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YO PERóN

Enrique Pavón Pereyra  

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El principal consejo que nos dio nuestro padre fue que simplemente leyéramos algo, siempre...

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VALERIA PAVÓN PEREYRA Y

ENRIQUE PAVÓN PEREYRA (H)

UN ANTES Y UN DESPUÉS EN LA HISTORIA ARGENTINA

Hay un hecho que pasa un tanto “inadvertido” para la historia oficial. Juan Domingo Perón fue, y sigue siendo, el único argentino que llegó tres veces a la presidencia y lo hizo por aplastantes victorias electorales. La última, la de 1973, por casi el 62% de los votos. Surgido a la política en un momento clave de la historia nacional y mundial, en plena posguerra, construyó su plataforma de lanzamiento ubicando en un rol protagónico a un actor social tan potente como postergado históricamente a papeles más que secundarios: el movimiento obrero argentino.

Planteó una alianza de clases, imaginando que la burguesía argentina estaría dispuesta a renunciar a parte de sus privilegios para garantizar la paz social y el progreso nacional. Intentó seducirla, pero fue inútil. La gran burguesía argentina, todavía mucho más terrateniente y financiera que industrial, profundamente conservadora y elitista, desconfió de las intenciones de Perón y dejó manca la alianza planteada. Perón debió reemplazar a la burguesía por el Estado, con todas las consecuencias positivas y negativas del caso.

El Estado peronista, impulsado por Perón y Evita, significó el momento de la historia argentina de mayor transferencia de ingresos hacia los sectores populares, que accedieron a niveles inéditos de participación en la política, la salud, la educación, el consumo y la inclusión social. Este crecimiento geométrico del rol de un Estado que se transformó en benefactor y empresario ampliando y dinamizando los servicios públicos —como los transportes, el gas, la electricidad y el agua corriente— tuvo también su aspecto negativo en la imposición de la censura, la persecución a los opositores y el culto a la personalidad de la pareja gobernante, dicho esto sin dejar de llamar la atención sobre la autoridad moral de ciertos críticos de los rasgos autoritarios del modelo peronista, que, cuando lo desplazaron del poder en 1955, ejercieron en nombre de la “libertad” un despotismo casi sin precedentes en nuestra historia aplicando una rígida censura a todo lo que tuviera que ver con el peronismo, cesanteando a miles de trabajadores, encarcelando, torturando y fusilando a decenas de argentinos.

El peronismo llegó para marcar un antes y un después en la historia argentina. Recorrer su trayectoria es un viaje vertiginoso, en el que vale la pena embarcarse —y sé que esto es muy difícil— con la menor cantidad de prejuicios posible.

Este libro de Enrique Pavón Pereyra, uno de los hombres que más frecuentó a Perón, está escrito en primera persona y con una prosa ágil y apasionante. El autor fue el elegido por el General para confiarle sus secretos, sus sueños y hasta sus miedos. Es un documento imprescindible para adentrarse en la historia del peronismo y en la biografía de su creador.

Pero Pavón Pereyra no solo utilizó el invalorable y exclusivo material de sus entrevistas, sino que profundizó a lo largo de décadas de investigación exhaustiva en los distintos aspectos y protagonistas de la vida de Perón y el desarrollo de su movimiento.

Hay confesiones como la siguiente, que el lector no encontrará en la casi infinita bibliografía sobre el tema: “Yo nunca quise que Evita se transformara alguna vez en una mujer ‘de la política’. Ella era mi mujer y como tal ‘hacía’ política. Su tarea era realizar, y estaba abocada a emprendimientos que dignificaban al hombre. Evita terminó de una vez y para siempre con la imagen pasiva de la mujer en la historia argentina, y lo hizo desde el sitio más encumbrado al que puede aspirar una mujer, que es el de primera dama, porque demostró no sólo que la pasividad no es sinónimo de virtud, sino que ese puesto de primera dama debe ser una extensión de la obra política del gobierno. En esto quizás Evita fue más allá de lo previsto e incomodó a hombres que no podían tolerar que una mujer consolidara su imagen por mérito propio y, a la vez, porque consideraban que la política social era sinónimo de dádiva y quienes la otorgaban eran los únicos dignos, y demostraban serlo mediante la beneficencia”.

