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VIEDMA

Gonzalo Álvarez Guerrero

5


Fragmento

1

Catalina lo masturbó con una delicadeza y una sabiduría improbables en una chica de 16. Gonzalo no volvió a sentir nunca más tanta intimidad.

Estaban acostados en la cama marinera de su habitación de la Residencia; las paredes tapadas con pósteres de la revista Pelo, la carpeta de tres ganchos abierta sobre el escritorio blanco, la repisa desbordada de libros y discos, la bandeja Philco apagada, la luz apagada, el ventilador encendido en cámara lenta. La habitación de Gonzalo era la única que no tenía salida al parque. Así que solo debían vigilar que nadie entrara por la puerta que daba al living. Él le había levantado la remera esa que decía Love en rosado y había logrado desabrocharle el botón del jean nevado. Ella le había abierto la camisa. Se besaban. Experimentaban y jugaban con sus lenguas, abrían grandes sus bocas, mordían sus labios. Catalina se deslizó sobre Gonzalo, perfecta, liviana como el aire. Gonzalo le puso ambas manos en la cola y apretó fuerte hacia él. Catalina notó la erección y meneó su pelvis en mínimos círculos; le pellizcó la oreja izquierda con sus dientes. A Gonzalo le dolió un poco y le gustó mucho, y la apretó más y más hacia él. Sintió el calor de sus pezones sobre el pecho. Catalina lo había tocado muchas veces ya, pero siempre sobre la tela del jean; alguna vez sobre la tela del calzoncillo. Aquella mañana le bajó la bragueta, lentamente; metió su manita de artesana, estiró su bóxer (Gonzalo había empezado a usar bóxer hacía poco tiempo) y tomó su pene duro, durísimo, con determinación y valentía. Dejó la mano allí, reposada. Y ellos también se quedaron quietos. Gonzalo, a la expectativa. Catalina parecía no respirar. Entonces, comenzó un movimiento casi imperceptible. Movió su mano con una parsimonia exasperante. Luego ejerció más presión. Y aceleró el va y viene, con habilidad oriental, como si se hubiese entrenado desde chiquita en el arte de la masturbación. Finalmente, en el momento preciso, presagiando los tiempos y cada una de las sensaciones de Gonzalo, aumentó el ritmo. Gonzalo cerró los ojos con fuerza, estiró los dedos de las manos y separó los dedos de los pies y arqueó el torso desnudo y prensó los dientes y llegó.

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Llegó casi al mismo tiempo en que Juan Pablo II llegó a Viedma.

El Papa pisó el suelo viedmense ese 7 de abril de 1987 para bendecir a la futura capital de la Nación. Ya nadie recuerda que el Papa estuvo en Viedma. Mucho menos se recuerda para qué estuvo. Aquella fotografía de Juan Pablo II bajando del viejo Boeing con trasfondo patagónico fue eliminada del álbum patrio. Los pueblos prefieren olvidar sus fracasos: pequeñas correcciones de la historia. Viedma capital fue el último gran proyecto nacional. Si se lo piensa bien, quizá haya sido todo un acierto borrar de la memoria colectiva aquel enorme desengaño. La maquinaria del olvido funcionó a la perfección.

Gonzalo tendría que haber estado en el multitudinario acto del aeropuerto Castello, acompañando a su padre gobernador. Catalina también, porque hizo la primaria en el María Auxiliadora y porque usaba un pequeño crucifijo de oro y le rezaba a Dios antes de las pruebas del colegio. Pero no.

