Loading...

YO, éL Y RAQUEL

Jesse Andrews  

0


Fragmento

 

Nota introductoria de Greg Gaines,

autor de este libro

No tengo ni idea de cómo escribir este estúpido libro.

¿Puedo sincerarme con vosotros un momento? Lo que acabo de decir es la pura verdad. Cuando me propuse escribir este libro, se me ocurrió empezarlo con la frase: «Fue la mejor época de mi vida, y también la peor». De verdad creía que podía empezar un libro así. Me dije que era la clase de frase con que suelen arrancar las novelas. Pero no tenía ni idea de cómo seguir a partir de ahí. Me pasé una hora mirando la pantalla y lo mío me costó no salir corriendo. Desesperado, intenté jugar con la puntuación y el formato del texto. Ahí va un ejemplo: «¿Fue la mejor época de mi vida? ¡¡¡Y también la peor!!!».

¿Qué demonios quiere decir eso, para empezar? ¿Y cómo se le puede ocurrir a nadie escribir algo así? Es poco probable, a menos que tengas un hongo devorándote el cerebro, que bien podría ser mi caso.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Total, que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Y eso se debe a que no soy escritor, sino aspirante a cineasta. Así que ahora mismo seguramente os estaréis preguntando:

1. ¿Qué hace este tío escribiendo un libro en lugar de dirigir una película?

2. ¿Tendrá algo que ver con eso que ha dicho del hongo en el cerebro?

Clave de respuestas

1. Me dedico a escribir un libro en lugar de dirigir una película porque me he retirado del mundo del cine para siempre. Concretamente, después de haber hecho la peor película de todos los tiempos. Por lo general, la meta de todo ser humano es retirarse tras haber alcanzado la perfección en aquello que hace —o, mejor aún, tras haber muerto—, pero yo hice todo lo contrario. Un breve resumen de mi carrera tendría más o menos este aspecto:

i. Muchas películas malas

ii. Una película mediocre

iii. Algunas películas pasables

iv. Una película decente

v. Dos o tres buenas películas

vi. Un puñado de películas cojonudas

vii. La peor película de todos los tiempos

Koniec. ¿Que cómo de mala era esa película? Mató a alguien, con eso os lo digo todo. Causó la muerte a una persona de carne y hueso. Ya lo veréis.

2. Digamos que muchas cosas serían más fáciles de entender si realmente tuviese un hongo devorándome el cerebro. Eso sí, tendría que llevar ahí dentro desde que nací, más o menos. A estas alturas del campeonato, lo más probable es que se hubiese aburrido y largado, o muerto de inanición.

Por increíble que parezca, tengo algo que añadir a todo lo dicho antes de dar paso a este libro espeluznantemente estúpido. Quizá sepáis que va de una chica con cáncer, así que también es posible que estéis pensando: «¡Genial! Seguro que está repleto de sabias reflexiones en torno al amor, la muerte y el paso de la infancia a la edad adulta. Seguramente me hará llorar como una magdalena de principio a fin. Qué ganas tengo de empezarlo». Si lo anterior describe con acierto lo que estáis pensando, lo mejor que podéis hacer es tirar este libro al cubo de la basura y salir corriendo. Porque debo decir que no aprendí absolutamente nada de la leucemia de Rachel. De hecho, si de algo puedo presumir después de todo lo que pasó es de saber menos aún acerca de la vida.

Creo que no me estoy expresando demasiado bien. A lo que voy es: este libro no contiene una sola «lección vital importante», ni una sola «verdad como un puño acerca del amor», ni un solo ñoño y lacrimógeno «momento en que comprendimos que habíamos dejado la infancia atrás para siempre», ni nada que se le parezca. Y, a diferencia de la mayoría de los libros en los que sale una chica con cáncer, podéis estar seguros de que no hay una sola frase almibarada y paradójica de esas que ocupan todo un párrafo y se supone que encierran alguna reflexión profunda porque están en cursiva. ¿Sabéis a qué me refiero? Me refiero a esto:

El cáncer le había arrebatado los globos oculares, y sin embargo veía el mundo con más claridad que nunca.

Puaj. Ni de coña. El hecho de haber conocido a Rachel antes de que muriera no ha hecho que mi vida tenga más sentido. Si me apuran, tiene incluso menos sentido que antes. ¿De acuerdo?

Venga, lo mejor será que empecemos de una vez.

