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UNA VIDA PRESTADA

Berta Vias Mahou  

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Fragmento

Mi corazón es una cámara

Soy. Eres… ¿Qué has sido? Una espía sin sueldo. Una artista sin público. Una mujer sin hijos. Siempre escondida detrás de ti misma. No te gustaba verte. No te gustó nunca. Siempre mirando hacia dentro o más allá de tu sombra, aunque, a pesar de todo, te observabas. No mucho, porque enseguida apretabas el botón, se abría el obturador, y, clic, ahí quedaba para siempre tu silueta, en el espejo del agua, en las olas de una cornucopia o en la superficie suave y lisa de una esfera de metal, multiplicada hasta el infinito. En todas partes y en ninguna, porque estabas allí aun sin ser, porque eras sin estar, como si no tuvieras vida, y tu nombre no importaba. Una necesidad inmensa de anonimato, de no aparentar, de no atarte a nada ni a nadie, te ha llevado siempre a cambiar de nombre. A inventar identidades. A esconderte. ¿Qué eres? ¿Qué has sido?

Poco más que una sombra envuelta en las sombras. Una niñera que no podía seguir siéndolo porque envejeció. Una niñera a la que se le fue arrugando la frente, a la que se le encorvó la espalda y a la que le salieron bolsas bajo los ojos. Que caminaba cada vez más despacio. Colgada en su altura, con las alas del sombrero cada vez más caídas, una sombra bajo otra sombra. Una niñera que salía a pasear por las calles día tras día con su cámara colgada del cuello, entre rascacielos, chillidos de gaviota y sirenas, en busca… ¿De qué? De la mugre, del dolor, de la alegría, del bullicio, del silencio y de la luz, sobre todo de la luz, jugando a ser sombra. Como tú. En las aceras, en los charcos, en los cubos de basura, en la vida de los otros, anónimos casi siempre, como tú misma. Y la belleza. Esa belleza rara que nadie parece ver. Y el horror que nos empeñamos en ignorar, incluso cuando es nuestro.

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Siempre a la intemperie, con el mejor de los disfraces, un disfraz que no era disfraz, sino tu ropa de todos los días. Un atuendo normal y corriente, que no llamaba la atención y te volvía invisible, y al mismo tiempo extraño, diferente al de la mayoría. Sólo así te decidías a salir a la calle para vagar durante horas y horas por esas ciudades enormes en las que has vivido casi toda tu vida, Nueva York y Chicago, cuando ellas también eran jóvenes, en un país aún por hacer, cuando cualquier persona llegada de Europa tenía más historia que todo este continente. Y ahí, en la calle, siempre atenta a lo que ocurría a tu alrededor, a veces sonreías y hasta te echabas a reír. Cuando un niño desde detrás de sus gafas y bajo un gorro de piel de castor con la cola larga acariciándole el cogote te miraba ceñudo. O si un pobre anciano lunático se paseaba con los pantalones subidos hasta las ingles, con chaqueta, los calcetines bien estirados y sombrero.

O cuando una mujer de cierta edad se atrevía a desafiarte, con mirada áspera, por encima de la estola de piel que llevaba sobre los hombros menguados, tan frágiles ya después de una vida larga y triste, como si cada hueso fuera de papel. También entonces sonreías o te echabas a reír. Y disparabas. Para retratar a todas esas personas que cuando mueran parecerá que apenas han vivido. Como tú. A todas esas personas a las que tú querías prestar vida. Un pedacito de vida en un cartón. O en un fragmento de película. En un negativo. Tampoco hablabas casi nunca, aunque a menudo te atrevías a hacer preguntas. A ladrar unas pocas palabras. Con tu acento francés y tu aire de extranjera en todas partes. Sólo con algunos desconocidos de pronto soltabas un discurso. Con el repartidor de leche, con un vendedor de periódicos, con otra niñera en una fiesta de postín a la que habías llevado a las crías de la alta sociedad a las que cuidabas.