O esta referencia a los hechos de junio de 1955: “Mi gobierno no mandó a realizar estas acciones imprudentes, pero es indudable que se realizaron a favor del gobierno y como respuesta a la acción canallesca de la oligarquía. Pero yo no quise que eso pasara, por la sencilla razón de que con eso contribuíamos a echar más leña al fuego. Después de todo había un dato que era indiscutible, los funcionarios públicos dejaban bastante que desear, la corrupción fue una realidad que nosotros debimos atacar antes que nada, para después sí llenarnos la boca contra nuestros detractores. Pero con que una sola de sus críticas fuese verdadera, nosotros no teníamos argumentación moral para discutir”.

Es una gran noticia la reedición de este libro, que nos ayudará a conocer la vida y el pensamiento de uno de los hombres más importantes de la historia y la política argentinas.

FELIPE PIGNA

PRÓLOGO

De todos mis trabajos, ninguno se me ocurre tan ambicioso, tan estremecedor y, a la vez, tan increíble como Yo Perón.

Desde hace cuarenta años vengo reuniendo los testimonios de esa odisea. Contra lo que podría suponerse, el protagonista no es un hombre sino un pueblo, que sobrevive luego de la caída de su institutor.

Los sucesos de esta crónica histórica tienen lugar, efectivamente, en el Paraguay, Venezuela, Santo Domingo y España. Pero las consideraciones esenciales poseen en la República Argentina la respuesta sincrónica a través de la simbiosis ideal que establecen los argentinos y su líder.

Durante esas cuatro décadas me dediqué a la tarea de investigar, interrogar, examinar y evaluar antecedentes y memorias conexas con mi propósito. Tampoco he omitido el examen prolijo del “lugar de los hechos”, al tener los testimonios directos de los colaboradores que escoltaron a Perón en su interminable expatriación. Ésta es la epopeya de un hombre librado a las peripecias de la adversidad, enfrentado a un destino que le ha retirado su apoyo. Y al final, contra las previsiones, emprenderá la ascención definitiva como protagonista de la historia.

¿Qué ingredientes novedosos ofrece Yo Perón? ¿En qué consisten sus aportaciones sustanciales, las que autorizan al protagonista a quedarse con las apuestas adversarias?

En primer término, cuento con casi la totalidad de las anotaciones cotidianas del propio Perón —la “ayuda memoria” imprescindible en los contactos humanos—, aparte de cuantas comunicaciones, borradores, correspondencia llevada en mano, tal como lo exigía la censura rigurosa. Además del pensamiento édito, me han transmitido su memoria quienes lo entrevistaron en los refugios sucesivos, contactos que a menudo reflejaban exigencias políticas insoslayables o vínculos de profunda amistad. Estos encuentros favorecían su juego dialéctico, su sarcasmo a veces corrosivo, y un humor que le permitió sobrevivir al agravio y no verse salpicado por la difamación o la injuria. Todo ese material de primer orden está enlazado con la propia, subjetiva e hipercrítica visión del protagonista sobre cuantos personajes demandaban su atención o impresionaban sus sentidos.

Al comienzo de los casi once años en que nuestra presencia osciló entre lo continuo y frecuente, ya desarrollaba una actividad intelectiva portentosa: más de medio centenar de gobernantes y ministros del continente americano, sin excluir el Canadá ni el Caribe, requerían a diario su consejo y su asesoría en el rubro de las relaciones internacionales; empero, él había optado por servir la causa de los Pueblos, a despecho de la moral utilitaria o de determinadas ofertas de los países hegemónicos.

Es oportuno destacar que ninguno de los prohombres americanos del presente siglo podría parangonarse con Perón, que respondía con su conducta personal en todas sus acciones; de ahí, de esta identificación coherente entre medios y fines, dimana el milagro de su rara vigencia, de su innegable actualidad. Se observa ahora que trabajó para el futuro. Él pertenecía al porvenir, a una raza antigua, donde vivir o morir, incluso el oficio del hombre, era ejercido con naturalidad. Aunque señor de multitudes, padeció una infinita soledad. A lo largo de medio siglo influyó más que ninguna otra personalidad política americana sobre la conciencia de los sumergidos. Miles de veces multiplicó los panes y los peces para saciar el ancestral hambre y sed de justicia de sus descamisados.

