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WONDER 2. LA HISTORIA DE JULIAN

R.J. Palacio  

4


Fragmento

La llamada

Recuerdo que mi madre se puso como loca con la llamada que recibimos del señor Traseronian. Esa noche, durante la cena, no paraba de repetir el gran honor que era. El director del colegio de secundaria nos había llamado a casa para pedirnos si yo podía ser el amigo de bienvenida de un niño nuevo en el colegio. ¡Guau! ¡Qué notición! Mi madre se comportaba como si me hubieran dado un Oscar o algo así. Dijo que eso demostraba que el colegio sabía reconocer a los niños realmente «especiales», y que creía que era maravilloso. Mi madre todavía no conocía al señor Traseronian, porque él era el director de secundaria y yo todavía estaba en primaria, pero no paraba de poner por las nubes al director por lo amable que había sido por teléfono.

Mi madre siempre ha sido una especie de pez gordo en el colegio. Está metida en eso del consejo escolar, que no tengo ni idea de lo que es, pero, por lo visto, es algo importante. Además, siempre se presenta voluntaria para todo. Por ejemplo, ha sido la madre portavoz de la clase en todos los cursos desde que estoy en Beecher. Siempre. Hace un montón de cosas por el colegio.

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A lo que iba, el día que se suponía que debía ser el amigo de bienvenida del niño nuevo, ella me dejó en la puerta del cole. Quería entrar conmigo, pero yo le solté: «Mamá, ¡que ya estoy en secundaria!». Menos mal que lo pilló y se fue con el coche antes de que yo entrara.

Charlotte Cody y Jack Will ya estaban en la recepción, y nos saludamos. Jack y yo nos dimos nuestro apretón de manos de colegas y saludamos al conserje. Luego subimos al despacho del señor Traseronian. ¡Era muy raro estar en el colegio y que no hubiera nadie más!

—Tío, ¡podríamos ir con el monopatín por aquí y nadie se enteraría! —le dije a Jack mientras corría y patinaba por el suelo pulido de la recepción cuando el conserje ya no nos veía.

—¡Ja, sí! —dijo Jack, pero me di cuenta de que, cuanto más nos acercábamos al despacho del señor Traseronian, más callado estaba Jack. De hecho, tenía cara de estar a punto de echar la pota.

Cuando llegamos al final de la escalera, se detuvo.

—¡No quiero hacer esto! —dijo.

Me paré a su lado. Charlotte ya había llegado al descansillo.

—¡Venga, vamos! —exclamó ella.

—¡Tú no nos mandas! —contesté.

Ella negó con la cabeza y me miró con cara de circunstancias. Me reí y le di un codazo a Jack para que no se lo perdiera. Nos encantaba chinchar a Charlotte Cody. ¡Era una santurrona!

—Esto es un desastre —soltó Jack, y se frotó la cara con la palma de la mano.

—¿Qué pasa? —dije.

—¿Sabes quién es el nuevo? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Tú sí que sabes quién es, ¿verdad? —le preguntó Jack a Charlotte mirándola.

Charlotte bajó unos escalones hasta donde estábamos nosotros.

—Creo que sí —respondió. Hizo una mueca, como si acabara de probar algo asqueroso.

Jack negó en silencio y luego se dio tres palmetazos en la cabeza.

—¡Cómo he sido tan idiota de aceptar! —exclamó apretando los dientes.

—Un momento, ¿quién es? —pregunté. Le di un empujón a Jack en el hombro para que me mirase.

—Es ese niño que se llama August —contestó—. Ya sabes, el niño que tiene la cara esa tan rara.

No tenía ni idea de quién estaba hablando.

—¡Estás quedándote conmigo! —dijo Jack—. ¿Nunca has visto a ese niño? ¡Si vive en el barrio! A veces está en el parque. Tienes que haberlo visto. ¡Todo el mundo lo ha visto!

—No vive en el barrio —respondió Charlotte.

—¡Sí que vive en el barrio! —replicó Jack con impaciencia.

—Que no, que Julian no vive en este barrio —respondió ella, igual de impaciente.

—Pero ¿qué tiene que ver dónde vivo yo con todo esto? —pregunté.

—¡Da igual! —me interrumpió Jack—. Da lo mismo. Hazme caso, tío, nunca has visto nada igual.

—Por favor, no seas malo, Jack —dijo Charlotte—. No está bien.

—¡No estoy siendo malo! —respondió Jack—. Solo digo la verdad.

—Pero ¿qué aspecto tiene exactamente? —pregunté.

Jack no contestó. Se quedó ahí plantado, sacudiendo la cabeza. Miré a Charlotte, y ella fruncía el entrecejo.

—Escuchad —dijo—. Vamos de una vez, ¿vale? —Se volvió, empezó a subir los escalones y desapareció por el pasillo hacia el despacho del señor Traseronian.

