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Una final: Argentina 2, Inglaterra 1

Publicada el 09/09/2019

Si era por los argentinos, teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, a Stevens, a Butcher, a Fenwick, a Sansom, a Steven, a Hodge, a Reid, a Hoddle, a Beardsley, a Lineker. Pero nosotros nos alejamos de ese quilombo. Ellos eran sólo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia. 

Me acuerdo bien. Cuando los periodistas se enteraron de que íbamos a jugar contra Inglaterra en los cuartos de final, evitamos hablar porque sabíamos bien que las preguntas apuntarían más a cómo íbamos a gritarles los goles, si íbamos a hacerle el fuck you a la Thatcher, si le íbamos a pegar una piña a Shilton. Ya sabíamos cómo venía la mano, por eso elegimos mantenernos alejados, serenos. En todo caso, la cuestión iba por dentro. Y les aseguro que, por dentro, ardía. A mí me explotaba el corazón. Pero había que jugarlo. 

En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. ¡No podía pasar! La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, igual de culpables habían sido los argentinos que mandaron a los pibes a enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno habría querido más que no hubiera habido guerra. Y, en todo caso, que la hubiéramos ganado nosotros. Yo me acordaba bien del '82, cuando llegamos a España: era una masacre de piernas y de brazos, de todos esos pibes argentinos regados por Malvinas, mientras a nosotros los hijos de puta de los militares nos decían que estábamos ganando la guerra. 

Entonces, como yo me acordaba perfectamente de aquello, no jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacar a Inglaterra del plano mundial? futbolístico. Dejarlos afuera del Mundial en esa instancia era como hacerlos rendirse. 

Era una batalla, sí, pero en mi campo de batalla. Yo no le puedo echar la culpa a Lineker. No, no, no, muchachos. Aquello era un partido de fútbol y así lo interpretamos todos. Porque los ingleses fueron caballeros con nosotros. Incluso después que ganamos, ellos vinieron a saludar, vinieron al vestuario a cambiar camisetas. Les digo: a mí me quieren hacer enemigo de Inglaterra y no lo soy. Para mí, que ellos se acuerden de Bobby Charlton, por ejemplo, después de setenta años de no haber pisado una cancha, me emociona. Y, lamentablemente, creo que es una cosa que en la Argentina no voy a ver nunca. Si el Tata Brown fue campeón del mundo y una tarde hace unos años no lo dejaron entrar en la cancha de Estudiantes. 

De eso hablamos en la concentración, antes de salir. Es cierto que no era un partido más, ¡qué iba a ser un partido más! Desde que nos habíamos enterado de que iban a ser nuestros rivales, nos daban vueltas en la cabeza. Los habíamos ido a ver, contra Paraguay, en el Azteca. Les ganaron fácil. A mí no me sorprendió que pasaran; eran mejores. 

Contra ellos, nosotros íbamos a jugar por primera vez en ese estadio y al mediodía. Como quedaba a cinco minutos de la concentración, a las nueve y media de la mañana estaba prevista la salida del micro. Pero a las nueve, media hora antes, ya estábamos todos al pie del cañón, como soldaditos. Yo, que siempre duermo como un animal, me había despertado más temprano que nunca. Tenía ganas de que llegara la hora del partido, tenía ganas de salir a jugar y que terminara el palabrerío? 

Y en el vestuario seguimos con lo mismo. De lo único que hablábamos era de que íbamos a jugar un partido de fútbol, de que teníamos una guerra perdida, sí, pero no por culpa nuestra ni de los muchachos que íbamos a enfrentar. Y creo que eso fue suficiente para entrar a jugar con la carga justa, la necesaria. 

De eso les hablé yo a los muchachos. Porque estábamos todos cargados, muy cargados. Los rituales los hicimos, como en los partidos anteriores. Yo, antes del vendaje ese que me hacía Carmando, dibujaba un jugador en el piso. Y guarda que alguno lo pisara, guarda... Estaba la Virgen de Luján donde tenía que estar, estaba todo. 

Hay una foto que siempre recuerdo, muy linda, muy especial. Vamos entrando los dos equipos por una especie de rampa que tenía el estadio detrás de un arco. Había casi 115.000 personas en la cancha, pero yo sólo escuchaba el ruido de los tapones sobre ese piso, medio metálico. Ya no nos hablábamos. Ni entre nosotros ni con ellos. 

Ya nos habíamos saludado todos, porque antes había algo parecido a una habitación donde nos juntábamos con los rivales. Con Glenn Hoddle yo había jugado el partido de Osvaldo Ardiles, con la camiseta del Tottenham, y tenía buena relación. Pero además los ingleses se lo tomaron con una seriedad y un respeto terrible, como se debía, y nosotros con la misma seriedad y el mismo respeto. 

Para ellos también era un momento muy difícil. Nos enteramos de que, antes del partido, les había hablado un tipo, creo que el ministro de Deportes, o algo así, para que tampoco se metieran en quilombos con declaraciones y para que no se dejaran llevar por la calentura en el juego. Los jugadores estábamos todos en la misma.