(Acabo de caer en la cuenta de que tal vez os estéis preguntando qué es eso de koniec. Es un término que he sacado del mundillo del cine, está en polaco y significa: «Esta película se ha acabado, y menos mal, porque seguramente no habéis entendido ni jota; es lo que tiene el cine para intelectuales».)

Ahora sí, koniec.

1

¿Cómo es posible existir siquiera

en un lugar tan asqueroso?

Para comprender todo lo que ocurrió, hay que partir de la premisa de que el instituto es un asco. ¿Aceptamos esa premisa? Por supuesto que la aceptamos. Que el instituto es un asco lo sabe todo el mundo, es una verdad como la copa de un pino. De hecho, es en la rutina del instituto cuando uno toma contacto por primera vez con la duda existencial más básica de la vida: ¿cómo es posible existir siquiera en un lugar tan asqueroso?

Si hay algo todavía más lamentable que la escuela secundaria es la escuela primaria, tanto que no me veo con fuerzas para escribir sobre ello, así que centrémonos en el instituto.

Vamos allá. Permitid que me presente: Greg S. Gaines, diecisiete años. Mientras escribía este libro iba al último curso del instituto Benson High, en la encantadora si bien deprimida ciudad de Pittsburgh, Pensilvania. Antes que nada, conviene que nos detengamos a examinar la vida en Benson High para determinar exactamente por qué es un asco.

Benson High queda en la frontera de Squirrel Hill, un barrio próspero, y Homewood, un barrio pobre, y el alumnado se compone a partes más o menos iguales de gente que vive en uno y otro barrio. En las series de la tele suelen ser los chavales con pasta los que llevan la voz cantante en el instituto, pero la mayor parte de los chicos realmente ricos de Squirrel Hill van a la escuela privada local, Shadyside Academy. Los que van a la pública son demasiado pocos para imponer ninguna clase de orden. A veces lo intentan, pero resultan más entrañables que otra cosa. Como cuando Olivia Ryan se pone histérica por el charco de orina que aparece en uno de los huecos de la escalera casi todos los días entre las diez y media y las once de la mañana, y le da por increpar a gritos a quienes pasan por allí en ese momento en un descabellado y torpe intento de averiguar quién lo ha hecho. Te entran ganas de decirle: «¡Oye, Liv, que seguramente quien haya sido no ha vuelto a la escena del crimen! Pichafloja debe de andar muy lejos ya». Pero, aunque se lo dijeras, lo más probable es que no parara de chillar como una posesa. De todos modos, a lo que voy es que sus ataques de histeria no tienen ninguna repercusión. Es como cuando un gatito intenta cargarse algún insecto a mordiscos. Es evidente que conserva el instinto sanguinario y despiadado de un predador, pero al mismo tiempo no deja de ser una monada de minino, y cuando lo ves solo te entran ganas de meterlo en una caja de zapatos, hacer un vídeo de sus cabriolas y colgarlo en YouTube para que lo vean las abuelas.

Así que los pijos no son el grupo alfa del instituto. El siguiente grupo en importancia demográfica es el de los meapilas. Son unos cuantos, y no cabe duda de que aspiran a dominar a los demás. Sin embargo, esa fuerza —la voluntad de dominar— es al mismo tiempo su mayor debilidad, porque se pasan el día intentando convencerte para que te unas a ellos, y lo hacen invitándote a pasarte por la iglesia. «Tenemos galletas y juegos de mesa», dicen, o algo por el estilo. «¡Acabamos de poner la Wii!» Siempre hay algo en sus reclamos que te echa un poquito para atrás. Hasta que un buen día comprendes por qué: los pederastas suelen emplear esas mismas palabras.

Así que los meapilas tampoco llegarán a ser nunca el grupo alfa. Sus estrategias dan demasiada grima. En muchos institutos, una buena forma de llegar a lo más alto es ser un musculitos, pero en Benson High casi todos los musculitos son negros, y muchos de los chicos blancos les tienen miedo. ¿Quién queda para liderar a las masas? ¿Los empollones? Venga ya. No sienten el menor interés por la política. Se esfuerzan por pasar inadvertidos hasta terminar la secundaria, cuando podrán escapar a una facultad en la que nadie se burle de ellos por saber cómo usar un adverbio. ¿Los teatreros? Por Dios, eso sería una carnicería. Los encontrarían muertos a garrotazos con sus propios cancioneros sobados de El Mago de Oz. ¿Los porretas? Les falta iniciativa. ¿Los pandilleros? Apenas se les ve el pelo. ¿Los chicos de la banda de música? Pasaría lo mismo que con los teatreros, pero sería incluso más truculento. ¿Los góticos? Impensable, ni siquiera como ejercicio imaginativo.

