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VITTORIO EL VAMPIRO

Anne Rice  

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Fragmento

Título original: Vittorio, the Vampire

Traducción: Camila Batlles

1.ª edición: noviembre, 2013

© 2013 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 26.753-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-664-9

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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Dedicatoria de Anne Rice

Esta novela está dedicada a

Stan, Christopher, Michele y Howard;

a Rosario y Patrice;

a Pamela y Elaine;

y a Niccolo.

Esta novela está

dedicada

por

Vittorio

a Rosario y Patrice;

a las gentes de

Florencia, Italia.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Bibliografía seleccionada y anotada

Promoción

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Quién soy, por qué escribo, qué acontecerá

Cuando era niño tuve una espantosa pesadilla. Soñé que sostenía en mis brazos las cabezas cortadas de mi hermano y hermana menores. Estaban inmóviles, mudos; los ojos abiertos no dejaban de pestañear, las mejillas teñidas de rojo. Yo estaba tan horrorizado que me quedé mudo como ellos, incapaz de articular palabra.

El sueño se hizo realidad.

Pero nadie llorará por mí ni por ellos. Mis hermanos han sido enterrados, en una fosa anónima, bajo el peso de cinco siglos.

Soy un vampiro.

Me llamo Vittorio y escribo este relato en la torre más alta del castillo en ruinas donde nací; se alza en la cima de una colina, en la parte septentrional de la Toscana, esa región tan hermosa del centro de Italia.

Nadie puede negar que soy un vampiro extraordinario, muy poderoso, pues he vivido quinientos años, desde los gloriosos tiempos de Cosme de Médicis, e incluso los ángeles confirmarán mis poderes si consigue el lector que le hablen. Le aconsejo prudencia en ese extremo.

Debo precisar que no tengo nada que ver con la Asamblea de los Eruditos, esa pandilla de estrafalarios y románticos vampiros oriundos de la ciudad sureña del Nuevo Mundo llamada Nueva Orleans, donde habitan y desde la cual han ofrecido al lector numerosos relatos y crónicas.

No sé nada sobre esos héroes macabros que fingen ser personajes de ficción. No sé nada de su sugestivo paraíso en las tierras pantanosas de Luisiana. En estas páginas el lector no hallará ningún dato, ni en lo sucesivo mención alguna, sobre ellos.

No obstante, me han desafiado a escribir la historia de mis comienzos —la fábula de mi creación—, y plasmar este fragmento de mi vida en un libro que se distribuirá en el mundo entero, por así decirlo, ahí posiblemente entrará en contacto, de forma casual o predestinada, con los exitosos volúmenes que han publicado ellos.

He dedicado los siglos de mi existencia vampírica a recorrer el mundo, observando y analizando con atención cuanto veía, sin exponerme jamás a sufrir daño alguno a manos de los de mi especie, sin suscitar sus recelos ni dejar que adivinaran mi presencia.

Pero ése no es el tema de mis aventuras.

Esta historia versa, como ya he dicho, sobre mis comienzos. Creo que puedo ofrecer unas revelaciones que resultarán interesantes. Es posible que cuando termine mi libro y éste desaparezca de mis manos, tome las medidas necesarias para convertirme en uno de esos imponentes personajes propios de una novela río creados por otros vampiros en San Francisco y Nueva Orleans. Pero de momento, ni lo sé ni me importa.

Mientras paso mis apacibles noches aquí, entre las piedras ahora cubiertas de malezas en este lugar donde pasé una infancia feliz, entre nuestros derruidos muros tapizados de espinosas matas de zarzamoras y los fragantes y tupidos bosques de robles y castaños, me siento obligado a dejar constancia de lo que me ocurrió, pues tengo la impresión de haber sufrido una suerte muy distinta de la de otros vampiros.

No siempre vivo aquí.

Paso mucho tiempo en esa ciudad que para mí constituye la reina de todas las ciudades: Florencia, de la que me enamoré desde el momento en que la vi con los ojos de un niño, durante los años en que Cosme el Viejo dirigía en persona el poderoso banco de los Médicis, aunque era el hombre más rico de Europa.

En casa de Cosme de Médicis se alojaba el gran escultor Donatello, autor de esculturas en mármol y bronce, así como un gran número de pintores y poetas, escritores prodigiosos y músicos. Por aquella época el gran Brunelleschi, que hizo la cúpula de la iglesia más imponente de Florencia, comenzaba las obras de otra catedral para Cosme, y Michelozzo no sólo reconstruía el monasterio de San Marcos sino que iniciaba las obras de un palacio para Cosme que sería conocido como el palacio Vecchio. A instancias de aquél, unos hombres recorrían Europa buscando en vetustas bibliotecas los clásicos olvidados de Grecia y Roma, que los eruditos contratados para ello traducían a nuestra lengua nativa, el italiano, la lengua que Dante eligiera muchos años atrás para su Divina Comedia.

Siendo yo un niño mortal con un destino prometedor, vi bajo el techo de Cosme —con mis propios ojos, sí— a los ilustres miembros del concilio de Trento, que llegados de la lejana Bizancio se disponían a subsanar la brecha abierta entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente: el papa Eugenio IV, el patriarca de Constantinopla y el emperador de Oriente, Juan VIII Paleólogo. Vi a estos grandes hombres entrar en la ciudad bajo un feroz aguacero, pero con indescriptible dignidad, y los vi sentad

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