Te gustaba acechar. Espiarlo todo. Hasta las palabras. Por eso preguntabas, para que los demás hablaran y no tener que hablar tú, aunque la mayoría de las personas no paran de hacerlo, incluso cuando están en la más completa de las soledades, como lo estarás tú muy pronto, porque de Rogers Park, donde sólo sobreviven los raros, tus iguales, irás a parar a la habitación de un hospital o de una residencia de ancianos, de la que saldrás metida en una caja de madera. Pero tú les hacías hablar de lo que querías que hablaran, no acerca de lo que ellos querían decir, y acababan hablando de lo que no querían. Preferías escuchar. Y ver, sobre todo ver, que no es más que otra manera de escuchar. Tus ojos son como dos faros. Dos faros vencidos por el peso de la vida. Dos faros que, desde el momento en que llegaste al mundo, no han dejado de caer. Dos agujeros negros, siempre observando. Como los de tu cámara. Un hueso más en tu osamenta. Tu costilla.

La Rolleiflex que siempre te acompañó. Aunque ella los tiene el uno debajo del otro, muy juntos, como los de un cíclope. Un cíclope que tuviera dos ojos. Y tú con ella siempre colgada del cuello parecías un cíclope de cuatro ojos. Tus ojos oyen. Tus oídos ven. Aún. Tu dedo, en cambio, ya no dispara, ni mata ni da vida, porque hace tiempo que no sales a espiar a los transeúntes, que no usas ninguna de las cámaras que has tenido, ni siquiera la Rollei. Te tiembla el pulso. Ni tú misma entiendes ya tu letra, cada vez más borrosa y extenuada. Como tu vista. Están a buen recaudo. Las cámaras. Con los negativos. Hace tiempo que no podían venir contigo, porque ya no te daban trabajo y tampoco tenías dónde quedarte. Empezaste a incomodar, a asustar a la gente y tal vez incluso a oler mal. Es lo que hacemos los viejos. Olemos a cadáver, llevamos en el rostro la muerte. No sólo la nuestra, sino la de todo el mundo.

Ya no se fiaban de tus capacidades para seguir haciendo lo que habías hecho durante toda tu vida. Cuidar a otros. Y tenían razón. Tu ser más íntimo se tambaleaba, haciendo equilibrios en la cuerda floja de la soledad y la demencia. Ya sólo te sostenía tu plan. Tu plan. Ahora por fin está todo listo, según el proyecto que empezaste a urdir cuando eras joven y que después tu banda te ayudó a llevar a buen puerto. Tu banda. Unos personajes de aspecto tan notable que casi siempre pasaban desapercibidos. Sin disfrazarse, eran un puro disfraz. Y a ti el tuyo te protegía de las miradas. Trajes camiseros. Faldas hasta media pierna. Un poco más allá de la rodilla. Camisas cuadradas, de hombre. Trajes de chaqueta de corte sencillo. Y abrigos grandes, amplios. Con bolsillos, muchos bolsillos. Un aventurero viaja por el mundo sin apenas nada, pero su ropa está siempre llena de bolsillos, esos bolsillos que le dan seguridad, como un buen sombrero.

Y tus zapatos. Cómodos, sin tacón. Para caminar durante horas y horas cada día sin apenas tomar un descanso. Para volver al final del día a casa, pero no a la tuya, sino a la casa en la que vivías en cada momento, la de los otros, para trabajar o para dormir. Nunca una casa para ti. Sólo un trozo de casa en casa de unos extraños. El disfraz era tu casa. La ropa sirve para medrar en la vida. Por eso, los artistas se disfrazan de artistas, se ponen trajes de artista. Tú nunca has querido medrar. Pero la ropa también puede servir para quedarse atrás, para desaparecer del punto de mira de los demás. Y para salir a espiar. A los que quieren ascender, a los que no quieren hacerlo. Para acechar a los pocos que lo logran, aunque también a los que no lo consiguen y a los que ni siquiera se les pasa por la imaginación. O a los que si en algún momento de su vida lo hicieron, soñar con subir en la escala social o incluso con la fama, pronto se les olvidó por completo.

