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YPORá

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

PRÓLOGO

En la Tierra de las Misiones, Año del Señor de 1631

L

a noche envolvía el campamento junto al río. El fragor del agua ahogaba los sonidos provenientes del monte. La oscuridad era completa, pese a que las estrellas se derramaban sobre balsas y canoas, hombres y animales.

Muchos habían quedado en el camino, perdidos en los remolinos traidores o carcomidos por la peste. Hubo un día en que contaron cuarenta cadáveres. Los habían metido en urnas de barro y sepultado en pozos poco profundos. Algunos, con la compañía de sus arcos, sus flechas y sus macanas; otros, sin nada que llevar al otro mundo, nada que atestiguase su valor o contase su linaje de bravos caciques. Desnudos y solos, quedaron allí, a medio camino entre la aldea que antes poblaron, más al norte, y el destino que los karai guasu les señalaban, más al sur. Iban camino a la Tierra Sin Mal de la que siempre supieron, a la que todo hombre debía llegar algún día.

Entre saltos y cascadas, orillando el agua a través de espesos montes donde los ojos ambarinos del yaguareté los acechaban, vadeando pantanos custodiados por yacarés, hacia donde el río se agigantaba, turbulento, y nunca se atisbaba la otra orilla, rumbo a la Tierra donde el hombre se libera del trabajo y de las reglas, el maíz crece sin que lo cultiven y las flechas cazan solas. Sólo los que viajaron “por dentro y por fuera” pueden arribar, los que alcanzaron el aguyje, la plenitud.

De eso les hablaba, en susurros, Avandu. Con su tocado de plumas azules, su collar de semillas y su rostro tatuado, hechizaba la atención de los chiquillos que seguían, con sus ojos negros y oblicuos, el tintineo de los brazaletes. La fogata chispeaba en las caritas morenas, iluminando su sorpresa al escuchar las palabras del paje:

—Cuando llegue el amanecer —les dijo en la lengua de sus padres y la de los padres de ellos, que a su vez era de la sus abuelos y los abuelos de ellos— nos dirá si estamos sobre el rumbo verdadero, y cómo haremos para entrar. Y si falta mucho, y el camino es difícil, haremos puentes con las lianas y los troncos, y lucharemos contra los guerreros que pretendan cortarnos el paso.

—¿Quién, Avandu? ¿Quién es el karai guasu que nos dirá eso?

La respuesta interesaba a toda la ronda de pequeños guaraníes que escuchaban con atención al chamán. Avandu desvió la mirada reluciente bajo la luz de las llamas y la clavó en una figura alta y delgada, envuelta en un sayo oscuro, que avanzaba con lentitud sobre las piedras húmedas, inclinándose para apoyar su mano sobre alguna cabeza afiebrada o bendiciendo con la cruz a un pequeño que tosía a causa del frío que traían las lluvias.

El Padre Antonio se detenía ante cada uno, procurando brindar consuelo e insuflar ánimo en ese éxodo infernal al que los empujaba la codicia de los bandeirantes de San Pablo y la indiferencia de algunos españoles encomenderos, resentidos porque los indios de las misiones no podían ser tocados y los padres jesuitas respondían de sus acciones sólo ante la Corona. Atrás quedaban las selvas del Guayra donde se habían establecido. Dejaron todo cuanto construyeron: casas, sementeras, talleres… Sólo cargaron con las semillas, los animales que pudieron —los que no, los dejaron pastoreando a su antojo—, la imagen de la Conquistadora y el madero con el Jesús pintado. Sobre balsas y canoas emprendieron el camino del río abajo, buscando nuevos asentamientos para continuar con el Reino de Dios en la Tierra.

“Dios proveerá”, había dicho el Padre Antonio, y todos acataron la sentencia del Superior de la Orden.