Perón poseía una naturaleza republicana y despreció todas las trampas tendidas por la sensualidad del poder. Pese a ser el gran elector y de haber acrecido con el correr de los años la cuota de confianza pública que se le dispensaba a su voluntad, prefirió ajustar al dictado de las leyes el capítulo de las aspiraciones y no se permitió designar sucesor alguno para reemplazar su persona. En el transcurso del exilio sobrevivió sin holguras económicas, sin quejarse ni lamentar ingratitudes, que hubiera sido justo denunciar. Ni la escasez de medios, ni las dificultades de su hogar modificaron su talante de austeridad y contralor de los gastos; por el contrario, dio más de una muestra de su rechazo por los bienes materiales, quizá temiendo caer en la trampa que la fortuna suele tender a quien favorece. Si nos atenemos a la pasión y aun al fanatismo que despertó a su paso, sus virtudes carismáticas sobrepasaban con holgura el odio de sus impugnadores.

Mi compromiso visceral era no morirme antes de concluir este libro.

He navegado entre la novela y la historia. Ex profeso remarco que a Perón le obsesionaba la visión histórica de su figura y que la intensa búsqueda de esa perspectiva, señaló la meta de cuanto ambicionaba. Relata Perón su existencia ante sí; asimismo, remarca la significación de su trayectoria olímpica que le toca asumir y que coincidía con ese humor acre de quien no se muestra resignado o con su naturaleza psicosomática en constante ebullición.

Se brindan aquí las claves íntimas de su polifacética personalidad, también trasluce su pudor de hombre público y, más que nada, la aceptación de haberse equivocado, en graduación constante, en esta cruelísima confesión en mitad de la noche.

En Yo Perón el conductor prodiga autocríticas y persiste en la aceptación de un destino superior en esto a sus méritos propios.

ENRIQUE PAVÓN PEREYRA

Un chico como cualquier otro
(1893-1910)

PARA IR ACLARANDO:
7 DE OCTUBRE DE 1893

En la vida he procurado servir antes que servirme; ser artífice del destino común. Lo que importa es trabajar por nuestros semejantes. Jugarse por ellos. El alcance de nuestra abnegación es la piedra de toque de toda grandeza verdadera. Por lo demás, los puestos de responsabilidad no se reclaman, sino que se merecen.

Cuando decidí redactar mi “Autobiografía” o, como dirían los franceses, “Perón por él mismo”, pensé en un libro fiel a mi talante, donde se hablara mucho de los demás, poco de mis amigos y nada de mí, ya que no me considero exento de equivocaciones garrafales y, créase o no, he pagado ese derecho de piso que supone todo aprendizaje sin tener antes real idea de la política.

Entonces debo aceptar que tuve que acudir a los entendidos del quehacer público. Como el oficio militar es el menos adecuado para gobernar, que es precisamente lo contrario de dar órdenes, eché mano de los recursos genuinos que requiere el arte de gobernar. No me quejo, si el país ni yo mismo dábamos para más. Este sucio oficio necesita de una instrumentación también sucia, por lo general poco eficiente, profana en cierto sentido. En este lodazal hay que tirar el alma a los perros, poner piel de elefante en el asador, tragarse sapos vivos, aunque al final muchos perros suelen hacer la muerte del ciervo.

Obviamente, el mayor peligro surge de la improvisación semipermanente en que nos debatimos, sin planes concretos y sin previsiones para el mañana. En mi caso, las únicas nociones surgieron de la profesión de soldado que había asumido a temprana edad. En una palabra, yo sabía conducir hombres, tenía fama de troupier, pero allí terminaban mis virtudes.

Quiero aclarar, además, que no me convencían ni poco ni mucho los argumentos de mi habitual biógrafo Enrique Pavón Pereyra, quien, para no desanimarme, intentaba que le confiriera de manera oficial el propósito de contar mi vida, aunque entre el modelo y la semblanza mediara un abismo.

Le repliqué que la propuesta de romancear las vicisitudes de mi existencia constituía un despropósito. Llegó a decirme mi interlocutor que, en el mejor de los casos, yo avanzaría de acuerdo con ideas y principios que quedaron a medio hacer y que, de tal argumentación, surgirían explicaciones que no debía dar, porque mi protagonismo estaba más allá de toda sospecha. O sea, más allá del bien y del mal.