—Vamos de una vez, ¿vale? —le dije a Jack y clavé la imitación de Charlotte. Creí que con eso se moriría de risa, pero no fue así—. ¡Jack, tío, venga ya! —le dije.

Fingí darle un buen bofetón en toda la cara. Eso sí que le hizo reír un poco, y me respondió con un puñetazo a cámara lenta. Y con eso empezamos enseguida a jugar una partida rápida de «darle al bazo», que es cuando intentamos pegarle al contrario por debajo de las costillas.

—¡Chicos, vamos! —nos ordenó Charlotte desde el final de la escalera. Había regresado a buscarnos.

—¡Chicos, vamos! —le susurré a Jack, y esa vez sí que soltó una especie de risita.

Pero en cuanto doblamos la esquina del pasillo y llegamos al despacho del señor Traseronian, todos nos pusimos bastante serios.

Cuando entramos, la señora García nos dijo que esperásemos en el despacho de la enfermera Molly, que era un cuartito junto al despacho del señor Traseronian. Mientras esperábamos no hablamos entre nosotros. Reprimí la tentación de hacer un globo con los guantes de látex que había en una caja junto a la camilla, aunque sabía que eso habría hecho reír a todos.

El señor Traseronian

El señor Traseronian entró en el despacho. Era un hombre alto y más bien delgado; tenía el pelo canoso y lo llevaba despeinado.

—¡Qué pasa, chicos! —dijo sonriendo—. Soy el señor Traseronian. Tú debes de ser Charlotte. —Le estrechó la mano a Charlotte—. ¿Y tú eres…? —Se quedó mirándome.

—Julian —dije.

—Julian —repitió sonriendo. Me estrechó la mano.

—Y tú eres Jack Will —le dijo a Jack, y también le estrechó la mano.

Se sentó en la silla que había junto a la mesa de la enfermera Molly.

—En primer lugar, chicos, quiero agradeceros que hayáis venido. Sé que hoy hace calor y que seguramente os gustaría estar haciendo otras cosas. ¿Cómo os está yendo el verano? ¿Bien?

Todos asentimos con la cabeza, algo inseguros, mientras nos mirábamos.

—¿Cómo está yéndole el verano? —le pregunté.

—¡Oh, qué amable eres al preguntar, Julian! —respondió—. Ha sido un verano genial, gracias. Aunque tengo muchísimas ganas de que llegue el otoño. Odio este tiempo tan caluroso. —Se tiró de la camisa—. Por mí ya puede llegar el invierno.

A esas alturas los tres estábamos mirando hacia el techo y hacia el suelo como idiotas. No entiendo por qué los mayores se empeñan en dar conversación a los niños. Nos hacen sentir raros. O sea, yo me siento bastante cómodo hablando con los mayores —a lo mejor es porque viajo mucho y he hablado con muchos adultos—, pero a la mayoría de los niños no les gusta hablar con los mayores. Así son las cosas, y punto. Por ejemplo, si me encuentro con los padres de algún amigo y no estamos en el colegio, intento evitar el contacto visual para no tener que hablarles. Es demasiado raro. También es muy raro cuando te topas por casualidad con algún profesor fuera del colegio. Por ejemplo, una vez vi a mi profesora de tercero con su novio en un restaurante, y fue… O sea, ¡qué asco! No me da la gana ver a mi profesora enrollándose con su novio, ¿sabéis?

En resumen, ahí estábamos nosotros, Charlotte, Jack y yo, asintiendo con la cabeza como esos muñecos de los coches con cuello de resorte, mientras el señor Traseronian seguía con su rollo sobre el verano. Pero por fin, ¡por fin!, fue al grano.

—Bueno, chicos —dijo, dándose palmetazos en los muslos—. Es realmente bonito que hayáis decidido dedicar la tarde a hacer esto. Dentro de unos minutos voy a presentaros a un niño que vendrá a mi despacho, y solo quería hablaros un poco de él antes de que llegue. Bueno, a vuestras madres les he contado algunas cosas sobre él, ¿ellas os han dicho algo?

Charlotte y Jack asintieron en silencio, pero yo negué con la cabeza.

—Mi madre solo me ha dicho que lo habían operado un montón de veces —dije.

—Bueno, sí —respondió el señor Traseronian—. Pero ¿te ha explicado lo de su cara?

Confieso que ese fue el momento en que empecé a pensar: «Vale, ¿qué narices estoy haciendo aquí?».

—Bueno, no lo sé —le contesté mientras me rascaba la cabeza. Intenté recordar lo que mi madre me había contado. La verdad es que no le había prestado mucha atención. Creo que me pasé el rato pensando en que estaba muy pesada con lo de que era un honor que me hubieran elegido; en realidad no insistió mucho en que le pasaba algo malo a ese niño—. Me dijo que usted había dicho que ese niño tiene un montón de cicatrices y cosas así. Como si se hubiera quemado en un incendio.

—En realidad no fue eso lo que dije —respondió el señor Traseronian enarcando las cejas—. Lo que le dije a tu ...