Avandu meditó la respuesta unos segundos. No había otro Karai Guasu tan poderoso, aunque luciera más pobre que los mismos indios, con los zapatos remendados con trozos de su manto raído. El Padre Antonio Ruiz de Montoya les hablaba en avañe’e, lengua que habían aprendido todos aquellos hombres que un buen día penetraron en la selva y los buscaron, mostrándoles cruces de madera y arrancando música de unas pipas enceradas. Tenía que ser él el profeta que les enseñara el rumbo, el que los arengó para que abandonaran sus ranchos y emprendieran esa penosa marcha que padecían desde hacía tantas lunas.

Los paje guasu solían llevar vidas errantes, difundiendo sus milagros y su sabiduría de una aldea a otra; podían resucitar a los muertos, hacerse invisibles, acelerar el crecimiento del maíz y también comunicarse con los espíritus, algo que un paje de menor categoría, como era él, no podía lograr. A él sólo le era posible curar chupando el mal de los cuerpos enfermos, nada más. Él era un “chupador”.

El Padre Antonio, en cambio, había intercedido muchas veces entre los hombres y Ñandejara, Origen y Principio de todo. Hasta lo habían visto curar a los moribundos.

Él era el sabio hechicero entonces, el jefe espiritual de los guaraníes del Guayra, no cabía duda.

—Él es Karai Guasu —dijo Avandu a los niños—. El que nos va a llevar a la Tierra Sin Mal.

CAPÍTULO 1: El rumor que trajo el río

Provincia de Corrientes, Argentina, marzo de 1865

—“K

rrrrrííííí… Krrrrrííííí…”

El graznido detuvo el hachazo que el hombre estaba a punto de asestar al tronco. Se quitó la boina, dejando al descubierto el cabello negro, y elevó al cielo su rostro de pómulos vigorosos.

—Baja ya, Violeta, o tu madre te dará una tunda.

Del ramaje se desprendió una silueta menuda que cayó entre los pastos. La niña rondaba los seis años, y aunque su cuerpecito delgado aparentaba menor edad, las rodillas prominentes y las manos alargadas prometían un desarrollo interesante.

Bautista contempló a su sobrina con orgullo.

—Te vas a romper la crisma —se obligó a decir, pese a que sus travesuras lo divertían.

—Estoy aprendiendo a cantar como la urraca, Batú.

—Si eso es cantar, yo soy un cisne.

Violeta prorrumpió en carcajadas, rodando entre los tocones donde su tío cortaba la leña que vendería río arriba, convertida en gráciles canoas.

—Vamos —ordenó Bautista, sólo por decir algo, ya que el uso del nombre con que su sobrina lo llamaba cuando era un bebé lo había desarmado por completo.

La niña y su madre, la dulce Rosa, eran su único tesoro. Por ellas había regresado del obraje, para hacerse cargo de la difícil situación en que Rosa se había puesto al quedar encinta de un soldado raso que ni siquiera debía de saber que tenía una preciosa hija. Los ojos de matiz violáceo habían dado razón al nombre con que bautizaron a la pequeña. Su tío la amó desde el primer día, la custodiaba con celo y vigilaba como halcón los progresos de su crecimiento. Temía que Violeta pudiese correr la misma suerte y devenir madre soltera en aquellas soledades ribereñas.

La pequeña lo observaba desde el suelo, con su cabellera oscura desparramada en torno al rostro delicado. Poseía una seriedad extraña, como si comprendiese, más allá de su normal entendimiento, cosas que nadie le había explicado. El tío Batú se veía poderoso desde allí, con las copas de los sauces meciéndose a sus espaldas. La brisa le revolvía el pelo duro, de carpincho. Ella deseaba ser fuerte como él, remontar el Paraná llevando la jangada, jugar a los naipes con los hombres del pueblo y beber caña. Había nacido mujer, sin embargo, y esa condición le pesaba. “Violeta, no subas a los árboles, que no es propio”; “péinate, niña, que pareces un nido de caranchos”; “¿acaso no tienes zapatos? Se te formarán callos en las plantas, como a las indias”. Si tan sólo fuese india… nadie objetaría que vistiese con trapos sueltos y no se peinase. Su madre la reprendía por todo. Y ella odiaba parecerse a la mujer sumisa y triste que era Rosa.

