Loading...

Noticia

Revista √Ď

08/06/2016

http://goo.gl/rLnUsv

La supremacía de un complejo animal literario

Philip Roth. La obra, la cosmovisión y el tiempo en el que le ha tocado escribir a este autor estadounidense proclive al Premio Nobel son analizados en una juiciosa biografía literaria.

Guardo dos imágenes de Philip Roth: un retrato de Kitaj de 1985 ?las líneas conspiran un bosquejo que las facciones del autor de Portnoy parecen haber resuelto con laberíntica complejidad? y una fotografía de los lugares de trabajo de los escritores en un libro ( The Writer's Desk , de Jill Krementz). Alguien me lo regaló para demostrarme que había personas capaces de escribir en desórdenes mayores a aquellos con los que yo mismo suelo rodearme (dos, creo, lo lograban).

Roth se cuida de permanecer lejos de su escritorio ?ordenado o no? para la foto de Krementz, como si se eximiera de quedar expuesto a las labores y fatigas que encadenan a musas imprevisibles y faunos inveterados a una rutina. Ha mantenido con la mitología y la leyenda la misma relación de suspendida distancia. Y, gracias a este libro de Claudia Roth Pierpont, Roth desencadenado , averiguamos ahora, con su propia biografía.

Podemos establecer proporciones semejantes entre algunos aspectos de su vida utilizados como materia prima y la elaboración secundaria que aparece en sus novelas. Sin embargo, el ?guardo? de mi primera oración pertenece a un orden de propiedad y privilegio superior al vínculo ?e inclinación? por y con esas imágenes.

No, no las guardo ni las atesoro. Quedaron ahí para que mi memoria cada tanto las reconozca, debí poner. Convicción no exenta de remordimiento. Ya lo dijo Faulkner: ?La memoria cree para que el conocimiento recuerde?.

Philip Roth, escritor estadounidense proclive al Premio Nobel, con todas las concomitancias prejuiciosas que tal tendencia acarrea, es uno de los mejores testigos de cierta impaciencia alerta de los √ļltimos cincuenta a√Īos. No le faltaron competidores ?Singer, Bellow, Mailer?, pero √©l supo y sabe m√°s que ninguno encaminar el esfuerzo testimonial en direcci√≥n al foco de ataque y de irradiaci√≥n que significaba ?y significa a√ļn hoy? la denominaci√≥n ?jud√≠o norteamericano?. La legi√≥n es numerosa, y el conjunto de escritores guarda ?esta vez s√≠ guarda? con √©sta una relaci√≥n en la que la inteligencia tiene un valor preponderante.

Hay que advertir que Kafka fue una especie de dómine de la impaciencia.

Operación Shylock , la novela de Roth que ilumina la posición diasporista, incorpora como al pasar (como al pasar en una obra de vastedad y riqueza inabarcables) desencadenamientos y desenlaces distintivos. Quizá puedan observarse ahora mejor que en el momento de su publicación. Esa reserva se reserva el sentido de las proporciones y laZeitgeist de Roth: el de ofrecer un punto de vista de época diferente al de cualquier perspectiva periodística o meramente oportunista.

La definición de una voz
Un revelado eficaz de la vida y actividades de Philip Roth incluye la de sus contempor√°neos, que es lo que se llama una generaci√≥n de corpulencia providencial, y hasta penitencial. El de obra m√°s exigua, J. D. Salinger fue el que tuvo incidencia m√°s directa y el que provoc√≥, parad√≥jicamente, m√°s alboroto. El secreto del autor de The Catcher in the Rye ( El cazador oculto/El guardi√°n en el centeno ) consist√≠a en mantenerse pegado a la pared, lejos del riesgo de intemperie de la biograf√≠a. Fue tambi√©n el que provoc√≥ al final la hecatombe de Salinger. Una biograf√≠a de la hija redunda ? El guardi√°n de los sue√Īos , de Margaret A. Salinger? adversa hasta tal punto que el otro hermano tuvo que admitir luego en forma epistolar: ?En realidad, creo que compartimos un padre diferente?. Se trataba, sin ir m√°s lejos, de un padre anecd√≥tico. Como aquel del que las biograf√≠as suelen abusar.

