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VIAJEROS DE LA NOCHE (CIENCIA FICCIóN 2)

George R.R. Martin  

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Fragmento

LA CIUDAD DE PIEDRA

El entremundo tenía muchos nombres distintos. En la cartografía estelar de los humanos se le denominaba Estación Gris, las pocas veces que aparecía, pues se encontraba a diez años de viaje del dominio de los humanos, hacia el interior. En su idioma estridente, los dan’lai lo llamaban Vacío. Para los ul-mennaleith, que lo conocían desde hacía más tiempo, simplemente era el mundo de la ciudad de piedra. Los kresh lo llamaban de otro modo, y también los linkellar, los cedranos y otras especies que habían aterrizado en él y después se habían marchado, así que pervivían diversos nombres. Pero para la mayoría de seres que lo usaban como un breve alto en el trayecto de estrella a estrella era el entremundo.

Era un lugar baldío, un mundo de océanos grises y planicies interminables donde rugían las ventiscas. Aparte del espaciopuerto y de la ciudad de piedra, era un desierto sin vida. Los ul-nayileith habían construido el espaciopuerto hacía por lo menos cinco mil años, según el cómputo humano del tiempo, en los días gloriosos en que reivindicaban el dominio de las estrellas ulianas, y el entremundo había estado bajo su control durante cien generaciones. Pero después, los ul-nayileith habían desaparecido, y los ul-mennaleith habían llegado a ocupar sus territorios, de modo que sólo se recordaba a la antigua especie en las leyendas y las plegarias.

Sin embargo, el espaciopuerto sobrevivió. Era una cacaraña enorme en mitad de la planicie, rodeada por la imponente muralla que habían construido los antiguos ingenieros para protegerla de las ventiscas. Dentro de la muralla estaba la ciudad portuaria, un cúmulo de hangares, barracones y tiendas donde descansaban y reponían fuerzas viajeros exhaustos procedentes de cien mundos distintos. Afuera, al oeste, no había nada; el viento llegaba de aquella dirección y azotaba la muralla con una furia que no tardaron en canalizar y convertir en energía. Pero las sombras de la muralla este albergaban una segunda ciudad, una ciudad al aire libre, de cúpulas de plástico y casuchas de metal. Allí se hacinaban los derrotados, los marginados y los enfermos; allí se concentraban los sin nave.

Y más al este se alzaba la ciudad de piedra.

Ya existía cuando llegaron los ul-nayileith, hacía ya cinco mil años. Nunca descubrieron cuánto tiempo llevaba resistiendo las ventiscas, ni por qué. Se decía que, en aquellos tiempos, los ancianos de la especie de los ul eran arrogantes y curiosos, y que la habían investigado. Habían recorrido los callejones sinuosos, habían ascendido por las escaleras angostas y habían subido a las torres arracimadas y a las pirámides de cúspide cuadrada. Habían encontrado los pasadizos oscuros e interminables que se entretejían formando una red laberíntica por debajo del suelo. Habían descubierto la inmensidad de la ciudad, enseñoreada por el polvo y el silencio sobrecogedor. Pero no lograron encontrar a los Constructores.

Al final, inexplicablemente, a los ul-nayileith los invadió la fatiga, y con ella, el temor. Se retiraron de la ciudad de piedra para no volver a pisarla jamás. Dejaron de usar la piedra durante miles de años, y dio comienzo el culto a los Constructores. Y también empezó el largo declive de la antigua especie.

Pero los ul-mennaleith sólo rinden culto a los ul-nayileith. Los dan’lai no adoran a nadie. Y los humanos, ¿quién sabe a quién adoran? De modo que la ciudad de piedra volvió a llenarse de sonidos, del eco de las pisadas arrastrado por el viento de los callejones.

Los esqueletos estaban incrustados en la muralla, distribuidos por encima del portal sin orden ni concierto; había casi una docena, estaban medio ocultos en la superficie sin junturas de metal uliano y medio expuestos a los vientos del entremundo, unos más hundidos que otros. Muy arriba, la brisa hacía repiquetear el esqueleto reciente de un ser alado de nombre desconocido; era una bolsa holgada de huesos huecos y delicados unidos al muro sólo por los tobillos y las muñecas. Un poco más abajo, en la parte superior del portal y a la derecha, lo único que se veía del esqueleto de un linkellar eran las costillas amarillentas, que sobresalían como tablillas de un tonel.

El esqueleto de MacDonald también estaba medio empotrado. Tenía las extremidades hundidas en el metal, pero los dedos colgaban hacia fuera, y aún sostenía un láser en la mano. Los pies y el pecho estaban al aire. Y la calavera, por supuesto; descolorida, blanquecina y medio aplastada, pero desafiante como un reproche mudo. Cada vez que Holt pasaba por el portal, al amanecer, la calavera lo miraba desde arriba. Algunas veces, en la extraña penumbra del alba del entremundo, le parecía que las cuencas vacías lo observaban durante el largo trayecto hasta el portal.

