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VOLAR

Danielle Steel  

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Fragmento

1

El camino hasta el aeropuerto O’Malley era un sendero largo, estrecho y polvoriento que giraba a izquierda y derecha y rodeaba perezosamente los maizales. El aeropuerto era un pequeño trozo de tierra reseca próximo a Good Hope, en el distrito de McDonough, trescientos kilómetros al suroeste de Chicago. Cuando las vio por primera vez en el otoño de 1918, Pat O’Malley se dijo que esas 32 hectáreas yermas eran lo más bonito que sus ojos habían contemplado. Ningún agricultor las habría querido y, de hecho, nadie las quiso. Esas tierras estaban abandonadas, pero Pat O’Malley invirtió casi todos sus ahorros en adquirirlas. Dispuso el resto para comprar un destartalado y pequeño Curtiss Jenny, un biplaza —excedente de guerra— con controles dobles que utilizó para enseñar a volar a los pocos hombres que disponían de medios para pagar lecciones, para llevar ocasionalmente algún pasajero a Chicago o para transportar pequeños cargamentos a cualquier sitio.

Aunque el Curtiss Jenny estuvo a punto de arruinarlo, Oona —su bonita, pelirroja y menuda esposa desde hacía diez años— sabía que su marido no estaba totalmente loco. Era consciente de que Pat soñaba con volar desde la primera vez que vio un avión en una pequeña pista de Nueva Jersey. Había trabajado en dos sitios con tal de ganar lo suficiente para costearse las clases, y en 1915 la había arrastrado hasta San Francisco para visitar la exposición que celebraba la construcción del canal de Panamá, pues deseaba ver con sus propios ojos a Lincoln Beachey. Éste subió a Pat en su avión, por lo cual a O’Malley le resultó aún más doloroso que, dos meses después, Beachey perdiera la vida. Beachey acababa de hacer tres rizos de los que cortan el aliento en su avión experimental cuando ocurrió la tragedia.

Durante la exposición Pat también conoció al célebre aviador Art Smith y a un batallón de fanáticos pilotos como él. Conformaban una hermandad de temerarios, la mayoría de los cuales prefería volar antes que cualquier otra cosa. Parecía que sólo cobraban vida cuando estaban en el aire. Vivían por y para la aviación, no hablaban de otro tema, la respiraban y soñaban con ella. Lo sabían todo sobre las complejidades de cada avión y la forma más eficaz de pilotarlo. Intercambiaban anécdotas, consejos y hasta los detalles más nimios. No es sorprendente que a algunos no les interesara otra cosa o fueran incapaces de durar en puestos de trabajo que no tenían relación con la aviación. Pat lo sabía todo, describía alguna hazaña increíble que acababa de presenciar o se explayaba sobre un extraordinario aparato que había logrado superar los logros del modelo precedente. Siempre había jurado que algún día tendría su propio avión y puede que hasta una flota de aviones. Sus amigos le tomaban el pelo y sus parientes decían que estaba chiflado. Sólo la tierna y amorosa Oona le creyó. Estaba pendiente de cuanto Pat decía y lo acataba con lealtad y adoración plenas. A medida que nacieron sus hijas, como no quería herir los sentimientos de Oona, Pat se esforzó por ocultarle lo decepcionado que se sentía de no tener un varón.

Por mucho que amase a su esposa, Pat O’Malley no era un individuo que dedicara tiempo a sus hijas. Era un hombre para estar rodeado de hombres, un sujeto hábil y competente.

Compensó muy pronto el dinero invertido en las lecciones de aprendizaje. Era de esos pilotos que saben instintivamente cómo llevar casi cualquier máquina y nadie se sorprendió de que fuese uno de los primeros voluntarios norteamericanos, incluso antes de que Estados Unidos entrara en la Gran Guerra. Combatió con la escuadrilla Lafayette y luego fue destinado a la escuadrilla 94, en la que sirvió a las órdenes de Eddie Rickenbacker.

