Loading...

UNA PROMESA EN EL FIN DEL MUNDO

Sarah Lark  

0


Fragmento

1

olla

Campo de refugiados próximo a Teherán, Persia

—¿Dónde está Luzyna?

Adam, que vivía con sus padres en el lado oeste de los barracones, se plantó jadeante delante de Helena. Debía de haber llegado corriendo.

—Ni idea. —Malhumorada, Helena levantó la vista de su labor. Hasta entonces había estado sentada plácidamente al sol, contenta de haberse librado de la agobiante estrechez del barracón. El día anterior había estado lloviendo y no habían podido salir. La hermana de Helena se había quejado de que las normas del campamento le prohibiesen ir a ver a su amigo Kaspar a los barracones para hombres. Luzyna se había peleado con la muchacha de la cama contigua a la suya y se había enfadado con la mujer de la cama de enfrente, que no dejaba de hablar sola. Por la mañana, Helena se alegró de que Luzyna por fin volviera al trabajo en la cocina del campamento. Pero ahora, Adam venía a perturbar su tranquilidad. Por lo visto, su hermana volvía a estar metida en algún lío.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¿No está en la cocina? —preguntó Helena, desconcertada.

—Tenía que ir al médico —contestó el chico agitando la cabeza—. Eso al menos le dijo a la cocinera. —El campamento se hallaba junto a un pequeño hospital—. Al mediodía tenía que estar de vuelta. Pero hasta ahora no ha dado señales de vida, y eso que tiene que recoger la comida y repartirla. No puedo hacerlo solo, pero tampoco quiero delatarla. Bueno, si es que no está ahora con el médico... —Adam, un quinceañero de cabello rubio y fino, y con acné en el rostro, pasaba nervioso el peso de un pie al otro.

Helena suspiró. Siempre igual. Nadie quería poner a Luzyna en un apuro. Ella siempre encontraba a alguien que ocultaba sus trastadas o que se responsabilizaba de los errores que cometía.

—No tenía ninguna cita en el hospital —dijo Helena, al tiempo que recogía la labor. El delantal que había cosido a máquina en la clase de costura no le había quedado demasiado bien y, además, se le había manchado porque Helena continuamente se pinchaba los dedos con la aguja al coser los acabados. No cabía duda de que su talento no residía en los trabajos manuales—. A mí no me dijo nada de eso. Pero es todo un detalle que no la delates. Espera a que guarde la labor e iré contigo a echarte una mano.

Helena se puso en pie, entró en el alojamiento y parpadeó en medio de la penumbra de la gran sala solo iluminada por unos ventanucos. Puso cuidado en no tropezar con las pertenencias de otras ocupantes que había por el suelo de los angostos pasillos que discurrían entre las camas. En el barracón se apiñaba demasiada gente, los estrechos catres estaban tan cerca unos de otros que bastaba con darse media vuelta en la cama para incordiar a la vecina.

Helena se despertaba casi todas las noches porque Luzyna tenía un sueño inquieto. Como muchos refugiados polacos que tras su estancia en Siberia habían sido acogidos en Persia, su hermana sufría pesadillas. Aunque por fin estaban a buen resguardo, los recuerdos del pasado las perseguían. Antes de que los rusos invadieran su país en el otoño de 1939, después de que Stalin hubiese firmado el fatal pacto con Hitler, habían vivido como ciudadanos polacos irreprochables. Para rusificar totalmente Polonia Oriental, el dictador deportó a gran parte de la población polaca a los campos de trabajo de Siberia. Pero en junio de 1941, Alemania rompió el acuerdo de no agresión que había hecho posible la anexión de Polonia Oriental. A continuación, para combatir a Hitler, Stalin se había visto obligado a unirse a los aliados, quienes habían puesto como condición que estableciera relaciones diplomáticas con el gobierno polaco en el exilio. Gracias a tales negociaciones se amnistió a los polacos que estaban en Siberia. ¡Helena y Luzyna eran libres! Junto con el recién creado ejército polaco, formado por antiguos deportados, las dos hermanas consiguieron llegar a Persia. El país estaba bajo el control de los aliados y los polacos disfrutaban del estatus de refugiados. No había nadie que atentara contra la vida de Helena y Luzyna en ese país de Asia Occidental, pero las muchachas todavía no habían superado las penurias de los pasados años.

