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VIAJE AL FIN DEL AMAZONAS

Silvina Heguy  

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Fragmento

Más allá de la intimidante inmensidad

Los árboles ya no mueren de pie. En la selva amazónica, en el corazón geográfico de Brasil, dos hombres con motosierras los hacen caer. El último acto de ese cumarú de más de treinta metros es rugir como un animal herido. Es la fricción con otros lo que provoca el sonido tormentoso. Después hay silencio. Se rompe con el aletear de pájaros que se desbandan. Algo se perdió en el equilibrio de la naturaleza y nadie lo registra.

Por minuto, el equivalente a una cancha de fútbol sembrada de árboles se pierde en esta parte del planeta. La tala ilegal sobrevive porque hay demanda. “Cada árbol caído tiene ya su comprador”, dice el jefe de ese campamento. “Éstos van para China, para muebles. Saldrán por el puerto del sur. Es una cadena ilegal que cuenta con sus cómplices en cada etapa”.

Las advertencias sobre la degradación de la selva amazónica son alarmas de ambientalistas que parecen quedar en eso. Hay estadísticas que se pierden. Las cifras son verdaderas construcciones de laberintos desde donde discuten por tener la razón, con aura científica. La realidad son caminos de tierra, selva herida por rutas, pobreza, peleas de hombres y mujeres pobres contra hombres pobres con armas y pagados por poderosos.

Una vez ahí, hace calor; el cielo del atardecer es rojo, de un tono único; la superficie es inabarcable; los árboles, altísimos; hay animales jamás vistos, anacondas capaces de tragar a un hombre entero, y la crueldad de la muerte no sólo es parte de la pelea por la superviviencia del más apto; hay pistoleros, traficantes, buscadores de oro, ladrones de tierra de guante blanco y promesas oficiales sin cumplir. La selva parece concentrarlo todo.

La sucesión de sus tragedias la ha vuelto una barbarie sin registro. La desconexión con lo que sucede se esconde en la hiperconexión permanente. Se sabe más de las matanzas de los pueblos indígenas de la Amazonía por los conquistadores españoles y portugueses que la llevada adelante por la dictadura militar en las décadas de 1970 y 1980, cuyo plan sistemático recién está saliendo a la luz desde los archivos secretos.

Por momentos, la realidad parece no poder salir de la selva y desafiar un cambio. El territorio, como la ignorancia, no ayuda. Los exploradores de siglos pasados recorrieron la cuenca amazónica dibujando mapas, clasificando flores y animales, analizando comportamientos, discutiendo el buen o el mal salvaje, yendo detrás de ciudades perdidas con paredes cubiertas de minerales preciosos. Los periodistas apenas llegan. Muchos de los que lo hacen se ocupan de registrar al milímetro el comportamiento de alguna especie al borde de la extinción. Otros pasan meses filmando sus propias aventuras como modernos Indiana Jones. El espectáculo contenido en lo superficial. Hay pocos que logran valiosas investigaciones sobre las mafias que se enriquecen de la selva. Es difícil unir un rompecabezas tan complejo, y esa dificultad ayuda a la impunidad. La selva parece infinita, no importa un árbol menos, una cultura corrompida por el dinero, un río sin peces. Las cumbres climáticas son reuniones que logran poco, más allá de la advertencia. La ley y el Estado no están para frenar a los asesinos a sueldo capaces de matar a una monja cuando termina de leer el Evangelio. La llegada es siempre tarde: sobre los cadáveres o la selva incendiada.

La Amazonía está mucho más que amenazada. Tiene presiones reales como la tala, la minería, el avance de la agricultura, la explosión d

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