Loading...

ZUCKERMAN ENCADENADO

Philip Roth  

0


Fragmento

1. MAESTRO

Era la última hora de luz de una tarde de diciembre, hace ya más de veinte años —los veintitrés tenía yo: andaba en la escritura de mis primeros relatos cortos y, como tantos protagonistas de Bildungsroman que me precedieron, ya tenía en proyecto mi propio y macizo Bildungsroman—, cuando llegué a su escondite para encontrarme con el gran hombre. La casa de campo, hecha de tablas de madera, se hallaba al cabo de un camino sin pavimentar, allá por los Berkshires, pero la figura que surgió del estudio para trazar un ceremonioso gesto de bienvenida llevaba puesto un traje de gabardina, una corbata azul de punto, prendida a la camisa blanca mediante un sujetador de plata lisa, y unos zapatos negros bien lustrados, muy de vestir, haciéndome pensar que su dueño más parecía recién descendido de un sillón de limpiabotas que del alto pedestal del arte. Antes de ganar la suficiente compostura como para percibir el modo imperioso y autocrático en que elevaba la barbilla, o la manera, majestuosa, minuciosa, delicada, en que se componía la ropa para luego tomar asiento —antes, en realidad, de percibir nada que no fuese mi trayectoria hasta aquí, hasta él, desde mis orígenes carentes de cualquier relación con la literatura—, la impresión que tuve fue de que E. I. Lonoff más bien parecía el inspector escolar de la zona que su narrador más original desde tiempos de Melville y Hawthorne.

Recibe antes que nadie historias como ésta

No es que me hubiera hecho esperar algo más grandioso lo que de él se decía en Nueva York. Hacía poco, al mencionar su nombre ante el jurado de mi primera fiesta literaria de Manhattan —a la cual acudí, más nervioso que una aspirante a estrella, con un editor de cierta edad—, los listos que tenía a mi alrededor despacharon a Lonoff de modo casi inmediato, como si les hubiera parecido muy gracioso que un judío de su generación, hijo de inmigrantes, se hubiera casado con la descendiente de una familia de Nueva Inglaterra y llevara tantísimos años viviendo «en el campo» —es decir: en la selva goy de árboles y pájaros donde empezó Norteamérica y donde hacía ya mucho tiempo que había terminado—. No obstante, habida cuenta de que casi todas las personas de prestigio que fui nombrando a lo largo de la fiesta se les antojaban ligeramente graciosas a los entendidos, lo cierto fue que no acabé de creerme la satírica descripción que del célebre recluso me ofrecieron. De hecho, lo que vi en aquella fiesta hizo que empezase a comprender la razón de que encaramarse cuatrocientos metros, monte arriba, sin otra cosa que los árboles y los pájaros alrededor, quizá no fuese tan mala idea para un escritor, judío o no judío.

El salón a que me hizo pasar era un sitio acogedor, muy ordenado y muy sencillo: una alfombra artesanal, redonda y grande, varios butacones tapizados, un viejo sofá, una larga pared de libros, un piano, un fonógrafo, y una mesa de roble, metódicamente cubierta de periódicos y revistas. Por encima del revestimiento de madera, las paredes de color amarillo pálido no presentaban más ornamento que una media docena de acuarelas de la casa de campo en diferentes estaciones del año: obra de aficionado. Más allá de los alféizares con cojines de asiento y de las cortinas incoloras, de algodón, primorosamente recogidas, vi las ramas desnudas de grandes arces oscuros y vi campos de nieve recién caída. Pureza. Serenidad. Sencillez. Aislamiento. Toda la capacidad de concentración, toda la exuberancia, toda la originalidad que uno pueda poseer, dedicadas en exclusiva al extenuante, exaltado y trascendente cumplimiento de la vocación. Miré en torno y me dije: «Así es como yo viviré.»

Tras haberme indicado uno de los dos butacones situados junto a la chimenea, Lonoff retiró la pantalla del hogar y miró el interior, para comprobar que el tiro funcionaba. Con una cerilla de madera prendió las astillas que, al parecer, alguien había dispuesto allí en previsión de mi visita. Luego volvió a encajar la pantalla en su sitio, con tanta precisión como si el lar hubiera tenido una ranura al efecto. Una vez persuadido de que los leños arderían bien —y con la satisfacción de haber encendido un fuego sin poner en peligro aquella casa de dos siglos de antigüedad, ni a ninguno de sus moradores—, al fin se le veía dispuesto a atenderme. Con unas manos casi damiles, por la prontitud y delicadeza de sus movimientos, se levantó ambas perneras del pantalón, tirando de la raya, y tomó asiento. Se movía con una notable ligereza, teniendo en cuenta lo grande que era y la cantidad de kilos que le sobraban.

—¿Cómo prefiere usted que lo llame —me preguntó Emanuel Isidore Lonoff—: Nathan, Nate, Nat? ¿O se inclina usted por alguna otra variante completamente distinta?

A él, los amigos y conocidos lo llamaban Manny, puso en mi conocimiento, y otro tanto debía hacer yo:

—Así nos resultará más fácil la conversación.

No quedé muy convencido al respecto, pero supe indicarle, con una sonrisa, que estaba dispuesto a obedecer sus instrucciones, por mucho que contribuyeran a aturdirme. A continuación, el maestro procedió a descabalarme todavía más, solicitando que le contase cosas de mi vida. Ni que decir tiene que sobre ésta no había gran cosa que referir, allá por 1956, y menos aún, se me antojaba, a alguien tan sabio y tan profundo. Mis amantísimos padres me criaron en un barrio de Newark, ni rico ni pobre; tenía un hermano pequeño que, según decía todo el mundo, me idolatraba; en un buen instituto de la localidad y en un excelente college, cumplí como varias generaciones de mis antepasados habrían esperado que cumpliera; más adelante pasé por el ejército, acuartelado a una hora de casa, redactando comunicados públicos a las órdenes de un comandante de Fort Dix, mientras la matanza a cuyos efectos habían movilizado mi envoltura humana alcanzaba su cruento final en Corea. A partir del momento en que me licenciaron, viví y escribí en la parte baja de Broadway, en un quinto piso sin ascensor que mi novia, cuando se vino a vivir conmigo y adecentar un poco el sitio, designó «hogar de un monje incasto».

Para ganarme la vida, hacía el transbordo fluvial a Nueva Jersey tres veces por semana, para trabajar en algo a que venía dedicándome, intermitentemente, desde mi primer verano de college, cuando contesté a un anuncio en que se ofrecían elevadas comisiones a vendedores agresivos. A las ocho de la mañana nos transportaban a todos, en equipo, a una u otra ciudad fabril de Nueva Jersey, a que fuéramos de puerta en puerta vendiendo suscripciones a revistas; y a las seis nos recogían delante de algún bar fijado de antemano, y el supervisor nos devolvía al centro de Newark en su propio coche. El tal McElroy era un borrachuzo la mar de despierto: con su bigote de hilera de hormigas, nunca se cansaba de advertirnos a los de su cuadrilla —dos muchachos con aspiraciones que ahorraban para poder pagarse una buena formación, y tres veteranos indiferentes a todo, pálidos, abotargados, náufragos de todos los desastres concebibles— que no enredáramos con las señoras que nos encontrásemos solas en casa, con los rulos puestos: podíamos conseguir que nos retorciese el gañote algún marido iracundo, vernos sometidos a algún tremendo chantaje o pescar alguna de las cincuenta y tantas modalidades leprosas de la gonorrea; todo ello sin mencionar que el día sólo tiene veinticuatro horas.

—O echar un casquete —nos aleccionaba, con toda frialdad—, o vender el Silver Screen. Vosotros veréis.

«El Moisés de Mammon», le llamábamos los dos universitarios. Dado que ninguna señora manifestó jamás la menor intención de hacerme entrar en su vestíbulo, aunque sólo fuera para momentáneo alivio de mis cansados pies —y eso que yo andaba atentísimo a cualquier señal de lascivia en cualquier mujer de cualquier edad que me prestara un poquito de atención desde detrás de su puerta mosquitera—, no me quedó más remedio que optar por la perfección en el trabajo, y no en la vida, de modo que mis largos días de gestión comercial solían proporcionarme comisiones entre los diez y los veinte dólares, sin poner en peligro, antes al contrario, el inmaculado futuro que la vida me ofrecía. Fue cuestión de semanas: en cuanto abandoné tan plebeya existencia —y, con ella, a la chica del quinto piso sin ascensor, porque ya no la quería—, con ayuda de la distinguida editora neoyorquina, me admitieron a que participase, durante el invierno, en el culto de la Colonia Quahsay, un retiro rural para artistas que se encuentra al otro lado de la frontera estatal, frente al monte de Lonoff.

Desde Quahsay envié a Lonoff las publicaciones trimestrales en que habían aparecido mis relatos —cuatro, hasta el momento—, junto con una carta en que le explicaba lo mucho que para mí había significado el descubrimiento de su obra, «unos años atrás», en el college. Ya puestos, también le mencionaba a sus «congéneres» Chéjov y Gógol, revelándole, por diversos e inconfundibles procedimientos, con cuánta seriedad me planteaba la literatura —y, de paso, lo joven que era—. Lo cierto era que nunca antes había escrito nada que me costase tantísimos sudores escribir. Todo lo innegablemente cierto se me antojaba de una cristalina falsedad tan pronto como lo ponía por escrito, y cuanto más me esforzaba en ser sincero, peor me salía la cosa. Acabé enviándole el décimo borrador, y aun intenté recuperar el sobre del buzón, metiendo la mano por la rendija.

No era que la autobiografía me estuviese saliendo mucho más brillante, ahora, en aquel salón tan acogedor y tan sencillo. Incapaz como era de soltar la menor indecencia delante de aquella chimenea colonial norteamericana, mi imitación del señor McElroy —que solía hacer las delicias de mis amigos— en realidad no había por dónde cogerla. Y tampoco podía referirme con soltura a las advertencias que McElroy nos hacía, ni mencionar siquiera las ganas que me habrían entrado de ceder a la tentación, de haber surgido alguna oportunidad. Cualquiera habría creído, oyendo aquella versión censurada de una historia propia que ya, de por sí, era lo suficientemente inocua, que en vez de haber recibido una afectuosa y cálida carta de un famoso escritor invitándome a pasar una agradable velada en su casa, había hecho este viaje sólo para defender una causa personal extremadamente acuciante, ante el más riguroso inquisidor, y que si hacía el menor movimiento en falso, algo de inconmensurable valor me resultaría perdido para siempre.

