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VERNON SUBUTEX 2

Virginie Despentes  

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Fragmento

ÍNDICE DE PERSONAJES

QUE APARECEN EN EL PRIMER VOLUMEN

Vernon Subutex: Protagonista del libro. Ex vendedor de discos. Lo echaron de su piso, se acopló en casa de antiguos conocidos y acabó en la calle al final del volumen 1.

Alexandre Bleach: Cantante de éxito, de estilo indie rock, con letras en francés. Muere por sobredosis en un hotel. Amigo de juventud de Vernon, lo ayudaba económicamente y dejó en su casa las cintas de una entrevista que se realizó a sí mismo una noche en que estaba colocado, mientras Vernon dormía. Muchos personajes buscan este «tesoro»…

Emilie: Ex bajista. Amiga de Vernon. Es la primera que lo aloja, pero se niega a echarle un cable más de una noche.

Xavier Fardin: Guionista frustrado. Viejo amigo de Vernon, al que aloja un fin de semana. Al final del volumen 1, encuentra a Vernon, que ha pasado a ser un sintecho, y un grupo de jóvenes fachas le pega una paliza.

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Marie-Ange Fardin: Mujer de Xavier.

Céleste: Se cruzó con Vernon en un bar, Vernon pensó que intentaba ligar con él, pero simplemente lo había reconocido: cuando era pequeña, su padre la llevaba a la tienda de discos. Lleva tatuajes y trabaja en el bar Rosa Bonheur, en el parque Buttes-Chaumont.

Laurent Dopalet: Productor. Cuidado, peligro público…

La Hiena: Fue «detective privada», y en la actualidad se ha especializado en linchamiento cibernético. Laurent Dopalet la contrata para que encuentre la entrevista de Alex Bleach.

Anaïs: Ayudante de Laurent Dopalet.

Sylvie: Ex de Alexandre Bleach que aloja durante un tiempo a Vernon, con quien tiene una breve aventura. Vernon se marcha de su casa «tomando prestados» varios libros y un reloj. Sylvie lo busca por todas partes en las redes sociales, decidida a fastidiarlo.

Lydia Bazooka: Crítica de rock y fan de Bleach que quiere escribir su «biografía». Así conoce a Vernon y lo aloja unos días.

Daniel: Ex estrella del porno, en la actualidad trans, ha cambiado de nombre, es encargado de una tienda de cigarrillos electrónicos e íntimo amigo de Pamela Kant.

Pamela Kant: Ex estrella del porno. Campeona de Tetris online.

Kiko: Broker cocainómano. Alojó a Vernon unos días y luego lo echó de su casa.

Gaëlle: Amiga de Kiko, de Marcia, de Vernon y de la Hiena. Por hacer un favor a esta última, aloja a Vernon unos días (en casa de Kiko, donde vive).

Marcia (nombre originario Leo): Sublime trans brasileña y peluquera de estrellas que vive en casa de Kiko.

Vodka Satana (nombre originario Faiza): Ex estrella del porno. Madre de Aisha. Ex amante de Bleach. Ex colega de Daniel y Pamela.

Sélim: Ex marido de Faiza. Profesor universitario progresista y laico. Cría solo a su hija desde la muerte por sobredosis de Faiza/Vodka Satana.

Aisha: Hija de Faiza/Vodka Satana y de Sélim. Joven musulmana piadosa. Sélim, amigo de la Hiena, le pidió que lo ayudara a observar la personalidad de su hija, que se le escapa.

Patrice: Viejo amigo de Vernon y ex compañero de Cécile. Hombre violento con sus parejas. Rompió todos sus vínculos con el mundo de la música. Es la última persona que alojó a Vernon antes de que acabara en la calle.

Noël: Trabaja en H&M. Amigo de Loïc.

Loïc: Mensajero, amigo de Noël. Al final del volumen 1, es el que pega a Xavier Fardin el golpe más violento en el cráneo, que provoca que lo hospitalicen en coma.

Laurent: Sintecho. Ofrece a Vernon varios consejos y contactos para su nueva vida en la calle. Se mueve por los alrededores del parque Buttes-Chaumont.