No era esa perspectiva la que podía convencerme. Y pronto advertí que la pretensión de Enrique no era otra que construir un retrato a la medida; más bien, él anhelaba un cuadro con maquillaje, capaz de borrar las imperfecciones propias de mis desvelos y de la realidad cruda que debía enfrentar de continuo, esta vez lejos de mi Patria y sin otra compañía que la media docena de seguidores —incluida mi propia mujer— reducida como un caracol a mudar imprevistamente de casa y de país, según las vicisitudes propias de nuestra condición de aliados a perpetuidad.

Otra de las razones que guiaron mi entendimiento era que no quería especular con mi propia figura. Por ese motivo reprobé también el trabajo de uno de los primeros retratistas españoles, que cumplía ese menester a instancias del Canciller español Martín Artajo, cuando éste nos visitó en Buenos Aires en 1948. Daba gusto examinar mi rostro y mis entorchados planeados de manera sensacional. Llamé al artista para felicitarlo, aunque puntualicé: “...estos bermellones de color gualda con fondo de una rojez de incendio majestuoso nos trae a cuento la apostura del finado Rey Alfonso XIII, a quien el retrato reflejaba casi como si se tratara de una copia”.

De modo que ahora pienso hacer un “retrato al natural”: sin maquillaje, y con todas las imperfecciones de mi linaje argentino.

A esta altura de mi vida son pocas las cosas que no puedo manifestar, sobre todo en lo que respecta a mi persona. Una vez escuché decir a un anciano que él estaba amortizado, y al preguntarle que quería decir con eso, me contestó que todo lo que le había dado la vida estaba pago con creces por el simple hecho de haberla vivido y que ni siquiera sus secretos más profundos, ni sus más grandes amores, le pertenecían. Sin embargo, yo, como si le hubiese jugado al destino una mágica apuesta, logré conservar hasta hoy el origen de mi nacimiento como un profundo secreto. El verdadero día y año de mi llegada al mundo se transformó con el tiempo en una real controversia en la que muchos incursionaron. Se llegaron a decir las cosas más dispares. Porque si bien existe el documento que disipa estas dudas, hubo también, desde hace tiempo, versiones que se encargaron de contradecirlo.

El porqué de este equívoco no es complejo, y queda explicitado con sólo echar una mirada a esa época donde los libros de registro sólo reflejaban con certeza los nacimientos de quienes durante su primer año de vida no corrían el riesgo de perder su batalla contra la muerte. Mi nacimiento fue tomado con más calma que el de mi hermano Mario, tanto fue así que mi padre decidió anotarme dos años más tarde.

Nunca me preocupó aclararlo, porque básicamente siempre pensé que existen dos tipos de acontecimientos que van dando forma a una vida: los importantes y los otros. Así, un día más o un día menos, un año más o un año menos, ¡qué importancia podía tener! De hecho no la tuvieron durante muchos años, ni mi propio padre le dio trascendencia y ante la pregunta del secretario del registro civil de Lobos: ¿cuándo nació el niño?, no dudó en responder que había sido en la víspera. Y así fue anotado mi nacimiento aquel 8 de octubre de 1895, como acontecido el día inmediatamente anterior. Pero en realidad yo ya tenía dos años para esa fecha, que fue verdaderamente un 7 de octubre, pero de 1893.

Así constaba en las páginas del registro parroquial, que lamentablemente una gran mancha de tinta, derramada “casualmente” sobre el renglón que daría crédito a mis palabras, se ha encargado de silenciar para siempre. Se afirma que fue el pueblo de Lobos el que me vio nacer. Allí hay una casa, la de mis primeros años, donde gateé, donde comencé a dar mis primeros pasos, pero que con toda seguridad no vio mi alumbramiento, pues éste había acaecido en Roque Pérez, Partido de Saladillo.

Mi nacimiento aparece anotado en el libro de registro correspondiente al antiguo “Fortín de Lobos”. No menos de cuatro generaciones por línea materna se habían asentado en esos parajes, según memoraba Mercedes Toledo, mi abuela inmemorial. Recordaba a sus abuelos oriundos de Santiago del Estero, asentados en los cerros santiagueños de Guasayán. En cambio, los Sosa eran gente relativamente nueva en los pagos del Fortín, provenían de tierras más al sur de la provincia, digamos de Ambargasta.

