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Noticia

Silvia Schujer nos cuenta en primera persona su experiencia como coordinadora de promoción y escritora de la mítica colección que festeja veinte años en las librerías y bibliotecas de chicos (y chicos grandes).

Hubiera jurado que eran más, pero si quienes pergeñaron la colección de Los Caminadores dicen que son veinte, no voy a discutirlo. Mi memoria fue siempre defectuosa y conforme pasan los años, ni hablar.

Ni hablar, y sin embargo, se trata de eso. De recordar. En mi caso, de evocar (de memoria, así que desde ya me disculpo por las imprecisiones)? evocar, decía, lo que fueron mis diez u once años de trabajar en Editorial Sudamericana, junto a Canela, que fue la verdadera fundadora de lo que más tarde y ya sumada yo al proyecto se transformó en el departamento de literatura infantil y juvenil de la ?hoy? Penguin Random House.

Mi ingreso a la que era Editorial Sudamericana se produjo en 1987/1988 aproximadamente, cuando los libros de María Elena Walsh seguían siendo el fuerte de literatura infantil que atesoraba el catálogo, y la recién nacida Primera Sudamericana se componía aún de unos libritos que se llamaban Cuentos de Cuatro Colores (Susana Itzcovich y Daniel Rabanal) y tres títulos de la colección Pan Flauta: Los imposibles, de Ema Wolf; Marisa que borra, de Canela; y La batalla entre los elefantes y los cocodrilos, de Ana María Shua.

En poco tiempo los títulos se multiplicaron (después de todo, eran panes [flauta] y empezaron a surgir las nuevas colecciones. Los Especiales (con Maruja de arranque, si la memoria no me falla), Los Libros del Bolsillo, Los de «palabras para jugar» (tema aparte), capaz que los de Sudamericana Joven, y ahí nomás Los Caminadores.

¿Qué tenían Los Caminadores, que significara un salto en relación con las colecciones anteriores? En principio, color y formato «en grande». Páginas completas con ilustraciones a todo color y textos orientados a primerísimos lectores. Un lujo, sobre todo teniendo en cuenta que todavía por esos años no había proliferado la moda de los ?en muchos casos mal llamados? «libros-álbum» y que ?fundamentalmente? la pretensión de esta propuesta no se apoyaba en la nobleza de su packaging, sino en una búsqueda de textos verdaderamente valiosos desde el punto de vista literario y de ilustradores que pudieran desplegarse artísticamente para acompañarlos.

Yo no recuerdo cuál fue el primero. ¿Puede ser Miedo, de Graciela Cabal? No lo recuerdo. Pero cierro los ojos ahora mismo, frente a la pantalla, y desfilan por mi cabeza algunos títulos que me resultaron maravillosos: por su hermosura literaria, Un sol para tu sombrero (que era un rescate del que había salido en Quirquincho); de María Cristina Ramos, o porque fueron las delicias de mi nieta en las noches en las que todavía me pedía que le leyera cuentos, ¡Ay, Renata!, de Estela Smania, con ilustraciones de Valeria Cis; Pedacitos de magia, de Sandra Filippi y dibujos de Nora Hilb; o El ratón que quería comerse la luna, de Laura Devetach con ilustraciones de Oscar Rojas. ¡Ay, Renata! creo que fue el libro que más veces leí en la vida. Es una especie de recreación de la tradicional historia del ratón de campo y el ratón de ciudad. Pero más divertida, menos sentenciosa, más descuajeringada. Horas haciendo reír a mi nieta con frases tipo «¡Chau, Renata!» «¡Chau, vaca Paca!» «Chau, Renata, no metas la pata»? en fin? (La nena está por cumplir los quince y ahora más que reírse, ladra).

Lucas duerme en un jardín fue mi estreno en la colección. Pero Caminadores no fue la colección donde este Lucas se estrenó. El título ya se había publicado muchos años atrás en una colección del Quirquincho. De modo que, ahora que lo pienso, si Los Caminadores cumplen 20 años, Lucas ?mi personaje? estaría más cerca de los 30. Si creciera en edad, según pasan los años, ya sería un hombre.

A propósito: en una de las últimas Feria del Libro vino a verme un matrimonio jovencísimo a cuyo hijo llamaron Lucas en homenaje a lo que uno de ellos había disfrutado de este personaje.

Pero volviendo a la edad, por suerte el crecimiento de Lucas es otro. En un artículo publicado por Plaza de Autores en su página, esto decían al respecto: «El crecimiento de Lucas no está marcado por el tiempo, él no crece en un sentido cronológico: a Lucas no le pasan los años, sino que le pasan las cosas que le pasan a los chicos de su edad». Con el correr de los títulos y de las desmesuradas aventuras, «Lucas gana en espesura, se diría que pega un estirón ?a lo ancho? con la familia que lo acompaña: padres, abuelos, tíos, mascotas y vecinos, un grupo de personajes que crece».

