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VIAJE AL PAíS DE LOS BLANCOS

Ousman Umar  

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Fragmento

Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa. Lo que sé con seguridad es que nací en un país africano de clima tropical llamado Ghana. Mi pueblo, en la región de Brong-Ahafo, distrito de Techiman, está en medio de la selva, rodeado de frondosa vegetación. Es una zona muy fértil: se cae una semilla al suelo y brota una planta. Cuando nací mi madre murió en el parto. Según la tradición de mi tribu, los walas, que viven al noroeste del país, cuando esto sucede se abandona al niño porque lleva consigo una maldición. Se le deja morir. Por fortuna mi padre, llamado Seidú (aunque también era conocido como Mosi), formaba parte de la familia real de la tribu y era chamán, por lo que pudo salvarme. Nuestro antepasado lejano era el rey que había fundado el reino de Wa y de él habían salido las cuatro ramas familiares —conocidas como cuatro «puertas»— que gobiernan por turnos.

Nosotros pertenecíamos a una de esas puertas. Como chamán, mi padre no comulgaba con la fe musulmana, sino que, siguiendo la tradición de las tribus africanas, era animista. Creía que los dioses están por todas partes —en la naturaleza, los ríos o las montañas— y que tienen alma. Los walas tenemos nuestro propio documento de identidad: se trata de una hendidura en la mejilla derecha, un pequeño corte, que nos hacen al nacer. Así nos podemos reconocer entre nosotros. Es importante: en una batalla puede servir para que decidan abatirte por ser el enemigo o, por el contrario, protegerte por ser miembro de la tribu.

Pero aquel solo sería el primer milagro de mi vida, la primera vez de las muchas que he estado a punto de morir. Para salvarme mi padre decidió que nos trasladásemos a otra región, a vivir con mi tía, que adoptaría el papel de mi madre. Crecí pensando que mi madre era la mujer que ejerció de mi madre, pero en realidad ella era mi tía, la hermana de mi madre.

Pasé mi infancia en aquel pueblo al que nos mudamos, Fiaso. Allí, cultivamos los campos. Si queremos comer pollo cogemos alguno del corral. Si queremos otro animal vamos a la selva a cazarlo. Por la noche colocamos trampas y, en cuanto amanece, corremos a mirar qué ha caído. Si no tenemos otra cosa recolectamos mango

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