Así que en lo más alto de la jerarquía social de Benson High existe un vacío. Resultado: el caos.

(Aunque debo señalar que he reducido las categorías a su forma más simple. ¿Acaso no hay grupos mixtos que incluyan a empollones, pijos, musculitos, etcétera? La respuesta es sí. ¿No hay un puñado de grupos que resulten difíciles de etiquetar porque son sencillamente pandillas de amigos sin una sola característica común que los una? De nuevo, sí. A ver, podría haceros un croquis detallado de las interacciones sociales en el instituto, con etiquetas de nombres resultones como «subgrupo 4 C de afroamericanos de clase media», pero estoy bastante seguro de que nadie quiere que lo haga. Ni siquiera los integrantes del subgrupo 4 C de afroamericanos de clase media [a saber: Jonathan Williams, Dajuan Williams, Donté Young y, hasta que le dio realmente en serio por el trombón a medio curso, Darnell Reynolds].)

Así que tenemos unas cuantas tribus, y todas andan a la greña entre sí por controlar a las demás, lo que significa que se odian a muerte. Por tanto, el problema es que, si eres de una tribu, todos los que no son de esa tribu te odian a muerte.

Y ahora viene la parte divertida. Hay una forma de sortear ese problema: que te admitan en todas las tribus.

Lo sé, lo sé. Parece una locura. Pero eso es exactamente lo que hice yo. Veréis, de entrada no me uní a ninguna tribu, pero busqué el modo de que todas me aceptaran. Los empollones, los pijos, los musculitos, los porretas. Los de la banda de música, los teatreros, los meapilas, los góticos. Podía colarme en cualquier grupo de estudiantes sin que nadie pestañeara siquiera. Me miraban y pensaban «¡Greg! Es uno de los nuestros». O quizá algo más parecido a «Ese tío está de nuestra parte». O como mínimo «Greg es un tío al que no voy a rociar con ketchup». Y conseguir eso no es nada fácil. Tened en cuenta la complejidad del asunto:

1. La infiltración en cualquier tribu debe permanecer oculta a la mayoría, cuando no a la totalidad, de las demás tribus. Si los pijos te pillan charlando amigablemente con los góticos, las puertas de esa urbanización vallada se cerrarán para siempre en tus narices. Si los meapilas te ven bajándote del coche de un porreta haciendo eses y envuelto en humo como si salieras de la sauna, se acabaron para siempre las reuniones en el sótano de la iglesia y el esfuerzo consciente por no soltar ninguna palabra malsonante. Y si un musculitos, no lo quiera Dios, te viera codeándote con los teatreros, daría por sentado que eres gay, y no hay fuerza más poderosa en el universo que el miedo de los musculitos a los homosexuales. Sencillamente no la hay. Es como el miedo de los judíos a los nazis, aunque con las tornas completamente cambiadas respecto a quién sacude a quién. Pensándolo mejor, es más bien como el miedo de los nazis a los judíos.

2. No puedes integrarte demasiado en ninguna tribu. Esto se deduce del punto anterior. Hay que moverse en la periferia en todo momento. Puedes confraternizar con los góticos, pero bajo ninguna circunstancia deberás vestirte como ellos. Puedes participar en la banda de música, pero conviene evitar las largas jam sessions que montan sus integrantes al salir de clase. Puedes dejarte caer de vez en cuando por la sala de convivencia de la iglesia (cuya decoración merecería un premio al mal gusto), pero debes rehuir cualquier actividad en la que se hable sin tapujos de Jesús.

3. A la hora del almuerzo, antes de entrar en clase y en general siempre que te encuentres en público, debes procurar pasar tan inadvertido como te sea posible. Es decir, olvídate de comer acompañado. La hora del almuerzo es el momento del día en que se espera que demuestres tu pertenencia a una u otra tribu sentándote con tus colegas a la vista de todo el mundo o, si vienen realmente mal dadas, el momento en que algún pobre desgraciado que ni siquiera pertenece a ninguna tribu te invita a sentarte con él. No es que tenga nada en contra de los descastados, obviamente. Me dan mucha lástima esos pobres diablos. En la jungla gobernada por chimpancés que en el fondo es Benson High, ellos son como los ejemplares lisiados que renquean a ras de suelo, incapaces de escapar al acoso y tortura de los demás. Compadecerlos, sí. Confraternizar con ellos, jamás, porque eso equivaldría a compartir su suerte. Intentarán engatusarte con frases del tipo «Greg, ¿quieres sentarte conmigo?», pero en realidad lo que están diciendo es «Por favor, estate quieto mientras te clavo un puñal en las piernas para que no puedas echar a correr cuando Los Que Muerden vengan por nosotros».