En realidad, aquel día sagrado ella lo pasó a buscar por la Residencia para que fueran juntos. Gonzalo la vio hermosa. Jean nevado, botas salteñas y esa remera blanca con un Love rosa en letras manuscritas; se presentía que no llevaba corpiño, a pesar de que supuestamente iría al acto del Papa. La besó y la tomó de la mano. En la Residencia había tanta gente y tanto apuro por salir hacia la bendición papal que nadie se dio cuenta de que ellos se metieron en la habitación. Ni los seis ministros provinciales. Ni los once intendentes patagónicos. Ni Dante Caputo, canciller de la Nación, que insistía en aclarar que era ateo. Ni ninguno de los siete acaudalados empresarios. Ni los obispos De Nevares y Hesayne, que conversaban en un rincón con Bergoglio, un simpático cura jesuita que había viajado desde Buenos Aires en ómnibus para la ocasión. Ni José Ignacio López, el vocero presidencial, que consolaba al pobre Tardivo, guardaespaldas de Raúl Alfonsín, que todavía no se explicaba por qué lo habían mandado a Viedma si el Presidente no iba a estar. Ni el detallista mayordomo Molardo. Nadie, pero nadie nadie, se percató en los salones de la Residencia de la desaparición repentina del hijo del gobernador y su novia.

Cerró la puerta y volvió a besarla. Catalina le dijo que tenían que irse, pero él no le hizo caso y ella ya no insistió.

Diecinueve años después, el 2 de abril de 2003, al levantar un diario gratuito del piso del tren de cercanías, Gonzalo se entera de la muerte de Juan Pablo II.

Había llegado a Madrid la noche anterior. Se alojó en el lejano NH de San Sebastián de los Reyes y durmió bastante mal. Así que estuvo todo el día de un humor horrible, ocupado de la mañana al atardecer en una reunión horrible con un cliente horrible. Tomó el tren en Atocha para volver al hotel, se echó en el medio de una fila de asientos vacíos, se acomodó los anteojos y se aflojó la corbata. Gonzalo no estaba acostumbrado a usar corbata. Lo que llevaba puesto era, en realidad, corbatín y no corbata. No sabía cómo le habría caído el corbatín al cliente español, pero sí sabía que los publicistas, como los artistas, pueden tomarse ciertas licencias respecto de la vestimenta, aun en ocasiones de mucha formalidad, como cuando se le presenta una campaña a un bodeguero aristócrata. Incluso sospechaba que un publicista con corbata de abogado jamás podría ser un buen publicista; aunque reconocía que esa podía ser una percepción snob o directamente pelotuda. Desde ya que desconocía si el aristócrata español compartía dicha hipótesis. Y eso lo preocupaba un poco: después de todo un día reunidos, no había logrado siquiera inferir un pensamiento de su cliente. Como fuera, Gonzalo se aflojó el corbatín, cerró los ojos, apoyó la cabeza sobre el vidrio frío del tren y extendió las piernas. Así permaneció unos veinte segundos. Volvió a abrir los ojos, los entreabrió en realidad. Algo le había llamado la atención. Buscó con la mirada a su alrededor. Y ahí vio el diario Metro, tirado a sus pies. “Murió Juan Pablo II”: el único título de la tapa.

Levanta el diario, ligeramente exaltado, y lee la nota principal, dos columnas sobre su legado, una reseña sobre los hitos de su papado. A pesar de la sorpresa, no está especialmente conmovido. Gonzalo no es católico. Ni siquiera fue bautizado. Tampoco le caía simpático aquel Papa polaco que le parecía demasiado conservador. Pero sigue leyendo las noticias y las efemérides con curiosidad. Con esa curiosidad con que se lee sobre la muerte de los personajes que han dejado una huella en la historia. Abandona el diario en un asiento y observa a los pocos pasajeros del vagón. No encuentra ninguna cara compungida o angustiada; son sólo caras de pasajeros que vuelven a sus hogares. Mira la hora. Aún le quedan unos quince minutos para llegar a San Sebastián de los Reyes. Le dan ganas de desatarse los cordones, pero no se anima a tanto. Entonces opta, simplemente, por volver a cerrar los ojos e intentar descansar. Sin embargo, la noticia de la muerte de Juan Pablo II le ha provocado una sensación extraña. Lo percibe en el estómago, o quizás en el corazón. Como si sintiera pena por la muerte de un amigo. Se queda unos minutos así, pensativo, intentando saber qué es lo que le molesta, qué es lo que lo inquieta. Se baja en su estación, camina las dos cuadras que lo separan del hotel, pide la llave 301 y encarga que le suban una tortilla a su habitación. La come mirando un partido de la Liga en diferido y se da una ducha; permanece más tiempo del habitual bajo el chorro de agua, que cae con potencia. Luego, desnudo, se acuesta a dormir.

