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VOLAR

Danielle Steel  

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Fragmento

1

El camino hasta el aeropuerto O’Malley era un sendero largo, estrecho y polvoriento que giraba a izquierda y derecha y rodeaba perezosamente los maizales. El aeropuerto era un pequeño trozo de tierra reseca próximo a Good Hope, en el distrito de McDonough, trescientos kilómetros al suroeste de Chicago. Cuando las vio por primera vez en el otoño de 1918, Pat O’Malley se dijo que esas 32 hectáreas yermas eran lo más bonito que sus ojos habían contemplado. Ningún agricultor las habría querido y, de hecho, nadie las quiso. Esas tierras estaban abandonadas, pero Pat O’Malley invirtió casi todos sus ahorros en adquirirlas. Dispuso el resto para comprar un destartalado y pequeño Curtiss Jenny, un biplaza —excedente de guerra— con controles dobles que utilizó para enseñar a volar a los pocos hombres que disponían de medios para pagar lecciones, para llevar ocasionalmente algún pasajero a Chicago o para transportar pequeños cargamentos a cualquier sitio.

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Aunque el Curtiss Jenny estuvo a punto de arruinarlo, Oona —su bonita, pelirroja y menuda esposa desde hacía diez años— sabía que su marido no estaba totalmente loco. Era consciente de que Pat soñaba con volar desde la primera vez que vio un avión en una pequeña pista de Nueva Jersey. Había trabajado en dos sitios con tal de ganar lo suficiente para costearse las clases, y en 1915 la había arrastrado hasta San Francisco para visitar la exposición que celebraba la construcción del canal de Panamá, pues deseaba ver con sus propios ojos a Lincoln Beachey. Éste subió a Pat en su avión, por lo cual a O’Malley le resultó aún más doloroso que, dos meses después, Beachey perdiera la vida. Beachey acababa de hacer tres rizos de los que cortan el aliento en su avión experimental cuando ocurrió la tragedia.

Durante la exposición Pat también conoció al célebre aviador Art Smith y a un batallón de fanáticos pilotos como él. Conformaban una hermandad de temerarios, la mayoría de los cuales prefería volar antes que cualquier otra cosa. Parecía que sólo cobraban vida cuando estaban en el aire. Vivían por y para la aviación, no hablaban de otro tema, la respiraban y soñaban con ella. Lo sabían todo sobre las complejidades de cada avión y la forma más eficaz de pilotarlo. Intercambiaban anécdotas, consejos y hasta los detalles más nimios. No es sorprendente que a algunos no les interesara otra cosa o fueran incapaces de durar en puestos de trabajo que no tenían relación con la aviación. Pat lo sabía todo, describía alguna hazaña increíble que acababa de presenciar o se explayaba sobre un extraordinario aparato que había logrado superar los logros del modelo precedente. Siempre había jurado que algún día tendría su propio avión y puede que hasta una flota de aviones. Sus amigos le tomaban el pelo y sus parientes decían que estaba chiflado. Sólo la tierna y amorosa Oona le creyó. Estaba pendiente de cuanto Pat decía y lo acataba con lealtad y adoración plenas. A medida que nacieron sus hijas, como no quería herir los sentimientos de Oona, Pat se esforzó por ocultarle lo decepcionado que se sentía de no tener un varón.

Por mucho que amase a su esposa, Pat O’Malley no era un individuo que dedicara tiempo a sus hijas. Era un hombre para estar rodeado de hombres, un sujeto hábil y competente.

Compensó muy pronto el dinero invertido en las lecciones de aprendizaje. Era de esos pilotos que saben instintivamente cómo llevar casi cualquier máquina y nadie se sorprendió de que fuese uno de los primeros voluntarios norteamericanos, incluso antes de que Estados Unidos entrara en la Gran Guerra. Combatió con la escuadrilla Lafayette y luego fue destinado a la escuadrilla 94, en la que sirvió a las órdenes de Eddie Rickenbacker.

Aquélla había sido una época emocionante. En 1916, cuando se alistó voluntario con treinta años, era más maduro que la mayoría de los miembros de la escuadrilla. Rickenbacker también era más adulto que la mayoría de sus efectivos. Pat y él compartían esa madurez y el amor por la aviación. Al igual que Rickenbacker, Pat O’Malley siempre supo qué hacía. Era resistente, listo y se sentía muy seguro de sí mismo; corrió infinidad de riesgos y los miembros de la escuadrilla siempre aseguraron que tenía más agallas que nadie. Les encantaba volar con él y el propio Rickenbacker declaró que Pat era uno de los mejores pilotos del mundo. Intentó convencer a Pat de que siguiera en la aviación una vez terminada la guerra e insistió en que había fronteras que explorar, desafíos a los que hacer frente y nuevos mundos por descubrir.

Pat supo que, en su caso, ese tipo de pilotaje había terminado. Por muy competente que fuese como piloto, esa edad de oro estaba cumplida. Ahora debía cuidar de Oona y de las niñas. En 1918, al finalizar la guerra, tenía treinta y dos años; había llegado la hora de pensar en el futuro.

Para entonces su padre había muerto y le había legado unos modestos ahorros. Oona también se las había arreglado para disponer de unos ahorrillos. Con ese dinero fue a explorar las tierras de labrantío del oeste de Chicago. Uno de sus antiguos compañeros de vuelo le había comentado que allí los terrenos eran muy baratos, sobre todo porque no eran aptos para cultivos. Y así empezó todo.

Pat compró 32 hectáreas de pésimas tierras de labranza a precio de ganga y pintó con sus propias manos el letrero que, dieciocho años después, seguía en pie. Rezaba, simplemente, «AEROPUERTO O’MALLEY». A lo largo de esos dieciocho años, una de las «l» y la «y» prácticamente se habían borrado.