La carga estaba afuera, en lo que le podía agregar la gente, los hinchas. 

Ojo, porque el público lo que quería ver era fútbol también. Pero lo cierto es que la cuestión política estaba jugándose mucho más afuera, entre ellos y entre los propios gobiernos, que entre los jugadores. La política siempre usó al fútbol y lo seguirá haciendo, que no quepa la menor duda. No es lo mismo sacarse una foto con un jugador de pato que con un jugador de fútbol, y eso el político lo sabe y lo sabrá, por los siglos de los siglos. Y no es lo mismo ganar un mundial, tener una selección que gane un mundial y tranquilice las cosas. 

Hoy, con los ingleses me llevo de maravilla. Nos llevamos, puedo decir, porque cada vez que un Maradona aterriza en Inglaterra, como le pasó a Dalma o a Gianinna, apenas presentan el pasaporte le dicen ?You, legend?. Me gusta, me gusta mucho cómo cambiaron los ingleses, cómo pasaron de los hooligans que mataban a todo el mundo a lo que son hoy, donde vas y te podés poner una camiseta del Arsenal al lado de uno del Newcastle y no pasa nada. 

Y hablando de camisetas, la azul que usamos contra Inglaterra, justamente, tiene una historia especial, muy especial.

Para un partido especial, una camiseta muy especial

Le Coq Sportif había hecho una camiseta titular linda, muy linda. Con agujeritos y todo, ideal para el calor terrible que hacía en México, sobre todo para ese insoportable horario del mediodía. Pero se habrán olvidado de que algún partido teníamos que jugar con la camiseta alternativa y mucha bola no le dieron a eso, me parece. Cuando jugamos contra Uruguay, en Puebla, se largó a llover y la azul que nos habían dado pesaba más que un pulóver mojado. Cuando se supo que contra Inglaterra nos tocaba a nosotros ir con la alternativa, porque ellos iban a jugar con la blanca, nos entró la desesperación a todos: ¿con el sol del mediodía y la altura del DF vamos a jugar de pulóver? ¿¡Y contra Inglaterra!? ¡¡¡Ni en pedooo!!! 

Le pedimos a la marca que nos hiciera una azul con agujeritos, como la titular, pero nos dijeron que no había tiempo, que no llegaban. Bilardo las empezó a agujerear con una tijera, una locura? 

Entonces, allá salió el pobre Rubén Moschella, el empleado administrativo de la AFA, que resolvía todo. Él me había conseguido la lista con los números de teléfono, de donde pudo sacar los gastos de Passarella, ¿cómo no iba a conseguir un juego de camisetas azules? Je, ahora parece un chiste, pero en ese momento era un drama. Y la verdad es que ahora también parece un chiste para un plantel profesional: ¿alguien se imagina a un seleccionado de hoy, en un Mundial, buscando camisetas alternativas por los barrios de la ciudad, como si las estuvieran buscando en Once, en Buenos Aires? Bueno, así fue. 

Cuarenta negocios recorrió Moschella. Cuarenta. Algunos dicen que fue al de Zelada, que tenía una casa de deportes, pero ni Zelada se acuerda. La única verdad es que Moschella encontró dos variantes de camisetas, en un par de esas tiendas. Pero ninguna tenía los agujeritos de la original, ese era un diseño especial. Las dejó reservadas en los dos y tomó la precaución de ir antes a la concentración con los dos modelos, para consultar cuál comprar. ¡Podría haber comprado dos juegos de las dos, pero así se cuidaba el mango en aquella época! 

La cosa es que ahí estaban, con los dos modelos, mirando cuál elegir, un día antes del partido. Me preguntaron a mí y no dudé ni un segundo. Marqué una con el dedo y les dije: ?Esta. Con esta le ganamos a Inglaterra?. 

A ?esta?, eso sí, le faltaban el escudo y los números, pequeño detalle. El escudo lo bordaron dos costureras del América. Lo hicieron bastante bien, pero se ve que se durmieron, porque se olvidaron de poner los laureles. 

Y los números, lo de los números fue una joda? Cuando salimos a la cancha, algunos todavía teníamos brillantina en la cara. Y el Negro Tito Benrós, el genio de los utileros, ni les cuento. ¡Estaba más para el carnaval de Gualeguaychú que para el Azteca, después de estampar 38 camisetas a pura plancha! Es que los números los hicimos plateados, con brillantina. Si se largaba a llover, como en el partido contra Uruguay, se armaba un quilombo bárbaro, no íbamos a saber ni quiénes éramos ni de qué jugábamos? 

Así, con brillantina en la cara y en las manos, nos fuimos a dormir como a las once de la noche. Y el partido se jugaba al otro día, tempranísimo.

(Extracto de México 86. Mi Mundial, mi verdad., de Diego Armando Maradona)