No es el caso. La biografía de Claudia Roth Pierpont (sin parentesco) satisface dos exigencias que a menudo enmarcan el sentido biográfico anglosajón: la época y la relación con los contemporáneos, nociones juiciosas que comparte con el biografiado. Descuida otras, pero son tan íntimamente literarias que bien vale la pena, en estos tiempos de tribulación, hacer caso omiso.

La atención y el sentido de la competencia de Roth se extienden no sólo a sus contemporáneos sino a la tradición entera de la narrativa judía, algo que tiene un carácter tan general como opaco.

De 1974 a 1989, Roth dirigi√≥ para Penguin una colecci√≥n de narradores rusos y centroeuropeos, Writers of the Other Europe , que incluy√≥ a Bruno Schultz y a Milan Kundera, y que revelaba el prolongado europe√≠smo del que luego el sentido de la di√°spora jud√≠a de Operaci√≥n Schylock har√≠a gala. (Curiosamente, creo recordar, no inclu√≠a a Joseph Roth, el santo bebedor, tambi√©n sin parentesco. ¬ŅPuritanismo neoyorquino o cuesti√≥n de derechos?) A su vez, el controvertido juda√≠smo y la introspecci√≥n de Philip Roth hubieran podido, si la ex√©gesis del simplismo y el humor se concentraran en la literatura, convertir a sus personajes de ?jud√≠os anecd√≥ticos? en prototipos tan famosos como los de Woody Allen (nunca convertirlos, como transitoriamente Bob Dylan, a otra religi√≥n).

Y es en este aspecto √ļnico y aqu√≠ omitido que la biograf√≠a vuelve a rendir tributo a William Empson, cuyo uso agudo del aporte biogr√°fico para la cr√≠tica literaria qued√≥ definido enUsing Biography (1984). Empson, tan luego, hab√≠a partido con las premisas del New Criticism de I. A. Richards con el prop√≥sito de encontrar (y establecer) resultados lo m√°s objetivos y ?cient√≠ficos? posible.

La relación que los lectores hispanoparlantes, y argentinos en particular, sostuvimos con Roth se debe, en gran medida ?o en primera instancia?, al cine. Desde Goodbye, Columbus , llamada acá Los principiantes , a El mal de Portnoy (llamada acá El lamento de Portnoy ), el vínculo expande una especie de imagen del escritor como antihéroe a veces mal defendida por el vulnerable actor. Sin embargo, y cambiando con rapidez antihéroe por disimulada heroína, en Goodbye, Columbus debuta una de esa bellezas aéreas estadounidenses descendientes de Pocahontas, Ali MacGraw.

Roth tuvo mejor relación con las actrices de Hollywood que con el sistema, como algunos contemporáneos y algunos precursores (Arthur Miller, Romain Gary). Se enamoró, o por lo menos creyó enamorarse, de Claire Bloom, y ella de él (o viceversa: la reciprocidad implica figuras retóricas que no condensa sólo el oxímoron), y así las cosas. El mundo alrededor tuvo que arreglárselas.

De los matrimonios infelices suelen sacarse menos conclusiones incluso que de las malas novelas.

En tiempos de Portnoy , hubo una constelaci√≥n de buenas novelas, entre las que no es posible olvidar las de Mailer, las de Heller y las de Updike (hubo tambi√©n una constelaci√≥n a√ļn m√°s numerosa de fracasos matrimoniales). El ejercicio exhaustivo sobre el tema lo llev√≥ a buen t√©rmino el escritor menos pensado: el t√≠mido y republicano John Updike, de Pensilvania, cuyo horizonte de pecado y arrepentimiento compart√≠a con Roth un arraigado estamento moral.

En esos tiempos, adem√°s, Pynchon, Barth y Vonnegut despuntaban. Para colmo, como Tom Wolfe, Philip ten√≠a un precursor hom√≥nimo, Henry Roth, quien hab√≠a abierto una escotilla importante: Call it Sleep ( Ll√°malo sue√Īo , Alfaguara, 2004). Henry hab√≠a impuesto ya un desconcierto considerable sobre la novela ?y el idioma de los norteamericanos y jud√≠os. Por el contrario, a Philip Roth le toca un movimiento orquestal de la novela que se ha despedido ya de la secuela joyceana y de la literatura de ?desciframiento?.