Helena llegó al rincón que compartía con su hermana. Corrió la cortina improvisada con mantas con la que habían separado su diminuta área personal del dormitorio común y arrojó la labor sobre la cama. A continuación fue con Adam a la cocina del campamento. El sol se alzaba en lo alto por encima de las montañas nevadas, ya era más de mediodía y los cocineros tenían la comida preparada. Seguro que los refugiados ya la esperaban impacientes. Ahí en Persia, les daban tres comidas diarias y abundantes, lo que para ellos era como un pequeño milagro. En Siberia habían pasado años de hambre.

La cocina se encontraba a unos cien metros de los alojamientos donde eran instaladas las personas. Un camino ancho y bien pavimentado condujo a Helena y Adam hasta allí. En realidad, el campo de refugiados respondía al proyecto de un cuartel de la aviación persa; los edificios centrales de ladrillo tenían un acabado mucho más sólido que los barracones. Los rodeaba un pulcro muro pintado de amarillo, no un desagradable alambre de púa como el que se había tendido a toda prisa para cercar los alojamientos. Las cuatro construcciones, sin embargo, no habían podido albergar a todo el flujo de refugiados, a quienes habían colocado primero en tiendas y luego en barracones levantados a toda prisa. En la actualidad, los cuarteles albergaban sobre todo los espacios públicos, como el hospital, la escuela y los talleres.

El ejército había puesto a disposición del campo de refugiados dos cocinas de campaña y una carpa en la que se cocinaba, cosas que los ayudantes de cocina encontraban sumamente agradables en el tórrido verano persa. Complacidos, se sentaban al sol, delante de la tienda o a la sombra del voladizo de la carpa, para pelar patatas o trocear los ingredientes del puchero. Tras los años de frío siberiano, disfrutaban con el menor rayo de sol. Naturalmente, todo sería más bonito si hubiera al menos un par de árboles o un parterre con flores. Pero nadie se había entretenido en embellecer aquel lugar; si bien la visión de las lejanas cumbres de las montañas Alburz, a cuyos pies se hallaba el campo de refugiados, constituía todo un placer para la vista.

—¿Y la pequeña Luzyna? —preguntó uno de los ayudantes de cocina cuando Adam y Helena se presentaron para repartir el rancho. Dos jóvenes les entregaron, a ellos y a los demás repartidores de comida de los otros barracones, carretillas llenas de pesadas ollas de gulash y pasta—. ¿Ahora no le tocaba servicio?

Helena se puso tensa.

—Mi hermana ha tenido que ir al médico —murmuró.

El segundo ayudante rio.

—¡De médico nada! —exclamó burlón—. La he visto antes con Kaspar detrás de la cochera. ¿Habrá confundido el hospital con el taller de reparaciones?

Kaspar, a sus dieciocho años, era de los que ayudaban en el mantenimiento de los camiones en los que llegaban al campamento las provisiones y los nuevos refugiados. Cooperaba de buen grado, mientras que Luzyna detestaba trabajar en la cocina. En realidad, tampoco se había apuntado de forma voluntaria, sino que se había sometido de mala gana a la presión de su hermana mayor. Ahora faltaba siempre que podía y Helena se arrepentía de haberla forzado a hacer lo que no quería. Sin embargo, seguía pensando que la joven, con dieciséis años, tenía que hacer algo si ya no quería ir a la escuela ni se interesaba por adquirir una formación como costurera, algo que la misma Helena hacía a disgusto. Luzyna no quería ni mejorar sus conocimientos de inglés, ni aprender francés o persa. Parecía decidida simplemente a no hacer nada, salvo dejarse llevar por la corriente y disfrutar del supuesto paraíso al que habían ido a parar.

Helena miró alrededor antes de disponerse a empujar la carretilla de la que Adam tiraba. Para ella, ese campamento no era el paraíso, aunque fuese con toda certeza el mejor lugar al que habían llegado desde que las habían deportado de Polonia. Las imponentes cimas nevadas que se erigían entre colinas verdes y palmeras datileras la impresionaban menos que la visión de los tristes barracones y las calles del campamento pobladas de seres abatidos y desarraigados. Y si bien disfrutaba de las excursiones a la ciudad de Teherán, a tan solo cuatro kilómetros de distancia, se sentía extraña en la bulliciosa metrópolis. La amedrentaban el caos de las calles, los gritos que se lanzaban los conductores de coches y camiones, y los carros de burros y bueyes; y le producía inseguridad regatear en los bazares, la música estridente, las llamadas de los muecines desde las mezquitas y la gente con sus zaragüelles, las túnicas largas y esos extraños tocados en la cabeza.