En definitiva, siempre que coincides con varias tribus bajo un mismo techo, ya sea en clase, en el comedor o donde sea, debes desentenderte de todas ellas en la medida de lo posible.

Llegados a este punto, a lo mejor os estaréis preguntando: «Pero ¿qué ocurre con tus amigos? No puedes pasar de ellos si van a tu clase».

A lo que yo contesto: a lo mejor no habéis estado demasiado atentos. La clave del asunto es que no puedes ser amigo de nadie. Esa es la parte trágica y a la vez el secreto para triunfar en esta forma de ir por el mundo. En resumen, no puedes llevar la típica vida de instituto.

Porque, y ahí está la gracia, la típica vida de instituto es un auténtico asco.

Puede que también os preguntéis: «Greg, ¿por qué pones a bajar de un burro a los descastados cuando tú tienes toda la pinta de serlo?». En eso lleváis algo de razón. El caso es que yo no formaba parte de ninguna tribu, pero a la vez formaba parte de todas. Así que en realidad no era lo que se dice un descastado.

En serio, no hay ninguna palabra capaz de definir lo que yo me había propuesto hacer. Durante un tiempo, me vi a mí mismo como un profesional del «espionaje de secundaria», pero llegué a la conclusión de que ese término resultaba engañoso, porque daba la impresión de que andaba por ahí buscando aventuras extraconyugales con italianas voluptuosas. Para empezar, en Benson High no hay una sola italiana voluptuosa. Quien más se le acerca es la señora Giordano, que trabaja en el despacho del director, pero es más rechoncha que curvilínea y tiene cara de loro. Además, hace eso tan raro que les da por hacer a algunas mujeres de afeitarse las cejas por completo y luego dibujárselas donde no toca con un rotulador o algo por el estilo, y cuanto más lo piensas, más se te revuelven las tripas y más ganas te entran de tirarte de los pelos.

Y así concluye la primera y última aparición de la señora Giordano en este libro.

Corramos un tupido velo.

2

El primer día del último curso

en un cómodo formato de guión

Supongo que deberíamos empezar por el primer día de mi último curso en el instituto. Que en realidad iba de coña hasta que mi madre decidió liarla.

A ver, eso de que iba «de coña» es una forma de hablar. Huelga decir que mis expectativas eran más bien bajas. A lo mejor decir que iba «de coña» es cargar un poco las tintas. En realidad, debería haber escrito: «Me sentí gratamente sorprendido al comprobar que el primer día de mi último curso en el instituto no sentí el impulso de huir despavorido y esconderme en mi propia taquilla fingiendo estar muerto».

La escuela siempre es un lugar estresante, y el primer día de cualquier curso escolar resulta especialmente caótico porque es cuando se reasignan los territorios de cada grupo social. En el capítulo anterior se me olvidó señalar que las tribus tradicionales de pijos, musculitos, empollones, teatreros, etcétera, se subdividen en función del curso al que van. Así, los góticos de segundo sienten una mezcla de terror y envidia hacia los góticos del último curso, los empollones de tercero tratan con desprecio y desconfianza a los empollones de primero, y así sucesivamente. Por eso, cuando toda una promoción acaba la secundaria y se larga, los espacios que solía ocupar en la escuela quedan vacantes, lo que suele dar pie a situaciones un tanto extrañas.

En mi caso, esto se traducía por lo general en una mañana de mucho ajetreo. Me presentaba en el instituto a una hora intempestiva para adelantarme a los acontecimientos, pero era en vano: siempre me encontraba a un puñado de chicos defendiendo su territorio con uñas y dientes, por lo general, los grupos más puteados de Benson High.

INT. PASILLO DELANTE DE LA BIBLIOTECA.

