Loading...

#YODOYLATETA (YO DOY LA TETA)

Paola De los Santos  

0


Fragmento

SÍGUENOS EN
Megustaleer

Facebook @Ebooks        

Twitter @megustaleerarg  

Instagram @megustaleerarg  

Penguin Random House

Para Lara, mi compañera

en todo este camino.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En junio de 1992, cuando tenía apenas diecinueve años, fui mamá de Lara, mi única hija. En ese momento, además de no tener el más mínimo conocimiento sobre maternidad, partos, bebés y menos aún sobre lactancia, algo me decía que la mayoría de las situaciones que empezaba a vivir no estaban del todo bien, o que podían ser de otra manera.

No sabía por qué tenía esa sensación, pero tampoco tenía un espacio donde poder comentarlo. A esa edad no había visto a mi alrededor a ninguna mujer de mi entorno amamantar a un bebé. Solo recuerdo biberones o mamaderas.

Tuve la suerte de transitar un embarazo sin complicaciones de salud. El obstetra me trataba educadamente, pero sin darme mucha información. Las cosas eran así y no se cuestionaban, pero en mí continuaba esa sensación de incomodidad difícil de explicar.

Siempre estuve acompañada por el papá de Lara, mi mamá y mi papá, pero el resto de los actores de todo este proceso no me terminaban de cerrar. El trato era distante y frío, como si del otro lado no hubiese una persona. Además, a una chica de diecinueve años, ¿qué tantas explicaciones le iban a dar?

Del curso de preparto solo recuerdo que era en un lugar muy cerrado y estábamos todas las mujeres amontonadas. Tengamos en cuenta que era 1992. Había algunos padres, pero no tantos como podemos ver hoy. Era como un gran instructivo, un manual de usuario sobre cómo todas las mujeres deben tener a su bebé.

El primer choque con la realidad ocurrió cuando solicité licencia por maternidad en la universidad. Yo cursaba el segundo año de la licenciatura en Ciencias Políticas en una prestigiosa institución privada y parece ser que por aquella época una mujer no podía estudiar y ser madre a la vez.

O, mejor dicho, no podía estudiar, decidir ser madre y gozar de una licencia cuando su bebé naciera, para luego continuar con sus estudios.

Durante aquel año esto era mucho pedir para una mujer. Directamente la licencia por maternidad no estaba contemplada dentro de la universidad. Hoy me parece tan ridículo como recordar que en esa misma época los profesores nos daban fuego mientras fumábamos en clase.

Lo que me aconsejaron fue que consiguiera un certificado de algún médico amigo por mononucleosis o hepatitis, ya que por ambas enfermedades te daban un tiempo prolongado de licencia. ¿Y adiviná qué? Lo conseguí. Era la única opción para no quedarme libre y yo tenía intenciones de seguir estudiando. ¡Joven, madre y atrevida!

Mi beba nació por cesárea programada un helado miércoles de junio porque su presentación era podálica, o estaba sentada, o de cola. Durante la operación no me permitieron estar acompañada. Estuve sola por primera vez en un quirófano esperando el nacimiento de mi hija.

Afuera había mucha gente, demasiada. El nacimiento de Lara era un evento del que toda la familia y amigos, incluso una amiga de mi mamá, querían formar parte. Y yo sola en un quirófano con otro montón de personas, pero ninguna cara familiar en la cual poder sostenerme ante el miedo y la incertidumbre.

Me daba miedo de que algo saliera mal, de sentir dolor, de muchas cosas...

Recuerdo que en el quirófano hacía demasiado frío, que sonaba Ricardo Montaner, que los médicos hablaban sobre un partido que la Argentina había jugado esa madrugada y que el anestesista me pellizcaba la mejilla como queriendo tener un gesto amable conmigo. Mientras tanto, con ambos brazos extendidos y atados, yo decía que aún sentía las piernas y que podía mover los dedos de los pies.

Todo esto sucedió en un recién inaugurado sanatorio del barrio de Palermo y en aquella época al bebé se lo llevaban lejos de la madre por varias horas. En algún momento te lo traían y te lo “presentaban”.

Lo escribo y de nuevo pienso lo tremendamente ridículo que esto suena hoy, pero en aquel entonces esa era la norma, y otra vez se apoderaba de mí la sensación de lo inadecuado.

Yo quería estar con mi beba, pero no me lo permitían. Primero debía pasar algunas horas en “observación” y recién después podía entrar en contacto conmigo.

No me resultó fácil la recuperación de la cesárea. Sentía mucho dolor y me daba miedo levantarme de la cama. Hoy conozco la conveniencia de caminar, pero la maniobra brusca por parte del obstetra al tirar de mis brazos para que bajara de la cama creo que estuvo de más.

El personal no era amable y toda la gente que estaba afuera de la habitación, esperando el nacimiento de Lara, en algún momento también estuvo adentro. Hasta tal punto que recuerdo al novio de una amiga literalmente acostado en el sillón en el que suelen pasar la noche los padres o los acompañantes. Tenía sus pies sobre uno de los apoyabrazos y miraba televisión. Increíble, ¿no? Pero en ese momento todo esto parecía de lo más normal.

Una de las veces que se llevaron a Lara para hacerle controles volvió con una neonatóloga que comenzó la frase con “mami”, acompañada de un gesto de preocupación que solo logró que automáticamente yo dejara de escuchar oraciones enteras y oyera algo así como “cadera, problema, tratamientos, etcétera”. Finalmente, no era más que un piecito algo hacia adentro, producto de su posición dentro del útero, pero aún recuerdo el susto que sentí.

Hace unos días en el consultorio una madre utilizó el término “mal manejo de la información” por parte del personal que la asistió y tantos años más tarde le pude poner nombre a aquella situación.