Con letra de mi padre constan los pormenores de mi nacimiento, en el folio 228, acta 450, del tomo correspondiente al año 1895. Se trata evidentemente de un documento genuino que la municipalidad de esa ciudad conserva en perfecto estado hasta hoy. Tuve la oportunidad de conocer estos datos a partir de la fecha en que mi vida dejó de ser privada y se empeñaron en exhumar hasta los más insignificantes pormenores que rodearon mi existencia. Ese documento afirma lo siguiente, sin ninguna enmienda: “Ante el jefe del Registro Civil, Dn. Rafael A. Acevedo comparece, Dn. Mario Tomás Perón y denuncia el nacimiento del párvulo Juan Domingo, quien ha venido al mundo el día 7 de octubre de 1895 en la localidad de Lobos, según lo atestiguan los vecinos y amigos: Juan B. Torres y Juan R. Saligaray”. Posteriormente, la verdadera fecha de mi nacimiento aparecerá en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen donde me inicié en los Sacramentos de la Santa Iglesia, en los brazos de mi madrina, Doña Francisca Toledo, y donde aconteció el hecho curioso de la mancha de tinta antes relatada.

Aquellas dudas y brumas respecto a mi origen nunca habían sido totalmente despejadas, constituyendo durante gran parte de mi vida una incógnita, incluso para mí, la cual supe convertir en acicate para mi voluntad. Quizá mi propio padre, inconscientemente, se haya encargado de confirmar esta situación filial “anómala” (que por otra parte no es más escandalosa ni menos significativa que cualquiera de los conflictos humanos que hoy desvelan a una sociedad que no ha dejado de ser pacata), en el momento en que me entregó, con especial interés, para que lo tuviera entre mis libros de cabecera, sendos volúmenes de Las cartas de Lord Chesterfield a su hijo Lord Carnavon. El libro está escrito por un padre a su hijo natural, a quien educa a través de un epistolario único e inimitable, que armoniza lo útil con lo ameno. Imaginen las enseñanzas que contienen...

Ahora, masticando mi mocedad, tengo la necesidad de arrojar un poco de luz sobre algunas páginas oscuras. Muchos de los acontecimientos afectivos que no me dejaron descansar durante noches, resultan hoy vistos a la distancia anécdotas triviales, frente a la magnitud de los hechos verdaderamente trascendentes que sobrevinieron con posterioridad. Yo tenía 25 años y era un joven oficial que llevaba con orgullo irreflexivo el uniforme de la patria. Era un aspirante sin suerte para conquistar el corazón de mi inquietante prima Mecha. Sólo confesé aquellos sentimientos de frustración a Raquel Perón, que era mi otra prima, gran amiga y confidente durante esos años. A ella le expresé con dolor: “Presiento que Mecha me rechaza debido a mi brumoso origen. Pues no veo otro motivo”.

El tema de mi origen se transformará en una constante a través de mi vida; será por eso tal vez que la fecha de mi nacimiento quedó velada durante tantos años. ¿No habrá sido quizás una maniobra inconsciente de mi parte para ocultar un sentimiento de ilegalidad que me negaba a reconocer?

¿Cuántas grandes mujeres quedaron al margen de los hechos sociales, ignoradas por su propia comunidad, observadas con espanto, cuando en realidad su único pecado fue el coraje de haber sido madres solteras? Esas mujeres quedaban solas para enfrentar la vida. Ese hijo no tenía padre, y la ley argentina prohibía hasta investigar la paternidad del recién nacido. Pero sí se castigaba el adulterio y ese hijo pasaba a ser un bastardo. Al padre se lo eximía de toda culpa y al hijo se le cerraban las puertas del futuro. ¿Eso era justo? Nosotros hicimos una ley que daba al hijo natural los mismos derechos que al hijo legítimo. Esta situación de desprotección sucederá mientras las mujeres no intervengan más asiduamente en el espíritu de la legislación; hasta que llegue ese momento, ¡las leyes estarán siempre hechas por adúlteros!, que ignoran que no hay hijos ilegítimos sino padres ilegítimos. Pero existen leyes superiores a las que establecen los legisladores: son las leyes naturales.