Aquélla había sido una época emocionante. En 1916, cuando se alistó voluntario con treinta años, era más maduro que la mayoría de los miembros de la escuadrilla. Rickenbacker también era más adulto que la mayoría de sus efectivos. Pat y él compartían esa madurez y el amor por la aviación. Al igual que Rickenbacker, Pat O’Malley siempre supo qué hacía. Era resistente, listo y se sentía muy seguro de sí mismo; corrió infinidad de riesgos y los miembros de la escuadrilla siempre aseguraron que tenía más agallas que nadie. Les encantaba volar con él y el propio Rickenbacker declaró que Pat era uno de los mejores pilotos del mundo. Intentó convencer a Pat de que siguiera en la aviación una vez terminada la guerra e insistió en que había fronteras que explorar, desafíos a los que hacer frente y nuevos mundos por descubrir.

Pat supo que, en su caso, ese tipo de pilotaje había terminado. Por muy competente que fuese como piloto, esa edad de oro estaba cumplida. Ahora debía cuidar de Oona y de las niñas. En 1918, al finalizar la guerra, tenía treinta y dos años; había llegado la hora de pensar en el futuro.

Para entonces su padre había muerto y le había legado unos modestos ahorros. Oona también se las había arreglado para disponer de unos ahorrillos. Con ese dinero fue a explorar las tierras de labrantío del oeste de Chicago. Uno de sus antiguos compañeros de vuelo le había comentado que allí los terrenos eran muy baratos, sobre todo porque no eran aptos para cultivos. Y así empezó todo.

Pat compró 32 hectáreas de pésimas tierras de labranza a precio de ganga y pintó con sus propias manos el letrero que, dieciocho años después, seguía en pie. Rezaba, simplemente, «AEROPUERTO O’MALLEY». A lo largo de esos dieciocho años, una de las «l» y la «y» prácticamente se habían borrado.

En 1918 Pat compró el Curtiss Jenny con el dinero que le quedaba y por Navidades logró llevar a Oona y a las niñas. En un extremo del terreno, cerca de un arroyo y bajo la sombra de un grupo de viejos árboles, se alzaba una pequeña cabaña. Allí vivieron mientras Pat volaba para todo aquel que pudiese pagar un flete, al tiempo que realizaba frecuentes transportes de correo en el viejo Jenny. Era un avión pequeño pero seguro y Pat ahorró hasta el último centavo. En primavera logró comprar un De Havilland DH.4.A, que utilizó para transportar correo y mercancías.

Aunque los contactos gubernamentales que consiguió para que le permitieran ejercer de correo le resultaron rentables, lo cierto es que lo obligaban a pasar mucho tiempo fuera de casa. A veces Oona no sólo tenía que cuidar de las niñas, sino también encargarse del aeropuerto.

Había aprendido a abastecer de combustible los aparatos y a recibir encargos. Casi siempre era Oona la que hacía señales con banderas en la estrecha pista para que los aviones aterrizaran, mientras Pat estaba en pleno vuelo.

Los pilotos se sorprendían al ver que la persona que les indicaba las operaciones de aterrizaje era una joven y bonita pelirroja; se asombraron sobre todo aquella primera primavera, ya que el embarazo de Oona saltaba a la vista. Había engordado mucho y al principio supuso que esperaba gemelos, pero Pat tuvo la certeza de que no era así. El sueño de su vida era tener un hijo varón que pilotara con él y lo ayudase a dirigir el aeropuerto. Estaba seguro de que esta vez se encontraría con el niño con que había soñado durante diez años.

El propio Pat colaboró en el parto en la pequeña cabaña que, poco a poco, iba ampliando. Para entonces el matrimonio disponía de un dormitorio y las tres niñas compartían el otro. Había una cálida y acogedora cocina y un salón grande y espacioso. Cuando llegaron, la casa estaba vacía y habían traído muy pocas cosas con ellos. Habían invertido todos sus esfuerzos y ahorros en el aeropuerto.