Y así era, en gran medida, aunque yo aún no hubiese acabado de entender lo desesperadamente que necesitaba su aprobación, y por qué. En vez de sucumbir por completo ante la perplejidad que me producía mi propia exposición, tan penosa y acezante —pero también tan alejada de mi personalidad de aquellos años, que fueron de confianza en mí mismo—, lo que tendría que haberme sorprendido era no estar de hinojos en la alfombra artesanal, postrado a los pies de Lonoff. Porque si para algo estaba allí, era nada menos que para presentarle mi candidatura a hijo espiritual suyo, para solicitar su patronato moral y para obtener, si me fuera posible, la cobertura mágica de su protección y su afecto. Ni que decir tiene que ya tenía padre, y bien devoto que era, y bien que podía pedirle cualquier cosa en cualquier momento; pero era podólogo, no artista, y últimamente estábamos teniendo bastantes problemas familiares por culpa de un nuevo relato mío. Aquel texto lo había dejado tan atónito, a mi padre, que le dio por acudir corriendo a su mentor moral, un juez llamado Leopold Wapter, para pedirle que iluminara a su hijo, que me hiciera ver la luz. De resultas de lo anterior, ahora, tras dos decenios largos de conversaciones amistosas más o menos incesantes, el caso era que llevábamos casi cinco semanas sin hablarnos y que yo andaba requiriendo confirmación patriarcal en otros sitios.

Y no sólo de un padre que fuera artista en vez de podólogo, sino del más célebre asceta literario de EE UU, el gigante de paciencia, fortaleza y desinterés que, en los veinticinco años transcurridos entre su primero y su sexto libro (por el cual le otorgaron el Premio Nacional del Libro, que él, sin alharaca alguna, declinó aceptar), venía careciendo de lectores o reconocimiento, porque, si alguna vez se acordaban de él, era para considerarlo una pintoresca reliquia del gueto del Viejo Mundo, folclorista trasnochado, con un patético desconocimiento de las principales corrientes literarias y sociales. Casi nadie sabía quién era, ni dónde vivía en realidad, y a casi todo el mundo llevaba veinticinco años sin importarle un bledo. Incluso entre sus lectores, no faltaban los convencidos de que las fantasías de E. I. Lonoff sobre Norteamérica habían sido redactadas originariamente en yiddish, en alguna parte de la Rusia de los zares, donde murió su autor (como su padre, de hecho, estuvo a punto de perder la vida) como consecuencia de los daños físicos de que lo hicieron objeto en un pogromo. El autor a quien yo tanto admiraba, no sólo por la tenacidad que le había permitido seguir escribiendo según su propio criterio narrativo, sino porque, tras haber sido «descubierto» y popularizado, rechazó todos los premios y todos los honores, todas las invitaciones a formar parte de instituciones honoríficas, todas las entrevistas que le solicitaban, y optó por no permitir que le hicieran fotos, como si la pretensión de asociar su rostro con su narrativa fuese algo de una ridícula irrelevancia.

La única foto suya que el público lector había tenido a su alcance era el deslavazado retrato color sepia que se incluyó en la solapa de la edición de 1927 de Es tu propio entierro: el artista, de joven, con sus líricos ojos de almendra y la oscura proa de un tupé de amante ilegítimo, y el besadero labio inferior, tan expresivo. Tanto había cambiado, ahora —y no sólo porque se le hubieran descolgado los carrillos y hubiera echado barriga y tuviera el cráneo mondo mechado de blanco, sino porque parecía un tipo humano distinto—, que llegué a pensar (en cuanto pude pensar algo) que aquella metamorfosis tenía que deberse a algo aún más despiadado que el tiempo: tenía que habérsela infligido el propio Lonoff. Quitadas las cejas, llenas y lustrosas y la vaga elevación hacia el cielo de la barbilla voluntariosa, no había nada en él, a los cincuenta y seis años, que permitiera identificarlo con la foto de aquel Rodolfo Valentino triste y desamparado, apasionado, tímido que, en la década señoreada por el joven Hemingway y por Fitzgerald, escribió una colección de relatos cortos sobre judíos errantes sin parangón con nada que antes hubiese escrito ningún judío cuyas errancias lo hubiesen llevado hasta Norteamérica.

De hecho, mi primera lectura del canon de Lonoff —en mi calidad de ateo universitario ortodoxo e intelectual en ciernes— contribuyó a hacerme comprender hasta qué punto seguía yo siendo un retoño de mi familia judía: más que ninguna otra cosa que hubiese llevado conmigo a la Universidad de Chicago, desde las clases infantiles de hebreo o la cocina materna, o las discusiones que oía entre mis padres o entre parientes sobre los riesgos del matrimonio exogámico, el problema de Santa Claus y las injusticias de las cuotas de admisión en la Facultad de Medicina (cuotas que, como no tardé en comprender, explicaban el hecho de que mi padre se hubiese especializado en podología, así como su ardoroso apoyo, que le duró toda la vida, a la Liga Antidifamación B’nai B’rith). Ya en mis tiempos escolares era capaz de debatir con quien fuera tan intrincados asuntos (y no me abstenía de hacerlo, cuando la ocasión se presentaba); pero en la época de mi traslado a Chicago ya se me había apaciguado bastante el apasionamiento, y me hallaba en las mismas condiciones favorables que cualquier otro adolescente para enamorarme del curso primero de Humanidades de Robert Hutchins. Fue entonces cuando descubrí, junto con otros muchos miles de personas, a E. I. Lonoff, cuya narrativa me parecía responder a la misma carga de exclusión y confinamiento que aún lastraba las vidas de las personas que me habían educado, y que había dado forma a la irrefragable obsesión que reinaba en mi casa por la condición de los judíos. El orgullo que suscitó en mis padres, en 1948, la creación de una patria en Palestina donde se congregarían los sobrevivientes, los no ejecutados, de la judería europea, no era tan diferente, en realidad, del que se arremolinó en mí cuando tropecé por primera vez con las almas frustradas, secretas, prisioneras, de los relatos de Lonoff, y se me hizo evidente que de todas esas humillaciones de que mi inquieto padre nos había sacado, luchando con todas sus fuerzas, podía derivarse, con todo descaro, una literatura de tanta severidad en el ingenio y de tanta ternura como aquélla. Para mí, era como si los arranques alucinatorios de Gógol se hubieran filtrado a través del humanitario escepticismo de Chéjov para nutrir al primer escritor «ruso» de EE UU. O eso fue lo que pretendí demostrar en el college, en un trabajo donde «analizaba» el estilo de Lonoff, pero absteniéndome de explicar que sus relatos habían reavivado en mí una noción de parentesco con nuestro propio clan —tan americanizado ya—, empezando por los tenderos inmigrantes sin dinero alguno, que llevaron una existencia de shtetl judío a diez minutos de distancia de las grandes fachadas catedralicias con columnas y gárgolas, de los bancos y de las compañías de seguros del centro de Newark; y, lo que es más: una noción de parentesco con nuestros antepasados, tan piadosos como desconocidos, cuyas tribulaciones en Galitzia, a mí, que me crié en la seguridad de Nueva Jersey, sólo me resultaban un poco menos extranjeras que las de Abraham en la tierra de Canaán. Con su vodevillesca inclinación a la leyenda y el paisaje (un Chaplin —dije de Lonoff, en mi trabajo de licenciatura— que se aferraba al puntal adecuado para dar vida a toda una sociedad, desde todas sus perspectivas); con su inglés «traducido», que ponía un regusto ligeramente irónico hasta en la más común de las expresiones; con su resonancia críptica, apagada, como de ensueño, la sensación que estos pequeños relatos producían de estar diciendo tanto… De modo que, acababa yo proclamando, ¿quién podía comparársele en la literatura norteamericana?

El protagonista típico de los relatos de Lonoff (el protagonista que tanto llegó a significar para los lectores norteamericanos a mediados de los años cincuenta, el protagonista que, diez años después de Hitler, daba la impresión de decirles algo nuevo y desgarrador de los judíos y de sí mismos a los gentiles y a los lectores y escritores de aquella década de recuperación; algo, en general, sobre las ambigüedades de la prudencia y las ansias del desorden, sobre el hambre de vida, la negociación de la vida y el terror de la vida en sus más elementales manifestaciones), el protagonista de Lonoff viene a ser, las más de las veces, un don nadie salido de cualquier parte, alejado de un hogar donde no hay quien lo eche de menos, pero al que debe regresar sin demora. Su celebrada mezcla de compasión e impiedad (elevada a la monumental categoría de «lonoviana» por la revista Time, tras haberlo ninguneado a él durante decenios) en ninguna parte llama más la atención que en los relatos donde el personaje aislado y desconcertado se arma de valor para entusiasmarse, sólo para descubrir que su meticulosa reflexión lo ha conducido a excederse demasiado en la espera como para valerle de nada a nadie, o que al actuar con una impetuosidad llena de osadía, impropia de sí mismo, ha valorado de un modo totalmente erróneo lo que, en cierto modo, ha conseguido sacarlo de su manejable existencia; y, como consecuencia, lo ha empeorado todo.

