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Noticia

La página en blanco o De las ganas

Publicada el 01/09/2019

por Liliana Heker en La trastienda de la escritura 

En mis inicios, busqué experimentar el terror "tan prestigioso" a la página en blanco. Fue inútil: poner una hoja en la máquina de escribir o, muchos años después, abrir un archivo nuevo en la computadora, siempre me ha provocado una sensación inquietante pero que no tiene nada que ver con el terror. El rito de instalar ante mí una página en blanco supone dos acontecimientos dichosos: he vencido la inercia del no-trabajo y tengo algo que escribir (el orden suele ser inverso), seguramente de contornos difusos o carente de todo contorno, pero que, en potencia, ya es. No ignoro que a partir de ese rito inicial voy a intentar numerosos comienzos, que escribiré sucesivos borradores, que más de una vez voy a decidir tirar todo a la papelera y a otra cosa mariposa, que voy a tardar semanas, o meses, en acercarme a lo que busco, que el trabajo podrá estar atravesado por accidentes diversos y por otras escrituras. Pero eso que ya estoy persiguiendo, perfectamente representado por la página en blanco (y el adverbio no es casual: nada más parecido a la perfección que la página en blanco, pura promesa en la que cualquier cosa que conciba es posible), ese trabajo del que ya di el primer paso es lo que de verdad me instala como escritora-para-mí (circunstancia evanescente y bastante alejada del rol estable que, a esta altura de mi vida, me asignan los otros). La página en blanco es vacío, cierto, pero vacío por llenar. 

Hay otro vacío, en cambio, que se abre ante mí como un pozo sin fondo: el del tiempo en blanco. Ese es el que de verdad me da miedo. No estoy hablando de ciertos períodos que suelen sucederme después de haber terminado una novela, o un libro de cuentos, o un texto largamente buscado: paréntesis gozosos que, con cierta benevolencia, siento como merecidos. Tampoco del ocio al que, desde la infancia, suelo entregarme sin ninguna culpa. El tiempo en blanco al que me refiero se abre ante mí como infinito. No se trata de que, mientras transcurre, no escriba en absoluto. Cuando una está en este oficio, siempre, de una u otra manera, escribe. Una entrevista, una encuesta, una nota, una página del diario. Atenuantes muy débiles. O subterfugios. Disimulan lo que de verdad me sucede: no hay nada que quiera, o pueda, inventar (y en este caso las dos no-acciones se funden al punto de que no puedo discriminarlas). Ahí está el carozo de la aceituna. "Nada en qué recalar", con estas palabras lo anoté más de una vez en mis diarios. Releyéndolos, puedo notar con qué frecuencia esa cuestión ha aparecido a lo largo de casi medio siglo de anotaciones. No es extraño; qué puede hacer un escritor con su angustia sino escribir a propósito de ella. Pero eso no atenúa la angustia. Es solo un desahogo o, a veces, una mera coartada, igual que las notas o las entrevistas. Lo que necesito, lo que infructuosamente busco, es el estado de trabajo, que para mí es sinónimo de estado de creación. Recurro a viejas carpetas, a cuentos desechados, a comienzos de algo ?un cuento, una novela? que un día quise escribir. Y no encuentro una sola punta para tirar del hilo, ni una brizna de asunto que me entusiasme. Nada. Mi cerebro está algodonoso. Y lo terrible, lo que de verdad me da miedo, es la falta de garantías de que, alguna vez, conseguiré salir de ese estado. Ahí está el corazón del miedo. Puede suceder "hasta ahora viene sucediendo" que de pronto, entre lo abandonado, vislumbre una inadvertida vuelta de tuerca, o que el recuerdo de un personaje cautivante se me cruce en la madrugada, o que un mal sueño o una ocurrencia absurda me atraviese como una flecha y haga que algo despunte. Y que de un día para el otro me encuentre arrasada por la idea de algo-por-escribir. 

(A esta altura quiero dejar claro (o aclararme a mí misma) la aparente contradicción entre lo que acabo de anotar y la frase que encabeza "Mi credo"  "Las ganas de escribir vienen escribiendo" (ver p. 265), en la que por experiencia confío. En esa frase apunto a las excusas que una suele inventarse ?y confieso que soy una maestra en ese rubro? para no sentarse a escribir ese texto que desde hace tiempo le da vueltas en la cabeza, o a continuar eso que una interrumpió justo en el momento en que se le ha presentado una dificultad en apariencia insalvable. En lo personal, suele sucederme que cierta resistencia a enfrentar las previsibles dificultades me lleva a postergar el momento de sentarme a escribir; en esos casos suelo echar la culpa a las diversas complicaciones de la vida. Todo sirve: desde la furia que me provoca una declaración gubernamental hasta la necesidad ineludible de ir a la verdulería. Instancias en las que añoro la torre de marfil. Ah, si viviera en ella, aislada de los conflictos sociales, los horrores del mundo y la necesidad de ganarme el pan, ah, los libros que escribiría entonces. Mentiras. Podría desaparecer todo el ruido exterior y eso no me libraría de la tendencia natural a no hacer. Y lo cierto es que no se puede eliminar el ruido ni hacen falta torres de marfil. Basta con vencer la resistencia, sentarse ante la máquina, y empezar. Entonces, casi puedo asegurarlo, la locura empieza a crecer y los ruidos del mundo exterior pasan a segundo plano. A eso me refiero cuando digo que las ganas de escribir vienen escribiendo. Pero para eso, claro, debe existir el deseo inicial, imparable, de abordar una ocurrencia súbita o los vestigios de un mal sueño).

