Loading...

Noticia

¿Por qué queremos tanto a Flannery?

La reedición de los Cuentos completos de Flannery O'Connor saca a la luz la influencia de esta escritora norteamericana en varias autoras argentinas contemporáneas

Hay un antes y un después de leer a Flannery O'Connor. Como si luego de mirar las escenas que construye, luego de acercarse a sus personajes (fanáticos, ex combatientes, freaks, asesinos, viejos que han perdido la memoria, niños, muchos niños), el lector no tuviese otra opción más que empezar a ver la realidad a través de los ojos de ella. Entre las escritoras argentinas goza del privilegio de las grandes. Ésas a las que se las llama por su nombre de pila, como a Alejandra, como a Silvina.

La reciente reedición de sus Cuentos completos (Lumen) vuelve a ponerla, felizmente, en la mesa de novedades. Un librero astuto podría, en lugar de ubicar el libro junto a los de literatura extranjera, colocarlo al lado de Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez; Siete casas vacías o Distancia de rescate, de Samanta Schweblin; la última reedición de El viento que arrasa, de Selva Almada o, incluso, La arquitectura del oceáno, de Inés Garland. Sería una buena decisión. Hay mucho de ella en cada una de estas escritoras. Otras autoras cuya narrativa no es tan cercana a la de Flannery -como Mercedes Araujo o Mariana Docampo- también reconocen en ella una maestra genial, una referencia ineludible.

Como William Faulkner y Carson McCullers, Flannery es una fiel representante de la literatura del sur de los Estados Unidos. Nació el 25 de marzo de 1925 en Savannah, Georgia, y murió treinta y nueve años más tarde en Milledgeville, la granja familiar, junto a su madre. Alguna fotografía la muestra detenida en uno de los escalones del porche, con sus muletas; no mira a cámara sino a uno de los pavos reales que camina parsimonioso hasta ella. Escribió dos novelas y treinta y dos relatos. Si bien no era amiga de las generalizaciones y solía molestarle que los periodistas insistieran en el tema racial y religioso, en una entrevista de 1946 explicó que "en el sur hay tantas convenciones, tanta tensión, que cualquier escritor empieza con ventaja: tiene contenido con el cual comenzar a escribir".

De niña quería ser historietista; también le gustaban los patos. Más tarde su pasión serían los pavos reales: los criaba en su granja. Estudió en el programa para escritores de la Universidad de Iowa. En 1952 le diagnosticaron lupus: la expectativa de vida sería de cinco años. Logró vivir catorce, recluida en la granja, desde donde escribió numerosas cartas que hoy se encuentran en el archivo de la Emory University y algunas pueden consultarse on line. Era una ferviente católica. Sin embargo, jamás escribió literatura católica -sí escribió reseñas de libros católicos para revistas especializadas-. "Toda ficción -dijo en otra entrevista- es sobre la naturaleza humana. El tipo de naturaleza humana sobre la que se elige escribir depende del talento, no de lo que se considera que debería ser el comportamiento correcto. Las mejores formas del comportamiento no son más deseables que las peores para la ficción, siempre que el autor vea la situación que está creando bajo el aspecto de la Verdad y la siga según las necesidades de su arte." Sí: Flannery creía en la verdad con mayúscula, sólo que la vara para alcanzarla era tan alta que los personajes que creó no tenían más opción que mostrarse en toda su humanidad.

Ojos de niños

Sus relatos están repletos de niños. Niños que miran desde la ventana de la cocina, subidos a un banco, callados, algunos provistos de aparatos de ortodoncia o de pesados anteojos; otros que van de paseo con extraños, abandonados a su suerte por padres que apenas pueden con su alma; niños que ven, siempre, bastante más que los adultos. Son, en muchos casos, quienes terminan de dar vuelta la manivela que desata la acción, como los de "Un círculo de fuego", que llegan de improviso a la casa de la señora Cope y, al no obtener lo que han ido a buscar, terminan por incendiar el bosque. Niños que hablan poco pero actúan; y su accionar es completo: no hay vuelta atrás. En el "El río", por ejemplo, un niño se hunde voluntariamente en el curso de agua que un predicador le ha dicho es "el Río de la Salvación" y donde, le aseguró, "serás tenido en cuenta". Hay un hombre que observa, desde cierta distancia, pero no queda claro si su mirada es benévola o si está al acecho, si lo mejor para el niño no es simplemente dejarse ir; si no ha sido sabio al hundirse en el agua.

La escena no está lejos de las que retrata Mariana Enríquez, en cuyos cuentos el clima es, quizá, más siniestro. Entre sus páginas se encuentra, por ejemplo, "el chico sucio" del cuento inicial de Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama), que recuerda a muchos de los niños de Flannery. Un chico que vive en una esquina de Constitución con su madre adicta y que desaparece en una situación turbia y sangrienta, en medio de una red de narcos devotos de San la Muerte. Haciendo una inversión temporal, sería perfectamente factible imaginar en la literatura de Flannery a las adolescentes que construye Enríquez y que recorren de noche el parque Pereyra Iraola. Quizás estas chicas sean una versión tardía de aquellas que, en uno de los cuentos de Flannery, se hacían llamar burlonamente Templo Uno y Tempo Dos, en alusión a lo que solían decirles las monjas: "el cuerpo es el templo del Espíriru Santo".