Los relatos más desalentadores, divertidos e inquietantes, donde el despiadado autor me da la impresión de estar a punto de empalarse él solo, sin ayuda de nadie, fueron escritos durante el breve periodo de su gloria literaria (porque murió en 1961 de una enfermedad de la médula ósea; y cuando Oswald mató a Kennedy y el baluarte mojigato cedió el paso a la gargantuesca república bananera, su narrativa —y la autoridad que aportaba a todo lo que es prohibitivo en esta vida— comenzó rápidamente a perder «relevancia» para una nueva generación de lectores). En vez de alegrarle el ánimo, la fama dio la impresión de reforzar en Lonoff su tendencia a imaginar lo peor, confirmándole unas visiones de irrecuperabilidad terminal que quizá no hubieran recibido suficiente apoyo de su experiencia personal si el mundo le hubiera negado toda recompensa hasta el final. Sólo cuando se le ofreció una pequeña parte del ansiado botín —sólo cuando se hizo evidente su incapacidad para poseer y conservar nada que no fuese su propio arte—, recibió inspiración para escribir ese brillante ciclo de parábolas humorísticas (los relatos «Venganza», «Piojos», «Indiana», «Eppes Essen» y «Hombre anuncio») en que el protagonista, atormentado por la tentación, no hace absolutamente ningún movimiento, no experimenta el menor impulso hacia la amplitud o la autorrendición, por no decir la intriga o la aventura, sino que se deja aniquilar por el triunvirato reinante, la Cordura, la Responsabilidad y el Respeto de uno mismo, diestramente secundados por sus devotos subalternos: el horario, la lluvia, el dolor de cabeza, la señal de ocupado, el atasco de tráfico y el más leal de todos, a saber: la duda de última hora.

¿Vendía alguna otra revista, además de Photoplay o Silver Screen? ¿Le contaba lo mismo a todo el mundo, o adaptaba mi discurso de ventas a cada cliente? ¿Qué explicación encontraba para mi éxito como vendedor? ¿Qué creía yo que esperaba la gente suscribiéndose a unas publicaciones tan insípidas? ¿Era aburrido el trabajo? ¿Me ocurrió alguna vez algo raro mientras merodeaba por aquellos parajes urbanos totalmente desconocidos para mí? ¿Cuántos equipos como el del señor McElroy actuaban en Nueva Jersey? ¿Cómo se podía permitir la compañía pagarme tres dólares por cada suscripción que conseguía? ¿Había yo estado alguna vez en Hackensack? ¿Qué tal era?

Resultaba difícil concebir que algo que yo hacía sólo para atender a mi subsistencia, hasta hallarme en condiciones de vivir como él, pudiera interesarle tanto a E. I. Lonoff. Era un hombre muy cortés, evidentemente, y estaba haciendo todo lo posible por que me sintiera a gusto, pero yo seguía pensando, mientras respondía a su detenido examen, que no pasaría mucho tiempo —antes de la cena, en concreto— sin que el hombre encontrara una excusa para librarse de mí.

—Me encantaría saber tanto como usted sobre la venta de revistas —dijo.

Para que se diese cuenta de que no me importaba nada que me tratase con condescendencia y que lo comprendería perfectamente si me invitaba a coger la puerta, me puse colorado.

—Me gustaría saber tanto sobre algo, lo que fuera. Llevo cuarenta años escribiendo fantasías. Nunca me sucede nada.

Fue en este punto cuando apareció ante mis ojos la asombrosa mujerniña: precisamente cuando él acababa de emitir, en casi imperceptibles tonos de disgusto de sí mismo, ese increíble lamento, y yo estaba tratando de asimilarlo. ¿Nunca le sucedía nada? ¡Le había sucedido el genio, le había sucedido el arte! ¡Era un visionario!

La mujer de Lonoff —una señora de pelo blanco que, tras darme acceso a la casa, se había retirado instantáneamente— acababa ahora de abrir la puerta del estudio, situada frente por frente de la chimenea, al otro lado del salón, y allí estaba ella: cabello profuso y oscuro, ojos pálidos —grises o verdes— y una frente alta, prominente y ovalada, parecida a la de Shakespeare; sentada en la alfombra, rodeada de papeles y carpetas, envuelta en una falda «New Look» de tweed —ya muy vieja y muy pasada de moda en Manhattan, por aquel entonces— y un jersey ancho, desceñido, de lana blanca; tenía las piernas recatadamente recogidas bajo el vuelo de la falda y la mirada fija en algo claramente situado en alguna otra parte. ¿Dónde había yo visto antes esa belleza severa y oscura? ¿Dónde, sino en un retrato de Velázquez? Recordé aquella foto de Lonoff de 1927 —también «española», a su manera— y de inmediato di por supuesto que se trataba de su hija. De inmediato di por supuesto alguna cosa más. Aún no había terminado la señora Lonoff de colocar la bandeja en la alfombra, junto a ella, cuando ya me vi casado con la infanta y viviendo en una casita de nuestra propiedad, no muy lejos de allí. Sólo que ¿cuántos años tenía, para que su mamaíta aún le trajese unas galletas mientras hacía los deberes en el suelo de papá? Con aquel rostro, cuyos marcados huesos me daban la impresión de haber sido colocados en su sitio por un escultor algo menos cándido que la naturaleza, con aquel rostro no podía tener menos de doce años. Esperaría por ella, no obstante, si hacía falta. Esta idea me resultó aún más atrayente que la perspectiva del matrimonio, en este mismo salón, la primavera próxima. Era una prueba de fortaleza de carácter, me dije. Pero ¿qué pensaría su famoso padre? Ante él, por descontado, no sería necesario invocar el sólido precedente del Viejo Testamento para aguardar siete años antes de convertir a la señorita Lonoff en mi esposa; aunque, también, ¿qué tal se lo tomaría, cuando me viera merodear en coche por los alrededores del instituto de su hija?

Entretanto, él me decía:

—Cojo frases y les doy vueltas. Eso es mi vida. Escribo una frase y le doy una vuelta. Luego la miro y le doy otra vuelta. Luego como algo. Luego vuelvo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy una vuelta a la nueva frase. Luego vuelvo a leer ambas frases y sigo dándoles vueltas. Luego me echo en el sofá y pienso un poco. Luego me levanto, lo tiro todo a la papelera y empiezo desde el principio. Y si me desentiendo de esa rutina durante más de veinticuatro horas, me pongo frenético de aburrimiento, por la sensación de estar desperdiciando el tiempo. Los domingos desayuno tarde y leo los periódicos con Hope. Luego salimos al monte, a dar un paseo, y no se me quita de la cabeza la sensación de estar perdiendo un tiempo precioso. Los domingos, cuando me despierto, la perspectiva de no poder utilizar las próximas horas me sitúa al borde de la locura. Me entra una desazón tremenda, me pongo de mal humor, pero también Hope es humana, comprende usted, y me avengo. Para evitar problemas, me obliga a dejar el reloj en casa. Y me paso el rato mirándome la muñeca. Vamos andando, ella habla, de pronto me miro la muñeca —y ahí se acabó todo, si no se ha acabado antes por culpa del humor de perros que llevo. Ella arroja la toalla y nos volvemos a casa. Y, una vez en casa, ¿en qué se distingue un domingo de un jueves? Tomo asiento frente a mi pequeña Olivetti y me pongo a mirar las frases y a darles vueltas. Y me pregunto: ¿cómo es que para mí no hay ningún otro modo de ocupar las horas?

Hope Lonoff ya había cerrado la puerta del estudio y reanudado sus quehaceres. Nos llegaba, a Lonoff y a mí, desde la cocina, el ruido de su Mixmaster. No se me ocurría qué decir. La existencia que acababa de describir me sonaba a paraíso; que no se le ocurriera nada mejor en que ocupar su tiempo que dar vueltas a las frases se me antojaba una bendición, y no sólo para él, sino para la literatura en general. Se me ocurrió que quizá habría debido reírme un poco ante su descripción de la jornada dominical, a pesar de la cara de palo con que me la había soltado: ¿no sería todo ello parte de alguna mordaz comedia lonoviana? Aunque, también, si la cosa iba en serio, y el hombre estaba tan deprimido como daba la impresión de estar, ¿no debería yo recordarle quién era y cuánto lo valoraba la humanidad literata? Pero ¿cómo podía él ignorarlo?

El Mixmaster daba vueltas y el fuego crepitaba y el viento soplaba y los árboles rezongaban, mientras yo, a mis veintitrés años, trataba de pensar algo que le disipase las penumbras. Su franqueza en lo tocante a su propia persona, tan poco acorde con la formalidad de su atuendo y lo rebuscado de sus modales, me tenía más desanimado que cualquier otra cosa: no era, ni mucho menos, lo que estaba acostumbrado a recibir de hombres que me doblaban en edad, por muy impregnado de sátira aplicada a sí mismo que estuviera lo que acababa de contarme sobre su persona. Especialmente si estaba impregnado de sátira aplicada a sí mismo.

—Ni se me pasaría por la cabeza seguir escribiendo después del té, si se me ocurriera algo a que poder dedicar el resto de la tarde.

Me explicó que a las tres en punto ya no tenía ni el coraje ni la decisión, ni las ganas, de seguir adelante. ¿Pero qué otra posibilidad había? Si tocara el violín o el piano, tendría alguna otra actividad seria a que dedicar su tiempo cuando no estuviera escribiendo, en vez de leer. En cuanto a escuchar música, sin más, el problema era que si se instalaba a solas con un disco, por la tarde, en seguida se encontraba dándoles vueltas a las frases en la cabeza, y acababa otra vez ante la mesa de trabajo, revisando con escepticismo el trabajo del día. Por supuesto, estaba también, para gran suerte suya, el Athene College. Habló con verdadera devoción de sus alumnas de los dos cursos que allí dictaba. La pequeña institución docente de Stockbridge le había hecho un hueco en el claustro de profesores unos veinte años antes de que el resto del mundo académico, de pronto, empezara a interesarse en él, y eso era algo que siempre agradecería. Pero, en verdad, tras tantos años de enseñar a aquellas chicas tan inteligentes y tan llenas de vida, todos, ellas y él, estaban empezando a repetirse un poco.

—¿Por qué no se toma usted un año sabático?

No fue poca emoción, tras lo que había tenido que pasar durante los quince primeros minutos, oírme aleccionar a E. I. Lonoff sobre el modo en que debía vivir.