Volver a casa con un bebé recién nacido nunca es fácil, pero por suerte yo contaba con mucha ayuda logística. Para lo doméstico y las cuestiones cotidianas siempre estaban mi mamá y mi papá. Yo estaba feliz de tener a mi beba conmigo, aunque aturdida con la intensidad del puerperio. Lara lloraba mucho y no nos resultaba fácil calmarla. El primer pediatra que le hizo los controles luego del alta fue bastante brusco al manipularla, y cuando le consultamos respecto del llanto, la devolución fue la que hoy (veintiséis años más tarde) conozco como la clásica respuesta: “Tu leche no la llena y tiene que tomar fórmula”.

No hubo espacio para la repregunta o el cuestionamiento y eso fue lo que hicimos, darle fórmula. Una combinación perfecta entre inexperiencia, ausencia de información, abuelas que no habían amamantado y leche de fórmula al alcance de la mano porque mi papá era dueño de una farmacia a menos de una cuadra de casa. Todo se complotó para que esa opción fluyera como parecía que mi leche no lo hacía.

No tengo muchos recuerdos de estar amamantando, solo dos fotos con dos meses de diferencia que me confirman que, al menos, hasta más allá de los tres meses, Lara también tomó la teta. Y digo también porque hay una foto más que elocuente en la que yo le estoy dando la teta, pero atrás se ve la mamadera con fórmula esperando su turno. No hay tantas fotos como puede haber hoy, porque si bien ya existían los celulares, no todas las personas tenían uno y además no sacaban fotos.

A pesar de la receta mágica de darle fórmula porque se suponía que lloraba por hambre, Lara seguía llorando y como el pediatra no nos gustaba decidimos cambiar. Así, ya cerca del mes, llegamos a un señor un poco más grande que el anterior y muchísimo más cálido. Recuerdo con claridad que, al revisarla y ella llorar, la tocó en un lugar de su cuerpito y al instante dejó de hacerlo. Luego Lara se movió, volvió a llorar, él la tocó en el mismo lugar y nuevamente se detuvo. ¡Imaginen mi sorpresa!

Era como si a lo largo de un mes alguien me hubiese ocultado una información clave: si a los bebés los tocás justo ahí dejan de llorar.

Con mucho cuidado me dijo que sería conveniente consultar con un cirujano, que no me asustara (que alguien me explique en qué dimensión la palabra cirujano relacionada con tu bebé de un mes no te asusta) y que me recomendaba a uno muy bueno.

Pues allí fuimos, el papá de Lara, mi mamá, Lara y yo. Eran los consultorios externos de un sanatorio. El cirujano eminencia la revisó y nos preguntó a qué hora había comido. Le respondí que a las cinco de la tarde había tomado una mamadera en la sala de espera y nos dijo que a las nueve la operaba, que la iba a abrir de un lado, pero que quizás necesitaba abrirla de los dos. Le preguntamos qué tan difícil era la operación y nos respondió que a él le resultaba más difícil cambiarle la rueda a un auto. Fue como recibir dos trompadas en la cara, una de cada lado. La primera fue la noticia y la segunda, el maltrato innecesario.

Me fui llorando con mi beba a upa prometiéndole que nadie la iba a operar, que ya nos íbamos para casa y que no se preocupara.

Claro que mi deseo era solo eso, un deseo. De ahí fuimos directo al otro sanatorio y yo pasé con Lara a la parte de neonatología para todos los controles prequirúrgicos. Recuerdo que ya no debía comer para tener el mayor ayuno posible, pero tenía un mes. ¿Cómo le explicás a una beba de un mes que no puede comer? Lloraba y se quejaba, pero después de unas horas se durmió. Yo ya no lloraba, estaba en ese modo “robot materno” que te permite atravesar entera el momento.

Dormida fue como la entregué a través de una ventanita para que la lleven al quirófano, pero en la maniobra se despertó y se fue llorando. Ver cómo se llevaban llorando a mi beba de un mes para anestesiarla y operarla fue demasiado. De hecho, por largo tiempo repetí que me recuperé recién cuando llegó su cumple de quince.

Durante algunos años decidí quedarme en casa criando a Lara. Sentía la necesidad de estar cuando se despertaba, se dormía, comía y la bañaba. Cuidarla yo cuando estuviera enferma y todo lo que se te ocurra. No quería que nadie me lo contara. Solo me daba tranquilidad que se quedara con mi marido o mi mamá. Recuerdo que, dentro de la intensidad del puerperio y de lo oscuro y profundo que por momentos puede llegar a ser, pude disfrutar conscientemente de los momentos compartidos. Jugábamos, paseábamos, nos hartábamos la una de la otra, ¡y le hablaba tanto, pobre!

Juntamos millas de tardes enteras en la plaza. Junto a mi esposo decidimos que, a pesar de la economía familiar, ese sería el plan los primeros años. Ni por asomo quiero decir que esto sea lo adecuado para todas las familias, solo que para la nuestra (mamá de diecinueve y papá de veintitrés) así funcionó.

A los tres años Lara comenzó el jardín y yo empecé a estudiar Psicología Social. Trabajaba de día, cursaba de noche y criaba a mi hija. Todos mis trabajos, los de campo y los teóricos, se relacionaban con la maternidad. Y como mi búsqueda continuaba, conocí Dando a Luz, una asociación que acababa de formarse y se ocupaba (y aún hoy lo hace) de informar a las mujeres acerca de sus derechos en el embarazo, el parto y el nacimiento, acercándoles evidencia científica actualizada sobre prácticas adecuadas.

Te cuento esto ahora y estarás pensando que no es ninguna novedad, que es un tema habitual, que todas saben algo al respecto, que las redes están llenas de información, etcétera. Pero por aquellos años hablar de parto respetado era casi como pertenecer a una secta fundamentalista.

...