponiéndola al sol durante varios días. Con lana de un viejo colchón armó una suerte de muñeco al que le cosió aquella ropa, y una noche lo había acostado bajo la cama del enfermo.

Varias veces, durante la preparación de aquel trabajo, se había sentido en posesión del santo. Lo veía entre sueños: era un viejo negro con cabellos muy blancos, que marchaba por el páramo fumando una enorme pipa de barro. “Es un Preto Velho”, había dicho el Padre de Santo, y la convenció de que la posesión era benéfica. “Es Santiago de Camerún, companheiro de Pomba Gira da Praia.” Durante una ceremonia, el Padre de Santo le había colocado un cigarro encendido en la boca. Equis sintió el sabor agrio de la brasa en su lengua y creyó que se quemaría, pero cuando uno de los asistentes le quitó el cigarro mordiendo su cabo, mientras los otros hacían sonar los delgados tambores, sintió un alivio, anunció que no se había quemado y el Padre de Santo aseguró que eso probaba que estaba trabajando para el bien y que el Velho Santiago la ayudaría en la cura de su cliente.

La imagen del viejo encorvado marchando por el páramo reaparecía cada vez que trataba de concentrarse en el trabajo. Pensaba en Don Pablo, buscaba confundir en su pensamiento la imagen del enfermo con la del muñeco armado por ella y una onda de calor le subía por el cuello hacia la cara. La fuerza de los latidos de la sangre empujaba sus ojos fuera de las órbitas y entonces veía entre las velas al viejo encorvado caminando por esa planicie amarillenta, con la expresión serena de quienes han muerto después de sufrir mucho y ya no necesitan ni ver ni hacer, sino sólo marchar por la planicie del mundo.

Don Pablo empezó a mejorar. Sus accesos de tos se hicieron más breves y menos frecuentes, y por la mañana despertaba con hambre y recordaba sus sueños, en los que siempre se veía joven. Algunas veces, durante las oraciones, ella creía ver que la imagen del Velho Santiago intentaba hablarle. El Padre de Santo le aconsejó aguardar y escuchar sin temor: “Cuando te hable estará para siempre contigo. ¡Pero no hagas esfuerzo! Deja que solo venga y que solo comience a hablar”. Y ella esperaba. Pero en las apariciones el Velho Santiago la miraba,

Recibe antes que nadie historias como ésta