POR LA MAÑANA

JUSTIN HOWELL se pasea nervioso frente a la puerta de la biblioteca con la esperanza de reclamarla para los teatreros. Da vueltas sin cesar mientras tararea EL TEMA PRINCIPAL DEL MUSICAL RENT, O QUIZÁ DE CATS. Recibe a Greg con evidente alivio.

JUSTIN HOWELL (a todas luces aliviado por que sea Greg quien se acerca y no el musculitos de turno, o un pandillero, o cualquiera de los que no dudarían en llamarle «maricón» nada más verlo): Ah, hola, Greg.

GREG GAINES: Justin, me alegro de verte.

JUSTIN HOWELL: Yo también me alegro de verte. ¿Qué tal ha ido el verano, Greg?

GREG: Caluroso y aburrido, y no me puedo creer que se haya acabado ya.

JUSTIN HOWELL: ¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA! ¡OH, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!

Esta BROMA aparentemente inocua ha hecho que Justin Howell se parta de risa. Puede que se trate de un fenómeno achacable a la ANGUSTIA DESCEREBRANTE que provoca la vuelta al instituto.

Sin embargo, no era esa la reacción que buscaba Greg. Su intención era hacer algún comentario anodino y poco memorable. Ahora se ENCOGE DE HOMBROS y SE REMUEVE, INCÓMODO, tratando de evitar el CONTACTO VISUAL, como suele hacer cuando alguien se ríe con algo que ha dicho.

JUSTIN HOWELL (CONT.) (arqueando las cejas de un modo extraño): ¡JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA, JA!

Llega la SEÑORA WALTER, la bibliotecaria. Los fulmina con la mirada. Es casi seguro que padece ALCOHOLISMO.

JUSTIN HOWELL: Hola, señora Walterrr.

SEÑORA WALTER (poniendo cara de asco): Hhhgh.

JUSTIN HOWELL: Greg, yo es que me parto contigo.

GREG: Vale, tío, nos vemos luego.

Era evidente que no iba a meterme en la biblioteca para ponerme al día con Justin Howell como si fuéramos colegas de toda la vida, por los motivos ya expuestos. Había llegado el momento de seguir adelante.

INT. PASILLO DELANTE DE LA SALA DE MÚSICA.

POR LA MAÑANA

LAQUAYAH THOMAS y BRENDAN GROSSMAN aún no han podido entrar en la sala de música. Pese a no tener instrumentos, están enfrascados en la contemplación de una PARTITURA. Se nota que lo hacen para fardar ante todos de que saben lo bastante de música para ir por la vida leyendo pentagramas.

BRENDAN GROSSMAN: Gaines, ¿te apuntas a música sinfónica este año?

GREG (como disculpándose): No he podido encajarlo.

BRENDAN GROSSMAN: ¡Pero qué dices!

LAQUAYAH THOMAS (sin dar crédito): ¡Pero si este año te habrían tocado los timbales! ¿Quién los tocará si tú no estás?

BRENDAN GROSSMAN (con pesar): Pues alguien como Joe DiMeola.

GREG: Sí, seguramente le tocará a Joe. De todos modos, la percusión se le da mejor que a mí.

LAQUAYAH THOMAS: Joe deja los palillos todos sudados.

GREG: Eso es porque lo vive de verdad.

INT. SALÓN DE ACTOS. POR LA MAÑANA

Dos góticos de último curso, SCOTT MAYHEW y ALLAN McCORMICK, montan guardia en los asientos del fondo mientras juegan a las cartas mágicas. GREG entra con pies de plomo, mirando a ambos lados sin apenas posar los ojos en nada. El salón de actos es quizá la propiedad inmobiliaria más valiosa de todo el instituto. Es sumamente improbable que esa pequeña colonia gótica sobreviva a las HORDAS DE MUSCULITOS, TEATREROS Y PANDILLEROS que sin duda lo invadirán esa misma mañana.

GREG: Buenas, caballeros.

SCOTT MAYHEW: Buenos días tengas.

ALLAN MCCORMICK (parpadeando deprisa y sin cesar, seguramente sin motivo alguno): Buenos días, sí.

Pese a que los góticos ocupan uno de los puestos más bajos en la jerarquía social del instituto, o quizá por eso mismo, resulta casi imposible infiltrarse en su tribu. Reciben con una desconfianza rayana en la neurosis a cualquiera que intente hablar con ellos. Pero es que casi todos los rasgos que los definen, por no decir todos, se prestan a ser ridiculizados: su pasión por elfos y dragones, sus gabardinas negras y sus largas melenas desgreñadas o demasiado repeinadas, su costumbre de andar a grandes zancadas como si siempre tuvieran una prisa horrorosa, resoplando con fuerza por la nariz. Conseguir que te acepten sin convertirte en un gótico es difícil.