Olga: Sintecho, rusa enorme de carácter feroz. Insulta a los fachas que reparten mantas a los sintecho. La calle es su reino.

 

Vernon espera a que oscurezca y a que a su alrededor no haya luz en ninguna ventana para trepar por la reja y aventurarse a meterse en el jardín comunitario. Siente punzadas en el pulgar de la mano derecha, ya no recuerda cómo se hizo ese pequeño rasguño, pero, en lugar de cicatrizar, se hincha, y le sorprende que una herida tan anodina pueda dolerle hasta ese punto. Atraviesa el terreno en pendiente y bordea las viñas avanzando por un camino estrecho. Procura no tocar nada. No quiere hacer ruido, ni que detecten su presencia por la mañana. Llega al grifo y bebe con avidez. Luego se inclina y pasa la nuca por debajo del agua. Se frota enérgicamente la cara y alivia el dedo herido dejándolo un buen rato bajo el chorro helado. La noche anterior, aprovechó que hacía bastante calor para asearse más a fondo, pero su ropa huele tan mal que después de volver a ponérsela se sentía aún más sucio que antes de lavarse.

Se reincorpora y se estira. Le pesa el cuerpo. Piensa en una cama de verdad. En darse un baño caliente. Pero nada dura demasiado. Se la suda. Solo siente una sensación de vacío absoluto, que debería aterrorizarlo, es consciente de ello, no es el mejor momento para sentirse bien, pero lo único que lo invade es una calma silenciosa y llana. Ha estado muy enfermo. Ahora le ha bajado la fiebre y desde hace unos días consigue reunir las fuerzas para aguantarse en pie. Está mentalmente débil. Se dice que volverá, que seguro que la angustia no tardará en volver. De momento nada le afecta. Está suspendido, como este extraño barrio al que ha ido a parar. La colina Bergeyre es un altiplano de varias calles al que se accede por escaleras, rara vez te cruzas con un coche, no hay ni un semáforo en rojo, ni una tienda. Solo gatos, y muchos. Vernon observa el Sacré-Coeur, frente a él, que parece planear por encima de París. La luna llena tiñe la ciudad de una luz espectral.

Desvaría. Tiene lagunas. No le desagrada. A veces empieza a argumentarse: no puede quedarse ahí indefinidamente, este verano hace frío, volverá a pillar un resfriado, no debe abandonarse, tiene que bajar a la ciudad, buscar ropa limpia, hacer algo… Pero en cuanto intenta retomar ideas pragmáticas, vuelta a empezar: cae en picado. Las nubes tienen sonido, el aire contra su piel es más suave que una tela, la noche tiene olor, la ciudad le habla y él descifra su murmullo, que asciende y lo engloba, él deja que lo cubra y flota. No sabe cuánto tiempo dura esa dulce locura que lo arrastra una y otra vez. No se resiste. Su cerebro, impactado por los acontecimientos de las últimas semanas, habrá decidido imitar las subidas de estupefacientes que ingirió a lo largo de su vida anterior. Luego, cada vez, un ligero clic, un lento despertar, recupera el curso normal de sus pensamientos.

Inclinado ante el grifo, vuelve a beber largos tragos, que le desgarran la tráquea. Desde que cayó enfermo tiene la garganta dolorida. Creyó que iba a palmarla en aquel banco. Las pocas cosas que sigue sintiendo con intensidad son de orden físico: un picor atroz en la espalda, la mano herida, en la que siente punzadas, las ampollas en los tobillos, que se infectan, la dificultad para tragar… Coge una manzana del fondo del jardín, es ácida, pero necesita azúcar. Trepa con dificultad por la reja que separa el jardín de la casa en la que suele dormir. Se agarra a las ramas para levantar el cuerpo y casi se parte los morros al caer al otro lado. Acaba de rodillas, en el suelo. Le gustaría darse pena, u horrorizarse de sí mismo. Algo. Pero nada. Solo esa tranquilidad absurda.