Pero a Holt no lo afectaba desde hacía meses. Al principio había sido diferente, justo después de que atraparan a MacDonald y su cuerpo putrefacto apareciera un buen día en la muralla, medio fundido con el metal. El hedor se le metía a Holt en la nariz, y en los rasgos del cadáver se reconocía demasiado bien a Mac. Pero con el tiempo se había convertido en un mero esqueleto, lo que ayudaba a Holt a olvidar.

La mañana del día en que se cumplía el primer año estándar del aterrizaje de la Pegaso, Holt pasó por debajo de los esqueletos casi sin dirigirles ni una mirada de reojo.

Adentro, como siempre, el pasillo blanco, polvoriento y desnudo estaba vacío. Se bifurcaba más adelante, curvándose en ambas direcciones, y había unas pocas puertas azules distribuidas a intervalos regulares, pero todas estaban cerradas.

Holt tomó el pasillo de la derecha y probó suerte con la primera puerta, apoyando la palma de la mano en la placa de apertura. Nada, la oficina estaba cerrada. Probó con la siguiente, con idéntico resultado. Después, con la siguiente. Holt era metódico, tenía que serlo. Cada día había sólo una oficina abierta, y cada día era una distinta.

La séptima puerta se deslizó hacia un lado.

Tras una mesa curva de metal estaba sentado un dan’la, que parecía completamente fuera de lugar. La habitación, los muebles, la pista, todo se había construido según las proporciones de los largamente desaparecidos ul-nayileith, y el dan’la se veía diminuto en aquel entorno. Pero Holt ya se había acostumbrado. Desde hacía un año iba todos los días a las oficinas, y todos los días, un dan’la estaba sentado a una mesa. No tenía ni idea de si era el mismo, y cada día estaba en una oficina diferente, o si era uno distinto cada vez. Todos tenían el hocico largo, la mirada esquiva y el pelaje rojizo e hirsuto. Los humanos los llamaban hombres zorro. Salvo raras excepciones, Holt era incapaz de diferenciar a un dan’la de otro, y ellos tampoco lo ayudaban. Se negaban a decirle su nombre, y aunque a veces la criatura de la mesa mostrara conocerlo, no era lo habitual. Hacía tiempo que Holt había tirado la toalla y se había resignado a tratar al dan’la que encontraba en la mesa como si se viesen por primera vez.

Aquella mañana, sin embargo, el hombre zorro lo reconoció casi al instante.

—Ah —dijo al ver entrar a Holt—. ¿Quieres puesto?

—Sí —respondió.

Holt se quitó la gorra gastada que hacía juego con su ajado uniforme gris, y esperó. Era un hombre pálido y delgado; tenía el pelo castaño con entradas y el mentón obstinado.

—No puesto, Holt —dijo el hombre zorro con una sonrisa fina y breve, mientras entrelazaba las delgadas manos de seis dedos—. Lo siento. Hoy no nave.

—Anoche oí una —repuso Holt—. La oí cuando sobrevolaba la ciudad de piedra. Dame un puesto en ella. Estoy cualificado: domino la propulsión estándar y puedo manejar un acelerador de salto dan’lai. Tengo acreditación.

—Sí, sí —de nuevo apareció el atisbo de sonrisa—. Pero no nave. Quizá semana que viene. Quizá semana que viene hay nave humana. Entonces tienes puesto; te juro, Holt, te prometo. Eres un buen saltador, ¿verdad? Tú me dices. Te conseguiré puesto. Pero la semana que viene, la semana que viene. Ahora no nave.

Holt se mordió el labio y se inclinó hacia delante, apoyándose en la mesa con los brazos separados, apretaba la gorra en el puño.

—La semana que viene no estarás. Y si estás, no me reconocerás ni te acordarás de nada de lo que me has prometido. Dame un puesto en la nave que llegó anoche.

—Ah —dijo el dan’la—. No puesto. No es nave humana, Holt. No puesto para hombre.

—Me da igual. Yo me embarco en cualquier nave. Me da igual trabajar con dan’lai, ules, cedranos o lo que sea. Se salta igual en todas las naves. Méteme en la nave que aterrizó anoche.

—Pero es que no hubo nave —respondió el hombre zorro. Mostró los dientes un instante y los volvió a ocultar—. Te lo digo, Holt. No nave, no nave. La semana que viene vuelve. Vuelve la semana que viene.

Su tono invitaba a marcharse; Holt había aprendido a reconocerlo. Una vez, meses atrás, se había quedado y había intentado discutir, pero el hombre zorro había llamado a otros para que se lo llevaran, y la siguiente semana se había encontrado todas las puertas cerradas. Holt había aprendido a irse cuando era el momento.

Afuera, bajo la luz tenue, se apoyó un momento en la muralla del viento y trató de controlar el temblor de las manos. Tenía que mantenerse ocupado, se recordó. Necesitaba dinero y fichas de comida; bien, ya tenía una tarea a la que dedicarse. Podía pasar por la Cabaña o buscar a Sunderland. En cuanto al puesto, el día siguiente sería otro día. Debía tener paciencia.

Tras dedicarle una breve mirada a MacDonald, que no había tenido paciencia, Holt echó a andar por las calles desiertas de la ciudad de los sin nave.

Desde que era niño, a Holt le encantaban las estrellas

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