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Noticia

Por Daniel Portas, editora. Nota publicada oroginalmente en el portal Infobae en abril de 2018. 

El jueves 5 de septiembre de 1968, en Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia escribe: "Si me dejara llevar por los misterios, tan fáciles, tan atrayentes, vería una relación mágica en mi encuentro con ciertos libros: El juguete rabioso, los cuentos de Hemingway, el diario de Pavese, que nunca he podido 'soltar', que cada vez he vuelto a descubrir, encontrando una cualidad que no conocía pero que me había hecho amarlos en el pasado. Es visible que fueron esos encuentros los que hicieron de mí lo que soy".

Releo ese fragmento en busca de pistas que me ayuden a explicar por qu√© sent√≠ lo que sent√≠ cuando √©l me dijo, una tarde de julio del 2016, en su casa: "El primer libro de cuentos de Hemingway nunca se public√≥ en espa√Īol; si lo publican, yo escribo el pr√≥logo".

Pero la historia de mi relación con Piglia empezó un tiempo antes.

Era abril del 2015. En medio de la correcci√≥n de un libro, le escrib√≠ un mail a una amiga de una amiga, traductora ella, para hacerle una consulta. Entablamos una conversaci√≥n que deriv√≥ en una propuesta de trabajo: ella me cont√≥ que era una de las asistentes de Piglia. √Čl ya estaba muy enfermo y no pod√≠a trabajar solo. Necesitaban sumar a alguien m√°s. Dije que s√≠, por supuesto, s√≠ a todo.

Pocos d√≠as m√°s tarde, estaba yo sentada enfrente del mism√≠simo Ricardo Piglia, leyendo en voz alta un cap√≠tulo de la biograf√≠a de Proust para que √©l decidiera, supuse en ese momento, si me aprobaba. Le√≠ como si fuese la √ļnica vez que iba a leer en mi vida. Me acuerdo del esfuerzo que hice para modular, para no agitarme, para pasar la p√°gina a tiempo de modo que no hubiera interrupciones, y sobre todo, para olvidarme de que √©l era √©l y de que me estaba mirando.

Empecé a ir a su casa dos veces por semana y fines de semana por medio. Pasábamos juntos entre tres y siete horas. Yo leía en voz alta (sus propios textos, que estaba corrigiendo para distintas publicaciones; los libros de su predilección, muchas biografías; el diario), tipeaba lo que él me dictaba, corregía. Llegaba siempre puntual y trabajaba como poseída. Quería ser rápida, quería ser eficiente, quería ser perfecta. Casi no hablaba de mí, salvo que él me preguntara algo, si había leído a tal autor, si estaba escribiendo, qué estaba escribiendo. Pero sobre todo nos conocimos a través del trabajo. En los saltos en la lectura, en los malentendidos, en los cambios de planes, en las sesiones maratónicas de edición, podían leerse las variaciones de nuestros estados de ánimo, el código que fuimos construyendo, el afecto.

Cuando trabaj√°bamos bien, todo estaba bien. La sonrisa de satisfacci√≥n de Ricardo cuando consegu√≠a que una frase fuera como √©l quer√≠a atravesaba el muro de la enfermedad y produc√≠a en m√≠ un efecto m√°gico, las angustias desaparec√≠an, se dilu√≠a el cansancio. En una entrada de mi diario de esos meses escrib√≠: "Cuando voy a lo de Piglia y empiezo a leer en voz alta, puedo respirar bien, dejo de sentir que me falta el aire. ¬ŅSer√° la lectura en voz alta? ¬ŅSer√° la entrega?".

"El primer libro de cuentos de Hemingway nunca se public√≥ en espa√Īol; si lo publican, yo escribo el pr√≥logo", me dijo, entonces. Y vuelvo a escribir la frase entre comillas porque me la acuerdo textual.

Hac√≠a menos de tres meses, yo hab√≠a empezado a trabajar en Penguin Random House como editora. Los lunes y mi√©rcoles sal√≠a m√°s temprano de la editorial, en San Telmo, y me iba a Palermo, a la casa de Ricardo y Beba, su mujer, para trabajar tres horas con √©l. Un d√≠a le cont√© que ten√≠a ganas de presentar alg√ļn proyecto en la editorial pero que no se me ocurr√≠a nada. No me imagin√© que iba a responderme lo que me respondi√≥.