Atraviesa el patio trasero de la casa abandonada en la que ha establecido su cuartel general. En la planta baja, lo que estaba destinado a convertirse en un patio con una vista sublime de la capital se ha quedado en un cobertizo de cemento que permite protegerse del viento y de la lluvia. Los postes de hierro oxidado que sujetan el techo cuadriculan el espacio. Hace poco, Vernon se enteró, por boca de un tío de la obra de enfrente, de que hace ya años que dejaron de trabajar en la casa. Los cimientos estaban a punto de desmoronarse, las paredes maestras se agrietaban y el propietario se decidió a hacer obras importantes. Pero murió en un accidente de coche. Sus herederos no se pusieron de acuerdo. Se destrozan entre sí con notarios de por medio. Cerraron la casa y la abandonaron. Vernon duerme allí desde hace ya varias noches, sería incapaz de decir si hace diez días o un mes —ha perdido la noción del tiempo, como de todo lo demás. Le gusta su escondite. Al amanecer, abre un ojo y se queda inmóvil, impresionado por la amplitud del paisaje. París se descubre, vista desde tan alto que parece acogedora. A la hora en que el frío se hace demasiado intenso, se acurruca en una esquina y dobla las rodillas contra su cuerpo. No tiene ninguna manta. Solo puede contar con su propio calor. Un gato pardo, tuerto y obeso, llega a veces a tumbarse sobre su vientre.

Las primeras noches en la colina Bergeyre, Vernon durmió en el banco en el que se desplomó al llegar. Llovió sin parar durante días. Nadie lo molestó. Delirando, con fiebre altísima, se pegó un viaje increíble, desbarró entusiasmado. Volvió en sí progresivamente, salió a su pesar del cómodo algodón de su delirio. Un viejo borracho, al encontrárselo en su banco el primer día de sol, primero lo acribilló a insultos, pero al verlo demasiado débil para contestar, se preocupó por su situación y luego le cogió cariño. Le llevó naranjas y una caja de paracetamol. Charles es ruidoso y estrafalario. Le gusta refunfuñar y hablar del norte, donde nació y donde su padre era ferroviario. Se parte de risa dándose golpecitos en los muslos, y sus carcajadas degeneran en una tos viscosa que amenaza con ahogarlo. Vernon está en «su» banco. Tras una rápida evaluación, cuyos criterios solo conocía él mismo, el viejo decidió hacerse amigo suyo. Se ocupa de él. Pasa a comprobar que todo va bien. Le advirtió: «No te quedes a dormir aquí ahora que hace bueno», y le señaló la casa, a unos metros. «Apáñatelas para entrar y esconderte en la parte de atrás. Que no te vean unas horas cada día, porque si no los servicios municipales vendrán a desalojarte inmediatamente. Aún necesitas descansar un poco, amigo mío.»

Vernon no prestó atención a la advertencia, pero ya el segundo día de buen tiempo descubrió lo que el viejo le había aconsejado. Los trabajadores municipales pasaban el chorro de agua por las aceras. No los oyó llegar. Uno de ellos le apuntó a la cara con la manguera. Se levantó de un salto y el trabajador le quitó los cartones que lo protegían del frío. Era un joven negro de rasgos finos, que lo miraba de arriba abajo con expresión de odio. «Pírate de aquí. A la gente no le apetece ver tu sucia jeta de vago por la mañana, al abrir la ventana. Lárgate.» Y por el tono, Vernon entendió que le interesaba obedecer inmediatamente, no tardarían en llegar las patadas. Se tambaleó, tenía las piernas entumecidas por haber pasado tanto tiempo tumbado. Deambuló por las calles de los alrededores. Estaba atento al sonido de la camioneta de la limpieza y procuraba alejarse de ella. Lo injusto de su situación lo dejaba totalmente indiferente. Aquel día empezó a darse cuenta de que algo en él no iba bien. Se preguntaba adónde había ido a parar. Tardó un tiempo en entender por qué aquel lugar le parecía tan extraño: no pasaba ningún coche y ni siquiera se oía el ruido del tráfico. A su alrededor solo había casitas bajas rodeadas de jardines, como antaño. Si el banco del que acababa de levantarse no hubiera dado justo por encima del Sacré-Coeur, habría pensado que, en un ataque de fiebre, había cogido el tren y estaba en provincias. O en los años ochenta…