Para escrutar todas esas miradas de tristeza, de locura, de rabia, de complicidad, que has encontrado siempre a tu alrededor. Y golpes, gritos de socorro, forcejeos, peleas encarnizadas, a puñetazos. En plena calle. En el suelo. Y las páginas de los periódicos, repletas de asesinatos, suicidios, catástrofes naturales, escándalos políticos. Y las aguas oscuras del Hudson. O las azules del lago Michigan. A los de abajo y a los de arriba, que son los mismos. O lo son en cuanto unos suben y los otros bajan, en cuanto unos acaban por estar donde antes estaban los otros. Atisbando también caricias, besos, abrazos. Siempre con la cámara al cuello o entre las manos, a la altura de tus tripas. Siempre dispuesta a disparar, siguiendo la pista de un crimen. El más grande de todos los crímenes. El de la vida. Vivir y, sobre todo, dar vida. Un crimen que tú no has querido cometer. Sólo observarlo desde fuera, por un agujero.

Y te vuelves a ver en la superficie bruñida de una bandeja de plata, en el centro de un escaparate en mitad de una calle cualquiera, ya no recuerdas si de Nueva York o de Chicago o de alguna de las muchas ciudades que visitaste cuando te fuiste a dar la vuelta al mundo, sola, con tu cámara, una superficie de plata, reluciente, en la que se refleja el ajedrezado de una verja, que parece una alambrada. Retrocedes unos pasos, tomas aire y te vuelves a acercar. Ahí está. Ahí estás. Esa eres tú. Nunca quisiste gustar. A nadie. Te conformabas con no dar asco, pero hasta eso resultó cada vez más difícil. Sí. Ahí estás. Esa eres tú. Un pedazo de madrastra. Una madrastra que no se casó. Que ni lo pensó un solo instante, ni siquiera con él… Con él, dos palabras que jamás te atreviste a poner juntas. Sólo ahora, cuando es demasiado tarde. La niñera, alta, seria, retadora, no sonreía así como así. No lo hacía casi nunca. Tampoco tenía motivos para hacerlo. Tan sólo los tenía para reírse a carcajadas o para llorar. A gritos.

Pero sabía contenerse, porque aprendió a dominarse desde muy niña, casi desde que nació. O tal vez nació así. A la niñera le gustaba vivir libre como el aire. Como a las hadas, a los animales y a los artistas. Porque a los artistas les gusta eso. Vivir libres de todo, aun encerrados en una habitación, consumiéndose sobre una cama. O en un sótano, sólo con una mesa y una silla para seguir haciendo lo que hacen. Encerrados o todo el día en la calle, pero sin tener que responder a las preguntas del primero que pasa. Ni el correo, ni el teléfono, ni a las solicitudes de Hacienda, ni a los bancos. Por eso, la gente respetable, pegada a la tierra, a las ideas de siempre, considera al artista como una especie de insecto. Con razón. Un artista es un bicho, una alimaña, gigante. También tú lo eres. Un monstruo. Y te importa un bledo lo que piensen o digan de ti. Lo único que quieres, lo único que has querido siempre, es vivir según tus reglas. No has querido vender tu alma, a nadie, ni por unos cuantos dólares ni por un montón. Tu libertad.

Esa cochina libertad sin la que no habrías sabido vivir. Esa condenada libertad que quieres conservar hasta el día en que te mueras. Y tú decidirás cuándo habrá de llegar ese día. No falta mucho. Dejarás de comer, de tragar, de oír. Mientras tanto, no has querido saber nunca lo que los demás pensaban de ti. Te ha bastado con lo que tú pensabas, que, por otro lado, tampoco le interesaba a nadie. Sólo a algunos de los niños a los que cuidabas. Con ojos brillantes, preguntaban, siempre deseando saber más. Aquellas dos niñas en Southampton. A y B. ¿Qué habrá sido de ellas? A J, L y M aún los ves. O esa otra criatura con la que conspirabas en la época de los disturbios raciales aquí en Chicago. Sí. Te bastaba con lo que tú pensabas, porque estabas convencida, y aún lo estás, de que lo que hacías era bueno, sin necesidad de palmaditas en la espalda o de halagos y reverencias o exclamaciones de asombro y admiración o de aplausos.