—Ya lo hice. Fue peor. Estuvimos un año en Londres, en un piso alquilado. De modo que tenía el día entero para escribir. Y Hope sintiéndose fatal porque yo no paraba un rato y salía con ella a mirar edificios. No, con un sabático ya he tenido bastante. Así, hay dos tardes a la semana en que tengo que parar, sin necesidad de que nadie diga nada. Además, ir al college es la culminación de mi semana. Llevo maletín. Me pongo sombrero. Saludo a la gente en la escalera. Utilizo un retrete público. Pregúntele usted a Hope. Vuelvo a casa echando pestes por tanta agitación.

—Y… ¿No tiene usted hijos?

Sonó el teléfono en la cocina. Sin hacer caso, puso en mi conocimiento que la más joven de sus tres hijos ya hacía varios años que se había licenciado por Wellesley. Su mujer y él llevaban más de seis años viviendo solos.

De modo que la chica no era hija suya. ¿Quién era, pues, que la mujer de Lonoff le servía un piscolabis en el suelo del estudio? ¿Su concubina? Tan ridícula la palabra como la ocurrencia, pero ahí estaba, oscureciendo cualquier otra idea digna de tal nombre. Entre las recompensas que los grandes artistas suelen obtener estaba el concubinato de infantas velazqueñas, así como el respeto reverencial de los jóvenes como yo. Volví a sentirme perdido por albergar tan innobles expectativas en presencia de mi conciencia literaria —aunque ¿no era ése el tipo de expectativas innobles que alteraban a los maestros de la renuncia en tantos relatos cortos de Lonoff?—. En realidad, ¿quién sabía mejor que E. I. Lonoff que no son solamente nuestros propósitos más elevados los que nos convierten en unas criaturas conmovedoras, sino también nuestras humildes necesidades y nuestras ansias? Así y todo, pensé que más me valdría no expresar, por el momento, esas humildes necesidades y esas ansias mías.

Se abrió una rendija en la puerta de la cocina y su mujer dijo con suavidad:

—Para ti.

—¿Quién es? ¿No será el genio otra vez?

—No le habría dicho que estás.

—Tienes que aprender a decirle que no a la gente. La gente así llama cincuenta veces al día. Les viene la inspiración y se abalanzan al teléfono.

—No es él.

—Tiene la perfecta opinión equivocada sobre todo lo que va surgiendo. Una cabeza repleta de ideas, todas ellas idiotas. ¿Por qué tiene que darme golpecitos mientras habla? ¿Por qué tiene que entenderlo todo? Deja de organizarme encuentros con intelectuales. Yo no soy capaz de pensar tan de prisa.

—He dicho que lo sentía. Y no es él.

—¿Quién es?

—Willis.

—Estoy hablando con Nathan, Hope.

—Lo siento. Le diré que estás trabajando.

—No pongas el trabajo como excusa. No lo acepto.

—Puedo decirle que tienes visita.

—Por favor —dije yo, queriendo indicar que yo no era nadie, ni siquiera una visita.

—Tanto asombrarse —le dijo Lonoff a su mujer—. Siempre con una enorme emoción a cuestas. Siempre al borde de las lágrimas. ¿De qué se compadece tanto todo el tiempo?

—De ti —dijo ella.

—¡Tantísima sensibilidad! ¿Para qué quiere nadie ser tan sensible?

—Te admira —dijo ella.

Abrochándose la chaqueta, Lonoff se levantó del sillón para atender la llamada.

—O son los inocentes profesionales —me explicó—, o son los pensadores profundos.

Yo le brindé mi comprensión con un encogimiento de hombros, no sin preguntarme, claro está, si mi carta no me incluiría en ambos apartados a la vez. Luego volví a hacerme preguntas sobre la chica de la puerta del estudio. ¿Vivía en el college? ¿Estaba aquí con los Lonoff, procedente de España, de visita? ¿Saldría alguna vez del estudio? O, si no, ¿cómo podría entrar yo? ¿Cómo lograría componérmelas para verla a solas?

Tengo que verte otra vez.

Abrí una revista que me ayudara a dispersar tan insidiosas ensoñaciones, y me puse a esperar con la sensatez de un verdadero hombre de letras. Hojeando la publicación, llegué a un artículo sobre la situación política argelina y otro sobre la industria televisiva, ambos abundantemente subrayados. Leídos en sucesión, los subrayados constituían un perfecto resumen de cada trabajo y habrían servido para que cualquier estudiante preparara un excelente informe para su clase de historia actual.

Cuando —habiendo transcurrido menos de un minuto— Lonoff surgió de la cocina, inmediatamente se puso a darme explicaciones sobre el Harper’s que yo tenía en la mano.

—Se me extravía la cabeza —me dijo, más bien como si yo hubiera sido algún médico que estuviera allí visitándolo, haciéndole preguntas sobre sus extraños y alarmantes síntomas—. Al final de la página trato de resumirme lo que acabo de leer, y tengo la mente en blanco, como si hubiera estado ahí sin hacer nada, sentado en mi sillón. Ni que decir tiene que siempre he leído los libros con una pluma en la mano, pero ahora resulta que no, que ni siquiera leyendo revistas, que mi atención no está en lo que tengo delante de los ojos.

Ahí estaba ella otra vez. Lo que a distancia me había parecido belleza, pura y severa y simple, resultaba más desconcertante desde cerca. Cuando cruzó el vestíbulo, camino del salón —para hacer su entrada en el preciso momento en que Lonoff daba por concluida su inquietante descripción del mal que lo afligía durante la lectura de revistas—, observé que la asombrosa cabeza estaba hecha a escala mucho mayor y más ambiciosa que el torso. El abultado jersey y las varias arrobas de falda de tweed contribuían en mucho, claro está, a ocultar lo poquita cosa que era, pero sobre todo era la tragedia de aquel rostro, combinada con la suavidad y la inteligencia de los grandes ojos pálidos, lo que convertía todos los demás atributos (menos el pelo espeso y rizado) en algo borroso e intranscendente. Fuerza será reconocer que la rica tranquilidad de sus ojos podría haber bastado para encogerme de timidez, pero el hecho de que no pudiera devolverle la mirada directamente también tuvo algo que ver con la inarmónica relación entre su cuerpo y su cabeza, que, según yo la interpretaba, tenía que deberse a alguna temprana desgracia, a algo vital que había perdido, a algún derrumbamiento, tras los cuales, como compensación, se habría producido el enorme exceso. Pensé en un pollito que sólo conseguía asomar la cabeza y el pico por el caparazón que lo envolvía. Pensé en los macrocefálicos monumentos de la isla de Pascua. Pensé en los febriles enfermos de las galerías de los sanatorios suizos, embebiéndose en el aire de la montaña mágica. Pero no exageremos el patetismo y originalidad de mis impresiones, sobre todo porque muy pronto quedaron subsumidas en mi nada original e irreprimible preocupación: más que en ninguna otra cosa, en lo que pensé fue en el triunfo que representaría poder besar aquel rostro, en la emoción de que me devolviera el beso.

—Hecho —le comunicó a Lonoff—, por ahora.

La mirada de añorante solicitud que vi en los ojos de él me llevó a pensar que la chica pudiera no ser su hija, sino su nieta. De pronto daba la impresión de haberse trocado en el más disponible de los hombres, libre de toda preocupación y todo lastre. Pensé —en mi empeño por explicarme algo raro que seguía percibiendo en ella y que no lograba identificar— que podía ser hija de una hija de Lonoff, fallecida.

—Le presento al señor Zuckerman, el cuentista —dijo, en tono de suave burla, ahora como si hubiese sido mi abuelo—. Te pasé sus obras reunidas para que las leyeras.

Me puse en pie y le estreché la mano.

—La señorita Bellette estudió aquí durante cierto tiempo. Ahora está pasando unos días con nosotros, y se ha impuesto la tarea de empezar a implantar un poco de orden en mis manuscritos. Hay una moción en marcha para convencerme de que deposite en la Universidad de Harvard las hojas de papel en que doy vueltas a las frases. Amy trabaja en la biblioteca de Harvard. La biblioteca de Athene acaba de hacerle una oferta excepcional, pero ella, según nos dice, se considera totalmente vinculada a su vida en Cambridge. Entretanto, y no sin astucia, está intentando aprovechar su visita para convencerme…

—No, no, no —dijo ella, categóricamente—. Si es así como lo ves, mi causa está perdida.

Como si no le bastara con el encanto visible que tenía, un leve acento extranjero añadía tonos melódicos a su modo de hablar.

—El maestro —prosiguió, dirigiéndose a mí— es, por temperamento, antisugestionable.

—Y anti eso también —rezongó él, haciendo así constar un suave rechazo de la jerga psicológica.

—Acabo de encontrar veintisiete borradores de un solo relato —me dijo ella.

—¿De cuál? —pregunté yo, interesadísimo.

—«La vida es un fastidio».

—Tantos intentos —dijo Lonoff— para al final hacerlo mal.

—Tendrían que erigir un monumento a su paciencia —le dijo ella.

Él se señaló con un vago gesto el creciente de grosura que tensaba los botones de su chaqueta:

—Ya lo han hecho.

—En clase —siguió ella—, solía decirnos a los estudiantes de escritura literaria: «No hay vida sin paciencia.» Ninguna de nosotras entendía de qué estaba hablando.

—Tú sí lo entendías. Tú tenías que entenderlo. Fue algo que aprendí mirándote a ti, mi querida señorita.

—Pero si yo soy incapaz de esperar —dijo ella.

—Pero lo haces.

—Reventando de frustración, todo el tiempo.

—Si no reventaras de frustración —puso el profesor en su conocimiento—, no te haría ninguna falta la paciencia.

Frente al armario del vestíbulo, se quitó las zapatillas que llevaba puestas al entrar en el salón y se puso unos calcetines de lana blancos y un par de botas de nieve rojas. Luego descolgó de su percha un chaquetón con capucha, de una de cuyas mangas extrajo un gorro de lana blanca rematado en una borla de tallo largo, muy esponjosa, también blanca. Hacía muy pocos segundos que la había visto departir con toda naturalidad con el escritor famoso —sintiéndome yo también invitado a formar parte del círculo privado, a causa del modo tan natural y tan confianzudo en que lo trataba—, de manera que me sorprendió aquel gorrito infantil. Ahora que se había puesto el chaquetón y el gorro, iba vestida como una niña pequeña. Me dejaba desconcertado que se comportase con tanta madurez y, al mismo tiempo, se vistiera de un modo tan infantil.