Escondió la sonrisa entre sus dedos finos y silbó como un zorzal.

—Ése está mejor, pero cuidado, no vaya a escucharte el jasyjatere. ¡Vamos, arriba! Tengo que terminar la pila para cuando venga Anselmo.

La mención del jasyjatere puso seria a Violeta. Se decía del mítico personaje que tomaba la forma de un ave y silbaba con tan perfecto canto que las niñas, hechizadas, lo seguían hasta el fondo del monte, donde él recuperaba su fisonomía de enano rubio y abusaba de ellas. Nadie lo atrapaba nunca, ya que se tornaba invisible gracias a un poderoso paje.

El negrito Anselmo apareció de pronto, como si lo hubiesen convocado al nombrarlo, abriendo surcos con su balsa entre los camalotes de la orilla y agitando el remo al ver a Bautista. La embarcación iba cargada de naranjas y, a juzgar por su aire satisfecho, Anselmo debía de haberse comido varias. Afirmó el remo en los pajonales y se aproximó la distancia justa para saltar a tierra firme.

—Gurisa… —dijo con solemnidad, mientras ensayaba una cómica reverencia dedicada a Violeta.

La chanza dio resultado, pues ella echó a correr hacia la casa muerta de risa, levantando terrones a su paso. Bautista sacudió la cabeza con resignación y soltó, por fin, el hachazo suspendido minutos antes. Enderezó los trozos del tronco partido para asestarles otro golpe, mientras que Anselmo silbaba una tonadita.

El muchacho acudía cada semana a ese rincón oculto de la ribera, llevando frutos de las soleadas tierras del interior, para recoger la nueva barca que Bautista Garmendia guardaba en su patio. Hacían un intercambio simple: lo que sobraba en un lado por lo que faltaba en el otro, y todos contentos. Las casas solariegas que ribeteaban la costa río arriba precisaban de las fuertes piraguas que lograba aquel “maestro de ribera”, en tanto que los pobladores dispersos Paraná abajo, anhelaban las prendas finas de las hilanderas guaraníes. La balsa transportaba a veces sólo leña, rollos de hojas del preciado tabaco de Goya, y preciosas filigranas que los enamorados solían regalar a sus queridas cuando se comprometían. Anselmo se preguntaba si alguna vez Bautista le encargaría alguna de esas joyitas del Paraguay. No le conocía novia, siempre lo veía junto a su hermana y a la sabandija de su sobrina. Sabía, al igual que todos, que la bella Rosa criaba una hija que le habían sembrado en el vientre mientras el hermano se hallaba en la región de las cascadas, trabajando para sostener la casa. Aquella desgracia lo obligó a volver antes de juntar el dinero suficiente, de modo que los Garmendia vivían del intercambio y las artesanías sencillas de la región. Una vida austera en la que nada les faltaba.

—Tenés suerte de vivir acá, en el monte. Hay naranjas, mucha leña, pájaros… —y Anselmo tensó su honda para apuntarle a un mirlo de agua que pasaba.

Bautista desvió el tiro de un manotazo.

—Cuidado, mi sobrina anda trepada a los árboles. Además, no me gusta matar porque sí.

—Qué, ¿te has convertido en santo, ahora? Allá, en la selva…

—Allá era distinto, había que comer. Eran tiempos de pobre.

Anselmo se encogió de hombros para disimular la desazón que le producía el recuerdo.

—Y cazábamos carayá, ¿te recuerdas? Como tu sobrina, que parece un mono. Le falta aullar, nomás.

—Ayúdame con esto, Anselmo. ¿Aguantará la balsa? —lo interrumpió Bautista, pues sabía que el negrito enlazaba un tema con otro y no había quién lo parara una vez que empezaba.