En 1918 Pat compró el Curtiss Jenny con el dinero que le quedaba y por Navidades logró llevar a Oona y a las niñas. En un extremo del terreno, cerca de un arroyo y bajo la sombra de un grupo de viejos árboles, se alzaba una pequeña cabaña. Allí vivieron mientras Pat volaba para todo aquel que pudiese pagar un flete, al tiempo que realizaba frecuentes transportes de correo en el viejo Jenny. Era un avión pequeño pero seguro y Pat ahorró hasta el último centavo. En primavera logró comprar un De Havilland DH.4.A, que utilizó para transportar correo y mercancías.

Aunque los contactos gubernamentales que consiguió para que le permitieran ejercer de correo le resultaron rentables, lo cierto es que lo obligaban a pasar mucho tiempo fuera de casa. A veces Oona no sólo tenía que cuidar de las niñas, sino también encargarse del aeropuerto.

Había aprendido a abastecer de combustible los aparatos y a recibir encargos. Casi siempre era Oona la que hacía señales con banderas en la estrecha pista para que los aviones aterrizaran, mientras Pat estaba en pleno vuelo.

Los pilotos se sorprendían al ver que la persona que les indicaba las operaciones de aterrizaje era una joven y bonita pelirroja; se asombraron sobre todo aquella primera primavera, ya que el embarazo de Oona saltaba a la vista. Había engordado mucho y al principio supuso que esperaba gemelos, pero Pat tuvo la certeza de que no era así. El sueño de su vida era tener un hijo varón que pilotara con él y lo ayudase a dirigir el aeropuerto. Estaba seguro de que esta vez se encontraría con el niño con que había soñado durante diez años.

El propio Pat colaboró en el parto en la pequeña cabaña que, poco a poco, iba ampliando. Para entonces el matrimonio disponía de un dormitorio y las tres niñas compartían el otro. Había una cálida y acogedora cocina y un salón grande y espacioso. Cuando llegaron, la casa estaba vacía y habían traído muy pocas cosas con ellos. Habían invertido todos sus esfuerzos y ahorros en el aeropuerto.

El cuarto vástago de los O’Malley nació sin incidentes una cálida noche de primavera después de una prolongada y pacífica caminata junto al maizal del vecino. Pat le había hablado a Oona de comprar otro aeroplano y ella le había comentado que las niñas estaban muy emocionadas con la llegada de un nuevo hermano o hermana. Por aquel entonces las pequeñas contaban cinco, seis y ocho años y parecían aguardar el nacimiento de una muñeca. Oona compartía en parte el sentimiento de sus hijas, pues habían transcurrido cinco años desde que por última vez había tenido un bebé en brazos, y estaba impaciente por la llegada de su cuarto hijo. Nació con enérgicos y estentóreos berridos poco antes de medianoche. Oona lanzó un grito cuando le vio y se echó a llorar porque supo que Pat se sentiría decepcionado. No se trataba del hijo tan esperado por Pat, sino de otra niña. Era grande, hermosa, de cuatro kilos, ojazos azules, piel color nata y pelo tan brillante como el cobre. Pero por muy bonita que fuese, Oona sabía lo mucho que su marido deseaba un niño y lo contrariado que se sentía por no tenerlo.

—Pequeña, no te preocupes —dijo Pat al ver que Oona volvía la cara mientras él envolvía a la recién nacida. La niña era bonita, probablemente la más bonita de sus hijas, pero no se trataba del varón que tanto deseaba. Pat acarició la cara de su esposa, la cogió del mentón y la obligó a mirarlo—. Oona, no tiene importancia. Es una niña sana que algún día será una alegría para ti.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Oona apenada—. No puedes dirigir el aeropuerto solo.

Pat rió para restar importancia a la angustia de su esposa, por cuyas mejillas resbalaban las lágrimas. Era una buena mujer y la amaba; si el destino no quería darles hijos varones, no había nada que hacer. Se le estrujó el corazón en el mismo sitio donde había albergado la ilusión de un varón. Pero no se atrevió a preguntarse si procrearían más descendencia. Ya tenían cuatro hijas y las cosas se les pondrían difíciles con una boca más que alimentar. El aeropuerto no era una mina de oro.

—Oonie, tendrás que seguir ayudándome a repostar los aviones. No hay otra salida —bromeó. La besó y salió del dormitorio en busca de un más que merecido vaso de whisky.

En cuanto Oona y la recién nacida se durmieron, Pat se dedicó a contemplar la luna y se preguntó qué capricho del destino le había enviado cuatro hijas y ningún varón. Aunque le pareció injusto, no era de los que pierden el tiempo pensando en las justicias y las injusticias de la vida. Debía dirigir el aeropuerto y dar de comer a los suyos.

Durante las seis semanas siguientes estuvo tan ocupado que casi no tuvo tiempo de ver a su familia, menos aún de lamentarse por el hijo que resultó una hija hermosa y sanísima.

Cuando volvió a verla tuvo la sensación de que la pequeña había crecido bastante y de que Oona había recuperado su silueta juvenil. Se maravilló de la flexibilidad de las mujeres. Seis semanas atrás, su esposa estaba pesada, vulnerable, pletórica de promesas e inmensa. Ahora volvía a ser joven y hermosa y la pequeña era una pendenciera pelirroja de vivo temperamento. Si su madre y sus hermanas no satisfacían de inmediato sus necesidades, todo el estado de Illinois y la mayor parte de Iowa se enteraban.

—Yo diría que, de todas, es la que grita más fuerte, ¿no es así, amor mío? —preguntó Pat una noche, agotado después de un vuelo de ida y vuelta a Indiana—. No le faltan pulmones.

Pat sonrió a su esposa y bebió un sorbo de whisky irlandés.

—Hoy ha hecho mucho calor y la niña tiene sarpullido.

Oona siempre encontraba una explicación para los enfados de sus niñas. A Pat le sorprendía su paciencia aparentemente inagotable. Oona era una de esas personas discretas que apenas hablan, que lo ven casi todo y raramente son descorteses. En cerca de once años de matrimonio casi nunca habían disentido. Se habían casado cuando Oona tenía diecisiete y ella había sido la compañera ideal. Había soportado sus rarezas, sus extraños proyectos y su infinita pasión por la aviación.