Una mirada retrospectiva ?es algo que las biograf√≠as ofrecen, sobre todo cuando se publican en vida del autor? no modifica el registro de dominio o predominio. Este se desarrolla y desenvuelve con la misma entereza con que la performance verbal act√ļa sobre el estado de lengua. El siglo XX y sus artilugios informativos ?¬Ņes necesario escribir ?medi√°ticos??? ha impuesto a los lectores del g√©nero biograf√≠a un tratamiento que conviene menos a los aportes que brinda sobre vida y obra, que a los cuadernillos de fotograf√≠as que suelen intercalarse.

Roth sin su escritorio, Roth sin Claire Bloom, Roth sin su caba√Īa de Connecticut. La versi√≥n que le√≠ del libro de Claudia Roth Pierpont, en un reverbero imitativo de prescindencia, nos ahorra estas pruebas adicionales. Va directamente al grano. No s√© si es suficiente, trat√°ndose de animal literario tan complejo como este que se libra de la jaula. En Roth a menudo la argumentaci√≥n y la intenci√≥n conceptual son las que sufren con el desplazamiento subjetivo impuesto por el autor.

La econom√≠a de Roth y su pacto con la realidad ?y con el presente, que sufri√≥ a sus anchas con orgulloso estoicismo? le brindan una especie de salvoconducto simult√°neo, un privilegio que no suelen compartir, menos l√ļcidas o m√°s ilusas, otras criaturas verbales. No es raro que Philip Roth pase por rachas o per√≠odos de abstinencia de lectores (que es lo que le ocurre ahora, pese a los favores y fervores ofrecidos). A veces resulta menos atractivo para el mundo del lector asomarse a abismos habituales que descubrir o reconocer otros que borr√≥ el pasado opaco de ese presente fulgurante despleg√°ndose a toda velocidad.

Hay otro tipo de escritores por ah√≠: John Williams, el de Stoner , por ejemplo, herido por las exigencias de la √©poca ?¬Ņun metro de escayola y un cine prosaico aun?? ; Richard Yates, el de Revolutionary Road , tan digno de acompa√Īar a Cheever (y, por lo tanto, de acompa√Īar el regreso); o J. L. Davis, el de Una vida plena , tan capaz de alentar e inspirar a un escritor mucho m√°s joven, como Jonathan Lethem.

Dos im√°genes de Philip Roth, escrib√≠, me acompa√Īan desde hace tiempo. No debe uno exagerar: la compa√Ī√≠a que un escritor ofrece tiene siempre algo de fantasma. Roth lo ha dado a entender con m√°s de un t√≠tulo, aunque no se haya encargado nunca de ese g√©nero entre los g√©neros de la novela norteamericana: la historia de fantasmas (¬°alguien que incursion√≥ incluso en la s√°tira menipea!).

La tercera insistencia es la definición que alguna vez dio Roth de estilo. No de estilo, de voz: ?Algo que comienza en la parte de atrás de las rodillas y se eleva muy por encima de la cabeza?.

Habla Roth y hablo yo de algo que poco tiene que ver con la tesitura o el acento oral de Roth, y que instruye cada inflexión empleada por escrito por Alexander Portnoy, Nathan Zuckerman o David Kapesh (o el ?otro?, homónimo Roth de Operación Shylock ).

Est√° muy bien que la definici√≥n se ci√Īa a algo f√≠sico, corporal, abarcable en t√©rminos anat√≥micos. El estilo es algo distinto, y es de los otros. De Pynchon, de Updike, incluso de Mailer. A lo largo de muchos a√Īos de carrera literaria, y de acaso demasiados libros, Roth se ha encargado de adue√Īarse de algo que tiene menos en com√ļn con el deseo de un escritor que con el de un protagonista. Que es lo que en definitiva ha terminado siendo, agente ideal de una biograf√≠a que achica sus diferencias con Prometeo. Agradezcamos a Claudia Roth Pierpont por la dif√≠cil misi√≥n que fue escribirla.

Luis Chitarroni es editor y autor de, entre otros, Siluetas y Mil tazas de té (ambas publicadas por La Bestia Equilátera).