Sabías muy bien lo que eras capaz de hacer y lo que no. Has acechado a muchos fotógrafos. Has bailado a su alrededor, sin hacer ruido. Fotógrafos famosos y fotógrafos buenos, que no siempre son los mismos. No suelen serlo. A unos y a otros los has espiado. A más de uno en plena calle, por casualidad. O a propósito, sabiendo dónde vivían, por dónde se movían. A otros, en museos y exposiciones. A casi todos en los libros, en los periódicos, en las revistas. Has conocido también a alguno. Alguno te ayudó. Cuando eras joven. Como Jeanne. Jeanne Bertrand. También ella vino aquí, a los Estados Unidos de América, con su familia, en busca de una oportunidad. Como tu madre, desde un pueblecito de los Alpes franceses. Como tu abuela. Como tantos otros. Ella te ayudó. Con su mirada, con sus gestos, con lo que sabía. Y aprendiste a hacer lo que todos ellos hacían, la técnica, los trucos de la profesión, sin necesidad de que nadie supiera quién eras tú.

No has querido venderla. Tu alma. Por unas migajas de placer malsano. Y la vanidad no es más que eso. Un placer que dura poco y pide mucho. Siempre más y más y todavía más, hasta destruirte. Un placer de estómago y de hocico y orejas y dientes insaciables. Tampoco has pedido nada. Nunca. A nadie. No habrías sido capaz de ir de puerta en puerta para ver si te publicaban las fotografías en un periódico o en una revista, si las exponían en una galería, en un museo, o si te las compraba un mecenas o un coleccionista. Has preferido hacerlas para ti, todas, aunque también para los demás, como un regalo, pero todavía no, aunque pronto, muy pronto, llegará el momento. Cuando tú no puedas ya saber lo que los demás piensan sobre ellas, ni sobre ti. Cuando no sean más que un regalo y no un examen ante un tribunal con frecuencia hipócrita y corrupto.

Ya tienes suficiente con levantarte cada día de la cama, con asearte y vestirte para salir a la calle y no asustar a nadie, con intentar comer algo, rebuscando en la basura, para no morir antes de tiempo, con tratar de no maltratar a nadie, para no sentirte como un cerdo, porque a veces te dan ganas de empujar a alguien, de zarandear a más de uno, pero te aguantas. Has tenido que escuchar muchos gritos a lo largo de tu vida. Has visto tantas peleas. A una edad en la que te dejan marcado para siempre. Por eso, has huido siempre de todo y de todos, hasta de ti misma. No estabas dispuesta a soportar los comentarios sobre tu obra. No por miedo a que fueran críticos. Eres peor que cualquier censura, con tu opinión siempre implacable. Demoledora. No por miedo, sino por pereza, una pereza imponente, inhumana. Frente a los juicios, tanto de los que no saben nada como de los que saben mucho, tal vez demasiado. Y quizá también por altanería. Por orgullo. Sí. ¿Por qué no?

No has querido tener que justificarte ante la corte suprema de los hombres, ni entrar en el juego de la rivalidad, dando vueltecitas en la noria de juguete como un roedor y comiendo pipas cuando se dignaran a ofrecértelas o muriéndote de hambre cuando no te prestaran la más mínima atención. Y tanta apatía has sentido siempre ante los comentarios negativos como frente a los favorables. Preferías salir por ahí a observar a tres conejos gruñendo sobre la marquesina de un cine o a una pareja de hipopótamos intentando ...