Helena admiraba el fastuoso palacio del sah, pero no se volvía loca de entusiasmo como Luzyna ante las elegantes tiendas de los sectores occidentalizados de la ciudad ni ante los vestidos de seda y los refinados maquillajes de las mujeres que paseaban por allí. No obstante, se avergonzaba de su modesto vestido de algodón cuando deambulaba por esas suntuosas calles. Habían distribuido ropa nueva entre los refugiados después de despiojarlos en el campamento de tránsito de la ciudad portuaria de Pahlavi. Pero los jerséis, vestidos y abrigos no solían corresponderse con la talla de quien los llevaba o eran demasiado gruesos para el verano persa. En comparación con las mujeres de Teherán, Helena se sentía como un patito feo, mientras que Luzyna, por el contrario, tenía el aspecto de una princesa aunque fuera vestida con un saco. La hermana menor ya era toda una beldad, y era muy consciente de ello. Luzyna estaba convencida de que un día el mundo se rendiría a sus pies. Nada en ella recordaba a la temblorosa criaturita que se había abrazado a Helena cuando los soldados rusos habían pegado al padre, insultado a la madre y arrancado a la familia de su espaciosa vivienda de Leópolis.

Helena todavía no lograba entender por qué Stalin los había expulsado de forma tan brutal de Polonia Oriental después de haber llegado a un acuerdo con Hitler sobre el reparto del país. Hasta entonces habían convivido pacíficamente con los ucranianos y bielorrusos que, en esa zona de Polonia, representaban la mayoría de la población. El padre de la joven, dentista, los había tratado a todos por igual, y la madre también había dado clases de inglés y francés tanto a niños ucranianos como rusos. Pero los rusos declararon enemigos del pueblo a centenares de miles de ciudadanos polacos. Ninguno sabía por qué los sacaban de sus casas, los metían en vagones para transportar ganado y los llevaban hacia el norte.

1

La familia había pasado los dos años siguientes en la siberiana Vorkutá. Helena, que entonces ya tenía catorce años, había trabajado con sus padres en los bosques y a veces también en la mina. A Luzyna habían conseguido alimentarla con sus escasas raciones de comida. Helena todavía recordaba Siberia como un gélido infierno: las temperaturas a veces descendían a cincuenta grados bajo cero. Por las noches, los miembros de la familia se apiñaban los unos contra los otros para mantener el calor; habían tenido que luchar contra el frío, los insectos y el hambre. El padre había fallecido al cabo de medio año a causa de un accidente en la mina. Pero la madre había seguido aferrándose a la vida; incluso cuando apenas podía sostener el hacha y la sierra debido a la tos y la fiebre, ella seguía yendo al bosque a cortar leña. No obstante, pocos meses antes de la liberación también falleció. Helena todavía recordaba cómo ella y Luzyna se habían acurrucado contra su madre en el estrecho y duro camastro para darle calor. La hermana pequeña, agotada, se había dormido en un momento dado, pero Helena siguió ocupándose de su madre y escuchó con atención su cansina respiración y al final también sus últimas palabras: «¡Cuida de Luzyna, Helena! Ahora tienes que velar por tu hermana. Prométeme que no la dejarás sola... Luzyna merece algo mejor, tiene que mantenerse con vida... sol mío, luz de mis ojos...»

Se lo había prometido al tiempo que se tragaba su antiguo dolor. Otra vez más, la única que importaba era Luzyna: la resplandeciente, el arrebatador angelito de cabellos dorados y ojos celestes, la favorita de toda la familia. Aunque Helena no podía reprochar a sus padres que la hubiesen desatendido. Al contrario, Maria y Janek Grabowski siempre habían prestado mucha atención a sus dos hijas. Fomentaban tanto el interés de la mayor por las lenguas y la literatura como el gusto de la menor por la música y la danza. Helena recordaba muchas de las horas que había pasado estudiando inglés y francés con su madre o leyendo sus libros favoritos con su padre. Pero también se acordaba de cómo se iluminaba el rostro paterno cuando Luzyna aparecía revoloteando como un duende para contar o tocar algo. Todavía distinguía el orgullo en la mirada de su madre la primera vez que la pequeña había tocado en público; a los diez años ya era una buena pianista. Todos habían felicitado a los Grabowski por tener una hija tan bonita y tan dotada, dejando a Helena al margen.