Está cansado. Pero algo lo sigue molestando, en el estómago, o en el corazón, o en la cabeza. Algo lo conmueve, sutilmente. Piensa. Intenta saber qué es ese algo, de qué está compuesta esa nube de ansiedad que impide su sueño. Da vueltas en la cama king size. Es inútil. No le será fácil dormirse. Se levanta para mirar por la ventana. No hay afuera nada que mirar, más que faros de luz opaca que alumbran el vacío.

Vuelve a la cama y apaga la tele. Prueba mejor suerte con un libro, uno de Mankell. Lleva dos libros de Mankell en la valija: Perros de Riga y La falsa pista. Se había entusiasmado con el comisario Wallander. Pero no puede seguir la lectura con la concentración necesaria para entender la trama. Apaga la luz y busca relajarse. La inquietud sigue allí, entorpeciendo su descanso. Debe dormir. Al día siguiente tendrá otra reunión horrible con el cliente horrible que se niega a confiarle a un argentino la campaña de su nueva línea de espumantes. Gonzalo concluye que será mejor tomárselo con calma, que el tipo es un imbécil y no merece que lo adule para ganar la cuenta; eso no le cambiará la vida. Entrará a la próxima reunión con otra actitud y sin corbata, con la frente en alto; y si le vuelve a faltar el respeto lo parará en seco y se pasará sus títulos nobiliarios y su origen aristocrático por el culo. Está decidido. Si no le quiere dar la campaña de los espumantes, que también se meta las burbujas en el culo, junto a los títulos y el origen, y que vaya a hacerse la paja, qué tanta mierda…

Entonces la nubecita se despeja.

Era eso: aparece en su mente el rostro maltrecho del Papa y vuelve a rememorar aquella jornada bíblica en Viedma y a la hermosa Catalina. A Catalina y su gloriosa paja.

Gonzalo la recuerda elegante, algo distante, con su pelo un poco rojo y su maquillaje de fiesta. Tenía un cuerpo menudo y fácil; fue la primera en animarse a las bikinis pequeñitas en las playas pantanosas del Río Negro. Sus tetitas eran maleables como plastilina, suaves como la seda. Y está seguro, bien seguro, que su cola de vedette a escala sigue allí, exactamente donde debe estar, a no ser que la vida la haya tratado peor de lo que merecía; una cola erguida, saludable, sospechosa. Gonzalo era un chico de flequillo hasta las cejas, bigote pelusa y brazos demasiado largos cuando empezó a sentir obsesión por aquella chica y su cola perfecta. Era un chico de pelo llovido y sombra sobre los labios, sí, pero no era tonto: no se dejaba engañar por unos jeans ajustados.

La palabra que le viene a la mente cuando recuerda los tres meses de noviazgo con Catalina es “obsesión”. Fueron casi cien días de una obsesión enfermiza. Ella ni sospechaba de la obsesión de Gonzalo; tampoco sus padres, tampoco sus amigos, superfluos, infantiles, incapaces de entender tales profundidades del alma. Con Catalina sentía que se le salía el corazón por la boca, sentía que se quedaba sin oxígeno. Por ella padeció los más fuertes escalofríos del amor. Cuando juntaban sus cuerpos en la cama marinera de colchón duro, era plenamente consciente de que no podía haber nada más placentero en el mundo, en el universo, infinito punto cero, que tocarse con Catalina. La piel de gallina, el éxtasis, las cosquillas, la erección eterna, el roce, las caricias. Con ella aprendió también cuánto se podía sufrir. Lo atravesaba una angustia agobiante cuando se demoraba en llamarlo media hora más de lo convenido. Se le acalambraban los músculos cuando llegaba el fin de semana y los padres se la llevaban a su casita del balneario y él debía esperar hasta el lunes para volver a verla. Lo atormentaba el pánico cuando ella le decía “tenemos que hablar”, y hasta que hablaban y Gonzalo se enteraba que el tema del que Catalina quería hablar era una tontería, no podía evitar imaginarse abandonado.