Codo a codo con Lonoff, permanecía en el umbral de la puerta, diciéndole adiós. Ya eran dos las personas que me suscitaban respeto reverencial en esta casa.

Aún había más viento que nieve, pero en el huerto de Lonoff apenas si quedaba luz, y el sonido de lo que se nos venía encima resultaba amedrentador. Dos docenas de viejos manzanos silvestres se alzaban, a guisa de primera barrera, entre el inhóspito camino sin asfaltar y la casa de campo. A continuación venía una espesa formación de rododendros, luego un ancho muro de piedra, carcomido por el centro, como una muela cariada, luego unos quince metros de césped con incrustaciones de nieve y, finalmente, ya cerca de la casa, protegiendo con sus ramas el suelo de guijarros, tres arces que, a juzgar por su tamaño, bien podían ser tan viejos como Nueva Inglaterra. Por su parte trasera, la casa daba a campo abierto, que la nieve cubría desde las primeras ventiscas de diciembre. A partir de ahí se iniciaba la impresionante elevación de los montes boscosos, una sucesión de árboles que se iban acumulando en tramos ascendentes. Pensé que incluso el más feroz de los hunos habría tenido que invertir casi todo el invierno para atravesar las cascadas heladas y los bosques azotados por el viento de aquellas montañas, y luego alcanzar la linde abierta de los henares de Lonoff, penetrar por la puerta trasera de la casa, echar abajo la del estudio y, blandiendo por encima de la pequeña Olivetti una maza de pinchos, vociferarle al escritor, ocupado en copiar a máquina el vigésimo séptimo borrador: «¡Tienes que cambiar de vida!» Y puede que hasta el mismísimo huno feroz se descorazonase y diera media vuelta para volver al seno de su bárbara familia, según se fuera aproximando a aquellas montañas negras de Massachusetts, en una noche como ésta, ya cerca de la hora del cóctel y con una tormenta de nieve, otra más, llegando directamente desde la Última Thule. No, Lonoff no tenía por qué preocuparse, al menos por el momento, del mundo exterior.

Seguimos en el umbral, mirando, hasta que Lonoff vio que ya tenía despejados de nieve tanto el parabrisas como el cristal trasero. La nieve empezaba a adherirse al cristal helado.

—¡Ve con mucho cuidado! —le gritó.

Para meterse en el diminuto Renault verde la chica tuvo que recogerse un buen puñado de falda. Por encima de las botas de nieve pude ver dos dedos de carne, y rápidamente aparté la mirada, no fuesen a descubrirme.

—¡Sí, mucho cuidado! —la aleccioné yo también, al modo y manera del señor Zuckerman, cuentista—. Está muy resbaladizo y se engaña uno.

—Posee una prosa excepcional —me dijo Lonoff cuando ya estábamos otra vez en el interior de la casa—. La mejor entre todas las alumnas que he tenido. Una claridad maravillosa. Una tensión humorística maravillosa. Tremendamente inteligente. En sus relatos sobre el college, captaba el ambiente en una sola frase. Se apodera de todo lo que ve. Y toca estupendamente el piano. Tiene muchísimo encanto interpretando a Chopin. Solía practicar en el piano de nuestra hija, la primera vez que vino a Athene. Yo me pasaba el día deseando que llegase el momento, ya al final de la tarde.

—Parece una gran chica, sí —dije, reflexivamente—. ¿De qué origen es?

—Nos llegó de Inglaterra.

—Pero, y ¿ese acento?

—Eso —concedió él— le viene del país del Encanto.

—Estoy de acuerdo —me atreví a decir; y pensé: Ya está bien de timidez, pues; ya está bien de incertidumbre adolescente y de deferencia enmudecedora. Estoy, a fin de cuentas, con el autor de La vida es un fastidio: si él no se sabe la canción, ¿quién va a sabérsela?

De pie junto al fuego, ambos, entrando en calor. Me volví hacia Lonoff y le dije:

—Creo que a mí se me iría la cabeza si tuviera que enseñar en un sitio con unas alumnas tan guapas y tan llenas de talento y tan encantadoras.

A lo cual él respondió, rotundamente:

—Pues entonces no se le ocurra hacerlo.

Una sorpresa —sí, otra— me aguardaba cuando nos sentamos a cenar. Lonoff descorchó una botella de Chianti que nos había estado aguardando sobre la mesa y propuso un brindis. Indicándole a su mujer que levantara su copa con la de él, dijo:

—Por un magnífico nuevo escritor.

Bueno, eso sí que me disparó. Excitado, me puse a hablar de mi mes en Quahsay, de lo mucho que me complacían la serenidad y la belleza del lugar, de cómo me encantaba caminar por los senderos paisajísticos, al final de la jornada, y leer en mi habitación, de noche —releer a Lonoff, últimamente, pero ese detalle me lo reservé—. De su brindis se desprendía con toda claridad que no era tanto como yo temía el prestigio que había perdido confesando mi debilidad antes las universitarias guapas y listas, y no deseaba agravar la ofensa incurriendo en la adulación. Bien recordaba que a Willis, halagador, extremadamente sensible, acababan de serle concedidos menos de sesenta segundos al teléfono.

Les hablé a los Lonoff del gozo de despertarse todas las mañanas sabiendo que tiene uno por delante tantas horas vacías, para llenarlas sólo de trabajo. Nunca en mis tiempos de estudiante, de servicio militar o de vendedor puerta a puerta, dispuse de porciones regulares de tiempo ininterrumpido que dedicar a la escritura, y tampoco había vivido antes en el retiro y la calma, ni con mis pocas necesidades básicas tan discretamente satisfechas como las satisfacían los encargados del hospedaje en Quahsay. Todo ello se me antojaba un milagro, un regalo maravilloso. Unas noches antes, tras un largo día de ventisca, acompañé después de cenar al guardés de la Colonia, en la máquina quitanieves, a despejar los caminos que serpenteaban a lo largo de muchas millas por los bosques de Quahsay. Describí a los Lonoff la emoción que me produjo ver amontonarse la nieve ante los faros de la máquina, para luego caer hacia los lados, al bosque; la tarascada del frío y los chasquidos que producían las cadenas de las ruedas se me antojaron lo máximo a que podía aspirar tras un largo día frente a mi Olivetti. Di por supuesto que estaba manifestando cierta inocencia profesional, a mi pesar, pero, así y todo, no dejaba de hablar de mis horas en la máquina quitanieves tras mis horas a la mesa de trabajo: no era sólo que pretendiese convencer a Lonoff de lo puro e incorruptible de mi espíritu. El problema estaba en que pretendía creérmelo yo. El problema estaba en que deseaba ser totalmente digno de aquel emocionante brindis.

—Podría vivir así para siempre —les comuniqué.

—No lo intente —dijo él—. Si su vida consiste en leer y escribir y mirar la nieve, acabará usted como yo: treinta años de fantasía.

Lonoff consiguió que la palabra «fantasía» sonase a marca de cereales.

En este punto, por primera vez, habló su mujer (aunque, dada la modestia de su expresión, mejor diríamos que casi habló). Era una mujer de talla reducida, con unos ojos grises muy agradables, el pelo blanco y suave y una multitud de finas arrugas surcándole el pálido cutis. Podría muy bien haber sido, como decían los literatos graciosos, «la heredera yanqui de alta cuna» propiedad de Lonoff —incluso un excelente ejemplar de la especie en su versión más casta, virginal y pudorosa—, pero lo que de verdad parecía era una sobreviviente de la frontera, la mujer de algún granjero de Nueva Inglaterra que muchos años atrás se hubiera internado en aquellas montañas en busca de una nueva vida en el Oeste. A mis ojos, el rostro arrugado y sus modales timoratos e imprecisos levantaban acta de una extenuante historia de partos y huidas de los indios, de hambre y fiebres y austeridades de caravana hacia el Oeste: no me parecía posible que tuviera ese aspecto tan agotado por haber vivido junto a E. I. Lonoff durante treinta años, mientras él escribía sus relatos. Más tarde averiguaría que, quitados dos trimestres en una escuela de bellas artes de Boston y unos meses en Nueva York —y el año que se pasó en Londres tratando de que Lonoff visitara la abadía de Westminster—, Hope no se había aventurado más lejos de lo que se aventuraron los abogados y clérigos que tuvo por antepasados y cuya herencia, a estas alturas, no ascendía a nada más tangible que uno de los «mejores» apellidos de los Berkshires, y la casa que en él iba incluida.

Conoció a Lonoff cuando éste, a los diecisiete años, trabajaba en una granja avícola de Lenox. Él se había criado en las cercanías de Boston, pero había vivido en Rusia hasta los cinco años. Tras haber estado a punto de morir su padre, joyero, como consecuencia de las heridas que le infligieron en el pogromo de Zhitomir, los padres de Lonoff emigraron a la primitiva Palestina. Una vez allí, el tifus se los llevó a ambos, y de su hijo tuvieron que ocuparse unos amigos de la familia, en un asentamiento agrario judío. A los siete años, lo metieron en un barco, en Jaffa, y lo enviaron a vivir con unos familiares de su padre, bastante ricos, instalados en Brookline, Massachusetts. A los diecisiete optó por lanzarse al vagabundeo, en vez de estudiar a costa de sus familiares. Y luego, a los veinte, escogió a Hope: el Rodolfo Valentino de Levante, sin raíces, toma por compañera a una joven provinciana y culta, destinada, por educación y por temperamento, a disfrutar de las cosas más agradables de la vida, y también a permanecer en un sitio fijo, con viejas sepulturas de granito, placas de congregaciones religiosas y un largo camino montañoso que llevara el nombre de Whittlesey: alguien de alguna parte, de un sitio concreto, con el bien que de ello había de resultarle a Lonoff.