Lucas duerme en un jardín, como decía y creo ya haber contado en otras ocasiones, es la historia de un chico que con sus juguetes construye una ciudad que cobra vida. Una ciudad viva que llama la atención de parientes y vecinos y que, por tal motivo, permanece intacta en la habitación mientras el polvo (a fuerza de no barrer) va formando una capa de tierra donde crecen plantas que terminan creando un jardín que es, precisamente, en lo que se convierte la pieza de Lucas.

Salió por primera vez en Quirquincho, bendecido por Graciela Montes e ilustrado por Leticia Uhalde. Lo escribí cuando mi hijo tenía 15 años y, sin embargo, aunque el personajito de Lucas tiene 6 y le nace un hermano, es lo más autobiográfico (entre comillas, porque es ficción pura) que recuerdo haber escrito. Por un lado, porque al describir el personaje, se me representó claramente mi hijo de chiquito: los rulos, su forma de jugar; o mejor dicho, la forma que yo le proponía: sacando chirimbolos y desparramándolos por el piso. Cubos de algún rompecabezas, lápices para marcar caminos, autitos, chapitas? cientos de chapitas... Me gustaba sentarme con él y armar ciudades, pueblos. En esas situaciones, la pieza quedaba hecha un caos, pero entonces yo era responsable de la propuesta, así que terminado el juego no tenía más remedio que guardar/que guardar/cada cosa en su lugar.

Por otro lado ?hablando del aspecto autobiográfico?, cuando se me ocurrió la historia ?¡oh,  casualidad!?, Mariano ya tenía 15 años, como he dicho. ¿Y quién no se obsesiona con el desorden de la habitación de un adolescente?

No obstante, el cuento no tuvo jamás la pretensión de proponer una enseñanza: ni siquiera la de ordenar la pieza (cosa que, en la vida real, obviamente fue motivo de largas disputas). La historia tenía otro destino. No de clausura, sino de apertura, como a mí me gusta. Destino de literatura, destino de abrir un abanico de significados y sentidos posibles, a partir de una pregunta tan simple como ¿qué pasaría si esa habitación que se vuelve tan vital al usarla para jugar, en vez de ordenarse se dejara como está? ¿Qué sorpresa podría esconder modificar la rutina? Y ocurre lo inesperado, desmesurado, algo fundamental en la literatura. La posibilidad de transformar un hecho cotidiano, real y pequeño, en una aventura fantástica.

¿Quiere decir esto que en la vida real una madre debería dejar de limpiar la habitación de su hijo? Tal vez sí y no pasaría nada malo. Tal vez no y tampoco. Lo que es seguro es que lo que ocurre en el cuento no va a pasar en la realidad necesariamente (del mismo modo que en la vida real ningún señor, por más que vuele con malla azul y capa roja, podrá salvarnos de los males del mundo). La ficción es eso: ficción (verosimilitud, no verdad). Yo diría, más bien, que lo que podemos las madres con nuestros hijos, las maestras/bibliotecarias con sus alumnos es abrir el juego a lo distinto, a lo insólito, al final abierto, a lo que no siempre está previsto en la rutina y dejar que la sorpresa nos sorprenda (valga la redundancia). Traducido a los libros, diría que es factible tomar a Lucas duerme en un jardín como una metáfora de lo que podría provocar un libro en un lector si lo dejáramos leer la historia a su manera e interpretarla según su propia subjetividad, su circunstancia, su necesidad. La historia, creo yo, crecería como un jardín en el que cada lector vería brotar sus propias evocaciones, identificaciones, goces o rechazos. Y en ese despliegue, en esa conexión entre el texto y las propias emociones, a mi juicio, es donde surge el deseo de leer. El posible jardín de lecturas y libros de cada lector.

Sin ir más lejos, así fue para mí desde el punto de vista de la escritura. Partí de un hecho trivial, una habitación desordenada, y dejé que las consecuencias de romper la rutina de cierta limpieza se encadenaran según su propia lógica.

Esto dio como resultado algo que fue mucho más allá de lo que yo esperaba. No solo significó la creación de una historia, que no es poco, sino la fundación de un personaje y su mundo. Un personaje, simple, reconocible en la cotidianidad, pero al que solo pueden pasarle cosas extraordinarias.

En definitiva, Lucas duerme en un jardín fue la semilla que dio origen a un jardín de otras historias: A Lucas se le perdió la A, Lucas y Simón van a la playa, Lucas y una torta de tortuga, Lucas junta cosas bastante asquerosas, Eso que Lucas se trajo de un sueño, que a su vez son parte de una constelación literaria mayor llamada Caminadores y que, como decía al principio, hoy cumple por lo menos 20 años. 

Texto leído durante el Encuentro de Libros y Maestros 2018