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Noticia

I.

Un ruido de pasos se silenci贸 frente al calabozo. El guardia abri贸 con lentitud la puerta, sac贸 a F茅lix al pasillo y le acomod贸 la camisa. Encandilado por la luz, F茅lix baj贸 los p谩rpados e ignor贸 las voces que se concertaban a su alrededor. Sin embargo a los pocos minutos oy贸 pronunciar su nombre, antecedido por la palabra "negro", y abri贸 los ojos. Escuch贸: "Verdugo y pregonero de la muy noble y muy leal ciudad de Santa Mar铆a de los Buenos Aires". A continuaci贸n, la lectura de la sentencia le culebre贸 por la espalda. No estaban hablando de otro. En un instante de lucidez reconoci贸 al alguacil mayor y al alcaide, y entendi贸, palabra por palabra, los dichos del escribano del cabildo. Su cuerpo colgar铆a de una cuerda hasta las cuatro de la tarde. Despu茅s lo bajar铆an para otra faena. Igual a la cabeza del negro que hab铆a visto meses atr谩s en la Plaza Mayor, vio la suya dentro de una jaula, pendulando sobre una picota. A diferencia de aqu茅lla, que miraba hacia el Fuerte, la suya colgar铆a frente a los tribunales del cabildo. Le cortar铆an la mano derecha, ejecutora del homicidio de Pascual, para ponerla en elevaci贸n sobre otra picota ante la puerta de la c谩rcel. La Hermandad de la Santa Caridad recibir铆a el cad谩ver. Eso ser铆a todo. El tr谩mite era sencillo, en cierto modo; s贸lo faltaba morir. El cuerpo tom贸 conciencia de la situaci贸n mucho m谩s r谩pido que la mente. Se estremeci贸 y agit贸 con voluntad propia. El guardia arrim贸 una banqueta y lo ayud贸 a sentarse.

Quiz谩 para alargarle el sufrimiento, el escribano ley贸 los fundamentos de la sentencia. Constaban las declaraciones de los testigos presenciales del homicidio, m谩s el reconocimiento del cad谩ver de Pascual por parte de m铆ster Ram贸n Taylor, su 煤ltimo due帽o, y la reconstrucci贸n del hecho criminal. Figuraban tambi茅n dos intentos fallidos del juzgado para que F茅lix hiciera una declaraci贸n, por no contar con quien pudiera darle tormento legalmente. En verdad era prodigioso: lo que en otros procesos criminales consum铆a meses y cantidades de papel, en el suyo estaba claramente resuelto al t茅rmino de una semana. En la colecta de evidencias fue decisiva la requisa del altillo donde lo hab铆an alojado. Los vegetales incautados all铆 se sometieron al examen del padre Flori谩n Paucke, de la Compa帽铆a de Jes煤s, perito en materia de hierbas y remediaciones. El padre declar贸 bajo juramento que hab铆a cantidad de veneno suficiente como para aniquilar a la poblaci贸n entera de la misi贸n de Santo Tom茅. No fue capaz de identificar qu茅 tipo de p贸cima era la que hab铆a en el taco de ca帽a tacuara que le hallaron al acusado en el bolsillo, pero bast贸 rozar a un perro con sarna para comprobar su letalidad.

Alguien dijo:聽 Ser谩s puesto en capilla.

Costaba creer que no estaban hablando de otro. Porque esa semana, durante la cual el huso de la Justicia hilaba la cuerda con la que lo ahorcar铆an, fue de una calma relativa dentro de la c谩rcel. El miedo a la peste que azotaba la ciudad estimul贸 el vaciamiento de los calabozos y las celdas, y su poblaci贸n se redujo a dos indios vagos, un fraile viejo, aparentemente loco, y el falso arzobispo, a quien, se dec铆a, hab铆an capturado en las afueras de Jun铆n de los Toldos. F茅lix pas贸 la mayor parte del tiempo en un rinc贸n del calabozo, hecho una rosca, como perro amoquillado. Era indudable que Pascual hab铆a sido, literalmente, una condena desde el d铆a en que don Gabriel lo llev贸 a la casa. Cu谩ntas veces le pidi贸 que lo vendiera. "Yo ya lo habr铆a regalado", fue durante a帽os su frase m谩s repetida. Pero no se hab铆a impuesto. El esclavo sigui贸 diseminando discordia sin que el viejo hiciera nada. Al "ya lo habr铆a regalado" del principio se sum贸 r谩pidamente otra: ?隆Es para matarlo!?. Obviamente, la frase le golpeaba la conciencia con la fuerza de un garrote. Parec铆a mentira que hubiera hecho lo que hizo. 脡l, F茅lix, el herbolario, el que hac铆a cantar al clave, el peque帽o docto de las tertulias, el milagrito de las negras. Costaba no recordar a Pascual balbuceando: "No mat茅". Sin embargo, que agonizara, que delirara de fiebre no significaba de ning煤n modo que estuviera diciendo la verdad. Nunca la hab铆a dicho. Ni el dolor ni el sentimiento fraterno hab铆an podido ganarle al delincuente que ten铆a adentro. Al final todo era evidente: bastaba un cuchillo, una mano y el alma de Pascual para que en alguna parte un hombre muriera degollado. Negro maldito, negro imb茅cil, negro de mierda. Mira c贸mo terminaste. Mira ad贸nde te llev贸 tu mala sangre. Partido en dos con una sierra. 驴Qu茅 esperabas, terminar tus d铆as viejo y libre? La suma de tus vicios, 茅se es el veneno que te mat贸.

"Se te podr谩 conceder una 煤ltima voluntad", oy贸 decir.

Pens贸, con un humor oscuro, que s贸lo le quedaba la voluntad de vivir, y que era lo 煤nico que no le conceder铆an.