En el fondo, tengo debilidad por ellos porque comprendo perfectamente su visión del mundo. Detestan el instituto, igual que yo. Se pasan la vida tratando de escabullirse a un mundo de fantasía donde pueden triscar por las montañas y blandir su espada bajo la luz fantasmagórica de ocho lunas distintas o algo por el estilo. A veces creo que, en un universo paralelo, podría haber sido uno de ellos. Soy pálido, regordete y una completa nulidad para la vida social. Además, si soy sincero, eso de andar por ahí repartiendo estocadas me parece una pasada.

Eso pensaba mientras estaba allí agachado con ellos en el salón de actos. Pero entonces tuve una iluminación.

Tras mucho deliberar, SCOTT MAYHEW echa una CARTA titulada «Horda de muertos vivientes».

ALLAN MACCORMICK: Ostras.

GREG: Menuda horda, Scott.

La iluminación consistió en darme cuenta de que nunca podría llevar una vida en la que me viera obligado a hacer todo el rato cosas como elogiar la horda de un colega.

Y eso me hizo sentir un poco mejor conmigo mismo.

No tardé en salir pitando de allí, procurando que no se me notara demasiado.

INT. VESTÍBULO DELANTE DE LA ESCALERA SUR.

POR LA MAÑANA

Los cuatro miembros del subgrupo 4 C de afroamericanos de clase media se hallan apostados cerca de la puerta. Mientras tanto, un solitario meapilas de segundo curso, IAN POSTHUMA, se ha hecho fuerte un poco más allá y espera con cara de pocos amigos a que lleguen los REFUERZOS.

He aquí la típica situación en la que debes intentar hablar lo menos posible con la gente, porque como des la impresión de formar parte de un grupo, los demás grupos tomarán nota y te harán el vacío. Sí, vale, que te hagan el vacío unos meapilas de segundo no es lo peor que te puede pasar, ni mucho menos, pero mi objetivo en la vida es que nadie me haga el vacío. ¿Ha habido momentos en los que ese objetivo se me ha antojado propio de un subnormal? Sí. Pero, con el corazón en la mano, decidme una sola meta vital que no parezca de vez en cuando propia de un subnormal profundo. Si te paras a pensarlo, hasta aspirar a ser presidente es una chorrada como una catedral.

GREG saluda discretamente a IAN POSTHUMA asintiendo de un modo casi imperceptible. Entonces la PELOTA DE GOMA que JONATHAN WILLIAMS lleva un rato tirando A BOLEO CONTRA CUALQUIER SUPERFICIE rebota en uno de los DIENTES DE GREG.

En años anteriores, habría sido imposible salir airoso de semejante trance. El grupito de los que tiraban la pelota se habría partido de risa y a mí no me hubiese quedado otra que largarme con viento fresco, probablemente bajo una lluvia de pelotazos.

Pero no tardó en quedar claro como el agua que ese año las cosas habían cambiado.

En lugar de jactarse de que su pelota se hubiese estrellado contra LOS DIENTES DE GREG, JONATHAN WILLIAMS agacha la cabeza, muerto de vergüenza.

DARNELL REYNOLDS (visiblemente molesto): Te he dicho que acabarías dándole a alguien.

DONTÉ YOUNG: Ese tío es de último curso.

JONATHAN WILLIAMS (farfullando): Lo siento.

GREG: No pasa nada.

DAJUAN WILLIAMS propina un empujón a Jonathan Williams.

DONTÉ YOUNG (limpiándose las uñas): Pasa ya de tirar nada, tío.

En resumidas cuentas, ser alumno del último curso significa que, cuando alguien te tira algo a la cara, lo hace sin querer. En otras palabras, ser alumno de último curso es la bomba.

Así fueron las cosas por la mañana, antes de que empezaran las clases, y también a lo largo de todo el día. En ese sentido, podría decirse que fue algo así como un día perfecto. Pasé unos minutos en el aparcamiento con una pandilla de buscabroncas llegados de fuera liderados por Nizar el Sirio, y luego intercambié algunos saludos con el equipo de fútbol, con la novedad de que este año ninguno de ellos int ...