A pesar de todo lo que confería a Hope Lonoff el sumiso aspecto de una geisha entrada en años, cuando osaba hablar o moverse, aún esperaba yo que sus palabras consistieran en recordarle que su vida había consistido en algo más que leer y escribir y mirar la nieve: también estuvieron ella y los hijos. Pero no hubo ni conato de reprimenda en su voz, carente de todo desafío, cuando le dijo:

—No debes expresar una opinión tan mala de tus logros. No viene a cuento.

Y, con aumentada delicadeza, añadió:

—Además no es cierto.

Lonoff alzó el mentón.

—No estaba valorando mis logros. No tengo mi trabajo en demasiado buena ni en demasiado mala opinión. Creo que conozco con exactitud en qué estriban mi valor y mi originalidad. Sé hasta dónde puedo llegar sin convertir en algo irrisorio lo que todos amamos. Me he limitado a sugerir, a conjeturar lo expresaría más exactamente, que a un escritor como Nathan le vendría mejor una vida personal sin disciplina, en vez de andar por los bosques espantando a los ciervos. Su obra posee turbulencia, y eso hay que alimentarlo, no precisamente en los bosques. Lo único que trataba de decirle era que no debería reprimir lo que claramente es un talento en él.

—Lo siento —contestó su mujer—. No entendí bien. Creí que estabas expresando disgusto ante tu propia obra.*

—Sí que expresaba disgusto —dijo Lonoff, empleando el mismo tono profesoral que antes había adoptado con Amy, al tratar el tema de su paciencia, y conmigo, al referirse a sus lecturas ligeras—, pero no ante mi obra. Expresaba disgusto ante el alcance de mi imaginación.

Con una sonrisa de modestia, calculada para expiar su audacia en el mismo momento, Hope dijo:

—¿Tu imaginación o tu experiencia?

—Hace ya mucho que renuncié a hacerme ilusiones en lo tocante a mí mismo y mi experiencia.

Ella hizo como que retiraba las migas de alrededor de la tabla del pan —eso, y ninguna otra cosa—, mientras con una insistencia imprevista y en cierto modo inexplicable, con suavidad, confesaba:

—Nunca sé muy bien qué significa eso.

—Significa que sé quien soy. Sé qué clase de hombre soy, qué clase de escritor soy. Poseo mi propia modalidad de coraje; y, por favor, vamos a dejarlo.

Ella decidió dejarlo. Yo me acordé de la comida que tenía en el plato y me puse a comer otra vez.

—¿Tiene usted novia? —me preguntó Lonoff.

Yo expliqué la situación, hasta donde me pareció oportuno hacerlo.

Betsy había descubierto lo de esa chica y yo —una chica que era amiga suya desde la escuela de ballet—. Nos besamos por culpa de un vaso de Gallo, en la cocina; ella, jugueteando, me enseñó la punta de la lengua manchada de vino, y yo, siempre tan lanzado, la levanté de la silla y la bajé hasta al suelo, al pie del fregadero. Ocurrió una noche: Betsy bailaba en el City Center y su amiga pasó por casa a recoger un disco e investigar a fondo el flirteo que habíamos iniciado unos meses antes, mientras Betsy andaba de gira con su compañía. Yo, de rodillas, trataba de desembarazarla de la ropa; ella, sin resistirse aparatosamente, también de rodillas, me dijo que cómo podía ser tan hijoputa como para hacerle eso a Betsy. Me abstuve de sugerirle que quizá ella no fuera tan honorable, tampoco; intercambiar insultos en pleno celo no es lo que yo entiendo por afrodisíaco, y me recelaba una catástrofe si me ponía a ello con demasiado entusiasmo. De modo que, cargando yo solo con el peso de la doble perfidia, le clavé la pelvis contra el linóleo de la cocina, mientras sus labios, húmedos y sonrientes, seguían pasando revista a los defectos de mi carácter. Estaba entonces en un momento de mi desarrollo sexual en que nada me excitaba más que holgar en el suelo.

Betsy era una chica muy romántica y muy excitable, a quien el mero estampido de un tubo de escape podía provocar un ataque de nervios; de modo que, unos días más tarde, cuando su amiga la llamó por teléfono y le dio a entender que yo no era digno de confianza, le faltó poco para derrumbarse por completo. Para colmo, estaba pasando una mala racha. Una vez más, sería una de sus rivales quien bailaría el cisne recién nacido en El lago de los cisnes, y ya habían pasado cuatro años desde que, a sus diecisiete, la contratara Balanchine en calidad de gran promesa, y el caso era que aún no había logrado salir del cuerpo de baile, suponiendo que alguna vez fuera a lograrlo. ¡Con el empeño que ponía en ser la mejor! Su arte lo era todo para ella, actitud que para mí no resultaba menos cautivadora que sus grandes y muy pintados ojos de gitana y su pequeño y nada pintado rostro de simia, junto con los elegantes y encantadores tableaux que componía, incluso en momentos tan poco prometedores, en lo estético, como el de levantarse medio dormida, en mitad de la noche, y echar una solitaria meada en mi cuarto de baño. Cuando nos presentaron, en Nueva York, yo lo ignoraba todo del ballet y jamás había visto un auténtico bailarín en escena, y menos aún fuera de ella. Un amigo mío del servicio militar, que de pequeño había vivido en la casa contigua a la de Betsy, en Riverdale, consiguió unas entradas para una fantasía de Chaikovski y luego se las apañó para que una de las chicas que actuaban en la función viniese a tomar un café con nosotros aquella tarde, a la vuelta de la esquina del City Center. Recién salida del ensayo y encantadoramente henchida de sí misma, Betsy nos entretuvo contándonos los horrores de una vocación que llevaba al sacrificio de la propia persona —según sus palabras, algo entre dedicarse al boxeo y meterse a monja—. ¡Y cuántas preocupaciones! Había empezado a estudiar a los ocho años y desde entonces no había dejado un momento de preocuparse, por su altura y por su peso y por sus orejas y por sus rivales y por las lesiones y por sus posibilidades. En aquel momento, se hallaba sumida en el terror absoluto, ante el estreno de aquella noche. Yo, la verdad, no veía motivo alguno para que se angustiase por nada (y menos que nada, por sus orejas), hasta tal punto me tenían extasiado su dedicación y su encanto. Ya en el teatro, desgraciadamente no logré recordar —una vez comenzada la música, con decenas de bailarines desplazándose por el escenario— si nos había dicho que era una de las chicas de azul lavanda con una flor rosa en el pelo, o una de las chicas de rosa con una flor azul lavanda en el pelo, de modo que me pasé la mayor parte de la velada tratando de encontrarla. Cada vez que pensaba que unas piernas y brazos pertenecían a Betsy, me excitaba tanto que me venían deseos de ovacionarla; pero entonces llegaba a todo correr, desde el otro extremo del escenario, una nueva formación de diez bailarinas, y me hacía pensar: no, no, es ésa.

—Estuviste espléndida —le dije, luego.

—¿Sí? ¿Te gustó mi pequeño solo? Bueno, en realidad no es un solo, no pasa de quince segundos. Pero a mí me parece de lo más maravilloso.

—Lo encontré fantástico —dije yo—. Me parecieron mucho más de quince segundos.

Un año después, nuestra alianza artística y amatoria llegó a su fin cuando le confesé que la amiga mutua no había sido la primera chica a quien había arrastrado al suelo de la cocina mientras ella se desfogaba bailando y a mí me quedaba libre un montón de horas nocturnas sin nada que hacer ni nadie que me detuviese. Llevaba cierto tiempo dedicándome a ello y reconocía que aquél no era modo de portarme con ella. Ni que decir tiene que tan descarada franqueza produjo unos resultados mucho más terribles que si me hubiese limitado a confesar que sí, que había seducido a la vil seductora, sin más averiguaciones: nadie me había preguntado nada sobre ninguna otra persona. Pero, ya que era una pérfida bestia, decidí que por lo menos sería sincero, como tal pérfida bestia, y fui más cruel de lo necesario y también de lo que había pretendido. En un arranque de melancolía penitente, huí de Nueva York a Quahsay, donde al final conseguí absolverme del pecado de lujuria y del delito de traición mirando desde detrás de la pala del quitanieves, mientras despejaba los caminos de la Colonia para mis solitarias y eufóricas caminatas —durante las cuales no vacilaba en abrazarme a los árboles ni en arrodillarme a besar la nieve, tan henchido estaba de sentimientos de gratitud y libertad y renovación.

De todo ello sólo conté a los Lonoff la parte encantadora de cómo nos conocimos, y también que ahora, por desgracia, mi novia y yo estábamos intentando una separación transitoria. Por lo demás, describí a Betsy con tan conyugal detalle que, por una parte, me sobrevino la descorazonadora sensación de que quizá estuviera exagerando, porque mis interlocutores eran personas que llevaban muchos años casados, pero, por otra parte, acabé asombrándome yo solo de haber sido tan idiota como para renunciar a semejante amor. De hecho, la descripción de sus invalorables cualidades me llevó al borde del luto, como si en vez de despedirme con dolor, diciéndome que la dejara y que nunca volviese, la infeliz bailarina hubiese fallecido en mis brazos, el día mismo de nuestro matrimonio.

Hope Lonoff dijo:

—Sabía que era bailarina, por la Saturday Review.

La Saturday Review había publicado un artículo sobre jóvenes escritores norteamericanos desconocidos, con fotos y esbozos biográficos de los «Doce escritores que seguir de cerca», seleccionados por los directores de las principales revistas literarias. A mí me sacaron jugando con Nijinsky, nuestro gato. Le conté al entrevistador que mi «amiga» estaba en el New York City Ballet; y, cuando me pidió que enumerara mis tres escritores vivos más admirados, mencioné en primer lugar a Lonoff.