El cuarto vástago de los O’Malley nació sin incidentes una cálida noche de primavera después de una prolongada y pacífica caminata junto al maizal del vecino. Pat le había hablado a Oona de comprar otro aeroplano y ella le había comentado que las niñas estaban muy emocionadas con la llegada de un nuevo hermano o hermana. Por aquel entonces las pequeñas contaban cinco, seis y ocho años y parecían aguardar el nacimiento de una muñeca. Oona compartía en parte el sentimiento de sus hijas, pues habían transcurrido cinco años desde que por última vez había tenido un bebé en brazos, y estaba impaciente por la llegada de su cuarto hijo. Nació con enérgicos y estentóreos berridos poco antes de medianoche. Oona lanzó un grito cuando le vio y se echó a llorar porque supo que Pat se sentiría decepcionado. No se trataba del hijo tan esperado por Pat, sino de otra niña. Era grande, hermosa, de cuatro kilos, ojazos azules, piel color nata y pelo tan brillante como el cobre. Pero por muy bonita que fuese, Oona sabía lo mucho que su marido deseaba un niño y lo contrariado que se sentía por no tenerlo.

—Pequeña, no te preocupes —dijo Pat al ver que Oona volvía la cara mientras él envolvía a la recién nacida. La niña era bonita, probablemente la más bonita de sus hijas, pero no se trataba del varón que tanto deseaba. Pat acarició la cara de su esposa, la cogió del mentón y la obligó a mirarlo—. Oona, no tiene importancia. Es una niña sana que algún día será una alegría para ti.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Oona apenada—. No puedes dirigir el aeropuerto solo.

Pat rió para restar importancia a la angustia de su esposa, por cuyas mejillas resbalaban las lágrimas. Era una buena mujer y la amaba; si el destino no quería darles hijos varones, no había nada que hacer. Se le estrujó el corazón en el mismo sitio donde había albergado la ilusión de un varón. Pero no se atrevió a preguntarse si procrearían más descendencia. Ya tenían cuatro hijas y las cosas se les pondrían difíciles con una boca más que alimentar. El aeropuerto no era una mina de oro.

—Oonie, tendrás que seguir ayudándome a repostar los aviones. No hay otra salida —bromeó. La besó y salió del dormitorio en busca de un más que merecido vaso de whisky.

En cuanto Oona y la recién nacida se durmieron, Pat se dedicó a contemplar la luna y se preguntó qué capricho del destino le había enviado cuatro hijas y ningún varón. Aunque le pareció injusto, no era de los que pierden el tiempo pensando en las justicias y las injusticias de la vida. Debía dirigir el aeropuerto y dar de comer a los suyos.

Durante las seis semanas siguientes estuvo tan ocupado que casi no tuvo tiempo de ver a su familia, menos aún de lamentarse por el hijo que resultó una hija hermosa y sanísima.

Cuando volvió a verla tuvo la sensación de que la pequeña había crecido bastante y de que Oona había recuperado su silueta juvenil. Se maravilló de la flexibilidad de las mujeres. Seis semanas atrás, su esposa estaba pesada, vulnerable, pletórica de promesas e inmensa. Ahora volvía a ser joven y hermosa y la pequeña era una pendenciera pelirroja de vivo temperamento. Si su madre y sus hermanas no satisfacían de inmediato sus necesidades, todo el estado de Illinois y la mayor parte de Iowa se enteraban.

—Yo diría que, de todas, es la que grita más fuerte, ¿no es así, amor mío? —preguntó Pat una noche, agotado después de un vuelo de ida y vuelta a Indiana—. No le faltan pulmones.

Pat sonrió a su esposa y bebió un sorbo de whisky irlandés.

—Hoy ha hecho mucho calor y la niña tiene sarpullido.

Oona siempre encontraba una explicación para los enfados de sus niñas. A Pat le sorprendía su paciencia aparentemente inagotable. Oona era una de esas personas discretas que apenas hablan, que lo ven casi todo y raramente son descorteses. En cerca de once años de matrimonio casi nunca habían disentido. Se habían casado cuando Oona tenía diecisiete y ella había sido la compañera ideal. Había soportado sus rarezas, sus extraños proyectos y su infinita pasión por la aviación.

Más avanzada la semana, volvió a hacer uno de esos días calurosos de junio. La pequeña pasó

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