Nadie los había felicitado por tenerla a ella, Helena. Aunque no carecía de atractivo, no llamaba la atención. Helena Grabowski tenía un cabello castaño y liso que si no lavaba diariamente se veía algo desgreñado. Su rostro era armonioso, los ojos grandes y separados entre sí, pero de un azul porcelana algo aburrido. A diferencia de su hermana menor, que impresionaba a todo el mundo, ella era dócil y conformista.

Tras la muerte de su madre, Helena se había esforzado por mantener su promesa. Había renunciado a una parte todavía mayor de sus escasas raciones de comida y trabajado duramente para alimentar a su hermana. Si no las hubiesen liberado, sin duda ella también habría muerto. Persia había sido la salvación para ambas y Luzyna todavía hablaba entusiasmada del campo de transición de Pahlavi. Por fin había suficiente comida, los niños podían jugar en las cálidas arenas y nadar en las aguas del mar Caspio. Los recuerdos de Helena eran algo más turbios. Le dolía que, debido a las medidas de sanidad, hubiesen quemado las últimas pertenencias de sus padres en la playa. Entre ellas había fotos y cartas, recuerdos irrecuperables. Había contemplado sollozando cómo el viento esparcía las cenizas sobre la playa. Persia podía ser para Luzyna un paraíso, pero para ella ese país formaba parte de la pesadilla que se había iniciado con el destierro de Leópolis.

Ahora empujaba con todas sus fuerzas la carretilla —todavía estaba demasiado delgada y débil— y procuraba no pensar en el futuro. Se decía que pronto acabaría la guerra. A lo mejor podrían volver a Polonia y recuperar su anterior modo de vida.

Los refugiados esperaban la comida delante del barracón, la mayoría con paciencia y apatía. Los adultos tenían un aspecto consumido y avejentado, incluso si casi todos estaban en la mediana edad. Quien no había llegado joven y resistente a Siberia, no había sobrevivido al cautiverio. Muchos estaban enfermos al llegar a Persia, habían muerto miles en los hospitales de Pahlavi y Teherán por mucho que los médicos persas, indios e ingleses se hubiesen ocupado de ellos. Helena se decía que debería dar gracias al cielo por haberlas salvado a ella y a Luzyna, pero le faltaba la humildad necesaria. No podía creer que Dios realmente hubiera sido bondadoso con ellas. A fin de cuentas, podría haber comenzado por evitar la deportación.

Adam empezó en ese momento a repartir la comida mientras Helena dedicaba una palabra amable a todos aquellos cuyo plato de latón o de aluminio llenaba con un cucharón de gulash y pasta. Luzyna se encontraba casi al final de la fila. Dirigió a su hermana una sonrisa irresistible cuando le tendió el plato.

—¡Has sido taaaan buena reemplazándome! —Luzyna tenía una voz suave y diáfana.

Helena hizo una mueca.

—No lo he hecho por ti, sino ¡para que la gente no tuviera que esperar por tu culpa! —le reprochó—. ¿Dónde te habías metido? No has ido al médico, ¿verdad? Todas esas mentiras y escaqueos... ¡estoy empezando a hartarme! ¿Es que nunca piensas en qué habrían dicho nuestros padres de tu comportamiento? Sabes lo responsables que eran mamá y papá. ¡Se habrían avergonzado de ti!

Luzyna se encogió de hombros; en ella, incluso este gesto era grácil. Se había recogido el cabello ondulado en la nuca, y aunque el viejo vestido estaba raído, le quedaba bien. Hacía unos cuantos remiendos a sus prendas y ya le sentaban mejor. Bajo el vestido de muselina se dibujaban unas formas femeninas; Helena comprobó con envidia que, pese a que había cumplido casi diecinueve años, su hermana ya tenía más pecho que ella.

—Mamá y papá están muertos —respondió la pequeña, con arrogancia—. Ya no pueden avergonzarse. Y si todavía vivieran, también tendrían otras cosas que hacer.

Helena asintió con gravedad.

—¡Sin duda! —exclamó—. Nuestro padre trabajaría en el campamento de dentista y nuestra madre de profesora. No estarían holgazaneando y...

—¿Disfrutando de la vida? —preguntó Luzyna, rebelde—. ¿Qué tiene eso de malo? Hasta ahora ya hemos pasado suficientes privaciones y trabajado bastante. ¿Por qué no vivir simplemente al día?