Además de niños, en los relatos de Flannery hay creyentes y predicadores. La religión -y su forma más primitiva, la fe- atraviesa toda su literatura. Por momentos son hombres de la iglesia, en otros son caminantes, viajeros que saben que Dios les sigue los pasos. Algo de esto recoge el clima de El viento que arrasa (Mardulce). Su autora, Selva Almada, recuerda que cuando le regalaron los Cuentos completos de Flannery ya no pudo separarse de ellos: "Hay algo desquiciado en su escritura, como fuera de sí y fuera de este mundo, como si no le importara nada y al mismo tiempo experimentara un amor incontrolable por el mundo. Tiempo después supe de su fe religiosa, de su amor por los pavos reales, de su enfermedad... De algún modo comprendí que solamente una mujer arrasada podía escribir de esa manera".

El lector de estos cuentos ingresa en una escena que existe, previa a él. Como si se levantara un telón o comenzara a proyectarse una película donde los actores hace rato que se mueven y dialogan. Su llamado, dijo Flannery en otra entrevista, fue escribir sobre lo que veía. De hecho, uno de los consejos que alguna vez les dio a jóvenes escritores fue "salirse de sí mismos". Hoy estaría en las antípodas de la llamada autoficción.

Samanta Schweblin es otra de las autoras en las que se puede leer su impronta: esa manera de volver extrañas las situaciones cotidianas, de explorar la crueldad, las formas de la religión o las creencias populares, como hace en la novela Distancia de rescate(Random House Mondadori). Dice Schweblin: "Una de las cosas que más me fascinan es la naturalidad -y a la vez la precisión- con la que construye sus espacios y sus personajes. Flannery dice que ?los materiales del novelista son los más humildes'. No hay en su prosa aspiraciones poéticas, abstracciones sentimentalistas, no hay grandes ideas. Lo que hay son objetos apoyados sobre una mesa, alguien que cruza una habitación, un mundo que sucede. Y así todo lo anterior sucede de todas formas, pero en la cabeza del lector".

"En cada cuento hay una dimensión extra", decía Flannery. "El escritor nos pone en medio de una acción humana y la ilumina delineada por el misterio. En cada relato hay una revelación menor." Quien lee a Flannery siente que ha visto algo del mundo y que eso que ha visto lo ha transformado. La técnica que maneja, ese "mostrar en lugar de decir", hace que muchas escritoras y escritores utilicen sus relatos en sus talleres de escritura. Mariana Docampo es una de ellas. A pesar de que su última novela, Tratado del movimiento (Bajo la luna), se aleja notoriamente de cualquier realismo, la fascinación de Docampo por Flannery es enorme: "Sus cuentos son composiciones. Es una escritora de personajes y de conflictos, y todos los elementos de la trama están eficazmente interrelacionados. Es una maestra en la descripción de personajes y escenarios, en la construcción de climas. Tiene una prosa limpia, impiadosa, casi te diría manipuladora, la adjetivación justa. Para mí es una gran maestra, aun si considero mi propia escritura muy lejana a la de ella. Yo creo que cualquier escritor puede aprender de Flannery aunque su camino sea muy distinto".

Inés Garland también suele dar estos cuentos en sus talleres. "Amo a Flannery -dice-. Me hace reír su humor negro, admiro de ella que no se le ven las puntadas, que avanza segura, limpia, con un rigor que reconozco porque sé que para tener esa claridad hay que trabajar mucho, corregir exhaustivamente, saber muy bien lo que uno quiere decir y confiar en el material." Y algo más. Garland -cuyo último libro, La arquitectura del océano (Alfaguara), está repleto de niñas y adolescentes y parece haber sido escrito según esta necesidad de revelación- recuerda que, según Flannery, quien haya sobrevivido a la infancia tiene material para escribir el resto de su vida. "Doy fe", dice.

Y hay que creerle. Basta con leer "Lo que me hiciste", uno de sus cuentos. Allí Garland describe a un grupo de niñas que va a bañarse a las aguas turbias de un tanque australiano de la mano de una supuesta niñera cuyo trato deja mucho que desear. Una de las chicas se anima y se sumerge. Y parece que no va a volver a salir. Que algo sucio y tenebroso la lleva hasta el fondo. Aguanta la respiración. Presiente el miedo de quienes quedaron arriba. Sabe que apenas ven la sombra de su silueta bajo el agua verde. Finalmente emerge, sólo para ver la expresión horrorizada de la niñera. Quería darle una lección. Enseñarle algo en relación al poder, a lo que está bien y lo que está mal. Algo que no olvidara. Como en los cuentos de Flannery.

La Nación

24 de julio 2016

http://goo.gl/FH9yji