Apenas dieciséis años tenía mi madre cuando nació su primer hijo, y veinte cuando nací yo, Juancito Sosa. Ése fue mi primer nombre hasta que distintos motivos, difíciles de evaluar, indujeron a mi progenitor a dar un paso decisivo. El 25 de septiembre de 1901, Don Mario se allanó a contraer enlace con Juana, yo tenía ocho años. Según la versión que me consta, fue en realidad mi abuela Dominga Dutey quien pidió a mi padre que se pusiera de acuerdo con la religión y la moral pública. El acta de casamiento llevó el número 604 del Registro Civil, de la sección quinta de la capital metropolitana.

Tiempo después, y sin saberlo quizá, me acerqué y distinguí entre mis semejantes sólo a aquellos que por su origen debían enfrentar la hipocresía de una sociedad que quiso condenar al ostracismo y la vergüenza a todo aquel que llevara el peso de orfandad enigmática. Mi acercamiento a esos hombres se debió a que advertí en ellos condiciones intelectuales netamente superiores sobre el común denominador de la gente, rasgo que parece ser propio en quienes son frutos de la pasión.

Las huellas de mi infancia no se borraron con los años, por eso advierto al rememorar mi vida que sólo estoy desandando aquellas antiguas preocupaciones, que descubro hoy nada más que pueriles.

Una familia de inmigrantes

Soy hijo de un espíritu campesino, casi rural, y de una joven natural de Lobos, Juanita Sosa, con sangre india y parientes de origen santiagueño.

Me crié en Lobos entre reseros y domadores. Un capataz de novela, el “Chino” Magallanes, hacía de jefe del gauchaje, donde sobresalía con su ejemplaridad sin rival y, más que nada, por su dominio en las faenas campesinas.

Argentina ya era “adulta” desde 1880. El cambio lo habían gestado los inversionistas británicos, los “analfabetos” inmigrantes, el sosiego y posterior exterminio del indio, el nacimiento de la nueva burguesía y las voces de los “hombres-poder”. Así latía la “Argentina Moderna”. Una lucha entre “rifleros” y “gauchos” por un lado y el “ejército de línea” por el otro, tal como José María Rosa sentenció luego. Diez años después del esplendor, se agigantarán la desesperanza, la crisis, el agio, las huelgas. La política será la “madre del borrego”. Aquellos hombres del 80, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman, fueron quienes mantuvieron en vilo a los casi cuatro millones de habitantes que pululaban por el territorio. Buenos Aires albergó, para 1895, a 677.786 almas. El resto se perderá en cientos de reductos, pueblitos, fortines.

Varios conglomerados mezclaron su dialecto extranjero con la costumbre tradicional. Entre ellos, uno: San Salvador de Lobos, que arrastraba su herencia desde 1752, cuando por acuerdo del Cabildo de Buenos Aires se lo convirtió en barricada contra los indios; y que, para 1805, databa 1.000 pobladores entre labradores y peones. Antes de cerrado el año, se lo declaró Partido y recién en 1811 se concretó su trazado urbano. Rivadavia concedió autoridad local a los jueces de paz para 1821, quienes, a su vez, cesaron en sus funciones en 1856 cuando se creó el municipio. Allí, 39 años después —un verdadero bostezo en el tiempo—, Juana Sosa Toledo y su esposo criaron a los dos hijos del matrimonio en una finca de la calle Buenos Aires al sud N° 1364.

La familia era conocida gracias a los buenos servicios del doctor Tomás Liberato Perón, mi abuelo médico. A él lo ligaba la amistad fraternal con el doctor Eulogio del Mármol, quien le obsequió el cráneo de Juan Moreira, quien había acabado sus andanzas un 30 de abril de 1874, ultimado por el soldado Andrés E. Chirino.

Para hablar de mí, es necesario que hable de alguien que me precedió. Rememoro a mi madre, una de las personas artífices de Perón. Mujer fuerte, criolla de ley, perteneciente a una antigua familia que provenía de los pagos de Azul, cuyo entronque castellano databa de la época de la colonia. Toledo era el apellido de mi abuela materna, Doña Mercedes.