—¿Y luego? No nos quedaremos en este campamento eternamente, no te traerán siempre la comida. Más tarde...

—¡Más tarde quizás estemos todos muertos! —replicó Luzyna con impertinencia. Cogió ella misma el cucharón, se sirvió y se dio media vuelta—. Todavía estamos en guerra, quién sabe cómo terminará. Los soldados dicen que los americanos están construyendo un arma con la que puedan quemar todo el mundo. Y los alemanes, lo mismo. Cuando estén listas... ¡bum!

Luzyna hizo un gesto significativo antes de retirarse con su plato. Posiblemente a la cochera de nuevo o al barracón de Kaspar para comer con el joven.

Helena la siguió afligida con la mirada. En realidad, no tenía argumentos con los que contradecirle y su hermana no era la única que adoptaba esa actitud. En el campamento, casi nadie hacía planes de futuro.

2

olla

Cuando ya todos estaban servidos, Helena y Adam volvieron con la carretilla y la cacerola a la cocina, donde ayudaron a lavar y poner orden. Luzyna, a quien en realidad le correspondía realizar esas tareas, no se dejó ver.

—Está enfadada —confirmó Adam cuando Helena se quejó—. Por lo general, cuando no viene a trabajar por las mañanas, aparece por la tarde. Aunque sea por las raciones especiales.

La comida para el personal de cocina se repartía cuando todo estaba acabado. Entonces los cocineros y los ayudantes comían juntos en la tienda y para ellos siempre quedaba algo especial. Ese día tenían fruta de postre.

—¿Significa eso que lo hace con frecuencia? —preguntó asombrada.

Adam asintió.

—A ella esto no le gusta —la defendió—. Tampoco es una... una ayudante de cocina... Dice que quiere ser pianista. Seguro que un día lo será, con lo guapa que es...

—¡Yo tampoco soy una pinche de cocina! —protestó Sonia, otra joven que ayudaba a la cocinera—. Quería ser médica, pero eso ya no será posible... Aunque se puede estudiar habiendo cumplido los veinte años. Así que no he renunciado completamente a mis esperanzas. Si bien para la carrera de pianista lo veo negro. Uno tiene que empezar muy pronto y practicar, practicar y practicar. Cada día, durante muchas horas. No me imagino a nuestra querida Luzyna trabajando con tanto ahínco...

—Antes ya practicaba mucho —explicó Helena, al tiempo que se enfadaba por estar defendiendo a su hermana. De hecho, tendría que darle la razón a la joven. Tal vez Luzyna soñara con convertirse en una virtuosa del piano, pero seguro que no se molestaría en estudiar una carrera que requiriese una entrega profunda—. Simplemente se desbarataron sus planes...

Los demás rieron.

—¡Como los de todos, cielo! —replicó la cocinera—. Y para la mayoría de nosotros, volver a comenzar será más difícil que para vosotros los jóvenes. Vosotros todavía tenéis posibilidades... Cuando haya acabado la guerra podréis llegar a serlo todo...

Helena arqueó las cejas.

—¿Aquí? —preguntó con amargura—. ¿En Persia? ¿Donde ni siquiera entendemos bien la lengua? Intento aprenderla, pero es dificilísima. Y trato de formarme como costurera aunque no tengo el mínimo talento para ello. Dudo que un día pueda ganarme la vida con la costura. Y Luzyna...

Se enjugó rápidamente una lágrima de los ojos. Al parecer, su hermana no tenía intención de respaldarla. Al contrario, al menos en un futuro próximo todavía tendría que seguir manteniéndola.

—Luzyna quiere volver a Polonia —apuntó Adam, que era quien conocía mejor a la muchacha—. En cuanto acabe la guerra.

—Ya, porque se imagina que todo está como antes —confirmó Helena, abatida—. Pero por lo que dicen, Europa está destruida... E incluso si nuestra casa aún siguiera en pie, ahora vivirán rusos en ella. No creo que podamos echarlos de allí sin más.

—Si yo fuera más joven... me iría a Nueva Zelanda —dijo Sonia, que soñaba con estudiar la carrera de Medicina. En su voz había una nota de melancolía.

—¿Adónde? —Helena y Adam hicieron la pregunta al unísono, pero mientras que el joven parecía no haber oído nunca mencionar ese país, la emoción impregnó la voz de Helena. El nombre del estado insular de Polinesia nunca había aparecido en relación con la guerra y la huida.

