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YO TE CREO, HERMANA

Mariana Carbajal  

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Fragmento

Introducción

No recuerdo si tenía 8 o 9 años —tal vez eran menos—, pero lo que nunca olvidé fue esa sensación incómoda en mi cuerpo, esas ganas de escapar de una situación que me resultaba incomprensible. Siempre que visitábamos a esos parientes, un adolescente de la familia, que me duplicaba en edad, me invitaba a sentarme en su falda. Me abrazaba y yo sentía que debajo de mi cola algo crujía, se movía, cobraba vida. Yo trataba de escapar pero él me retenía, aunque no había violencia física. Por el contrario, el gesto era cariñoso. Me daba conversación, me mostraba su escritorio. Siempre en esa posición, sobre su falda. Sucedía en su cuarto, cuando me asomaba a ver qué estaba haciendo. Recuerdo los rayos del sol filtrándose por las ventanas que daban al balcón, en aquella casa antigua, de dos plantas, con pisos de pinotea. No sé cuántas veces sucedió, pero fue más de una y no pasó de eso. Esa incomodidad quedó inscripta en mi registro corporal; es un recuerdo indeleble. Ya de adulta y como a las pasadas, se lo conté a mi madre. Con él no lo hablé nunca. No pude.

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Cuando tenía 10 u 11 años, vi por primera vez un pene en la vía pública. Me lo mostró un tipo apoyado en una moto, en la esquina de la avenida Hipólito Yrigoyen y Loria, a media cuadra de mi casa, en pleno centro de Lomas de Zamora. Yo había cruzado la avenida para hacer un mandado, y ahí estaba el tipo, impune, mostrando su pene erecto con intención de asustar a una niña. Y aunque no entendí del todo lo que pasaba, me asusté. Todavía recuerdo esa sensación de flojera en mis piernas, el corazón que latía desbordado, las lágrimas incontenibles. No fue más que una “exhibición obscena”, pero suficiente para entender que había hombres que con solo eso, mostrar una parte de su cuerpo que yo no quería ver, podían hacerme temblar de miedo.

Me gustaba jugar al fútbol y jugaba con mis compañeros de la Escuela N° 37, de Temperley. Aprovechábamos que las calles estaban cortadas porque las iban a pavimentar y nos apropiábamos de esas canchas improvisadas. Me decían marimacho. No me ofendía. Me halagaba. Desde mi infancia supe que ser varón significaba tener privilegios.

En la adolescencia jugué al hockey. Volvía de los entrenamientos en el 278, que me dejaba en la estación de Banfield. Eran las 9 o las 10 de la noche y para llegar a la casa donde nos habíamos mudado tenía que cruzar las vías del tren por un túnel solitario y con olor a pis. El palo de hockey era mi arma, mi escudo protector. Nunca lo usé para eso, pero creía que podía defenderme si era necesario. Cruzarse con un hombre, en un corredor oscuro, podía ser peligroso. Lo aprendíamos. Lo sentíamos. Ellos, en cambio, caminaban seguros. Era parte de sus privilegios masculinos.

Al bajar del tren en la estación Constitución, alguna vez un machito me metió una mano en el culo. Me apoyaron en un colectivo tumultuoso, atrapada entre la multitud. Me intimidaron en la calle con frases groseras, cargadas de contenidos sexuales, susurradas al oído en una vereda angosta o gritadas desde una obra en construcción, algún camión o un auto importado que frenaba y andaba a la par. A veces, justo antes de salir de casa, me sacaba la minifalda y me ponía un pantalón, porque pensaba que con mi vestimenta podía fomentar o provocar esas guarradas. Era mi culpa.

En el diario al que ingresé como becaria a los 20 años, el subdirector, un periodista de renombre, solía recorrer la redacción y sobar alguna espalda femenina con sus manos pegajosas. A la vista de todos. A veces me tocaba a mí: me quedaba paralizada, incómoda. No era una mano indeseada en el culo, pero tenía el mismo efecto de invasión sobre mi cuerpo.

A los pocos años de ejercer el periodismo, un colega, vocero de una funcionaria gubernamental de alto rango, me amenazó. En una conferencia de prensa, yo le había hecho algunas preguntas molestas a su jefa sobre el pago de supuestos sobreprecios en su gestión, y cuando la conferencia terminó, me dijo: “Si publicás eso, te cojo”. No lo publiqué.

Históricamente, las mujeres, lesbianas, travestis y trans hemos sido atravesadas por micromachismos, situaciones de discriminación, maltrato, acoso o abuso sexual. Crecimos creyendo que por ser o parecer mujeres teníamos que soportar esas conductas, algunas de ellas delictivas, que los varones tenían ese derecho sobre nosotras, que era así. Vivencias silenciosas y silenciadas, naturalizadas, censuradas. O no escuchadas, porque muchas veces nuestros interlocutores, en su mayoría familiares, no quisieron creernos. Era más fácil ...