Los Sosa eran originarios también de Castilla la Vieja, como mi abuelo Juan Irineo, esposo de Mercedes. La pareja alcanzó cierta notoriedad en el pago al brindar hospitalidad a quien podríamos denominar como el último gaucho alzado de la historia: Juan Moreira. Recuerdo que su calavera fue propiedad de mi abuelo durante largos años, hasta que decidió cederla al Museo de Luján, para evitar que su nieto terminara con ella utilizándola como “asustador de sirvientes”. Cierta vez caí al suelo abrazándola y se le quebraron varios dientes.

Mario se llamó mi padre. Luego de ser Juez de Paz en La Plata fue trasladado a la localidad de Lobos con idéntico cargo. Allí, sus tareas se multiplicaron, quizás impulsado por sus magros ingresos, tal vez por el súbito descubrimiento de las nobles labores rurales. Lo cierto es que allí conoció a quien iba a ser su esposa, que en lo sucesivo compartió con él ese extraño amor por la tierra.

La vida de mi abuelo, Tomás Liberato Perón, estaba sembrada de honores: fue senador nacional (mitrista) por la provincia de Buenos Aires; había participado en la batalla de Pavón. Presidente del Departamento Nacional de Higiene, que él mismo había creado, y Practicante Mayor del Ejército en la Guerra del Paraguay. También desempeñó varias misiones en el extranjero, especialmente en Francia, donde vivió varios años.

Hasta donde llega mi conocimiento, todos los antepasados de esa rama fueron argentinos y fundadores de lo que en tiempos de la Colonia se llamaba el Fortín de Lobos.

Tomás Liberato se había casado con Doña Dominga Dutey. La sangre vasco-francesa de mi abuela se mezclaba con la estirpe sarda de los Perón, emparentada a la vez por línea materna con los Hughes y los Mackenzie, de origen británico o, con mayor propiedad, de la etnia escocesa.

La remanida frase del “crisol de razas”, como sustancia generadora de nuestro pueblo, se hace patente en el análisis introspectivo del pasado de cada uno de nosotros. Mi familia no escapó a la regla. La cultura ancestral del Viejo Mundo se mezcla con pasiones localistas, traducidas en actitudes cotidianas.

Mi hermano Mario era un héroe para mí. Demasiado serio para su edad, a causa de su profunda introversión; más estudioso que yo y, creo, hasta más inteligente. Por lo menos aprendía más aprisa. Tal vez, esa incapacidad mutua para demostrar nuestro afecto nos privó de una relación más estrecha en los momentos en que más nos hubiésemos necesitado. Aun así, fuimos compañeros de aventuras hasta que le tocó marchar a Buenos Aires para estudiar en el comercial, que era similar al Nacional.

Mario murió a los sesenta años. Cuando me eligieron presidente por primera vez, él conservaba su campo en la Patagonia pero vivía en la ciudad. Un día lo llamé y le dije: “... mirá hermano, acá trabajamos todos, vos vas a tener que trabajar en algo también...”. Me contestó: “... No, yo ya estoy jubilado. Trabajá vos que te has metido en esto; a mí dejame tranquilo”. Entonces insistí: “Tengo una cantidad de cosas que te interesan”, le dije, “pensá en qué podés ocuparte”. Tiempo después me llamó, había recapacitado: “Vos sabés que me he pasado la vida entre animales, Juan, a mí lo que me gustan son los animales. Me resulta más fácil tratar con ellos que con los seres humanos. Un puesto para mí es el de director del zoológico. ¡Te aseguro que te lo convierto en el mejor del mundo!”. Fue director ad honorem. Se compenetró tanto en su tarea, realizó una clasificación tan rigurosa, que los animales estaban maravillosamente bien; parecían reconocerlo. A mí me gustaba verlo entrar a Mario a la jaula del gorila, como quien visita a alguien. Ésa fue la única vez que los Perón tuvimos un amigo “gorila”.

Años de peregrinación:
El calor del hombre de la tierra fría

Tenía cuatro años de edad cuando mi padre, envuelto en la difícil situación económica que padecíamos, decidió probar fortuna en las inhóspitas tierras del sur patagónico. Primero fue solo, pero ante las primeras perspectivas favorables decidió llevarnos a todos. El mito de la Patagonia cruel y desolada se desvanece ante un espíritu perseverante y luchador.

Aunque porteño de nacimiento, puesto que había nacido en Libertad y Corrientes, mi padre se adaptó fácilmente a las tareas rurales. En las inmediaciones de Cabo Razo, unos parientes, los Maupa ...