Apurado por demostrar su eficiencia, el muchacho cargó dos brazadas de troncos y arremetió hacia la orilla, encorvando su cuerpo bajo el peso desmedido. Bautista lo secundó, tratando de llevar la mayor parte sobre sus espaldas. Una vez terminada la faena, ambos se dispusieron a fumar, echados sobre la balsa que los mecía con cadencia perezosa. Las golondrinas surcaban el cielo diáfano y sólo se escuchaba el lamido de las olas entre los troncos. Bautista permaneció adormilado de cara al sol, disfrutando la sensación de perderse flotando en el río.

El río. Inmenso, devorador, traicionero. Todos, hombres y bestias, se rendían ante su fuerza colosal. El río obraba su voluntad, despedazando la de aquellos que osaban desafiarlo. Signado por el fatalismo de su sangre, Bautista estaba moldeado por la violencia de la naturaleza indómita: los esteros, el monte, habían fraguado su carácter sufrido. A pesar de eso, una pasión turbulenta corría bajo el temple callado, como las aguas que en torbellino corren bajo la superficie. Su vida en la costa, tan apacible para él, escondía una veta trágica de la que no era consciente. Le gustaba recorrer el monte con su hacha y respirar el perfume de los azahares al atardecer, mientras Rosa amasaba las tortas de maíz que cocinaría en el horno de barro. En otros tiempos había soñado con tener mujer, hijos, construir un ranchito y conchabarse para ganar más dinero; las circunstancias lo habían obligado a recluirse en aquel recodo sembrado de naranjales y surcado por riachos serpenteantes. Algunas mañanas salía de pesca y regresaba con dos o tres surubíes resplandecientes que su hermana preparaba sobre piedras, envueltos en hojas de plátano. Otras veces, Violeta lo acompañaba a recoger huevos de codorniz entre las matas, y siempre dejaban alguno en el nido, por respeto a la madre que con tanto esfuerzo los empollaba. Esos días solían terminar con un chapuzón, mientras el ocaso encendía de rojo la ribera y las aves alborotaban. Al anochecer, Bautista tomaba la guitarra y tocaba polkas y valsecitos aprendidos en los fogones de las estancias.

Si existía la felicidad sobre la tierra se hallaba allí, en la costa dulce del Paraná.

—Corren rumores —dijo de pronto Anselmo.

Bautista aguardó, paciente, a que finalizara la frase.

—Dicen por allá que Karai Guasu quiere armar la guerra.

No necesitaba preguntar a quién se refería, pues era sabido el apodo que los paraguayos daban a su presidente, Francisco Solano López.

Hacía mucho que el Paraguay se hallaba gobernado por una dinastía de hombres fuertes: los jesuitas con su férrea disciplina en tiempos de la colonia, José Gaspar Rodríguez de Francia, el solitario y temido dictador Carlos Antonio López y por fin su hijo, Francisco.

Para Bautista, eran sólo nombres. De la otra orilla conocía sólo los palmares y las islas, pues había navegado hasta Tuyutí y se había extasiado con los lapachos florecidos, y en especial con la flor violeta del jacarandá, que le recordaba los ojos de su sobrina. No le interesaba la política, y cada vez que en el poblado surgía el tema, él se apartaba para degustar su caña. Era un hombre manso, incapaz de soliviantarse hasta el punto de golpear a alguien, y no entendía que otros hombres demostrasen su valía con la fuerza de sus puños. Mucho menos comprendía la necesidad de declarar la guerra cuando los pueblos solían ser pacíficos. Los gobernantes obraban movidos por sus propios intereses y resolvían sus asuntos comprometiendo a la pobre gente que sólo buscaba sustentarse y, de paso, disfrutar un poco de la vida.

Él también había escuchado los rumores que corrían río abajo con la velocidad de los caimanes.

—¿Y por qué ha de ser?

Anselmo se regocijó de haberlo interesado con las noticias que traía.

—¡Pues porque los kamba nos quieren robar la tierra, por eso!

Bautista chupó su cigarro y dejó que el humo le calentase la garganta.