Más avanzada la semana, volvió a hacer uno de esos días calurosos de junio. La pequeña pasó la noche inquieta y Pat tuvo que levantarse a primera hora para volar a Chicago. Esa tarde, cuando regresó, se enteró de que tenía que volver a salir dos horas después para un reparto de correo no programado. Corrían tiempos difíciles y no podía darse el lujo de rechazar ningún encargo. Aquel día deseó contar con alguien que lo ayudara, pero eran muy pocos los hombres a los que habría confiado sus amados aviones. En los últimos tiempos no había conocido a nadie fiable, como tampoco lo habían sido los que le habían pedido trabajo desde que inauguró el aeropuerto.

—Señor, ¿se puede fletar un avión? —preguntó una voz ronca mientras Pat hojeaba el diario de navegación y repasaba los papeles de su escritorio.

Se dispuso a explicar, como solía hacer, que a él podían alquilarlo, pero no a sus aviones, pero en ese momento alzó la vista y sonrió azorado.

—Pero... ¡que me aspen! —Pat sonrió encantado al chico de cara despejada, amplia sonrisa y mechón de pelo revuelto que caía sobre sus ojos azules. Era un rostro que conocía perfectamente y que apreciaba mucho desde los turbulentos días que habían compartido en la escuadrilla 94—. Pero bueno, ¿qué te pasa? ¿No puedes pagarte un corte de pelo?

Nick Galvin tenía el cabello negro, liso y grueso y la impresionante apostura de los irlandeses de ojos azules. Prácticamente había sido un hijo para Pat cuando habían volado juntos. Aunque se alistó a los diecisiete y ahora sólo tenía un año más, Nick se había convertido en uno de los pilotos más destacados de la escuadrilla y en uno de los individuos en que Pat depositaba mayor confianza. Los alemanes lo habían alcanzado dos veces y en ambas ocasiones se las ingenió para salir airoso, con un motor inutilizado; realizó sendos aterrizajes por los pelos y se las arregló para salvar el pellejo y el aparato. A partir de entonces los efectivos de la escuadrilla lo apodaron «Peliagudo», si bien Pat solía decirle «hijo». Como cabía esperar, se preguntó si Nick era el hijo que tanto deseaba, ya que su último vástago había sido otra niña.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Pat. Se repantigó en la silla y sonrió al joven que había desafiado a la muerte casi tantas veces como él.

—Visito a los viejos amigos. Quería comprobar si habías engordado y te habías vuelto perezoso. ¿Ese De Havilland es tuyo?

—Sí. Lo adquirí el año pasado, en lugar de comprar zapatos para mis hijas.

—A tu esposa debió de encantarle.

Nick sonrió y Pat recordó que en Francia todas las chicas suspiraban por el muchacho. Nick Galvin era muy apuesto y tenía bastante éxito con las mujeres. En Europa no le había ido nada mal. Solía decirles que tenía veinticinco o veintiséis años y siempre le creían.

Oona lo había visto una vez en Nueva York, terminada la guerra, y lo había encontrado muy apuesto. Aunque el atractivo del joven eclipsaba al de Pat, éste poseía una prestancia que compensaba la ausencia de la belleza típica de los astros de Hollywood. Pat era un hombre de buena planta, cabello castaño claro, tiernos ojos pardos y una sonrisa irlandesa que había conquistado el corazón de Oona. Nick poseía ese tipo de atractivo que derretía el corazón de las jovencitas.

—¿Oona todavía no te ha dejado? Imaginé que lo haría poco después de que la trajeras a este sitio —comentó Nick.

El joven se sentó en la silla que había al otro lado del escritorio de Pat y encendió un cigarrillo mientras su viejo amigo reía y meneaba la cabeza.

—Si quieres que te sea franco, pensé que lo haría. Pero no me ha dejado y no me preguntes por qué. Cuando la traje a este sitio vivimos en una casucha en la que mi abuelo no habría querido guardar su ganado. No habría podido comprarle el periódico ni aunque me lo hubiera pedido y, gracias a Dios, no lo pidió. Es una mujer sorprendente.

Durante la guerra Pat solía decir que Oona era extraordinaria y Nick lo había corroborado cuando la conoció. Nick no tenía parientes. Había errado de un lugar a otro desde el final de la guerra y conseguido trabajos temporales en aeropuertos pequeños. A los dieciocho años no tenía adónde ir, sitio en el que estar ni nadie con quien regresar. Pat se había compadecido de Nick cada vez que los miembros de la escuadrilla hablaban de sus familias. Nick no tenía hermanos y sus padres habían muerto cuando sólo contaba catorce años. Había vivido en un orfanato estatal hasta que se alistó. La guerra le había cambiado la vida y él estaba encantado, pero ahora no tenía ningún sitio al que regresar.

—¿Cómo están las niñas?

Cuando las conoció, Nick se había mostrado encantador con ellas. Adoraba a los niños y en el orfanato había visto muchos. Siempre era el que cuidaba de los más pequeños, les leía por la noche, les contaba cuentos fantásticos y los abrazaba cuando de madrugada despertaban y lloraban llamando a sus madres.

—Están muy bien. —Pat titubeó un segundo—. El mes pasado hemos vuelto a ser padres. Tenemos otra niña. Pensé que sería un niño, pero otra vez será.

Pat se esforzó por ocultar su decepción, pero Nick la percibió en su tono y lo comprendió.

—Así pues, a la larga tendrás que enseñar a volar a tus chicas —bromeó.

Pat puso los ojos en blanco para demostrar que la idea no le agradaba. Nunca se había dejado impresionar, ni siquiera por las aviadoras más extraordinarias.

—Hijo, lo dudo mucho. ¿Qué me cuentas de ti? ¿Qué transportas en avión?

—Cajas de huevos, chatarra, todo lo que cae en mis manos. Hay muchos excedentes de guerra y un montón de hombres que se ganan la vida transportándolos por aire. ¿Alguien trabaja contigo? —preguntó con interés, con la esperanza de que no se notara.