Ahora, me molestó la idea de que aquello tenía que haber sido lo primero que Lonoff supo de mí —aun reconociendo que, mientras intentaba contestar las imposibles preguntas de la entrevista mantenía la esperanza de que mis comentarios pudieran llamar la atención del maestro—. La mañana en que la revista llegó a los quioscos debí de leer el fragmento sobre «N. Zuckerman» unas cincuenta veces seguidas. Traté de cumplir con mi propia norma de pasar seis horas diarias delante de la máquina de escribir, pero no me salía nada, con eso de coger el artículo y mirar mi foto cada cinco minutos. No sé qué revelación esperaba encontrar —el futuro, seguramente: los títulos de mis diez primeros libros—, pero sí recuerdo haber pensado que esta fotografía de un joven escritor serio y apasionado, jugando tan tiernamente con su gato, y que, según decía el artículo, vivía en el Village, en un quinto piso sin ascensor, con una joven bailarina, bien podía inspirar en más de una mujer el deseo de ocupar el sitio de mi novia.

—Nunca habría permitido que publicaran una cosa así —dije—, si hubiera imaginado lo que resultaría. Estuvieron una hora haciéndome preguntas y luego lo que utilizaron de todo lo que dije venía a ser una cosa sin pies ni cabeza.

—No pida usted perdón —dijo Lonoff.

—No, desde luego que no —dijo su mujer, sonriéndome—. ¿Qué tiene de malo que la foto de uno salga en una revista?

—No me refiero a la foto, aunque también. No se me pasó por la cabeza que fueran a utilizar la del gato. Di por sentado que utilizarían la de la máquina de escribir. Tendría que haberlo pensado, no podían sacar a todo el mundo delante de la máquina de escribir. La chica que vino a hacer las fotos —a quien yo había intentado, sin éxito, tender en el suelo de la cocina— dijo que la foto del gato era sólo para Betsy y para mí.

—No pida usted perdón —repitió Lonoff—, si no está usted seguro de que no va a hacer lo mismo la próxima vez. De otro modo, hágalo y olvídelo. No monte un número con el asunto.

Hope dijo:

—Entiéndalo bien, lo único que mi marido le está diciendo es que lo comprende, Nathan. Lo tiene a usted en la más alta consideración. Aquí no entra ninguna visita que Manny no respete. De ningún modo tolera a la gente sin sustancia.

—Ya basta —dijo Lonoff.

—Es que no quiero que Nathan te eche en cara un sentimiento de superioridad que en modo alguno tienes.

—Mi mujer habría sido mucho más feliz con un compañero menos exigente.

—Pero si tú ya eres menos exigente —dijo ella—, con todo el mundo, menos contigo mismo. Nathan, no tiene usted por qué defenderse. ¿Qué hay de malo en que disfrute de su primer trocito de reconocimiento? ¿Quién va a merecerlo más que un joven con talento, como usted? Piense en toda esa gente de talento que nos proponen a diario, para que los estimemos: actores cinematográficos, políticos, deportistas. Que sea usted escritor no quiere decir que esté obligado a negarse el placer humano, común y corriente, de verse alabado y aplaudido.

—Los placeres humanos comunes y corrientes no tienen nada que ver con el asunto. Que se vayan al diablo los placeres humanos. Este joven lo que quiere es ser un artista.

—Cariño —contestó ella—, lo que dices tiene que sonarle tan… rígido a Nathan. Y tú no eres así, en modo alguno. Tú eres el hombre más indulgente y comprensivo y modesto que conozco. Demasiado modesto.

—Vamos a dejar de lado cómo suene o deje de sonar lo que digo y pasemos al postre.

—Es que eres una buenísima persona. Lo es, Nathan. Ha conocido usted a Amy, ¿verdad?

—¿La señorita Bellette?

—No sabe usted todo lo que ha hecho por ella. La chica le escribió una carta cuando tenía dieciséis años. Se la dirigió a la editorial. Una carta encantadora, llena de vida… Y tan atrevida, con tanto desparpajo… Le contaba su historia, y él, en lugar de olvidarse del asunto, le contestó. Siempre le contesta a la gente… Incluso a los más tontos, aunque sólo sea una notita amable.

—¿Cuál era su historia? —pregunté.

—Desplazada —dijo Lonoff—. Refugiada.

Con eso parecía bastarle, pero no a esa mujer suya de caravana hacia el Oeste, que ahora me estaba sorprendiendo por su modo de presionar. ¿Se le habría subido a la cabeza el poco vino que había tomado? ¿O había algo que le hacía hervir la sangre?

—Ella misma se describía como una chica de dieciséis años muy inteligente, encantadora y creativa, que vivía con una familia de Bristol, Inglaterra, ni muy inteligente, ni encantadora, ni creativa. Aportaba incluso, como dato, su cociente intelectual —dijo Hope—. No, no, eso fue en la segunda carta. Como fuera: el caso es que quería volver a empezar en la vida y pensaba que el hombre cuyo maravilloso relato acababa de leer en la antología de su colegio…

—No era una antología, pero da igual.

Hope intentó suerte con una sonrisa de modestia, pero le salió con un voltaje francamente apagado.

—Puedo hablar de este asunto sin ayuda de nadie, me parece a mí. Me estoy limitando a relatar los hechos, con toda la calma, si no me equivoco. Que el relato viniera en una revista, y no en una antología, no quiere decir que haya perdido el control de mí misma. Además, el tema no es Amy, desde ningún punto de vista. El tema es tu extraordinaria bondad, tu extraordinaria caridad. El interés que pones en los necesitados… En todo, menos en tu yo y sus necesidades.

—Sólo que mi «yo», como tanto te gusta llamarlo, da la casualidad de que no existe, en el sentido familiar de la palabra. De modo que puedes dejar de derramarle alabanzas encima. Y de preocuparte por sus «necesidades».

—Tu yo sí existe. Tiene perfecto derecho a existir… y también en el sentido familiar de la palabra.

—Ya basta —volvió a sugerir Lonoff.

Sobre ello, Hope se levantó de la mesa para retirar los platos y traer el postre, y una copa de vino fue de pronto a estrellarse contra la pared.

—¡Échame! —gritó—. ¡Quiero que me eches! ¡No me digas que no puedes, porque tienes que hacerlo! ¡Quiero que lo hagas! Échame en cuanto termine con los platos, esta misma noche. Te lo ruego. Prefiero vivir y morir sola, prefiero eso a tener que soportar un segundo más de esta valentía tuya. ¡No soporto más fibra moral frente a las desilusiones de la vida! ¡Ni tuya ni mía! No puedo seguir soportando a un marido digno y leal a quien ya no le queda ninguna ilusión. Ni un segundo más.

A mí, por supuesto, el corazón se me estaba saliendo del pecho, pero no enteramente porque el sonido de una copa estrellándose contra la pared y la visión de una mujer desengañada, llorando con toda la pena del mundo, me resultaran algo nuevo. Eran recuerdos de hacía un mes, aproximadamente. Durante la última mañana que pasamos juntos, Betsy había roto todos los platos de la bonita vajilla de Bloomingdale que poseíamos en común, y luego, en vista de que yo no me decidía a abandonar mi casa sin dejar clara mi posición, la emprendió con la cristalería. El odio a mí que había desatado en ella al contarle toda la verdad me tenía especialmente confuso. Ojalá hubiera mentido, pensé, ojalá le hubiera dicho que esa amiga suya que le había sugerido que no se fiara de mí era una asquerosa liante, que envidiaba el éxito de Betsy y a quien, además, le faltaba un tornillo. Nada de esto estaría sucediendo. Pero es que si le hubiera mentido, ocurriría eso, que le habría mentido. Salvo por el detalle de que sí habría sido verdad, en esencia, lo que le hubiera dicho de su amiga. No lo acepté. Tampoco lo aceptó Betsy, cuando traté de tranquilizarla explicándole que yo en realidad era un tío estupendo, por la franqueza con que se lo había contado todo. De hecho, fue en ese punto cuando la emprendió con los vasos altos, un juego de seis importado de Suecia que nos compramos para sustituir las jarras de gelatina, en una excursión casi conyugal por los establecimientos Bonniers (y que nos compramos junto con un bonito cobertor escandinavo contra el cual, a su debido tiempo, intenté poner a la fotógrafa de la Saturday Review).

Hope Lonoff, ahora, volvió a dejarse caer en su silla, para mejor defender su caso ante su marido, sentado frente a ella. Tenía varias manchas en la cara, resultado de los envilecimientos a que había sometido su blanda y grasienta piel, en sucesivos ataques. El modo en que movía los dedos, frenética y agitadamente, me alarmó más, incluso, que el sufrimiento de su voz, y se me pasó por la cabeza la idea de levantarme y retirar de la mesa el tenedor de servir, antes de que se clavara las púas en el pecho, dando así libertad al «yo» de Lonoff para seguir adelante con lo que, según ella, le hacía falta. Pero como no era más que un invitado —como no era más que lo que era, en casi todos los ámbitos concebibles—, dejé la cubertería donde estaba y me preparé para lo peor.

—Quédate con ella, Manny. Si la quieres, quédate con ella —gritó—, y dejarás de sentirte tan espantosamente mal, y el mundo entero dejará de parecerte tan funesto. Ya no es alumna tuya, ya es una mujer. Tienes derecho a ella: la rescataste del olvido, ¡eso es lo único que tiene sentido! ¡Dile que acepte ese trabajo, dile que se quede! ¡Debe hacerlo! ¡Y yo me quitaré de en medio! Porque no puedo seguir haciendo de carcelero tuyo ni un momento más. Tu nobleza consiste en devorar lo último que queda. Tú eres un monumento y lo soportas y lo sigues soportando, pero yo no soy nada, cariño, y no puedo. ¡Échame! Ahora mismo, ya, por favor, antes de que tu sabiduría y tu bondad nos maten a los dos.

Lonoff y yo estábamos en el salón, charlando, después de cenar, bebiéndonos ambos, a sorbitos admirablemente parcos, la pizca de coñac que había él repartido entre dos grandes copas. Hasta aquella noche sólo había probado el coñac como remedio provisional contra el dolor de muelas: me ponían un trozo de algodón embebido en coñac contra la parte dolorida de la encía, en espera de que mis padres pudieran llevarme al dentista. Acepté la invitación de Lonoff, sin embargo, como si formara parte de mis más antiguas costumbres de después de cenar. La comedia se adensó cuando mi anfitrión, otro gran bebedor, fue a buscar las copas adecuadas. Tras una sistemática pesquisa, acabó encontrándolas al fondo del estante más bajo del aparador del vestíbulo.