Hubo algo en la inmediatez con la que mencion√≥ el libro de cuentos de Hemingway que me hizo sentir que esto era algo que hab√≠a tenido en la cabeza durante mucho tiempo o una idea que hab√≠a estado incub√°ndose en alg√ļn rinc√≥n de su mente, en medio de la infinidad de otros proyectos que lo ocupaban, y que en cuanto yo empec√© a hablar sali√≥ de su estado de latencia y emergi√≥ a la superficie de sus prioridades. No me acuerdo qu√© respond√≠, supongo que dije que me parec√≠a una buena idea, estupefacta, mientras tomaba un sorbo de mi t√© con leche con la vista fija en el piso.

Presenté el proyecto en la editorial al día siguiente. No salía de mi estado de shock. Repetía "Hemingway con prólogo de Piglia" como si estuviese diciendo cualquier cosa, como si ya no entendiera el idioma.

Tres semanas despu√©s, llegu√© una tarde a su casa y me dijo que ten√≠a el pr√≥logo listo. Me pidi√≥ que lo leyera en voz alta. Cuando termin√©, me pregunt√≥ qu√© me parec√≠a. Cada tanto hac√≠a eso. Le√≠amos alg√ļn texto suyo en el que estaba trabajando y me preguntaba qu√© me parec√≠a. Para m√≠ era como una prueba o un juego. Yo trataba de estar a la altura de esa pregunta y siempre intentaba decir algo m√°s que alabanzas. Pero en este caso, y en tantos otros, no pude decir nada. El texto era perfecto. Una clase magistral sobre literatura, sobre Hemingway, sobre el arte de escribir cuentos. Una invitaci√≥n irresistible a leer el libro de una sentada, como hizo √©l, a los 18 a√Īos, cuando encontr√≥ un ejemplar usado de In Our Time en una librer√≠a de Mar del Plata, y se sent√≥ a leer y no pudo cerrar el libro hasta que lo termin√≥. Esa escena, un Ricardo Piglia adolescente que lee con fervor esa obra maestra, la luz del d√≠a cayendo del otro lado de la ventana, cierra el pr√≥logo y es de una belleza indestructible.

Unos días más tarde, Ricardo me pidió que mandara ese prólogo por mail a mi casilla del trabajo. Eso fue en septiembre del 2016, cuatro meses antes de su muerte.

No voy a intentar expresar en palabras el vac√≠o irreparable que dej√≥ su ausencia ni cu√°nto lo extra√Īamos. En todo momento supe que la mejor manera de procesar lo que hab√≠a pasado era trabajando, escribiendo, leyendo. Y terminando este libro de la mejor manera posible.

Pas√≥ un tiempo hasta que lo tuve diagramado en mis manos, casi listo para ir a imprenta. Volv√≠ a leer el pr√≥logo y luego los cuentos, traducidos especialmente para esta edici√≥n por Rolando Costa Picazo, y fue como un hechizo. Sal√≠ de la editorial caminando r√°pido. Quer√≠a llamar a Beba, contarle sobre el libro. Cuando llegu√©, ten√≠a un mensaje suyo. La llam√©, charlamos un rato y al final de la conversaci√≥n me hizo notar que era 24 de noviembre, el d√≠a del cumplea√Īos de Ricardo.

Ahora miro el libro terminado y me parece hermoso. Me da mucha pena que √©l no haya podido verlo, me encantar√≠a preguntarle qu√© opina. Y agradecerle. Me encantar√≠a agradecerle una vez m√°s, por el tiempo que compartimos, por este regalo enorme, por todo lo que nos ense√Ī√≥. A duras penas puedo explicarme el movimiento maravilloso que el azar hizo para que yo pudiera tener semejante privilegio. Usando sus propias palabras, yo tambi√©n, si me dejara llevar por los misterios, tan f√°ciles, tan atrayentes, ver√≠a una relaci√≥n m√°gica en mi encuentro con Ricardo Piglia.