Pat negó con la cabeza; observó a Nick y se preguntó si era una señal, una simple coincidencia o una breve visita. Nick aún era muy joven y había creado muchísimos problemas durante la guerra. Le encantaba correr riesgos y salvarse por los pelos. Trataba duramente a los aviones, pero era aún más duro consigo mismo. Nick Galvin no tenía nada que perder ni nadie por quien seguir vivo. Pat había invertido cuanto poseía en esos aparatos y no podía permitirse perderlos, por muy bien que le cayera Nick o por mucho que deseara ayudarlo.

—¿Te sigue gustando correr tantos riesgos como durante la guerra?

En cierta ocasión, después de verlo aproximarse a una altitud demasiado baja por debajo de una capa de nubes en plena tormenta, Pat había estado a punto de propinarle una buena tunda. Le habría gustado sacudirlo hasta que le castañetearan los dientes, pero se sintió tan aliviado de ver que Nick sobrevivía que se limitó a recriminarlo verbalmente. Era inhumano correr esos riesgos... que eran, precisamente, lo que lo volvían grandioso. Así fue en tiempos de guerra pero, en tiempos de paz, ¿quién podía permitirse esas baladronadas? Los aviones eran muy caros para convertirlos en juguetes.

—Ah, sólo corro riesgos si es imprescindible.

Nick adoraba a Pat y lo admiraba más que a cualquier otro hombre con el que hubiera tratado o volado.

—¿Sigues aterrizando por los pelos? ¿Aún te gusta apostar fuerte?

Las miradas de ambos se encontraron. Nick sabía qué le preguntaba Pat. No quería engañarlo, aún le gustaba escandalizar, apostar fuerte y correr riesgos, pero sentía un profundo respeto por Pat y por nada del mundo le haría daño. En este aspecto había madurado. Ahora era más cuidadoso cuando pilotaba aviones que no le pertenecían. Seguía amando la emoción, pero no tanto como para arriesgar el futuro de Pat. Nick había viajado desde Nueva York con los últimos dólares que le quedaban y con la esperanza de que Pat le diese trabajo.

—Sé comportarme si no hay otra alternativa —replicó pausadamente y sus fríos ojos azules no se apartaron de los afectuosos ojos pardos de Pat.

En Nick había algo pueril y enternecedor, aunque era todo un hombre. Antaño casi habían sido hermanos y ninguno de los dos olvidaría esos días. Ese vínculo jamás se rompería y ambos lo sabían.

—Si no lo haces, no me lo pensaré dos veces y te tiraré del Jenny desde diez mil pies de altura. Sabes que lo haré, ¿eh? —preguntó Pat severamente—. No permitiré que nadie estropee lo que intento construir. —Suspiró—. Seré muy claro: hay demasiado trabajo para un solo hombre y será excesivo incluso para dos en caso de que los contratos con Correos sigan llegando como hasta ahora. Estoy siempre volando de un lado a otro. Estoy exhausto. No me vendría nada mal un ayudante capaz de hacer esos repartos, pero te advierto que son largos y agotadores. Muchas veces hace mal tiempo, sobre todo en invierno. Pero a nadie le importa, nadie quiere saber lo difícil que resulta. Lo único que les interesa es que el correo llegue a tiempo. Por no mencionar todo lo demás: mercancías, pasajeros, vuelos cortos, buscadores de emociones que sólo pretenden subir y mirar hacia abajo, más alguna que otra lección de vuelo.

—Por lo visto estás bastante ocupado.

Nick sonrió. Le encantaba lo que acababa de oír. Había ido allí para oír esas palabras y por los recuerdos que conservaba de As. Nick lo necesitaba y Pat estaba feliz de acogerlo en su seno.

—Te advierto que no se trata de un juego. Intento montar un negocio sólido y aspiro a que algún día el aeropuerto O’Malley figure en los mapas. Sin embargo, Nick, eso no sucedería si tú echas por tierra mis planes... incluso uno solo de mis planes —explicó Pat O’Malley—. Todo se basa en los dos aparatos que ves ahí fuera y en el trozo de yermo con el letrero que leíste al llegar.

Nick asintió, pues comprendió lo que su amigo decía. Sintió hacia él más aprecio que nunca. Los aviadores tenían algo, un vínculo que nadie más compartía. Se trataba de un no sé qué que sólo ellos comprendían: un peculiar compromiso de honor.

—¿Quieres que haga algunos viajes largos? Así podrías estar más tiempo con Oona y las niñas. También puedo ocuparme de los vuelos nocturnos. Puedo empezar con estas tareas y ya me dirás qué te parece —propuso Nick, nervioso.

Estaba ansioso por trabajar con Pat y temía que éste no lo aceptara. Pero no había ninguna posibilidad de que Pat O’Malley lo rechazara, sólo quería cerciorarse de que Nick comprendiera las reglas básicas. Habría hecho cualquier cosa por ese muchacho: le habría proporcionado un hogar y un trabajo, incluso lo habría adoptado.

—Para empezar no estaría mal que te ocuparas de los vuelos nocturnos. Claro que algunas noches son muy descansados. —Pat miró pesaroso a su joven amigo. Aunque se llevaban catorce años, la guerra no había tardado en borrar la diferencia de edades—. Si nuestra hija pequeña no se decide a dormir por la noche, tendré que empezar a calmarla con whisky. Oona insiste en que se debe al sarpullido producido por el calor, pero yo juraría que corresponde a sus cabellos pelirrojos y al carácter que los acompaña. Oona es la única pelirroja serena y apacible que conozco. La pequeña es un auténtico incordio.

A pesar de esas quejas, Pat se había encariñado con la niña y prácticamente había olvidado su desilusión por no tener un hijo varón. Además, ahora Nick estaba allí. Su llegada era el don del cielo por el que tanto había rezado.

—¿Cómo se llama? —preguntó Nick. Desde que conocía a la familia O’Malley, Nick apreciaba a sus miembros y el ambiente en que vivían.

—Se llama Cassandra Maureen, pero le decimos Cassie. —Pat consultó la hora—. Te llevaré a casa y cenarás con Oona y las niñas. Tengo que volver al aeropuerto a las cinco y media. —Puso cara de quien pide disculpas—. Tendrás que buscar alojamiento en el pueblo. La anciana señora Wilson alquila habitaciones. Lo siento, pero aquí no tengo un sitio en el que puedas quedarte, salvo el catre del hangar donde guardo el Jenny.