Muchos creen que así es el amor adolescente. Y opinan a la ligera que eso no es amor verdadero. No sos más que un chico, no tenés idea lo que es el amor, le habría dicho su padre si le hubiera contado su desesperación por Catalina. Muchos creen que el amor romántico es solo posible en estado de madurez. Para Gonzalo esa es una ridiculez. Él nunca más volvió a sentir nada como aquello que sintió por Catalina. Tanta alegría, tanta tristeza, tanto miedo, tanto coraje, tanta inseguridad, tanta certeza, tanto pudor.

Eso había sido amor.

Luego de que Catalina lo masturbara, se levantó de la cama un poco avergonzado y fue al baño a limpiarse. Se sacó toda la ropa y se quitó el semen con una toalla húmeda. Sonreía. Aunque no se había dado cuenta de su sonrisa. Suponía que finalmente se le había dado. Le robaría la virginidad. Justo el día de la llegada del Papa, un milagro. Volvió al cuarto con su sonrisa tonta y orgulloso de exponerse desnudo ante ella, pero la encontró vestida. Con la remera puesta, y el jean nevado y las medias de lana y las botas salteñas.

—No puedo seguir —le dijo.

Gonzalo se sintió ridículo, allí, parado, desnudo, ante ella, vestida. No era posible entablar una conversación seria en un marco tan desequilibrado. Sin embargo, fue capaz de comprender que era mejor tener paciencia.

—No te preocupes. No hace falta que lo hagamos hoy.

—No entendés. No podemos seguir, tenemos que cortar.

Él vio entrar la puñalada, demasiado cerca del corazón. La frase le sonó poco creíble, pero confió en que fuera verdad lo que decía: no estaba lista. No quería perder la virginidad. Era muy chica. Iba a sentirse como una puta.

No lloraba. No parecía nerviosa. Estaba en sus cabales. Pasó a su lado y desapareció cerrando suavemente la puerta. Gonzalo quedó allí, desnudo, solo, confundido, desamparado.

Se acurruca en su cama king size del hotel NH, se concentra y la ve: estirada sobre las sábanas blancas, en una postal casi religiosa. No podrá dormir con aquel recuerdo atravesado en su garganta, definitivamente. Salta de la cama.

Sabe lo que tiene que hacer.

Mira la hora: 3 y 10. Llama a recepción. Le explican cómo comprar una hora de conexión a internet. Se comunica con el 0800 que le indicaron. Habla en inglés con un chico que probablemente esté atendiéndolo desde la India; le da los números, el vencimiento y el código de seguridad de su American Express y, en pocos segundos, mágicamente, aparece el ícono de AirPort en su PowerBook G4.

Abre su Hotmail y le manda un correo a Mariela. Hace bastante que no se pone en contacto con Mariela. Se habían reencontrado unos años atrás en un restaurante porteño, de casualidad, e intercambiaron mails. Luego cruzaron un par de mensajes sosos; en realidad Mariela le había escrito dos mails intrascendentes, que Gonzalo respondió educadamente. Pero al tercero le pareció que no valía la pena recuperar una amistad que nunca fue tal. Sin embargo, había llegado el momento de volver a escribirle. Mariela seguirá siendo un poco lenta, como en su adolescencia; es de ese tipo de personas que en los mails agregan un jajaja detrás de cada frase. Pero aunque sea un poco lenta, es la única que puede encarar con eficacia la misión que él le tiene reservada y que ni siquiera le encargará de forma explícita: reunir a los viejos compañeros de la promoción 87 del Colegio Nacional de Viedma.