—Nos las regalaron —explicó—. Creí que aún seguirían en la caja.

Y llevó dos de ellas a la cocina para fregarlas, porque daban la impresión de haber estado acumulando polvo desde tiempos de Napoleón, cuyo nombre se veía en la etiqueta de la botella de coñac. Ya puestos, decidió fregar las otras cuatro y esconderlas en el aparador antes de unirse de nuevo a mí en el holgorio junto a la chimenea.

No mucho más tarde —en total, quizá habrían pasado veinte minutos desde la negativa de Lonoff a su súplica de que la sustituyera por Amy Bellette—, se oyó a Hope en la cocina, fregando los platos que su marido y yo habíamos recogido, sin decir palabra, de la mesa, tras su marcha. Cabía pensar que hubiera bajado del dormitorio por alguna escalera interior, seguramente para no estorbar nuestra conversación.

Mientras lo ayudaba a levantar la mesa, estuve todo el tiempo sin saber qué hacer con las copas rotas ni con el plato de postre que sin querer había tirado al suelo la señora Lonoff, en su huida de la mesa. Mi deber de muchachita ingenua consistía claramente en ahorrar a aquel hombre tan corpulento, que además llevaba ropa de vestir, el esfuerzo de tener que agacharse —y más teniendo en cuenta que se trataba de E. I. Lonoff—; por otra parte, aún pretendía salir del paso haciendo como si nada incorrecto hubiera sucedido en mi presencia. Para mantener la pataleta en perspectiva, no era de descartar que Lonoff prefiriera dejar los trozos donde estaban, para que luego los recogiese Hope, suponiendo que no se suicidara antes en el dormitorio conyugal.

Mientras mi sentido de la sutileza moral y mi cobardía juvenil se disputaban el triunfo ante mi ingenuidad, Lonoff, gruñendo ligeramente a causa del esfuerzo, juntó los trozos de cristal en un recogedor y recuperó el plato de postre de debajo de la mesa. Se había partido limpiamente en dos, y, tras inspeccionar los bordes, el maestro comentó:

—Puede pegarlo.

Una vez en la cocina, dejó el plato que su mujer tenía que reparar en una larga repisa de madera que había junto a la ventana y donde también había unas cuantas macetas con geranios blancos y rosa. La cocina era alegre y bonita, algo más animada y más viva que el resto de la casa. Además de los geranios, que allí florecían abundantemente, incluso en invierno, había jarrones, jarras y botellitas de extrañas formas, todas ellas con carrizos y flores secas. Los aparadores de puerta acristalada estaban resplandecientes y respiraban calma hogareña: productos básicos etiquetados con irreprochables nombres de marca —suficiente atún Bumble Bee como para que una familia de esquimales sobreviviese en su iglú hasta la primavera próxima— y botes de tomate, alubias, peras, manzanas silvestres y demás, todo ello, al parecer, allí reunido por la propia Hope. Cacerolas y sartenes de resplandeciente fondo cobrizo colgaban en hileras de sus correspondientes tableros de ganchos, junto al fogón, y a lo largo de la pared, dominando la mesa de desayuno, había media docena de cuadros enmarcados en madera simple: mejor mirados, resultaron ser poemas cortos sobre la naturaleza, firmados «H. L.», reproducidos en una caligrafía delicada y con decoración de acuarelas. Todo ello, en efecto, parecía el cuartel general de una mujer que —a su manera, sin ostentación— era capaz de pegar todos los fragmentos y de hacer lo que fuese, menos encontrar el modo de hacer feliz a su marido.

Hablábamos de literatura, y yo estaba en el séptimo cielo —y también pasándolo fatal, bajo un foco de atención que me abrasaba vivo—. Todo libro que para mí era nuevo tenía él que haberlo anotado mucho antes con su pluma de lectura; y, sin embargo, su interés se centraba, firmemente, en oír mis opiniones, no en emitir las suyas. Por efecto de esta atención, yo iba amontonando observaciones precoces, para luego colgarme literalmente de cada uno de sus suspiros o gestos, tomando lo que no era sino un leve amago de dispepsia, por la digestión, por las más funestas condenas de mi gusto y de mi inteligencia. Me preocupaba estar poniendo demasiado empeño en todo ello, hasta sonarle igual que cualquiera de esos pensadores profundos que él tanto detestaba, pero no lograba detenerme, hallándome como me hallaba no sólo bajo el embrujo de aquel hombre y de sus logros literarios, sino también de la cálida chimenea, de la copa de coñac que se balanceaba en mi mano (suponiendo que el propio coñac no hubiese empezado aún a hacerme efecto) y de la nieve que caía pesadamente al otro lado de los alféizares acojinados, tan confiablemente bella y engañadora como siempre. Luego vinieron los grandes novelistas, cuyos fascinantes nombres fui salmodiando según ponía a los pies de Lonoff mis comparaciones interculturales y mis novísimos entusiasmos eclécticos: Zuckerman, con Lonoff, hablando de Kafka; no conseguía hacerme a la idea, no digamos superarla. Y estaba también su brindis de la cena. Me subía la fiebre cada vez que lo recordaba. Me juré a mí mismo que dedicaría el resto de mi existencia a merecerlo. Y ¿no era eso lo que había pretendido al hacerlo, aquel nuevo y despiadado maestro mío?

—Acabo ahora de terminar con Isaac Babel —le dije.

Permaneció impasible ante la noticia.

—Estaba pensando, más o menos por el gusto de pensar, que Babel viene a ser el eslabón perdido. Sus relatos lo relacionan a usted, si me permite hacer mención de su obra…

Cruzó ambas manos sobre el estómago y allí las dejó descansando, lo cual fue suficiente para que yo le dijera:

—Perdón, lo siento.

—Siga, siga. Mi relación con Babel. ¿De qué modo?

—Bueno, claro, «relación» no es la palabra adecuada. Tampoco «influencia». Es a un parecido familiar a lo que me refiero. Es, a mi entender, como si Babel fuera un primo suyo de América... y Felix Abravanel el otro.* Usted, por «El pecado de Jesús» y algo de Caballería roja, por la ensoñación irónica y la crónica descarada; y, claro está, por la propia escritura. ¿Ve lo que quiero decirle? Hay una frase en uno de los relatos de guerra: «Voroshilov peinó las crines de su caballo con su máuser.» Eso es precisamente lo que hace usted, un deslumbrante pequeño retrato en cada línea. Babel dijo que si alguna vez escribía su autobiografía le pondría por título Historia de un adjetivo. Bueno, pues si fuera posible imaginarlo a usted escribiendo su autobiografía, si semejante cosa fuera concebible, también podría valerle ese título. ¿No?

—¿Y Abravanel?

—Bueno, en lo tocante a Abravanel, es Benya Krik* y la mafia judía de la pequeña Odessa: el regodeo, los gángsteres, todos esos tipos gigantescos. No es que Abravanel ponga sus simpatías del lado de los brutos. Tampoco es tal el caso en Babel. Es el respeto reverencial que a uno y otro les producen, y que no pierden ni siquiera ante el horror. Unos judíos de mente profunda, a quienes todo ese crujir de huesos, tan contrario al Talmud, les hace sentir cierta nostalgia del hogar. Sensibles sabios judíos, como dice Babel, que se mueren de ganas de subirse a los árboles.

—«En mi niñez viví una vida de sabio; luego, de mayor, empecé a subirme a los árboles.»

—Sí, eso es lo que dice —contesté: no había esperado menos de él, mas no por ello me había impresionado menos la respuesta. Luego proseguí—: Mire el Debidamente escaldado de Abravanel. Magnates del cine, de los sindicatos, de la Mafia, mujeres a quienes las tetas les bastan para ser magnates. Incluso los magnates caídos y expulsados, que alguna vez fueron magnates, que hablan como magnates de los caídos y expulsados. Es la fascinación de Babel con los judíos de los grandes momentos, con los cosacos sin conciencia, con todos los que tienen sus propios procedimientos para salirse con la suya. La Voluntad y la Gran Idea. Sólo que Babel no resulta tan adorable y tan enorme. No es así como ve las cosas. Es una especie de Abravanel con la autoabsorción desecada. Y si desecamos lo suficiente, bueno, pues al final llegamos a Lonoff.

—¿Y usted?

—¿Yo?

—Sí. No ha terminado. ¿Es usted también un primo norteamericano del clan de Babel? ¿Dónde se sitúa Zuckerman en todo esto?

—Pues… En ninguna parte. Sólo he publicado los cuatro relatos que le envié. Mi relación no existe. Creo que aún me hallo en un punto en que mi relación con mi propia obra es prácticamente inexistente.

Eso dije, y rápidamente acudí a la copa para taparme con ella el desingenuo rostro y recibir una amarga gotita de coñac en la lengua. Pero Lonoff había leído correctamente mis designios; porque cuando me vino al discurso la descripción que hace Babel del escritor judío —un hombre con otoño en el corazón y gafas en la nariz—, tuve la inspiración de añadir: «y sangre en el pene», y a continuación anoté estas palabras como una especie de desafío: una llameante fórmula dedaliana para prender la forja de mi alma.

—¿Qué más? —preguntó Lonoff—. Adelante, no me venga ahora con timideces. Todo esto es muy placentero. Hable, por favor.

—¿De qué?

—De todos esos libros que ha leído.

—¿Incluyendo los suyos, o excluyéndolos?

—Obre usted a su conveniencia.

Yo dije:

—En usted veo el judío que huyó.

—¿Y le sirve de algo?

—Hay algo de verdad en ello, ¿no le parece? Huyó usted de Rusia y de los pogromos. Huyó de las purgas, y Babel no. Huyó de Palestina y de la patria. Huyó de Brookline y de sus parientes. Huyó de Nueva Yo ...