—De momento me basta y me sobra. Hace bastante calor. Me da igual dormir en la pista.

—En el fondo hay una vieja ducha y aquí un lavabo, pero todo es bastante precario —añadió Pat, vacilante.

Nick sonrió y se encogió de hombros.

—Igual que mis fondos hasta que empieces a pagarme.

—Si a Oona no le molesta puedes dormir en el sofá del salón. Por lo que recuerdo, siente debilidad por ti y siempre dice que eres muy guapo y que las chicas tienen suerte con un muchacho como tú. Estoy seguro de que no le molestará que duermas en el sofá hasta que estés en condiciones de alquilar una habitación a la señora Wilson. Nick no llegó a hacer ni lo uno ni lo otro. Se instaló en el hangar y un mes después levantó con sus propias manos una sencilla cabaña. Aunque era poco más que un cobertizo, le pareció suficiente. Estaba limpia y ordenada y pasó en el aire cada minuto libre que tuvo, volando para Pat y ayudándolo a consolidar su empresa.

La primavera siguiente pudieron comprar otro avión, un Handley Page. Tenía más autonomía de vuelo que el De Havilland y el Jenny, así como mayor capacidad de carga y espacio para pasajeros. Nick era quien lo pilotaba, mientras Pat permanecía cerca de casa, realizaba los vuelos cortos y dirigía el aeropuerto. Todo funcionaba a la perfección. Daba la impresión de que cuanto tocaban adquiría un carácter mágico. El negocio marchaba sobre ruedas. La noticia de que dos brillantes ases de la aviación habían montado una empresa en Good Hope llegó a oídos de todos los que contaban, y la fama de ambos se extendió rápidamente por el Medio Oeste. Transportaban mercancías, pasajeros y sacas de correo, impartían clases y, después de un tiempo razonable, comenzaron a obtener beneficios considerables.

Entonces se produjo el golpe de suerte definitivo: trece meses después del nacimiento de Cassie vino al mundo Christopher Patrick, un bebé menudo, arrugado, gritón y flacucho. No obstante, era lo más bello que sus padres habían visto en la vida y las cuatro hermanas contemplaron, azoradas, su extraña anatomía. La segunda venida de Cristo no habría despertado más agitación que la llegada de Christopher Patrick al aeropuerto O’Malley.

Colgaron una inmensa bandera azul y el radiante padre invitó con un cigarro a cuantos pilotos tomaron tierra en el aeropuerto. Había valido la pena esperar. Después de casi doce años de matrimonio, Pat vio finalmente cumplido su sueño: un hijo que pilotaría sus aviones y dirigiría el aeropuerto.

—Más vale que haga las maletas y me largue —dijo Nick con fingido pesimismo el día siguiente al nacimiento de Chris.

Acababa de aceptar transportar un voluminoso cargamento a la costa Oeste el domingo. Era el pedido más grande que habían recibido y representaba una auténtica victoria.

—¿Qué significa eso de que tienes que largarte? —preguntó Pat con expresión de pánico y una espantosa resaca de tanto celebrar el nacimiento de su hijo—. ¿Qué coño significa?

—Me parece que, con la llegada de Chris, mis días están contados.

Nick sonreía de oreja a oreja. Se alegraba por Oona y por Pat y le emocionaba ser el padrino de Chris. Claro que quien le había robado el corazón desde el primer momento había sido Cassie. Era exactamente lo que Pat siempre había dicho: un pequeño monstruo y aquello que todos decían de las pelirrojas. Pero Nick la adoraba. A veces se sentía como si se tratara de su hermana pequeña. No la habría querido más ni aunque hubiese sido su propia hija.

—Tienes razón, tus días están contados durante los próximos cincuenta años —masculló Pat—. Nick Galvin, aparta tu perezoso culo de la silla y ocúpate de las sacas de correos que acaban de dejar en la pista.

—Sí, señor... As, señor... su señoría... su excelencia...

—¡Y una mierda, deja de darme la lata! —gritó Pat mientras se servía una taza de café y Nick corría a la pista para hablar con el piloto antes de que volviese a levantar el vuelo.

Nick se había convertido en lo que Pat supuso desde un principio: un don del cielo. Y eso que el último año habían trabajado duro. El invierno anterior había corrido riesgos volando en condiciones meteorológicas adversas y ambos sufrieron su parte de aterrizajes forzosos y reparaciones de emergencia. A decir verdad, no había nada realmente flagrante de lo que Pat pudiera quejarse, nada que Nick fuese incapaz de hacer o que pusiese en peligro los preciosos aviones de Pat. Nick apreciaba esos aparatos tanto como Pat. Lo cierto es que la presencia de Nick había permitido que Pat consolidara su empresa.

Y a la empresa se consagraron durante los diecisiete años siguientes. Los días transcurrían a más velocidad de la que necesitaban los aparatos para despegar de las cuatro pistas cuidadosamente mantenidas del aeropuerto O’Malley. Construyeron tres en forma de triángulo y la cuarta —que iba de norte a sur— lo dividía en dos, lo que significaba que podían aterrizar aunque soplara cualquier viento y nunca tendrían que cerrar el aeropuerto debido a los bloqueos de las pistas.

Actualmente disponían de una flota de diez aviones. Nick había adquirido dos y el resto eran de Pat. Nick sólo era un asalariado, pero Pat siempre había sido generoso con él. Eran fieles amigos después de tantos años de trabajo compartido y de mejorar el aeropuerto. Muchas veces le había propuesto a Nick formar una sociedad, pero éste respondía que no le interesaban esos quebraderos de cabeza. Le gustaba ser un contratado —como él mismo decía—, si bien todos sabían que Pat O’Malley y Nick funcionaban como un solo hombre y que enemistarse con uno equivalía a arriesgarse a morir a manos del otro. Pat O’Malley era un hombre muy peculiar y Nick lo quería como padre, hermano y amigo. Adoraba a sus hijos como si fueran propios y apreciaba cuanto rodeaba a su amigo.