Entonces, al principio con cautela, voy a sospechar que nada podrá detenerme. Le daré vueltas a la idea, la haré crecer caprichosamente, voy a anotar, desechar, perderme en desvíos, demorarme, armar pretextos, y un día, por fin, voy a sentarme ante la famosa página en blanco. Todo, a partir de ahí, va a ser incertidumbre, pasión y futuro. Y que nadie venga a decirme que ese momento en que mi cuerpo entero (de cabeza a pies) se sabe comprometido con el trabajo, da terror. Es el instante perfecto de lo no fallido. Pero me pregunto, una y otra vez, ¿y si un día no ocurre? ¿Si, por más que indague y dé vueltas, no hay nada que despunte? Esa posibilidad es lo que temo del tiempo en blanco. 

Y, sin embargo, fui aprendiendo que hay algo peor que no volver a escribir: es escribir a pesar de todo. Más de una vez estuve al borde de que me sucediese. Descubrí que uno puede encontrarse escribiendo solo como respuesta al mandato exterior que implica ?ser escritor?. Tal vez por eso puedo reconocer esa actitud en libros ajenos de autores con una obra valiosa (en los otros ni se nota). Textos en los que se advierte que fueron escritos en un período de opacidad o de cansancio, sin otro motivo que el de coincidir con lo que se espera de un escritor. Novelas o cuentos que se leen cada vez con mayor desaliento, que se prosiguen solo por fe en el autor, y que por fin se abandonan. Me pregunto entonces "el planteo es central y un poco doloroso y no me exime" por qué un escritor se obliga a escribir cuando siente, bien en el fondo de las tripas, que ya no hay nada esencial que quiera decir, que de ese primer impulso que un día lo llevó de verdad a ser escritor no queda ni un brillito. 

En ese sentido, me impresionaron profundamente la decisión de Philip Roth, a los 71 años, de no volver a escribir, y la confesión de Antonio Di Benedetto (copio lo que anoté en mi diario, el 3 de diciembre de 2007: "Algo que escuché el otro día sobre Antonio Di Benedetto, y que me llenó de horror. 'Trato de escribir', dijo cuando volvió del exilio, "pero todo lo que me sale es mediocre". Es posible entonces. Perder el don para siempre: es posible. Por supuesto, yo ya tenía que saberlo. Pero tenerlo ante mí, puesto en palabras, palabras pronunciadas de verdad y por un escritor como Di Benedetto, es otra cosa. Algo real, ineludible".) Pienso hoy que en estas actitudes hay más autenticidad y más coherencia que en ciertos libros que parecen excrecencias de una época de plenitud. 

Como dije, he atravesado varias etapas en las que no pude escribir, tal como lo entiendo; la última, peligrosamente larga. Y me pregunté, sobre todo en esa ocasión, si alguna vez podría volver a hacerlo. No pude responderme. Y eso, para alguien que siempre ha considerado la escritura "hablo de la invención, de la búsqueda obsesiva de algo que se escapa pero que una se empecina con pasión en atrapar" como el eje de su vida, es grave. Pero más grave, entendí, es escribir sin esa energía, sin esa sensación "no parecida a ninguna otra" de estar creando. Con dificultad, con dudas, con el impulso, a veces, de mandar todo al diablo. Porque esa incertidumbre, ese tembladeral es la escritura. Y para eso hay que tener ganas de pies a cabeza. ¿De dónde vienen? ¿Por qué un día se instalan en una y la empujan? Es una pregunta que al menos yo no puedo responder. Pero sé que no quiero escribir de otra manera. Ni creo que se pueda, de otra manera, escribir algo que valga la pena. 

Si el germen de una idea, si las ganas de desplegarla y crear algo a partir de ella, no existen, si un escritor se sienta ante la máquina como un oficinista se sienta a redactar una carta comercial, solo porque tiene que cumplir con el rol de escritor con que se anota en los hoteles, puedo arriesgar que difícilmente algo revelador va a salir de ese trámite. En ese caso, lo más saludable es colgar los guantes. 

(*) Extracto de La trastienda de la escritura