No puede dejar pasar otro año de su vida sin acostarse con Catalina.

Hola, Mari, tanto tiempo. Cómo está todo por Viedma? Hace frío? Yo estoy de viaje, en Madrid, por trabajo. Y hoy me desperté melancólico y me acordé de todos ustedes. No estaría bueno hacer un encuentro de la promoción? Hacer una cena, una fiesta, juntarnos para recordar las viejas épocas. Vos qué pensás?

Beso grande, G

Cierra la computadora y vuelve a la cama. Duda: ¿debería haber usado la palabra “melancólico” con Mariela? Hace calor. Enciende el aire acondicionado, a 18 grados, y se tapa. A ella ni siquiera se le ocurrirá pensar que lo natural sería reunirse cuando se cumplan 20 años, o 25, de la graduación. No se le ocurren las cosas, nunca. Pero ejecutará; se encargará de todo. De reclutar a la gente, de conseguir los teléfonos o correos electrónicos de los ex compañeros, de rastrearlos, de convencerlos. Está seguro Gonzalo: puede confiar en Mariela.

Al fin logra dormirse.

2

Allí está Gonzalo, arrodillado ante tres cajas de madera, en su casa barilochense. Ni se imagina lo que le espera. Está un poco triste y otro poco expectante. Le dijeron que Viedma, aunque sea la capital de la provincia, es una ciudad más chica que Bariloche. Le da miedo eso de tener que hacerse nuevos amigos. Pero también sabe que serán cuatro años especiales: su padre fue elegido gobernador. O sea, será el hijo del gobernador: eso no debería estar tan mal.

De alguna forma, los padres de Catalina tuvieron una ínfima responsabilidad en esa jugada del destino: ellos votaron al padre de Gonzalo.

Un camión no muy grande había salido hacia Viedma el día anterior cargando cosas de la familia. Los bolsos de ropa, las cajas de libros y discos, canastos con juguetes, los tableros de ajedrez, las dos bicicletas. No necesitaban llevar mucho más: la Residencia —les había contado su padre— era una mansión grande, con muchos muebles y televisores y camas altas y sábanas blancas y frazadas suaves y alfombras peludas y cortinas brillantes y cacerolas de hierro y copas de cristal y cubiertos de plata y todo ese tipo de necesidades domésticas, aunque un poquito más lujosas que las que podían permitirse en casa. La última noche, Gonzalo y Carmen, su madre, habían dormido en sus viejos colchones tirados en el piso. Y les había parecido divertido dormir en el living, como en un campamento. Los muebles ya estaban guardados en el depósito de un amigo de la familia. También allí habían ido a parar la infinidad de utensilios y extrañas herramientas de cocina de su madre, chef aficionada. Ella los almacenó con tristeza: quería mucho a sus cuchillos, cucharones y a sus decenas de frascos de especias. Pero en Viedma ya no necesitarían nada de eso; allí tendrían cocinera. Dos cocineras. Gonzalo sentía una enorme curiosidad. Nunca había imaginado vivir en una mansión, con sirvientes y chofer. Ni se imaginaba cómo sería eso de tener mayordomo.

Dudó qué hacer con su colección de autitos. De pequeño, había jugado mucho con ellos. Desde los 11, ya no los usaba tanto, pero seguía cuidándolos, en secreto, sin que se enteraran sus amigos. Tenía series diferentes: deportivos de los 50, Fórmula 1, autos antiguos, descapotables; su tío Tulum lo había iniciado en una serie de ómnibus y colectivos que Gonzalo amaba, sobre todo porque adoraba a su tío. Su madre lo vio titubear frente a las cajas de madera donde guardaba los autitos.

—Decidí vos.

Solo eso le dijo, y lo dejó tranquilo.

Gonzalo pensó dos minutos m ...