Con excepción de Pat y su entorno, los familiares y las relaciones no eran el punto fuerte de Nick. En 1922, con veintiún años, se había casado. Su matrimonio duró seis meses y su esposa, de dieciocho años, no tardó en regresar a casa de sus padres en Nebraska. Nick la había conocido en una ruta de correos, a las tantas de la noche, en el único restaurante del pueblo, propiedad de los padres de ella.

Lo único que su esposa odiaba más que Illinois era todo lo relacionado con la aviación. Se mareaba cada vez que Nick la subía a un avión, lloraba siempre que veía un aparato y se quejaba cada vez que Nick se marchaba para pilotar un aeroplano. Evidentemente no era la compañera adecuada y, cuando los padres fueron a buscarla, la única persona que se sintió más aliviada que su esposa fue el propio Nick. Nunca en su vida había sido tan desdichado y juró que no permitiría que le volviera a ocurrir. Desde entonces había habido varias mujeres, pero Nick siempre se mostró discreto. Aunque corrieron rumores de que estaba liado con una mujer casada de otro pueblo, nadie supo si eran ciertos y Nick no le comentó nada a Pat. Había sido un joven muy guapo y se había convertido en un adulto apuesto, pero nadie se enteró jamás de sus aventuras. Las mujeres de su vida no llamaban la atención. Nadie podía decir una palabra que no se refiriese a lo mucho que trabajaba o lo mucho que solía estar con los O’Malley. Pasaba la mayor parte del tiempo libre con Oona, Pat y sus hijos. Para los críos era un auténtico tío. Hacía tiempo que Oona había renunciado a que saliese con alguna de sus amigas. Incluso había intentado provocar algo entre él y su hermana más joven cuando, años atrás, ella fue a visitarlos. Al fin y al cabo, su hermana era monísima, joven y había enviudado. Hacía mucho tiempo que estaba claro que a Nick Galvin el matrimonio no le interesaba. A Nick le apasionaban los aviones y poco más, salvo los O’Malley y algún que otro asuntillo ocasional y discreto. Vivía solo, trabajaba mucho y se ocupaba de sus propios asuntos.

Durante años Oona le había comentado a Pat con tono quejumbroso que Nick se merecía una vida más rica.

Pat le había preguntado jocosamente por qué pensaba que el matrimonio suponía una vida más rica que la soltería. Por muy convencida que estuviera de que le sentaría bien, Oona ya ni siquiera abordaba el tema con Nick. Se había dado por vencida. A los treinta y cinco años, Nick estaba satisfecho con la vida que llevaba y demasiado ocupado para dedicar tiempo y atenciones a una esposa e hijos. La mayoría de los días estaba quince o dieciséis horas en el aeropuerto. Sólo había otra persona que pasaba allí tantas horas como Pat y Nick: Cassie.

Por aquellas fechas Cassie tenía diecisiete años y durante la mayor parte de su vida había sido una presencia constante en el aeropuerto. Era capaz de abastecer de combustible prácticamente cualquier aparato, hacer señales para el aterrizaje y prepararlo para el despegue. Se ocupaba de las pistas, limpiaba los hangares, quitaba el polvo a los aviones con una manguera y dedicaba cada minuto libre a charlar con los pilotos. Conocía los motores y el funcionamiento de todos los aparatos. Además, poseía una extraordinaria percepción para detectar fallos. No había detalle nimio, rebuscado o complejo que escapara a su atención. Se percataba de todo lo referente a cualquier avión y, con toda probabilidad podría haber descrito con los ojos cerrados cualquier aparato que volara. Cassie era una joven extraordinaria en muchos sentidos. Pat tenía que discutir con ella para que volviese a casa y ayudara a su madre. Cassie insistía en que sus hermanas estaban en casa y, además, su madre no la necesitaba. Pat quería hacerla volver a casa, a su lugar natural, pero si un día lo lograba, al siguiente Cassie aparecía como el sol, a las seis de la mañana, y se quedaba un par de horas en el aeropuerto antes de ir a la escuela. Al final Pat se dio por vencido.

A los diecisiete años Cassie era una pelirroja de ojos azules, alta, llamativa y hermosa. Lo único que sabía o que le importaba eran los aviones. Aunque no la había visto pilotar un avión, Nick se dio cuenta de que era una aviadora nata. Presintió que Pat también lo sabía, pero éste se mantuvo en sus trece y no quiso que Cassie aprendiera a volar. Le importaban un bledo las aviadoras Amelia Earhart, Jackie Cochran, Nancy Love, Louise Thaden y el derbi aéreo femenino. Ninguna hija suya pilotaría un avión y sanseacabó. Nick y Pat lo habían discutido a menudo, pero al final Nick comprendió que era una batalla perdida. En aquella época había muchas mujeres en la aviación, algunas extraordinarias, pero Pat O’Malley pensaba que las cosas habían ido demasiado lejos y, desde su perspectiva, una mujer jamás pilotaría un avión como un hombre. Y, por supuesto, ninguna mujer llevaría sus aviones, menos que menos Cassie.

Nick se lo había planteado varias veces y le había dicho que, en su opinión, algunas de las mujeres que pilotaban aviones eran superiores a Lindbergh. Pat se ponía tan furioso que parecía a punto de asestar un puñetazo a Nick. Charles Lindbergh era el dios de Pat y el segundo lugar lo ocupaba Rickenbacker, el as de la Gran Guerra. (En 1927, cuando Lindbergh aterrizó en el aeropuerto O’Malley durante su gira de tres meses por el país, Pat se había retratado con él. Nueve años después, cubierta de polvo y muy querida, la foto aún ocupaba un lugar destacado sobre el escritorio de Pat.) A Pat no le cabía duda de que ninguna aviadora superaría o igualaría la capacidad o las hazañas de Charles Lindbergh. Al fin y al cabo, la esposa de Lindbergh sólo se ocupaba de la navegación y la comunicación por radio. Como para Pat era una especie de dios, comparar a alguien con Lindbergh representaba un sacrilegio, y aún más en boca de Nick Galvin. Éste rió cuando vio el desasosiego de Pat. Le encantaba azuzarlo. De todos modos, se dio cuenta de que era una discusión imposible. Según Pat, las mujeres no estaban hechas para la aviación por muchas horas de vuelo que tuviesen, marcas que batieran, carreras que ganasen o guapas que estuvieran con los trajes de vuelo. En opinión de Patrick O’Malley, las mujeres no estaban destinadas a ser pilotos.