—Nueva Zelanda. Es algo así como una colonia inglesa —explicó Sonia—. Está en algún lugar cerca de Australia. Muy, muy lejos. Y la gente que vive allí piensa acoger refugiados polacos. Mi hermana pequeña está en el orfanato de Isfahán. Me lo ha contado por carta.

El gobierno polaco en el exilio había organizado en Isfahán un orfanato bien equipado para los huérfanos de deportados. Estaba provisto de estupendas escuelas y la atención era excelente. Sin embargo, Helena era demasiado mayor al llegar al país para que la aceptasen y Luzyna no había querido ingresar sola en él.

—Naturalmente hay una limitación en la edad —prosiguió Sonia—. Pero a vosotros dos... A vosotros seguro que os admiten. Y a Luzyna también. Id a pedir información.

Helena estaba excitadísima cuando emprendió el regreso a su barracón. Nueva Zelanda... A diferencia de Sonia y Adam, ella tenía conocimientos sobre ese país, todavía se acordaba muy bien de los prometedores paquetitos con sellos de colores y de las cartas en inglés que su madre traducía con ella. Un amigo de su padre, un dentista alemán, había huido a Nueva Zelanda justo después de que Hitler alcanzara el poder. Siendo judío, había considerado que en Alemania no tenía futuro, y estaba en lo cierto. En los años siguientes a su emigración, hacía partícipes de sus experiencias en el nuevo mundo a sus amigos europeos. Los Grabowski leían sus cartas con emoción, y sobre todo después de que estallara la guerra, cuando empeoró el aprovisionamiento, esperaban con impaciencia los paquetes llenos de latas de conserva, carne y pescado secos y dulces para las pequeñas. La madre de Helena había insistido en que las niñas dieran las gracias por todo ello personalmente, una buena oportunidad de practicar el inglés. Helena todavía se acordaba de la dirección aproximada: Elizabeth Street, Wellington. Esta, según había escrito Werner Neumann, era la capital de su nuevo hogar, y parecía diferenciarse mucho menos de Leópolis o Düsseldorf que de Teherán. Hablaba de funciones de ópera y teatro, de grandes almacenes y del edificio del Parlamento.

Naturalmente, el contacto con el exiliado se rompió en cuanto deportaron a los Grabowski, pero en Persia, donde los refugiados que entendían el inglés podían escuchar programas de radio en esa lengua, Helena había prestado atención siempre que se mencionaba Nueva Zelanda. Sabía que ese país había enviado ejércitos a Europa durante la contienda, pero no había sufrido bombardeos en su territorio. Allí parecía reinar la paz. Cuando pensaba en Nueva Zelanda, imaginaba rebaños de ovejas pastando en unos prados verdes, coloridas casas de madera y gente amable. «Tío» Werner y su familia enseguida se habían integrado. Habían tenido que aprender inglés, pero Helena hablaba realmente bien la lengua. Le resultaría más fácil encontrar trabajo en Nueva Zelanda o incluso asistir a la universidad que en Persia.

Se le aceleró el corazón solo de pensar en visitar tal vez un día a los Neumann si al final conseguía una plaza para ella y Luzyna en uno de los barcos que transportaban emigrantes. Decidió informarse al día siguiente en la dirección del campamento, en cuanto hubiese hablado de ello con su hermana menor.

Helena se había mentalizado para una discusión, pero se vio agradablemente sorprendida. Luzyna abordó el tema por propia iniciativa.

—¡Kaspar y yo nos vamos a Nueva Zelanda! —comunicó a su hermana cuando se acostaron—. Él abrirá un taller de coches. Todavía no debe de haber muchos, por lo visto aquello está todo lleno de ovejas y vacas. Eso era también lo que decía el tío Werner.

Helena frunció el ceño. No podía imaginarse que un país tan grande y moderno como Nueva Zelanda aún no estuviera motorizado. Además todavía no veía a Kaspar, quien llevaba un par de meses ayudando en el mantenimiento de los vehículos del campamento, como el mecánico que necesitarían en ese país. Pero le daba igual. Lo principal era que Luzyna tuviera una actitud positiva ante el proyecto de emigrar.

—¿Ya sabéis cómo vais a hacerlo? —preguntó Helena con cautela.

Luzyna asintió con vehemencia.