—No es bueno alimentar el odio entre los pueblos.

—¡Es que ellos nos odian, chamigo! Desde que los padrecitos educaban a los indios en las misiones, los chuceaban para tomarlos como esclavos. Mirá lo que pasó entonces, diz el patrón que los jesuitas tuvieron que bajar por el río en jangadas enormes, con todo lo que poseían, para salvarlo de los bandeirantes. Y los indios los defendieron, que si no…

—Eso pasó hace mucho, en tiempos de la colonia.

—Sí, pero queda grabado acá —y Anselmo se tocó el pecho.

Era comprensible que la idea de la esclavitud horrorizara tanto a Anselmo, descendiente de los antiguos esclavos de la región. Bautista no creía que semejante anacronismo perdurase en los tiempos que corrían, cuando las naciones liberadas se afanaban por seguir las modernas tendencias. Sin embargo, conocía las apetencias esclavistas del Imperio del Brasil, que tenían a maltraer sobre todo a los nativos.

También había sabido del ataque al Uruguay el año anterior. Todo el litoral se horrorizó ante la masacre de Paysandú. La heroica defensa de la ciudad era una herida abierta, así como la brutalidad de los asesinatos cometidos por los soldados brasileños.

—¿Y qué se dice, Anselmo?

—Que le pidieron a tu presidente dejar pasar las tropas para el Uruguay. Y Mitre dijo que no.

—¿Entonces?

Anselmo se sentó en la balsa para gesticular mejor cuando hablaba.

—¡Que Karai Guasu va a pasar igual, carajo! ¡Naides lo va a detener!

—Pero eso es lo mismo que declarar la guerra, negro bruto, ¿no te das cuenta?

—Ya estamos en guerra, mi amigo. Sos vos el que no se da cuenta.

Con su filosofía sencilla, Anselmo expresaba tanto coraje como resignación ante lo inevitable. Bautista pensaba que las cosas no llegarían a ese extremo. ¿Una guerra entre los pueblos del litoral? ¡Imposible! ¡Si vivían hermanados, navegando aguas arriba y aguas abajo, comerciando sus bienes! ¡Si hasta compartían la lengua y la sangre guaraní! El negrito era exagerado e impresionable, le gustaba alardear ante todos con las novedades que iba recogiendo en su jangada a lo largo de los días. Además, Anselmo había nacido en el Paraguay, y aunque viviese en el país de más abajo, como llamaban al litoral argentino, su corazón sangraba por su tierra.

Acabados los cigarros y las ganas de holgazanear, los amigos comenzaron el trámite de la despedida, que les llevaría varias horas.

—¿No habrá unos mates? —propuso Anselmo.

—Rosa ya debe tener la pava lista. Vamos.

Amarraron la balsa para que las corrientes no la zarandeasen y se encaminaron hacia la casa de los Garmendia.

La vivienda, como todas las de la zona ribereña, era chata y alargada, con galería en el frente. Un alero sostenido por pilares de ñandubay la protegía del sol y daba cobijo a una hamaca que se mecía indolente, acusando la presencia de una persona menuda en su interior. Sobre la vereda de ladrillos Rosa aguardaba a su hermano, mate en mano, mientras vigilaba el horno de barro. Anselmo sintió que sus tripas se revolucionaban al percibir el aroma de las empanadas dorándose. Ella le sonrió apenas, con los ojos bajos, y regresó a su tarea. El rezongo de la bombilla acompañó el arrullo de dos torcacitas instaladas en la techumbre de hojas de palmera. De la tierra húmeda emanaba un vapor denso que enturbiaba el aire, pues muy cerca de allí se extendía un bañado y más lejos, la misteriosa laguna del Diamante.

¿Quién podía creer en una guerra, reinando aquella paz aletargada y deliciosa?

Anselmo aludiría sólo a escaramuzas, pues el general López era amigo de Urquiza, había ayudado a disolver los enfrentamientos ent

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