—Y tú deberías estar en casa, ayudando a tu madre a preparar la cena —dijo y miró significativamente a Cassie, que llegaba de la pista vestida con un viejo mono.

La joven acababa de repostar un trimotor Ford antes de que despegara rumbo al Roosevelt Field de Long Island.

El comentario de su padre era archiconocido y, como siempre, fingió no oírlo. Cassie cruzó el despacho. Era casi tan alta como la mayoría de los hombres que trabajaban para Pat. La cabellera pelirroja le llegaba a los hombros y era tan brillante como las llamas. Sus vivaces ojazos azules se cruzaron con los de Nick, que le sonrió comprensivo a espaldas de su padre.

—Papá, luego volveré a casa. Antes quiero hacer algunas cosas aquí.

Con sólo diecisiete años Cassie era una belleza de cuidado, pero no lo sabía, lo cual acrecentaba su encanto. El mono que llevaba modelaba su figura de una forma que irritaba a su padre. En lo que a él se refería, su hija no tenía nada que hacer en el aeropuerto. No pensaba cambiar de opinión. Ese tira y afloja lo habían oído mil veces los que pasaban por el aeropuerto O’Malley y aquel día la situación no era distinta.

Era un ardiente día de junio, las clases habían terminado y Cassie disfrutaba de las vacaciones estivales. Sus amigas hacían trabajos de verano en el drugstore, la cafetería o las tiendas. Cassie sólo deseaba colaborar, sin cobrar, en el aeropuerto. Allí estaban su vida y su alma y en las ocasiones en que trabajaba en otra parte lo hacía sólo porque necesitaba dinero. Empero, no había trabajo, amiga, chico ni diversión que la alejasen mucho tiempo del aeropuerto. Era algo que no podía evitar.

—¿Por qué no hacer algo útil en lugar de meterte donde no te llaman? —gritó su padre desde el otro extremo del despacho.

Pat jamás le agradecía lo que hacía porque no quería verla en el aeropuerto.

—Papá, sólo he venido en busca de uno de los libros de carga. Tengo que apuntar algo.

Cassie habló en voz baja al tiempo que buscaba el libro y luego lo abría en la página correspondiente. Conocía todos los libros y se sabía el reglamento al dedillo.

—¡Quita las manos de mis libros! ¡No sabes lo que haces!

Como de costumbre, Pat se puso furioso. Con el paso de los años se había vuelto irascible aunque, a los cincuenta, todavía era uno de los mejores pilotos. Seguía obstinado en su visión de la vida y sus ideas, pero nadie le hacía mucho caso, ni siquiera Cassie. En el aeropuerto su palabra era sagrada, pero su cruzada contra las aviadoras y las disputas con su hija no daban resultado. Cassie sabía que más le convenía no discutir con él. La mayoría de las veces fingía no oírlo y se limitaba a seguir discretamente con lo que estaba haciendo. A Cassie lo único que le importaba era el aeropuerto de su padre.

De pequeña, por las noches solía salir de casa sigilosamente para contemplar los aviones que brillaban trémulos a la luz de la luna. Eran tan bellos que tenía que mirarlos. Cierta vez su padre la había encontrado en el aeropuerto después de buscarla una hora, pero Cassie mostró tal veneración por los aviones, tanto respeto por los aparatos y por su padre que Pat no tuvo valor para darle una paliza, a pesar de lo mucho que los había asustado con su desaparición. Le dijo que no volviera a hacerlo y la llevó junto a su madre, sin volver a hablar del tema.

Oona también sabía que Cassie adoraba los aviones y, al igual que Pat, opinaba que no era un mundo para su hija. ¿Qué pensaría la gente? Bastaba ver el aspecto y el olor de Cassie cuando regresaba de abastecer de combustible los aviones, acarrear cajas y sacas de correspondencia o, peor aún, meter mano en los motores.

Cassie sabía sobre el funcionamiento de los aviones más de lo que saben la mayoría de los hombres sobre sus coches. Ese universo la apasionaba. Era capaz de desmontar un motor y volver a montarlo más rápido y con mayor pericia que casi todos los hombres, y había conseguido y leído más libros de aviación de lo que Nick o sus padres imaginaban. Los aviones eran su gran amor y su pasión.

Sólo Nick era capaz de comprender su amor por los aviones, aunque no había logrado convencer a su padre de que se trataba de un pasatiempo adecuado para Cassie.

En ese momento Nick se encogió de hombros y volvió a ocuparse de unos papeles que tenía en el escritorio, mientras Cassie regresaba a la pista. Sabía que, si se mantenía lejos de su padre, podía pasar horas en el aeropuerto.

—No sé qué le ocurre... No es natural... —se lamentó Pat—. Me parece que sólo lo hace para incordiar a su hermano...

Nick sabía mejor que nadie que a Chris los aviones le importaban un pimiento. La aviación le interesaba tanto como llegar a la luna o convertirse en una mazorca. De vez en cuando daba una vuelta por el aeropuerto para contentar a su padre. Como había cumplido los dieciséis, recibía clases de vuelo para complacer a Pat, aunque lo cierto es que Chris no sabía nada de aviones. Le interesaban tanto como el autobús amarillo que diariamente lo llevaba al instituto. Sin embargo, Pat estaba convencido de que algún día Chris se convertiría en un gran piloto.

Chris carecía del instinto volador de Cassie, de su apasionado amor por las máquinas y de su genialidad con los motores. Había abrigado la esperanza de que la pasión de su hermana por la aviación sirviera para que su padre dejase de darle la lata aunque, por lo visto, pareció volverlo más deseoso de que su hijo se hiciera piloto.