—Claro. Kaspar ha oído decir que Nueva Zelanda quiere acoger a setecientos niños y jóvenes. Deben ser huérfanos, es la única condición. La mayoría saldrá del orfanato de Isfahán, pero nosotros también podemos apuntarnos. Con la doctora Virchow. Hay que registrarse, simplemente, y ella nos pondrá en la lista que está confeccionando.

La doctora Virchow, una médica contratada por el gobierno polaco en el exilio, era la responsable de los niños y jóvenes de los campamentos próximos a Teherán. Organizaba la asistencia sanitaria y se ocupaba de las escuelas y los programas de formación. Helena ya había tratado con ella en varias ocasiones, entre otras cuando se matriculó en el curso de costura y en las clases de persa. Además, se había ofrecido a trabajar como profesora de inglés, pero no se lo permitieron a causa de su juventud. La doctora Virchow había decidido amablemente que primero se recuperase de las penurias del viaje y del cautiverio en Siberia. Ya volverían a hablar cuando hubiera pasado un año.

Fuera como fuese, Helena no sentía ningún recelo hacia la médica, pero no podía creer que bastase con hablar con ella para entrar en la lista de refugiados con destino a Polinesia. Sin duda habría que pasar por un examen médico y se tendrían en cuenta los conocimientos de inglés. Así pues, era optimista en lo que concernía a Luzyna y a ella. Su hermana no hablaba inglés tan bien, pero sí mejor que la mayoría de refugiados. Y las dos gozaban de buena salud, se lo habían confirmado en varias ocasiones.

—¿Tienes algo en contra de que vaya con vosotros? —preguntó Helena a su hermana, después de que esta hubiera fantaseado un poco sobre el idílico futuro que les aguardaba a ella y Kaspar en el otro extremo del mundo.

Luzyna le sonrió, hizo una reverencia y la abrazó.

—Sin ti, Helena —dijo—, ¡yo no me voy a ninguna parte!

Estas palabras la conmovieron, tanto si eran sinceras como si no.

A la mañana siguiente, las hermanas se reunieron con Kaspar delante de las oficinas del campamento. Para ello, Luzyna volvió a faltar a su puesto en la cocina, aunque esta vez con el consentimiento de Helena. Tampoco el chico se había escaqueado sin más, sino que había pedido una hora libre al encargado del parque móvil. En ese momento, el torpón muchacho de cabellos castaños saludó a Luzyna tan cariñosamente como si no se hubiesen visto durante meses. A Helena le resultó lamentable tener que ver cómo se abrazaban y besaban a la vista de todos. Pero los otros pocos jóvenes que esperaban para entrevistarse con la doctora Virchow ni siquiera se fijaron en la pareja. Parecían tener suficiente con sus propios asuntos. Se trataba de tres chicos y dos chicas, entre los catorce y los dieciséis años, según calculó Helena. Ellas llevaban de la mano a hermanos más pequeños que se quedaron mirando con curiosidad a Luzyna y Kaspar. Una de las pequeñas soltó una risita.

—¿Y tú qué miras? —la increpó Kaspar.

Como era frecuente en él, se comportó de forma áspera y desagradable, Helena lo había experimentado en su propia piel. Solo se conducía de una manera distinta con Luzyna.

La niña bajó asustada la mirada. Su hermana mayor iba a decir algo, pero la llamaron. Tiró de sus hermanos hacia la oficina de la doctora. Pasaron diez minutos hasta que los tres salieron de nuevo y después la médica llamó a Luzyna. La muchacha entró relajada y salió poco después.

—Quería saber si ya había oído hablar de Nueva Zelanda y cómo imaginaba que sería el país. Y si estaba en el curso de inglés. Le he dicho que ya sabía inglés y que teníamos parientes en Nueva Zelanda... —Helena inspiró hondo al escuchar la mentira, pero hubo de reconocer que el embuste de su hermana acerca de los Neumann aumentaba sus posibilidades de partida—. Pues sí, y luego me ha preguntado si mis padres estaban realmente muertos, bueno, si estaba segura. No les gusta enviar a los jóvenes tan lejos si los padres solo están desaparecidos. En fin... —Luzyna se secó una lágrima— nosotras no tenemos ninguna duda al respecto...

A Helena le tocó el turno de entrar después de que lo hicieran dos jóvenes más. La médica sonrió amablemente.

—Creo que ya nos conocemos, ¿no es así? —la saludó Virchow—. Asistes a diferentes cursos y eres... ¿No eras tú la que habla inglés con fluidez?

