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VESTIDA DE BLANCO 3

Mary Higgins Clark  

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Fragmento

Prólogo

Era un jueves por la noche de mediados del mes de abril en el hotel Grand Victoria de Palm Beach.

Amanda Pierce, la futura novia, se estaba probando el vestido para la ceremonia con la ayuda de Kate, su amiga de toda la vida.

—Ruego a Dios que me quepa —dijo, y la cremallera subió ese peliagudo punto por encima de la cintura.

—No puedo creer que te preocupara no caber en él —repuso Kate sin rodeos.

—Bueno, después de todo el peso que perdí el año pasado temía haber engordado lo suficiente como para que me quedara estrecho de cintura. Se me ha ocurrido que era mejor saberlo ahora que el sábado. ¿Te imaginas que tuviéramos que lidiar con la cremallera cuando esté a punto de ir hacia el altar?

—Eso no va a pasar —declaró Kate de forma categórica—. No sé por qué estabas tan nerviosa por eso. Mírate al espejo: estás preciosa.

Amanda contempló su reflejo.

—Es un sueño, ¿verdad?

Recordó que se había probado más de un centenar de vestidos y que había buscado en las mejores tiendas de novias de Manhattan antes de descubrir el que ahora llevaba puesto en un minúsculo establecimiento de Brooklyn Heights. Era todo cuanto había imaginado: de seda de color marfil, corte imperio y con encaje hecho a mano cubriendo el corpiño.

—Mucho más que eso —aseveró Kate—. Entonces ¿por qué pareces tan triste?

Amanda se miró de nuevo al espejo. Era rubia, con un rostro en forma de corazón, grandes ojos azules, largas pestañas y labios de un tono frambuesa natural, y sabía que había sido bendecida con unos rasgos hermosos. Pero su amiga tenía razón: parecía triste. Triste no, en realidad, sino más bien preocupada. El vestido le quedaba perfecto, se recordó. Eso debía de ser una buena señal, ¿o no? Se obligó a sonreír.

—Solo me preguntaba cuánto puedo comer esta noche para que esto siga cabiéndome el sábado.

Kate se echó a reír y se dio una palmadita en el vientre, un tanto abultado.

—No digas eso delante de mí, precisamente. En serio, Amanda, ¿estás bien? ¿Todavía le estás dando vueltas a nuestra conversación de ayer?

Amanda agitó una mano.

—Ni por asomo —respondió, sabiendo que no estaba siendo sincera—. Bueno, ayúdame a quitarme esto. Los demás ya deben de estar a punto de bajar a cenar.

Diez minutos más tarde, a solas en su dormitorio, ataviada ya con un vestido de lino de color azul claro, Amanda se puso unos pendientes y echó un último vistazo al traje de novia, extendido con esmero sobre la cama. Entonces reparó en una mancha de maquillaje en el encaje, justo bajo la línea del escote. Había puesto mucho cuidado y aun así había una mancha. Sabía que saldría, pero tal vez esa fuera la señal que estaba esperando.

Se había pasado casi los dos últimos días como una extraña en el exótico paraje donde se iba a celebrar su propia boda, buscando pistas que le dijeran si aquella ceremonia debía o no celebrarse. Al mirar aquella mancha en su vestido hizo un juramento, no a su novio, sino a sí misma: «Solo tenemos una vida y la mía será feliz. Si persiste en mí una sola duda, no me casaré el sábado».

«Muy pronto lo sabré», se dijo.

En ese momento la invadió una sensación de control absoluto. Amanda no imaginaba que a la mañana siguiente desaparecería sin dejar rastro.

1

Laurie Moran escuchó mientras la adolescente que tenía delante practicaba su francés de instituto. Estaba en la cola de Bouchon, la pastelería que acababan de abrir, ubicada al doblar la esquina de su oficina en Rockefeller Center.

—Ye vu-dre pan chocolate. Que sean deux.

La cajera sonrió con paciencia mientras esperaba a que la joven hilara su segunda petición. Sin duda estaba acostumbrada a esos patéticos intentos de algunos de los clientes de practicar el francés, pese a que la pastelería estaba en el corazón de Nueva York.

Laurie no tenía tanta paciencia. Debía reunirse más tarde con su jefe, Brett Young, y aún no había decidido qué historia abordar primero para el próximo especial de su programa. Necesitaba tanto tiempo como fuera posible para prepararse.

Tras un último «mer sí», la chica se marchó con una caja de pastas en la mano.

Laurie era la siguiente.

—Pediré en inglés, s’il vous plaît.

—Merci.

Se había convertido en una tradición que los viernes por la mañana pasara por la pastelería y llevara algo especial a su equipo: su asistente, Grace García, y su ayudante de producción, Jerry Klein. Agradecían el surtido de pastelillos, cruasanes y panes. Después de que hiciera el pedido, la cajera le preguntó si deseaba alguna otra cosa. Los macarons tenían una pinta deliciosa. Quizá se llevara unos pocos para su padre y Timmy, para después de la cena, se prometió, y como premio para sí misma si la reunión de ese día con Brett iba bien.

Cuando salió del ascensor en la planta dieciséis del número 15 de Rockefeller Center, se percató de que la disposición de las oficinas de los Estudios Blake Fisher reflejaba el éxito de su trabajo ese último año. Antes ocupaba una pequeña oficina sin ventanas y compartía un ayudante con otros dos productores, pero la carrera de Laurie había despegado desde que creó un «informativo especial», basado en crímenes reales, que se centraba en casos sin resolver. Ahora tenía una larga hilera de ventanas en su espacioso despacho repleto de elegantes y modernos muebles, Jerry había sido ascendido a ayudante de producción y ocupaba un despacho más pequeño al lado del suyo, y Grace siempre estaba muy atareada y se había instalado en un amplio espacio abierto junto al suyo. Los tres se dedicaban a tiempo completo a su programa, Bajo sospecha, lo cual los liberaba de trabajar en otros programas de noticias normales y corrientes.

Grace había cumplido veintisiete años hacía poco, pero parecía más joven. Laurie se había sentido tentada en más de una ocasión de decirle que no necesitaba usar todo el maquillaje que de forma meticulosa se aplicaba cada día, pero resultaba evidente que Grace prefería un estilo personal muy diferente de los gustos clásicos de su jefa. Ese día vestía una blusa de seda multicolor con unas mallas increíblemente ceñidas y botas de plataforma de casi trece centímetros. Llevaba su largo cabello negro recogido en un moño al estilo de Mi bella genio, formando una fuente perfecta.

Por lo general, Grace se abalanzaba sobre la bolsa de la pastelería, pero ese día no fue así.

—Laurie —comenzó despacio.

—¿Qué suc

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