Pat quería que Chris se convirtiera en lo que Cassie ya era, lo cual resultaba imposible. Chris aspiraba a ser arquitecto. No soñaba con pilotar aviones, sino con construir edificios, pero hasta entonces no se había atrevido a decírselo a su padre. Cassie lo sabía. Le encantaban los dibujos y las maquetas que su hermano hacía para el instituto. En cierta ocasión había construido una ciudad entera con cajas, botes y frascos pequeños; incluso había utilizado tapas de botellas y todo tipo de utensilios pequeños que encontró en la cocina de su madre. Durante semanas Oona estuvo buscando tapas, instrumentos pequeños y utensilios. Poco después esos objetos aparecieron en la extraordinaria creación de Chris. El padre se limitó a preguntar por qué no había hecho la maqueta de un aeropuerto. La idea lo atrajo y Chris aseguró que lo intentaría.

Lo cierto es que la aviación no despertaba su interés en ningún aspecto. Chris era un joven inteligente, sensible y considerado; las clases de vuelo que recibía le parecían correctas aunque soporíferamente aburridas. Nick ya lo había subido montones de veces y Chris tenía unas cuantas horas de vuelo, pero no era eso lo que le interesaba. Era lo mismo que conducir un coche. ¿Qué tenía de apasionante? Para él carecía de significado, mientras que para Cassie era la vida misma e incluso más: parecía magia.

Esa tarde Cassie no volvió a aparecer por el despacho de su padre y a las seis Nick la vio en el otro extremo de la pista. Hizo señales para guiar el aterrizaje de un aparato y después entró en un hangar con el piloto.

Un rato más tarde, Nick fue a buscarla y vio que tenía manchas de aceite en la cara y que se había recogido el pelo. Las manos de Cassie estaban perdidas y lucía una reveladora mancha de grasa en la punta de la nariz. Al verla Nick se mondó de risa: ¡su aspecto era indescriptible!

—¿De qué te ríes?

Cassie sonrió y Nick notó que estaba cansada pero dichosa. Siempre había sido como un hermano para ella. Cassie era consciente de que se trataba de un hombre muy apuesto, pero no le importaba. Eran grandes amigos y ella lo adoraba.

—Tienes un aspecto graciosísimo. ¿Te has mirado en el espejo? Llevas más aceite que mi Bellanca. A tu padre le encantará.

—Mi padre quiere que me ponga una bata, que limpie la casa y que prepare puré de patatas.

—Esas tareas también son útiles.

—¿Estás seguro? —Cassie ladeó la cabeza. Su expresión era una fascinante mezcla de disparate y belleza en su estado más primigenio—. Peliagudo, ¿sabes hacer puré de patatas?

A veces Cassie lo llamaba por su apodo, actitud que siempre lo hacía sonreír.

—Si no me queda otra opción... Ten en cuenta que sé cocinar.

—Pero no estás obligado, en tu caso se trata de una opción. ¿Cuándo fregaste por última vez una casa?

—Pues no me acuerdo... —Nick frunció el entrecejo—. Tal vez hace diez años... supongo que fue por el año veintiséis...

Nick sonrió y ambos acabaron riendo.

—¿Te das cuenta de lo que digo?

—Sí, pero también comprendo a tu padre. Yo no estoy casado ni tengo hijos. Pat no quiere que termines como yo, que vivas en una cabaña junto a la pista y que hagas transportes aéreos de correspondencia a Cleveland.

Para entonces la cabaña de Nick era muy cómoda, si no lujosa.

—Pues a mí me parece bien. —Cassie esbozó una sonrisa—. Me refiero al transporte de correspondencia.

—Ése es el problema.

—Él es el problema —le corrigió Cassie—. Hay muchas mujeres que pilotan aviones y llevan una vida interesante. Las Noventa y Nueve está llena de mujeres así.

Las Noventa y Nueve era una organización profesional fundada por ese número de aviadoras.

—A mí no intentes convencerme, habla con tu padre.

—Es imposible. —La joven miró a su viejo amigo con expresión de desaliento—. Sólo espero que me deje pasar todo el verano en el aeropuerto.

Como las clases habían terminado y el nuevo curso no comenzaba hasta finales de agosto, estar en el aeropuerto era lo único que a Cassie le apetecía. El verano se le haría interminable porque tendría que esconderse de su padre y evitar un enfrentamiento.

—¿Por qué no consigues trabajo en otra parte y así Pat se ahorra de enloquecernos a todos?

Los dos sabían que Cassie prefería no ganar un centavo con tal de pasar todo el tiempo en el aeropuerto.

—No me interesa hacer nada más.

—Ya lo sé, no hace falta que me lo expliques.

Nick conocía mejor que nadie el alcance de la pasión de Cassie. Él también había padecido esa enfermedad, pero había tenido suerte. La guerra, su sexo y Pat O’Malley habían permitido que pasara el resto de su vida ante los mandos de un avión. Pensó que Cassie O’Malley no sería tan afortunada. Por extraño que parezca, le habría encantado subir con ella en un avión para comprobar lo bien que lo pilotaba, pero no tenía ganas de atormentarse con ese quebradero de cabeza y sabía que Pat lo mataría. Nick tenía bastante trabajo sin necesidad de interferir en la vida de la familia de Pat y eran muchas las tareas que lo aguardaban en el aeropuerto.

Mientras regresaba a su escritorio para terminar de rellenar unos papeles, Nick vio llegar a Chris.

Era un joven rubio y apuesto, de finas facciones como las de su madre, con el mismo físico fuerte de su padre y cálidos ojos pardos. Era listo, simpático y todos lo querían. Las tenía todas a su favor, salvo que los aviones no le interesaban. Ese verano trabajaba en la composición del periódico y estaba contento de no tener que bregar en el aeropuerto.

—¿Mi hermana anda por aquí? —preguntó Chris a Nick.

Daba la impresión de que deseaba que Nick le dijese que no. Parecía ansioso de largarse de allí. Lo cierto ...