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Y LUEGO GANAS Tú

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Fragmento

 

Estoy aterrorizada.

Es la primera vez que viajo fuera del país sola. Mi familia está conmigo celebrando que me voy, y yo lo único que quiero decirles es que no, que me quedo aquí, que me he precipitado; que en realidad no es para tanto lo que ha ocurrido, puedo superarlo todo aquí, en casa, en Madrid, con ellos. «Ya soy mayorcita», me digo una y otra vez. Pero no hay vuelta atrás, toda mi familia ha puesto un poquito de dinero para que me vaya a Brighton a aprender inglés. «¡Lo puedo aprender en casa, creo que tengo aún guardados los VHS de Magic English!», quiero decirles. Pero no lo hago.

Tengo que ir. Se lo debo a todos. He insistido mucho en este viaje, en irme sola, en lo mucho que necesito conocer nueva gente. Y al final mi deseo se ha hecho realidad. ¡Bien! Lo tengo que hacer, a pesar del vértigo que siento. Y si no, haberlo pensado antes, Andrea, que el avión sale en unas horas.

No creo que haya sido una niña mimada, ni tampoco que me hayan protegido en exceso. Es verdad que siempre han esperado lo máximo de mí. Nada de medias tintas. O todo o nada. Fui la primera de todos los primeros en llegar a esta peculiar y extraordinaria familia y la que tiene que ir abriendo camino al resto. Pero no, definitivamente nunca me han dado más que al resto, ni yo lo he esperado. Quizá por eso la presión que siento ahora para no decepcionarles hace que me intimide tanto este viaje. Fue mi decisión, tocaba apechugar.

Cuando me dejaron en el aeropuerto ese día, no paraba de llorar, me costó mucho despedirme de todos. «Ten cuidado. Nos llamas en cuanto puedas, ¿eh? Verás qué bien lo pasas, boba.» Pero en cuanto me quedé sola y me abroché el cinturón de seguridad, recordé por qué me quería marchar: necesitaba hacer algo por mí misma. Quería dejar de sentirme perdida. Sabía lo que me gustaba: la fotografía. Pero no lograba imaginar cómo, en el futuro, eso podía llegar a convertirse en un trabajo. Tampoco en cómo podía hacerme feliz. La gente se aprovechaba de mí, otra tanta se burlaba sin motivo y muchos me decían: «No vales».

Todos mis amigos han sido siempre más independientes que yo: han viajado y han tenido mil trabajos de canguros, en cafeterías, dando clases a niños... Yo no. Yo siempre he estado con mi cámara, mis libros y mis series. Siempre me he refugiado en la «vida» de otras personas, bien a través de la cámara o bien al creerme que formaba parte de las historias de las series que veía. Al menos ahí me sentía protegida. Segura. Esa era mi zona de confort. Qué irónico: siempre otra realidad, la que no era mía. Y eso tenía que cambiar. Y como decía mi madre: ya era hora de que empezara a comerme el mundo. Y si para ello tenía que aprender otro idioma, pues se hacía y punto.

Cuando llegué a Londres era de noche. Y eso que apenas eran las ocho de la tarde. Por un instante volví a sentir las ganas de

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