Helena asintió.

—Mi madre era profesora de inglés —explicó—. Seguro que mi hermana, Luzyna Grabowski, ya se lo ha contado. Acaba de hablar con usted.

La doctora echó un vistazo a su carpeta.

—Ah sí, la rubita... No sabía que era tu hermana, el nombre Grabowski es bastante común. Luzyna me ha dejado una muy buena impresión. Y por supuesto tú también serías una persona apropiada para emigrar. Pero me temo... me temo que en tu caso no podamos arreglarlo.

Helena tuvo la sensación de que de repente la empujaban fuera de una nube y caía en un agujero negro.

—Pero... ¿por qué no? —balbuceó—. Creo... creo que hay setecientas plazas.

La doctora Virchow asintió.

—Para niños y jóvenes entre seis y dieciséis años. Tu hermana todavía encaja, Helena. Y si tú tuvieras diecisiete... trataría de intervenir en tu favor. Para no separaros siendo hermanas. Pero con casi diecinueve... Lo siento mucho.

La muchacha se mordió el labio.

—Pero a Luzyna... ¿la aceptarán? —preguntó con voz ahogada.

—Me gustaría enviar a tu hermana. Me parece una persona muy apropiada, y sería para ella una gran oportunidad. Claro que tiene que estar de acuerdo, no obligamos a nadie. Si la quieres de verdad, aconséjale que se vaya. A esos niños les espera allí una vida totalmente distinta. —Jugueteó con su pluma—. Yo casi les envidio —añadió a media voz—. Escapan de la guerra y del duro período posterior que nos aguarda a nosotros. Tendremos que reconstruir Europa y me temo que se la repartirán Rusia y las potencias de Occidente. Si se pelean por ello, pronto estallará otra guerra. Por el contrario, allí en Nueva Zelanda no habrá destrucción ni peligro, y sí fantásticas oportunidades, en especial para las chicas jóvenes. Allí las mujeres pueden asistir a la universidad. Tienen derecho a voto desde hace cincuenta años... Seguro que no es el paraíso, Helena, pero es lo mejor que puede pasarle a tu hermana.

Helena tragó saliva. Volvía a oír la voz de su madre: «Luzyna merece algo mejor...» Ahora parecía como si lo que Maria había soñado para su hija menor fuera a hacerse realidad.

—La convenceré de que se marche —contestó con sequedad—. Muchas gracias, doctora Virchow. Ah, sí, y... y cuando se presente Kaspar Jablonski... Si puede enviar a Luzyna, de momento no le diga a ese chico que con dieciocho años es demasiado mayor y no tiene ninguna posibilidad. Hágales creer a los dos que estarán juntos. Con lo enamorada que está Luzyna, podría echarlo todo por la borda.

En efecto, Luzyna se enteró de que habían rechazado a Helena cuando ya era inevitable. Hasta entonces, la mayor escondió su pesar delante de su hermana pequeña y lloraba a escondidas en su cama cuando Luzyna dormía o cuando hacía sus labores, que, encima, echaba a perder con las lágrimas. Al menos, se decía con amargura, podría alimentarse a sí misma con la costura. Ya no tendría que responsabilizarse de Luzyna. Y se sentía culpable de experimentar cierto alivio al pensar eso.

Al final, colgaron la lista con los niños y adolescentes seleccionados y, aunque Helena había estado esperando que ocurriera un milagro, no encontró ni su nombre, ni tampoco el de Kaspar. Solo Luzyna formaba parte de los quince huérfanos del campamento de Teherán que partirían al cabo de diez días. Luzyna reaccionó tal como Helena había esperado.

—¡Admite que tú ya lo sabías! —la acusó la joven cuando Helena no consiguió fingir sorpresa suficiente por haber sido rechazada—. ¡Sabías perfectamente que no elegirían a Kaspar, pero te lo has callado porque quieres librarte de mí!

Que su propia hermana no estuviera en la lista no parecía disgustarla demasiado, pese a sus anteriores afirmaciones. Helena se sintió herida, pero no dejó entrever nada. En lugar de disgustarse, tenía que mostrarse diplomática. Tranquilizaría a Luzyna y la haría desistir de ir a la dirección del campamento y darse de baja. Eso requería no quitarle la ilusión de volver a ver a Kaspar.

—Sí, lo sabía —admitió—. Pero la limitación de edad es válida para el viaje, no p ...